Caelum 10 #3
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No podía negarlo, pues en cada esquina de la aldea había una gota de sangre, acompañada de un putrefacto olor.

—Cyrone —balbuceé—. ¿Qué se supone que ha sucedido aquí?

Finalmente, el serafín se giró hacia nosotros, luciendo una aparente calma. Negó con la cabeza antes de empezar a explicar:

—He visto esto antes. Seguramente todo empezó con la escasez de alimentos. Después vinieron los conflictos entre ellos por eso. La inanición debió haber conducido a muchos de ellos a la locura.

Callamos frente a la fatídica explicación, y todos encontramos con la mirada al menos una señal distinta de que muchos de esos humanos no murieron de hambre, sino a causa de golpes y ataques.

El escenario emanaba un ruido caótico sin que ningún alma se manifestara.

Hablaba por sí mismo, con el horror de las paredes descuidadas y manchadas de sangre, y el de las calles salpicadas de cadáveres.

—Bueno, vamos por la reliquia —dijo Cyrone, y se encaminó en sentido contrario.

Quería responderle, pero me hallé congelada por el miedo. Me esforcé otra vez y logré emitir un susurro entrecortado:

—¿Ya está? ¿No podemos hacer nada?

Sostuve los pequeños hombros de Rydel, a quien se suponía que debía reconfortar. En su lugar, me apoyaba en él, frente a la inminente posibilidad de desmayarme.

—Gyuri, nosotros no... —respondió Cyrone, pero un débil sonido proveniente de una de las casas nos hizo callar.

—¿Qué pasó? —preguntó Flye, cuya audición era más débil que la nuestra—. ¿Qué pasa?

—Shhh —lo silenció el serafín, quien se acercó con sigilo hacia una entrada.

Fui testigo de cómo Cyrone pateó la puerta rechinante de esa casa, que al abrirse desprendió todo el polvo del techo sobre él. Lo seguí, pidiéndole a Flye que vigilara a Rydel.

El serafín se bajó la capa para oír con más claridad y se despolvoreó.

Lo que encontramos adentro fue aún más espeluznante: una mujer de avanzada edad en descomposición yacía junto a lo que parecía ser una cocina ya oxidada. Los gusanillos entraban y salían de sus heridas, y el hedor nos obligó a cubrirnos las narices.

Al otro lado de la habitación una joven se hallaba tendida en el suelo, miraba hacia el techo con la respiración agitada. Estaba viva.

—Ya estás aquí... mamá —susurró la débil muchacha.

Solté un pequeño sonido de la impresión. Me acerqué corriendo hacia ella y me arrodillé a su lado.

—¡Está viva, está viva! —grité en dirección a Cyrone con una amplia sonrisa, pero mi entusiasmo se aminoró al ver que él no lucía tan optimista como yo.

El serafín se acercó también y sostuvo la muñeca de la muchacha. Quedé boquiabierta al ver que Cyrone, con sus dedos, podía rodear la muñeca al menos dos veces sin problemas. Luego lo comprendí al observar su piel pálida y escuchar el silbido que emitía al respirar.

—Apenas vive. Morirá muy pronto —alertó Cyrone.

—¿Qué? Pero, espera... no puede morir, ella es.

.. es muy joven para que se muera —dije nerviosa, riendo no por gracia, sino por lo imposible que era de creer—.

¡No debe tener más de dieciséis años! ¡Es muy pequeña y.

..! ¡Haz algo, Cyrone!—Lo sacudí del brazo—.

¿No puedes salvarla con tus poderes angelicales?

El serafín negó y reposó la muñeca de la adolescente de vuelta en el suelo.

—Un solo serafín no puede desafiar la ley de la vida ni enfrentar el poder de Nylena. Quizá los cuatro podríamos, pero yo solo... es imposible —afirmó él.

—Bueno, somos dos serafines. Dime cómo puedo ayudarla. Yo... yo puedo intentarlo.

Mi desesperación consiguió convencerlo. El serafín me indicó que tomáramos nuestras manos con fuerza. Obedecí y Cyrone comenzó a recitar:

—Mediante esta unión, apelamos al poder de Nylena para curar un alma que no merece la muerte. No es tiempo, Nylena, hazla volver.

Observé a Cyrone cerrar los ojos con fuerza y lo imité. Nuestros cuerpos comenzaron a brillar, como decían los relatos: «Los serafines son ángeles y, como tales, sus pieles resplandecen en la oscuridad como chispas de fuego».

Recordé mis antiguas novelas; si yo era una de esas criaturas poderosas... ¡si yo realmente era una serafina de la naturaleza, debía ser capaz de ayudar a esa muchacha!

—No es tiempo, Nylena —repitió Cyrone.

—¡No es tiempo, Nylena, hazla volver! —Lo imité—. Nylena, ¡es solo una niña! ¡Oh, por favor!

Agarré con más fuerza las manos de Cyrone al ver que nuestras pieles se tornaban opacas. Él me soltó y suspiró, masajeando su frente.

Me negué a resignarme.

—¿Hice...? ¿Hi... hice algo mal? —tartamudeé—. ¡¿Por qué no se sana?!

—Lo hiciste bien, Gyuri. Te lo dije —respondió él en voz baja—. No podemos evitar su muerte.

—Pero entonces renacerá como una querubina. Ella aún no es adulta. Renacerá si yo la hago renacer. Tengo que salir a buscarla en la naturaleza, como me dijiste, las almas de los niños se guardan en...

—Gyuri, ella no es una adulta, pero tampoco es una niña. No renacerá como una querubina.

—Tal vez si Rydel viene. Él es un querubín, ¿verdad? Tiene poderes celestiales. —Me volteé hacia la puerta, donde se encontraban nuestros compañeros. Hice un ademán para que se acercaran—. Ven aquí, Rydel.

Pero el niño estaba temblando en una esquina de la casa, justo al lado de la entrada.

—No, Gyuri, tienen que ser cuatro serafines. Solo somos dos.

—Me duele —susurró la muchacha moribunda, interrumpiendo al serafín.

No pude soportarlo, perdí lo que me quedaba de aliento, pero me obligué a ponerme de pie. Salí de la casa, mirando la niebla eterna que se extendía hacia arriba y se perdía en el infinito. Junté mis manos y las acerqué a mi boca para hacer resonar mi voz en el aire.

—¡Neblina! ¡Neblina, tú que me escuchas por las ondas del viento! ¡Neblina!

—Señorita Gyuri, Neblina no la escuchará así de fácil —intervino Flye, saltando hacia mí.

—Pues, tendrá que escucharme. ¡Neblina! —grité hasta que mi garganta ardía.

Rendida, después de varios intentos, ingresé a la casa otra vez. Vi a Cyrone mirando a la muchacha, que respiraba cada vez más rápido. Caí desvanecida de rodillas a un lado de ella. Odié haber decidido rendirme, me odiaba por eso.

—Ma... má... —susurró ella, en tono agonizante.

No pude apartar la mirada de su cuerpo tembloroso, tan delicado y pálido, como esculpido en porcelana blanca.

No había rastro de frío en el aire y, sin embargo, temblaba tanto que solo podía deberse al dolor que la invadía.

Tomé su mano con ternura, sintiendo su calor frágil bajo mi piel, y la apreté con fuerza.

Quería que sintiera mi presencia, mi firmeza, mi compromiso inquebrantable a su lado hasta su último respiro.

—Mamá..., ¿eres tú, mamá? —murmuró arrastrando las palabras. Mis labios se curvaron, sin el deseo de sonreír, pero si no podía llorar debía encontrar una forma de expresar mi desesperación.

—Así es, soy yo, mi niña —susurré. El mentón me temblaba, pero me las arreglé para hablar con firmeza.

—Mamá, lo siento mucho, ojalá un día puedas perdonarme —volvió a decir. Acaricié su cabello húmedo por el sudor y la sangre—. Perdonarme.

—Por supuesto que te perdono, cariño mío —le respondí con la voz más dulce que pude—. Todo ha sido perdonado, no tienes que sufrir por nada de eso.

—¿De... verdad? —preguntó con dificultad—. ¿De... ver...?

—Soy tu madre. Eres mi niña. Te adoro. Claro que te perdono.

—Me agaché para recostar mi mejilla en su cabeza.

Miré de reojo el cadáver de su madre; esperaba poder acompañar a su hija como a ella le hubiera gustado hacerlo.

Recordé la canción que me susurraba mi progenitora antes de dormir, así que se la canté muy bajito—: Menudo sol hecho amor, manitas calurosas, cielito de infinito color, descansa en mí . ..

La chica dejó de respirar con agitación, calmó el ritmo de su corazón, se tranquilizó.

— Por ti, Melcior, conquistaré ...

Mis ojos se encontraron con los de Cyrone por un fugaz instante y detuve mi canto; me sorprendió ver su semblante descompuesto, una expresión tan enigmática que resultaba imposible de descifrar.

Me miraba con tanta intensidad que parecía hurgar en lo más profundo de mi ser.

Sin embargo, algo no estaba bien; su presencia parecía estar en otro lugar, más allá de este mundo.

—Cyrone —dije con la voz desgastada.

Cyrone despertó del trance con un leve meneo de cabeza. Luego de relamer sus labios, posó la mano sobre el corazón de la muchacha y una suave luz se impregnó sobre ella.

Cayó dormida y comenzó a sonreír en el sueño. Luego de unos segundos, la muchacha dejó de respirar. El serafín cesó el contacto y la miró por un instante antes de volver a ponerse de pie.

Vi al serafín de reojo, caminando por mi lado y en dirección a la salida. Abandonó la casa, pero yo no pude moverme de mi lugar. Observé la fragilidad de un ser humano frente a mí, desvaneciéndose como si no fuera nada.

—Descansa, por favor. El próximo mundo será más gentil con tu vida, pequeña, te lo prometo —susurré.

Me perdí en el rostro blanquecino de la muchacha fallecida, quien parecía estar en paz en aquel eterno descanso, a pesar del calvario vivido.

A diferencia de los otros cadáveres de la aldea, su cuerpo no lucía macabro; por el contrario, emanaba normalidad, juventud y vitalidad, con ansias de aprender y de seguir adelante.

¿Qué habría sucedido si yo, como serafina del cielo, hubiera estado presente? ¿Acaso habría podido evitar la muerte de toda esa gente?

Encontré las fuerzas necesarias para ponerme de pie y correr en busca de Cyrone, aunque para entonces ya no sabía a dónde se había dirigido. Necesitaba escucharlo, pues mis pensamientos eran demasiado ruidosos y dolorosos.

Había visto demasiada gente marchitarse, sangrando sin cesar. Aves masticaban su interior. Injusticia. Ni siquiera tuvieron la oportunidad de cerrar los ojos antes de abandonar este mundo.

Como si el camino hilara la dirección, lo encontré en la orilla de un barranco, en la cima de una colina que acogía ala aldea. Estuve a punto de llamarlo, pero la reacción del serafín me hizo abandonar la intención.

Sin saber que lo contemplaba a lo lejos, Cyrone cubrió su rostro y dejó escapar un grito ahogado. El sonido se asfixió con el contacto de sus manos. Nadie más pudo escuchar aquel grito, solo yo. El serafín cayó sobre la tierra y apoyó su cabeza en el suelo.

De pronto, a su alrededor crecieron flores de tonalidades azules que al momento de madurar se tiñeron de negro. Se marchitaban al segundo de haber crecido. Flores marchitas y opacas emergían, crecían y morían.

No me acerqué a Cyrone, tan solo aprecié cómo lo que me rodeaba se llenaba de negro al cubrirse de pétalos enlutados. El serafín volvió a quejarse, como si generar aquellas plantas le produjera un severo dolor físico.

Pronto entendí que esa era la manera en la que el serafín de la tierra lloraba.