12
M i iridia se desvanecía con cada paso que daba.
Ahora que sabía que Cyrone estaba debilitado, lamentaba no haber tenido la oportunidad de rogarle que compartiera un poco de la suya conmigo antes.
Por esa razón, continué avanzando por el camino, tratando de ocultar el agotamiento que me consumía.
A pesar de haber preguntado de manera discreta cuánto nos faltaba para llegar a Dregonia, ninguno de mis compañeros respondió.
Cyrone estaba evidentemente cansado de mis preguntas, Flye de seguro no quería admitir que aún quedaba un largo trecho por recorrer, y Rydel simplemente no tenía idea.
En un instante, mis pies se enredaron y me vi en el suelo.
No fue hasta que me encontré de rodillas que me di cuenta de que había caído.
Los tres giraron hacia mí, cada uno mostrando una expresión diferente en sus rostros.
Traté de tranquilizarlos con un gesto de la mano, como si quisiera decirles que no se preocuparan, que solo me había tropezado por torpeza, pero al intentar levantarme, volví a caer.
—Señorita Gyuri, ¿su iridia está debilitada? ¿Por qué no nos lo había dicho?
Cyrone negó con gestos y se acercó suspirando para poner su mano en mi cabeza, pero retrocedí.
—¡No, Cyrone! ¡Estás debilitado! No puedes irradiarme nada. Te necesitamos para llegar a Dregonia. ¿Qué haremos si nos encontramos una bestia por el sendero y estás más que debilitado?
—¡¿Una bestia?! —gritó Rydel—. ¡¿Vamos a morir?!
—Yo no tengo conocimientos para usar lanzas —le dije al serafín y apunté hacia la gran vara que tenía envainada en su espalda. La habíamos comprado en el camino.
—Bien, entonces tendrás que soportar que te lleve en brazos todo el camino. —Cyrone sonrió al verme ruborizar—. No quieres eso, ¿lo ves?
—Señores, tengo una estupenda idea —dijo Flye, mientras agarraba con sus patas a Rydel, que no dejaba de temblar—. Podemos ir con algún torinero. Ellos pasan por el sendero y van en carruaje.
—Preferiría cualquier opción que no implique hablar con humanos —respondió Cyrone.
—Sir Cyrone, la señorita no es capaz de ponerse de pie. Si algo la hiere en la ruta, no tendrá iridia suficiente para curarse. Todavía nos quedan cinco días de caminata —dijo Flye y yo me sobresalté.
—¡¿Cinco días de camina...?!
—Pues bien, con la condición de que sea Rydel quien les hable a los humanos. Él debería superar su miedo a las personas si vamos a ir a Dregonia —me interrumpió Cyrone.
El pobre querubín rogó que no lo obligáramos durante todo el camino hacia la ruta de comerciantes. Yo me apoyé de Cyrone para caminar, ya que mi iridia aún bastaba para moverme.
Intenté convencer al serafín de que no era necesario que Ry fuera quien hablara. Era la primera vez que el muchacho se dirigiría a un ser humano. A pesar de que le habíamos explicado todo lo que debía decir y de que había ensayado varias veces en voz alta, seguía trabándose al hablar.
—¿Recuerdas lo que te había dicho? ¿Que serías un buen padre? Me retracto, Cyrone, serías terrible —le dije.
Oímos una carreta galopando a lo lejos. Una enorme criatura de larga cola, pelaje de rayas, coronado de dos grandes cuernos y largo hocico arrastraba un carruaje sobre el sendero de tierra. Era un torino, y el comerciante, coloquialmente llamado torinero, nos divisó desde lejos.
Cyrone lo hizo parar con un ademán, y en cuanto el hombre de frondosa barba y ojos sospechosos detuvo su marcha para escuchar a nuestro grupo de —supuestas— personas, el serafín le dio un empujoncito a Rydel para que hablara.
—¿A dónde van? —preguntó el hombre antes de que el niño pudiera iniciar la conversación.
El torinero nos miró con las cejas bien fruncidas, las manos firmes en las cuerdas que conducían al torino.
Rydel había ensayado una frase para pedirle que nos llevara. Seguramente no se esperaba que el propio torinero se ofreciera sin más, por eso balbuceó algo inentendible. Flye le habló al oído en ese momento.
—Dígale que vamos a Dregonia —susurró—, y disimule que una simple rana le está hablando.
—Vamos a Dregonia —murmuró el niño a muy bajo volumen; el torinero puso su mano detrás de su oreja—. ¡A Dregonia! —repitió Rydel, exclamando en un arranque desesperado.
—A Dregonia, mmh... —El tono que usó el hombre al responder evidenció que, en definitiva, no confiaba en nosotros—. ¿Esos son tus padres, niño?
—Yo... —Rydel miró a Cyrone, quien le asintió—. Sí que lo son.
Tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para evitar que el calor me subiera a las mejillas. El hombre se agachó para vernos el rostro debajo de la capucha.
—¿No son muy jóvenes pa’ tener un niño de diez años?
—Usted no tiene por qué juzgar la edad en la que decidimos tener hijos —afirmó Cyrone con el ceño fruncido.
Como Cyrone levantó la mirada hacia él, el comerciante pudo reconocer su rostro tras analizarlo.
—¡Pero si tú eres el hijo de Delfina! ¡Ese chiquillo tan popular en Dregonia! ¡El guardián hábil de la entrada! ¡¿Tenías un hijo de diez años?! —Rio burlón el torinero—. ¡Por Nylena! ¡Te lo has escondido muy bien!
Flye no reprimió una carcajada, aunque el humano claramente no pudo escucharlo.
Me quedé pensativa con las palabras que había dicho el hombre.
¿El hijo de Delfina? ¿Se refería a una humana?
Miré a Cyrone mientras me apoyaba en su cuerpo, pero pronto decidí dejar de mirarlo, ya que lo tenía demasiado cerca de mi rostro.
—¿Nos vas a llevar o no? —gruñó el serafín.
—¡Arriba! Entre la mercancía hay un poco de espacio. Chisa, ustedes, los religiosos, se traen muy buenos secretos — se mofó el hombre, dejándonos subir a la carretilla. Enseguida cogió las cuerdas para moverlas y le ordenó al animal que se moviera.
Nos subimos a la carreta entre los sacos de mercancía, y por fin me sentí lista para dormir un momento.
—Calme ese carácter, sir Cyrone, no nos vendría bien un terremoto —dijo Flye mientras abordaba.
—Y el niño tiene ocho años —corrigió Cyrone en voz alta, antes de volver a cerrar la boca.
i
Me quedé dormida junto a Rydel en una esquina del carruaje.
El cansancio nos acompañó tanto tiempo que ni siquiera nos despertamos con los saltos que daba el carro al pasar por los baches del camino.
Lo malo era que cada vez que recobraba la consciencia, me sentía más agotada, incapaz de caminar, con o sin el apoyo de Cyrone.
Me faltaba energía incluso para respirar.
Lo único que me consolaba era saber que estábamos cada vez más cerca de Dregonia, y que muy pronto el serafín podría irradiarme un poco más de su iridia.
Cuando creí que había pasado un día entero, de pronto el carruaje dio un remezón tan violento que me arrebató el sueño en un segundo. Me aferré a Rydel, quien había gritado al despertarse. Miré a Cyrone, que lucía tan alerta como yo.
—¿Qué hacen los dragonartos aquí? —preguntó Flye con voz desesperada.
El terror me envolvió como un dolor en el corazón.
Rydel empezó a llorar de inmediato, y volvió a gritar cuando escuchamos un rugido agudo fuera de la carreta.
Otro remezón nos impactó y el carruaje se volcó.
La gravedad nos absorbió hacia un lado y nos golpeamos contra la mercancía pesada.
El aire se llenó de polvo y empezamos a toser.
—¡No puede ser! ¡Baresca! ¡Mi Baresca! –gritó el torinero. Cyrone, al escuchar el aullido del torinero, agarró el mango de su lanza y nos miró por unos segundos, como si dudara entre salir y dejarnos solos o quedarse.
—¡Mi torina! —sufrió el hombre. Cyrone cerró los ojos, suspiró y finalmente decidió salir del carruaje, cerrando la puerta detrás de él.
—¡Cyrone! —grité y abracé a Rydel, que no dejaba de aullar del miedo. Miré a Flye, quien se acurrucó en sí mismo en un rincón de la carreta.
Otro sacudón hizo temblar el carruaje, y aún no lográbamos entender qué estaba sucediendo afuera. Solo percibí que había un dragonarto y que estaba lastimando a la torina, que chillaba de dolor.
—¡Mi torina, por Nylena! —gritaba el torinero.
Deseaba salir y ayudar a Cyrone a defenderla de las garras del reptil carnívoro; sin embargo, me resultaba muy difícil moverme. Mi iridia estaba cada vez más cerca de agotarse.
De pronto, después de un chillido agudo y moribundo del dragonarto, un silencio nos envolvió, brindándonos un instante de paz. Lo terrible fue que tras esos segundos de tranquilidad, a lo lejos se oyeron por lo menos cinco rugidos agudos acercándose.
—Más dragonartos. Por la diosa Nylena y que nos ampare. —Miré a Flye mientras hablaba y, por primera vez desde que lo conocí, lo vi atemorizado.
—¡No quiero morir! ¡No quiero morir! —bramó Rydel, ahogándose en sus propias lágrimas.
Me sentí impotente. Lo único que sabía era que debía mantenerme fuerte para proteger a mis compañeros que, a diferencia de mí, eran mortales. Fruncí las cejas y, con todo mi esfuerzo, me puse de pie sobre la carreta, sosteniéndome del techo que ahora era la pared del carruaje.
—Señorita Gyuri, por favor, no salga —me pidió Flye—. Sir Cyrone sabe como...
Un remezón acompañado de un estruendo ensordecedor me hizo caer de rodillas una vez más.
Me volteé cuando vi un reptil enorme atravesando la madera de la puerta.
Me puse delante de Rydel y me encogí atemorizada, observando cómo la bestia intentaba agrandar el agujero con sus garras.
Soltó un rugido tan fuerte que aturdió mis oídos, y aprovechando el momento logró desgarrar la madera e introducir una pata.
Sus garras eran del tamaño de mi cabeza.
Sus patas estaban a punto de destrozarnos.
Le di la espalda al predador y acorralé a Rydel contra la pared, decidida a protegerlo a toda costa. Si alguien iba a sufrir daño, no sería él. Yo me curaría, como siempre lo había hecho.
—¡Tranquilos, chicos, yo voy a pr...! —Mientras hablaba, las garras me atravesaron el abdomen de lado a lado. Bajé la mirada y vi la filosa punta brotando de mi vientre. En vez de soltar una palabra, vomité sangre.
Rydel no gritó. Se quedó impactado viéndome.
—Se... señori... se... señorita Gyu... —Flye tembló.
El dragonarto había incrustado sus garras en mi cuerpo, y con fuerza insuperable tiraba de mí, arrastrándome hacia la puerta. El agujero era tan pequeño que no pudo sacarme.
Pronto cuando golpeé repetidas veces mi espalda contra la madera de la entrada, y cuando volví a vomitar el doble de sangre, perdí la consciencia.
i
Al recobrar el conocimiento, me di cuenta de que no me había curado en lo absoluto; una herida abierta y sangrante se extendía en mi vientre.
Escudriñé la pared del carruaje, mientras un par de ecos difusos resonaban a mi alrededor.
Al mirar mi mano, vi que el rojo húmedo se había filtrado debajo de mis uñas, lo que me provocó un quejido de susto.
El dolor aturdía mi cuerpo, arrancándome del presente.
—Óyeme, nono problemático —susurró Cyrone en mi oreja. Pronto comprendí que él había recostado mi espalda en su pecho, apoyando mi nuca en su hombro—. Te he irradiado un poco de iridia, así que tienes que curarte.
—El dra... drago... dra... —fue lo único que pude articular.
—Han muerto, los he matado —me calmó Cyrone.
Flye, a quien no había visto debido a su pequeñez, descubrió mi capa y levantó mi camiseta blanca, que ahora destilaba en rojo ennegrecido.
Cuando mi herida quedó expuesta, el pequeño anfibio la cubrió con la mucosidad de su piel.
De alguna manera, aquel ungüento de rana me proporcionó unos segundos de alivio.
—Las ranas aladas tenemos propiedades curativas —me susurró Flye.
Rydel se arrodilló a mi lado y sopló en dirección a mi rostro. Un viento suave secó el sudor que me resbalaba por la frente.
Una oleada de dolor me invadió, ardiendo salvaje por mis poros, como si el universo entero me estuviera aplastando.
Manchas blancas aparecieron ante mis ojos y ruidos extraños empezaron a apoderarse de mi mente.
En un momento veía a Flye y al siguiente la oscuridad era atravesada por relámpagos en la lejanía.
Cuando dejé de ver al anfibio, me percibí en un lugar extraño: debajo de mí la tierra era húmeda y los monstruos me rodeaban, provocándome un dolor cada vez más intenso.
Imploraba ayuda, gritaba, pero nadie me escuchaba, ni siquiera yo misma.
Cada vez llegaban más de ellos y la sensación de dolor crecía hasta volverse aguda, filosa.
Todos se habían unido al carnaval de martirio que estaban montando solo para mí.
Déjenme en paz .
Déjenme ir .
No puedo gritar .
Duele tanto .
No puedo moverme .
Necesito un descanso .
No puedo moverme .
—Nono..., no te pierdas —insistió Cyrone en mi oído.
Abrí los párpados y noté su rostro angustiado. ¿Hacía cuánto que intentaba despertarme?
Me volví hacia Cyrone, girando mi cuerpo y dejándome caer sobre su pecho.
Él alzó sus manos antes de rodear mi espalda con ellas.
Me tocó tímidamente y yo escondí mi rostro entre los botones de su camisa, permitiendo que el olor a humedad y tierra arrullara mis sentidos.
El escenario que se había montado en mi mente había sido demasiado vívido; no quería regresar a él.
Me sentía segura a su lado, pero también abrumada por el calor. El latido del corazón del serafín indicaba que él experimentaba algo similar. Sonreí, decidida a ignorar el dolor punzante en mi abdomen. Me sumergí un rato más en su fragancia, en ese efímero momento cálido que compartíamos.
—Señorita Gyuri, permítame esparcir más ungüento en su herida. Está embarrando a sir Cyrone de sangre —intervino Flye.
—No te preocupes, Flye, quería deshacerme de esta ropa cuanto antes —respondió Cyrone.
—¡No! ¡Sir Cyrone! ¡De esa forma la señorita se desangra más y más! ¡Voltéela ya! —insistió, con una voz firme y ruidosa.
La urgencia en la voz de Flye acentuó el dramatismo de la situación.
Me giré con la ayuda de Cyrone y me recosté boca arriba, apoyando mi espalda sobre el pecho del serafín nuevamente.
El ungüento me provocó un leve alivio, pero el descanso no duró mucho, porque el dolor volvió en oleadas más intensas.
Me estaba desvaneciendo.
Mi mano buscó desesperadamente algo que apretar. Una mano grande sostuvo mi puño y luego entrelazó sus dedos con los míos. Eran cinco largos dedos ennegrecidos, cubiertos de vendas.
—Tengo miedo, por favor no te alejes de mí.
Él apretó aún más fuerte mi mano.
—No puedo alejarme de ti. Es imposible —susurró contra mi cabello.
Cerré los ojos y me dejé ir; me sumergí en el sueño sabiendo que, sin importar a dónde me llevara, estaría segura a su lado.
Oh, Cyrone, creo que me he enamorado de ti. Qué tonta, ¿no ?, quise decirle.
¿Se lo había dicho?
Seguro que no. Ya era tarde, ya me había sumido en la dolorosa inconsciencia.