Caelum 11
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O bservé a Cyrone desde la base de la colina, me agaché aproximándome a las florecitas marchitas que crecían en el suelo e intenté coger una entre los dedos, pero el pétalo, tan quebradizo, se deshizo entre las grietas de mis manos.

Miré a Cyrone otra vez y, sin decir una palabra, llamé su nombre de una forma que tan solo él podía escuchar.

En efecto, no sé cómo capturé su atención, pero se volteó para mirarme.

Entrecerró los ojos, compasivo, y ladeó la cabeza.

Abrí mi boca para hablarle, pero tragué el aire que entró por ella, porque algo dentro de mí ardía y no me permitía decir nada.

Bajé mis orejas y él bajó las suyas. Miré al cielo cuando percibí un líquido enterrarse entre mis rizos, gota tras otra, que acabó por formar una cortina de agua visible proveniente desde lo más alto.

El semblante de Cyrone cambió por completo cuando se dio cuenta de que el agua lo empapaba. Él sabía lo que sucedía antes que yo. «La lluvia», creí leer de sus labios. Empezó a acercarse a mí, pisoteando las flores marchitas que él mismo había creado. Apresuraba su paso hasta casi correr.

Cuando vi que se acercaba, me dispuse para recibir su abrazo. Sabía que vendría a abrazarme, porque el nudo de mi garganta se desligaba y me permitía respirar otra vez. El llanto de Cyrone me había contagiado y, por primera vez en mi vida, estaba «llorando». La lluvia era la viva prueba de ello.

—Creo que me di cuenta de algo —susurré, escondiendo el rostro en el pecho del serafín.

—¿De que eres una llorona? —susurró de vuelta, y por el tono de su voz pude notar que esbozaba una sonrisa.

—Llorón eres tú —dije.

Pero sabía que en realidad lloraba porque una revelación me había golpeado como un hacha celestial de Catarbella.

—Los seres de Melcior son incapaces de sobrevivir sin nosotros —murmuré—.

Soy mucho más que una humana. Si yo hubiera estado aquí, tú no tendrías tanta carga sobre los hombros.

No puedo recuperar mi vida humana cuando nunca he sido uno de ellos.

Debo aprender a usar mis poderes y recuperar el cielo.

Debo ser una serafina y ayudarte en todo esto.

Se alejó de mí dando un paso atrás para verme a los ojos.

—¿No volverás a Riveria?

La lluvia se intensificó un poco, así que negué solo con la cabeza.

—¿Y qué será de Nym? —preguntó él con pesar, como si supiera que su pregunta era una flecha envenenada.

—Nym... Si mis padres realmente murieron, como temo... —dije, tomando una decisión—. Cuando encuentre a Nym, buscaré un sitio seguro donde él pueda crecer junto a otros humanos.

El cielo rugió y a la lluvia la acompañaron los rayos. Lloraba como nunca. Lo hacía porque debía renunciar a él y a mis padres. Debía renunciar a mi antigua vida para siempre.

¿ Nym lo tomará de la misma manera ? Aquel pensamiento arremetió contra mi iridia, provocándome un dolor físico, pero me mantuve mirando a Cyrone con determinación.

—¿Estarás bien?

—Nym estará bien —le contesté, luego de soltar un pesado suspiro.

Pero Cyrone se acercó a mí con su presencia cautivadora y me acarició ambos cuernos, sonriendo de una manera íntima.

Aunque mis cuernos no tenían terminaciones nerviosas, el roce de sus manos me arrulló en su delicado tacto.

Me preguntaba por qué me tocaba con tanta facilidad, como si ya conociera cada parte de mí, como si lo hubiera estado planeando por siglos.

El calor se apoderó de mi rostro. ¿Por qué me erizaba la piel si no tenía ningún poder eléctrico?

—Te pregunto a ti, nono escurridizo, ¿estarás bien? —insistió él.

Una calidez me envolvió el cuerpo, el dolor se desvaneció. Al llamarme así, con un apodo único, él estaba apropiándose de una parte de mí exclusivamente para él.

—No lo sé, solo sé que quiero ir contigo a Catarbella —respondí, sin reparar demasiado en las palabras que estaba diciendo.

Y la sonrisa de Cyrone se congeló, aunque también su mirada se había suavizado. Dejó de tocarme y me di cuenta de algo; me había condenado a sufrir vergüenza por el resto de mi eterna vida. ¡¿Qué se suponía que había dicho?! El calor en mis mejillas no me ayudaba a esconder esa incómoda sensación.

Él me lo recordaría para siempre, se burlaría de mí hasta que el mundo pereciera. Mas ese pensamiento, en vez de angustiarme, me hizo sonreír.

Y él me devolvió la sonrisa.

—¡Me estoy derritiendo, me derrito! ¡Gyuri! —Escuché a lo lejos una voz infantil dirigiéndose hacia nosotros.

Me volteé y vi a Rydel aplastando las flores marchitas, cubriéndose la cabeza con las manos.

Corría despavorido porque jamás había presenciado la lluvia en su corta vida.

Para alguien que no lo hubiera experimentado nunca, la escena podría dar la impresión de que todo el mundo se estaba desmoronando; en lugar de la niebla gris, ahora nos cubrían nubes lúgubres de las que brotaban gotas espesas.

—¡Es la lluvia, señorito Rydel! —escuché a Flye decir a lo lejos, saltando en la pradera—. ¡Aquella que llenaba los ríos que bañaban mi hogar! ¡Aquella que humedecía este mundo y lo llenaba de vida!

Liberé una pequeña risa de satisfacción, temiendo que la felicidad que estaba experimentando aplacara la lluvia que hacía tan feliz a Flye, pero se intensificó aún más.

Flye brincó de un lado al otro, impregnándose de aquella potente lluvia de rocío.

Rydel se quejó al sentir que el agua chorreaba por su cabello.

—Tranquilo, señorito. La lluvia no es tóxica. Esto es obra de la señorita Gyuri —señaló Flye mientras trataba de volar, pese a que las gotas lo empujaban al suelo otra vez.

Suspiré y, aunque la oscuridad era casi total, pude distinguir las distintas reacciones de mis compañeros.

Sacudí el agua del cabello de Rydel, agarré mi capa, me agaché y lo cubrí con ella.

Lo curioso fue que, como resultado, el pequeño ya no era visible bajo la prenda.

Me volví hacia Cyrone, quien sonreía al observar mis acciones.

—¿Qué hago? ¡No sé cómo detener este diluvio! —le grité intentando hacerme escuchar entre el barullo del manantial que nos cubría.

El serafín dejó de sonreír, como si mis palabras hubieran traído algún recuerdo indeseado a su mente.

—¡Sir Cyrone! —gritó Flye subiéndose a su hombro—. Mire cómo resplandece mi piel, cómo se humedece. ¡Siento que he recuperado mi juventud!

Él sonrió al escucharlo, pero sin despegar su vista de mí.

—La vida ha regresado —insistió Flye, reparando en que las flores marchitas y negras que pisábamos volvían a cobrar vida. El color retornaba a sus pétalos y se estiraban sus tallos hacia el cielo, dando una grata bienvenida a la lluvia.

Me puse de pie y, apenas lo hice, una capa me cubrió por completo. Vi al serafín cerca de mí, arrebujándome con su oscura caperuza. Gracias a eso pude sacudir el agua de mis pestañas.

—Gracias, Gyuri —murmuró él, y soltó la capa para caminar a mi lado, rozando mi hombro. Yo, sin entender por qué me lo agradecía, sostuve el borde de la caperuza, expectante.

Desde la cima de aquella colina era posible ver la difunta aldea de Riurian, con los cuerpos humanos salpicados por las calles y envueltos por la sangre de otros.

Cyrone adoptó su posición de poder. Como si la lluvia lo hubiese colmado de vigor, plantó ambos pies sobre la tierra y cerró los ojos.

La montaña tembló desde la base, deformándose de una manera casi imperceptible.

Miré hacia todas partes, tardando de comprender que el serafín estaba conectando con las demás bases de la pequeña cordillera que rodeaba a Riurian.

Acerqué a Rydel a mí, ya que miraba alrededor sin alcanzar mi entendimiento de lo que sucedía.

—¡No veo nada! —farfulló el querubín, porque su rostro estaba completamente cubierto con la capucha. Cuando sintió mi tacto, su nerviosismo disminuyó.

—Todo está bien, Rydel —le susurré, mientras los tumultos bajo nuestros pies se movían por la gracia del poder de Cyrone.

La aldea de Riurian, situada en el centro de cuatro imponentes montañas, fue cubierta por una lluvia de tierra que descendía de los cerros, los cuales se estaban desmoronando.

Las cuatro montañas se movían y convergían hacia la aldea con el objetivo de sepultar a los difuntos de la ciudad.

Una vez que la tormenta de tierra terminó por cubrir por completo la aldea, las dos montañas contiguas se acercaron una a la otra para fusionarse.

La montaña creció en tamaño, sepultando la aldea bajo su prominencia.

Cuando todos nosotros nos encontrábamos en el punto más alto, la tierra dejó de moverse.

Contemplé el horizonte con la mano en mi pecho, puesto que desde ese lugar se podía observar el resto de Melcior. A lo lejos divisé el árbol gigante que Cyrone había creado hacía un tiempo para mostrarme el camino a Catarbella.

—¿Ese árbol gigantesco quedará por siempre ahí? —pregunté curiosa.

—Sí. Bueno, al menos al verlo siempre recordarás la primera vez que viste el mundo —contestó Cyrone.

El serafín entorpeció un poco sus movimientos al soltar el control que tenía sobre las montañas.

Luego, se giró hacia el lado contrario para abrir un gran agujero en el centro de la cumbre, escarbando con una de sus manos muy profundo, hasta que la corteza terrestre se despedazó en la base.

Una incandescencia comenzó a brotar de la rotura, alzándose poco a poco hacia la superficie.

—¡¿Qué es eso?! —grité.

—¡¿Qué es eso?! —repitió Rydel sin poder ver lo que yo veía.

—Cuidado, no se acerquen. La lava quema —nos advirtió Cyrone, separándonos de la abertura con su brazo.

Lava. Nunca había oído algo similar. De todas maneras, en Melcior cualquier cosa que fuera así de resplandeciente era una bendición.

—Los minerales de los volcanes ayudan a fertilizar la tierra —comentó Cyrone, aunque no entendí bien a qué se refería con eso—. Además, un volcán aumenta la temperatura del lugar.

Al terminar de explicar tocó el suelo, buscó los minerales bajo el territorio y los hizo germinar.

—Cuando trabajan la tierra y el cielo, es mucho más fácil crear vida —añadió Flye desde el hombro del serafín, comprendiendo antes que yo lo que el serafín pretendía hacer.

A mi alrededor brotaron matas abundantes de trigo y cebada. Su color no era luminoso, pero, alumbradas por el farol natural del volcán, los dorados de aquellas plantas destacaban entre el azul y gris sombrío del paisaje.

—Es hermoso —opiné, descubriendo un poco la caperuza de la cabeza de Rydel, cuyas pupilas de miel se iluminaron del mismo color dorado que tenía el campo.

El trigo creció hasta alcanzar mi altura, por lo que pude acariciar las hojas áureas que florecieron a mi lado. El aroma de la cebada invadió mi nariz con una delicada fragancia que me conmovió.

Cyrone fundó un escenario milagroso con los nutrientes sobrantes de los cuerpos humanos. La creación de aquel campo, si bien había sido tardía, tal vez era un homenaje o una redención, o quizá pretendía proveer a los seres que pisaran ese lugar en el futuro.

Cuando todas las plantas maduraron y obtuvieron un tenue brillo áureo, finalmente las nubes negras se despejaron. El serafín de la tierra acabó su trabajo y suspiró un aire tan caliente y notorio que parecía ser el humo que expulsaba un dragonarto al rugir.

—Sir Cyrone, permítame recomendarle volver a Dregonia. Usted está debilitado, debe hacer contacto con su iridia para seguir adelante con el camino —dijo Flye.

Observé al serafín que lucía realmente frágil, y alcé sin querer mis orejas al escuchar que haríamos contacto con «su iridia».

Que iríamos a «Dregonia» a conocer a «quien» lo fuera; el ser más preciado para Cyrone, su propósito.

Mi boca se tensó y tembló cuando mis labios se fruncieron.

¿Por qué asumir que su iridia era una persona?

¿Por qué me aterraba tanto que «ese alguien» fuera una chica a quien amaba?

Me estremecí de solo pensarlo.

—Dregonia no es la ciudad donde los dragonartos y dregonilios quieren comerse a los humanos, ¿verdad? —cuestionó Rydel, destapándose la cabeza en el momento en que la lluvia cesó.

—La misma —contestó Flye.

Alcé ambas cejas por la impresión y, aunque jamás había visto a esos reptiles frente a frente, los había leído descritos en mis libros. Sostuve mi bolsa de viaje intentando aplacar la ansiedad. Pero el que lo tenía peor era Rydel, pues se había quedado congelado del susto.

Cyrone se acercó al pequeño y lo guió hacia el borde del volcán, donde pudieron vislumbrar el paisaje. Los seguí, y a medida que avanzábamos los árboles revelaron poco a poco el panorama: una ciudad cubierta de grandes troncos curvos que formaban un domo cerrado. Luego le dijo:

—Rydel, los dragonartos y dregonilios no pueden comerse a nadie. ¿Ves ese gran domo de madera? Dregonia se aísla y protege con grandes, enormes árboles que cierran la entrada a esos animales voladores.

Pero el querubín no dejó de temblar, más aún cuando vislumbró la enorme estructura cerrada de troncos.

—Cyrone, ¿esos animales son carnívoros? —pregunté—. ¿En serio tu lugar favorito es tan peligroso?

Flye voló del hombro de Cyrone y emigró al mío.

—En eso se equivoca, señorita. Dregonia es el sitio más próspero y seguro de todos.

Entenderá que los animales como los dragonartos quieren ingresar allí por esa misma razón.

Dentro de esa aldea hay agua en cada rincón.

Es una ciudad que se posa sobre una inmensa laguna, haciendo la tierra húmeda y fértil.

Sabía que buscar la reliquia para encontrar iridias podía llegar a ser una hazaña audaz en la que mi integridad corriera serio peligro.

Así que, si teníamos que hacer una breve pausa en Dregonia para luego continuar con nuestro camino, estaba dispuesta.

Quería reencontrarme con lo que más quería en ese oscuro mundo; quería ser capaz de ver a Nym convivir en armonía entre todos esos humanos.

También estaba feliz de haber descubierto algo más.

Miré de reojo al serafín de cabello añil y ojos penetrantes.

Solo sé que quiero ir contigo a Catarbella . Oí mi propia voz dentro de las cavidades de mi cabeza, aun cuando quería reprimir ese reciente recuerdo. No era capaz de entender cómo podía haber dicho algo así.

Solté un quejido y me cubrí la cabeza con la capa hasta esconderme por completo, pero el aroma a tierra mojada que desprendió la prenda me hizo ruborizarme mucho más.

—¿Qué sucede, señorita? ¿Se encuentra bien? —me preguntó Flye muy cerca del oído.

No era capaz de responder a su pregunta.