13
M e encontraba en un lecho desconocido, con un colchón duro y un edredón de plumas encima. Al recobrar la conciencia de mi cuerpo sentí como si me estuviera deshaciendo con lentitud. Tenía mucho frío, aunque sospechaba que sudaba de forma excesiva, ya que mi cabello se había pegado a mi frente.
Cuando comprobé que al menos las extremidades me respondían, traté de levantarme. Sin embargo, me desplomé al dar el primer paso, provocando un estruendo que atrajo la atención de alguien. Agucé el oído al escuchar que alguien se acercaba a la habitación donde me encontraba.
La puerta rechinante se abrió y observé a una mujer encorvada, de baja estatura y rasgos longevos.
—Torinilla, has despertado —me saludó con una voz temblorosa.
Se acercó a mí. Con cada paso que daba, me arrastraba por el suelo para alejarme.
Al escuchar ese apodo que me había puesto me toqué la cabeza, donde descubrí mis cuernos visibles para esa mujer humana.
De repente, dada la tensión de mi cuerpo, la sangre espesa brotó de mi abdomen y me sostuve la herida que aún no había sanado.
—Oh, no. ¡Cyrone! —La mujer gritó, renunciando a su intento inicial de ayudarme a levantarme. Otra persona se asomó por la mampara. Cuando reconocí al serafín atravesando la puerta, el alma me volvió al cuerpo.
Quise hablarle, pero las palabras se atascaron en mis labios.
—Nono... —El serafín sonrió al verme y se acercó para recogerme y sentarme en la cama. Apenas me posó en el colchón señalé hacia su cabeza, soltando algunos quejidos por la impresión. Intenté decir «¡Tus cuernos! ¡Ella puede ver tus cuernos!». Él me comprendió al instante.
—Tranquila. Ella puede ver nuestros cuernos, no hay peligro —contestó acercando su boca a mi oreja—. Por cierto, ella es una humana. Evita darle órdenes.
—Mi nombre es Delfina —se presentó la ancianita, surcando una sonrisa y acercándose lo más lento posible para no asustarme.
Me encogí cuando la mujer aproximó los dedos hacia mis cuernos; sin embargo, no los tocó, tan solo movió un rizo de mi cabello detrás de mi oreja.
Tal como lo hacía mi madre. El calor aturdió mi mente y de pronto la idea de que ella era mi madre se apoderó de mí.
Su sonrisa se hizo aún más ancha, dejando ver un espacio entre sus dientes.
—No tengas miedo, torinilla. Cyrone es alguien en quien confías, ¿no es así? Te aseguro que él confía en mí —insistió con dulzura, y se tomó las manos tras su espalda, encorvándose un poco más.
En sus ojos negros pude reflejarme a mí misma y la imagen fue como un abrazo al alma. La fiebre me consumía, haciéndome creer que todo a mi alrededor era una alucinación. Sin quererlo, sonreí y dejé salir algo de mi boca:
—¿Mamá? —pregunté con júbilo, pero mi sonrisa se congeló tan pronto como la vi confundida. La realidad me golpeó.
—Bienvenida a Dregonia, Gyuri —susurró la anciana.
¿ Dregonia ?
Quería mirar hacia las ventanas para ver cómo lucía la ciudad de la que tanto habíamos hablado con Nym bajo las luces de las velas. Sin embargo, en ese momento solo podía centrarme en lo que más deseaba.
—Usted... —murmuré de forma torpe y me puse de pie con el apoyo de Cyrone.
Miré a la anciana con añoranza. Dibujé sobre su imagen, gracias a la locura febril, los bordes de mi madre. Y cuando me convencí de que era mi madre, me desmoroné sobre ella.
Gimoteé en su hombro, con la voz de una niña que había estado perdida por demasiado tiempo. Sin que las lágrimas recorrieran mis mofletes, estaba segura de que allá afuera...
Allá afuera, donde el inmenso domo de árboles cubría Dregonia...
Afuera caía la lluvia, mojando a los dragonartos que se esforzaban por entrar.
i
No percibía el paso del tiempo como los demás, debido a que la fiebre me mantenía anestesiada.
«Debe ser una maldición o un bicho extraño dentro de su cuerpo, porque no está mejorando para nada», le oí a alguien decir.
Al parecer las heridas eran mucho más peligrosas de lo que creía; con una iridia tan debilitada, era inevitable que esto me pasara.
«Cualquier otro ya habría muerto en su estado», escuché de alguna parte, mientras una aguja perforaba mi antebrazo.
Era incapaz de moverme, solo podía sudar.
Deslicé las manos por el colchón para convencerme de que estaba viva a pesar del dolor. Traté de llamar a mis amigos, pero mi mente cansada no enviaba las señales a mi cuerpo. Volví a desfallecer, presa del peso de mis párpados.
Cuando finalmente logré vencer el cansancio, abrí los ojos y me encontré en un silencio opresivo.
Como si mi parpadeo al despertar hubiera desencadenado una explosión, el dolor ascendió a las cavidades de mi cabeza, desatando un agudo pitido en mis oídos.
Me giré en la cama en agonía, sin darme cuenta de lo angosto que era el colchón hasta que lo rebasé y me estampé contra el suelo.
El frío de la madera contra mi mejilla me brindó unos segundos de alivio.
Al ponerme de pie, luchando contra mi propio peso, mi mente se nubló.
Intenté enfocarme cerrando los ojos, solo para verme abrumada por un escozor palpitante en las sienes.
A pesar de esos contratiempos logré erguirme y avanzar paso a paso.
Me apoyé en la pared, dejándome guiar por mi olfato agudo, siguiendo el rastro de tierra húmeda que me atraía como la melodía de un silbato de cazador a un nono perdido en el bosque.
Quizá tropecé varias veces antes de llegar, hasta que alcancé la puerta que chirrió al empujarla.
Cyrone yacía en su cama, tan apacible y encantador como siempre lo había sido cuando dormía, sin la consciencia suficiente como para fruncir el ceño o soltarme palabras ásperas. Sonreí y me agaché frente a él.
—Cy... rone... —murmuré, y él se sobresaltó al despertar de repente y encontrarme tan cerca. No podía culparlo; debió haber sido aterrador.
Después de que suspirara para calmarse tras el sobresalto, me dedicó una mirada cansada.
—¿Qué se supone que estás haciendo aquí?
Se veía verdaderamente adorable con esa expresión adormilada. Reí sin poder contener las palabras que brotaban de mi boca, mientras mi sentido común flotaba en la demencia febril.
—No lo puedo evitar. No respiro cuando te miro... pero tampoco cuando te veo. Tenía que venir. —Sonreí sin ponderar lo absurda que había sonado al decir eso.
Finalmente, él abrió por completo los ojos y centró su mirada en mi rostro. Debió notar mi malestar, porque decidió poner su mano en mi frente, apartando el cabello pegado a mi piel por el sudor. La sensación gélida de su contacto me reconfortó tanto que casi podría haber ronroneado.
—Por favor, no me toques —rogué con torpeza—. Te... quiero.
—Estás ardiendo en fiebre. Te llevaré de vuelta a tu cama —me dijo con suavidad, mientras se ponía de pie y me tomaba del brazo para ayudarme—. De pie, Gyuri.
Cuando traté de obedecerlo y tropecé, él me atrapó contra su pecho. Lo miré y disfruté de la visión borrosa de su rostro de cerca.
—¿No te sientes raro cuando me tienes así en tus brazos? ¿No sientes que te cuesta respirar? —susurré.
Me miró como si hubiera dicho un disparate.
—No siento nada más que tu cuerpo ardiendo mientras tiemblas. Y preocupación. También me siento preocupado al verte así —me contestó mientras me levantaba con soltura, llevándome en brazos de vuelta a lo que en ese momento no reconocía como mi habitación.
—Cyrone, por favor, bésame —le pedí con los ojos entrecerrados.
—No.
—¿Por qué... no?
—No te voy a besar mientras estás enferma, por favor.
Era evidente que no me estaba tomando en serio.
—Te juro que nunca me sentí así con ningún hombre, de hecho..., quizá nunca había visto a uno. Te lo juro —aseguré arrastrando las palabras.
—Y yo te juro que ignoraré todo lo que me dices y le echaré la culpa a la fiebre.
Me recostó de vuelta en el lecho desconocido que había sido mi refugio desde que desperté.
—Te daré un poco de iridia y mañana estarás mejor —me anunció con una sonrisa a medio formar.
Me enderecé de nuevo, agarrándolo del cuello de su camisa.
—Por favor... solo uno.
Él me concedió su sonrisa completa y me besó la frente.
—Listo. Ese beso iba recargado de iridia, te ayudará a bajar esa fiebre.
Negué con la cabeza sin soltar el cuello de su camisa cuando trató de apartarse.
—No —insistí—. Bésame como si yo fuera la chica de la que estás enamorado. Como si lo fuera.
Cyrone suspiró y su sonrisa desapareció. Tomó mi mano desfallecida, pesada y tensa, y la acercó a su boca, donde depositó un beso que duró un par de segundos. Cuando se separó, volvió a mirarme con esos profundos ojos de violeta vibrante.
—Ahí lo tienes.
Tomó la silla que estaba junto al escritorio, la acercó a mi cama y se sentó para esperar pacientemente a que el cansancio me atrapara de nuevo y me durmiera.
—Me estoy volviendo loca —murmuré al percibir que mi cama daba vueltas bajo el peso de mi cuerpo.
Él resopló.
—No te estás volviendo loca. Solo estás tontita por la fiebre.
—Estoy loca. Mírate, fuiste hecho para mí y no eres mío.
Soltó el aire con gracia, pero no quiso contradecirme.
—¿Qué hacemos, entonces? ¿Crees que es muy buena idea que empecemos una relación mientras estás con fiebre?
Yo asentí y murmuré un «sí» insonoro. Él se rio como pocas veces, en voz alta, tan atractivo que dolía.
—Bien, bien. Gyuri. Tal vez lo considere mientras duermes.
—¿Lo prometes? —susurré.
—Lo prometo, así que descansa, nono.