Caelum 10 #2
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10 #2

Me apoyé sobre un tronco, sosteniendo el peso de mi cuerpo sobre él.

Miré hacia arriba y las luces filtradas por las hojas permitían iluminar una tela en la que un insecto se resbalaba, incapaz de encontrar la forma de despegarse y huir.

Otro insecto más grande recorrió la tela y, con una tenaza prominente, partió al insecto atrapado en dos.

Solté un suspiro ahogado al oír cómo el insecto masticaba al otro, partiendo la solidez de sus patas y convirtiéndolas en pequeños, minúsculos, inertes fragmentos.

—La superficie es hostil —dije sin poder contener las palabras—. Mis padres no hubieran sobrevivido aquí. Ellos... ellos no sobrevivieron.

Presioné mis dientes y me obligué a reprimir mis miedos y malos augurios.

—Mi familia está bien. Los encontraré. Cyrone me lo prometió. Tengo que confiar en él —repetí susurrando y me dispuse a caminar de vuelta.

¿Por qué sentía como si la vida que había tenido bajo tierra nunca hubiera sido real?

Avancé hasta que me tropecé con algo. Caí embarrándome en la tierra y miré con resentimiento lo que se me cruzó. Era una caja repleta de velas. Alcé las cejas al verla, porque no parecía provenir de la naturaleza. El golpe, al menos, aplacó la ansiedad.

Observé que detrás de mí se erguía una estructura. No, era mucho más pequeña que una casa y ningún ser humano podría morar allí dado su tamaño; sin embargo, sabía que había sido construida por uno de ellos. La arquitectura y la forma cuadrada, pulida y perfecta, lo evidenciaban.

Era una vieja construcción de madera, que ya estaba maltrecha, oscura y aislada. Por suerte se iluminaba de hileras de flores plateadas que brotaban desde la base del lote.

—¡Señorita! ¡No se aleje de nosotros, esta es una zona de bestias! —gritó Flye desde lejos, acompañado de mis otros dos compañeros.

Ellos venían siguiéndome, pero cuando comprobaron que estaba bien —ignorando lo sucia que había quedado por la caída— fijaron su atención en la ermita que había tras de mí.

—¿Qué es eso? —le pregunté a Cyrone al captar su expresión de sorpresa y preocupación.

En la casita había un buzón con pergaminos junto a unos palitos quemados, cuya combustión impregnó su alrededor con un suave aroma a lavanda.

El serafín me ignoró y caminó hacia los pergaminos, los desenredó y estiró para leer el interior. Me puse de pie y pasé por su lado para entrar a la ermita, que carecía de una puerta que bloqueara la entrada.

Allí dentro, las cuatro paredes se apreciaban un tanto raspadas, pintadas de un color desvaído. En el centro de la construcción se encontraba un altar decorado con flores luminosas, pero marchitas. Arriba se posaba una figura bañada en oro, de una mujer con cabello ondulado y extenso.

Miré la estatua durante unos segundos que parecieron distenderse en el espacio.

Mi corazón comenzó a latir tan fuerte al verla que no pude evitar agachar la cabeza.

Luego, sin alzar mi mentón, pero dirigiendo mis ojos hacia ella, contemplé la belleza de aquella mujer.

No se parecía en nada a las imágenes que teníamos en casa.

Allí pude reconocer su figura. No podía ser una mujer común y corriente, debía de ser una diosa. La diosa Nylena.

Permanecí mirándola, recorriendo sus facciones, su cuello, sus hombros. ¿Por qué tan solo mirarla me hacía retorcerme de nerviosismo?

Retrocedí y dejé de contemplar la figura.

Busqué a Cyrone otra vez, chocando el hombro de Rydel que iba con Flye recién entrando a la ermita.

El serafín, en cambio, no se había acercado al altar.

Al parecer solo le importaba leer los pergaminos de la entrada.

Me acerqué curiosa y asomé la mirada por debajo de su brazo, para poder leer lo que decían esas escrituras.

Diosa Nylena, por vuestra altísima gracia, os rogamos que nos otorguéis un poco de vuestra gloria. Haced florecer nuestros campos de trigo, secados a causa de la insoportable sequía. Niños, adultos mayores, todos pereceremos si no nos brindáis vuestra ayuda .

Piedad, grandísima diosa Nylena. Sé que podéis escucharnos .

No hagáis oídos sordos ante nuestro sufrimiento .

El pergamino lucía estropeado, viejo, y tenía un espeso olor a humedad.

Al terminar de leer, Cyrone lo bajó con delicadeza y se quedó inmóvil apreciando la nada. Lo miré preocupada porque, aunque lucía serio, estaba desesperado. Pude notarlo en sus ojos.

—¿Qué es esto? ¿Lo escribieron los humanos? —pregunté.

—Es difícil abastecer a todos los humanos que se dispersan por ahí —contestó el serafín mientras sostenía con fuerza el pergamino envuelto, arrugando el papel—. Me es difícil verlos si no estoy en el observatorio de Catarbella. Aquí, en tierra firme, solo puedo ver lo que alcanzan mis brazos.

Se apartó de mí y se subió a un árbol que luego hizo crecer.

El osterón se agrandó lo suficiente como para permitirle ver por encima de las copas del bosque, más allá de la espesura.

Cyrone anunció a los demás que la siguiente parada se trataba de una aldea humana desconocida que, según el pergamino, se llamaba Riurian, ubicada entre las altas montañas de Melcior.

Me costaba entender ese cambio de rumbo, de hecho, me oponía a ello, pues era seguro que íbamos a tomar un camino más largo si nos dirigíamos hacia allá.

—No, Cyrone, espera, nuestro camino debe ser recto para llegar más rápido a Riorense. Cada segundo es valioso, quiero decir... ¡Nym está solo! ¡¿Qué hay de mis padres?!

El serafín saltó del árbol, aterrizando sobre sus pies. Después caminó hacia mí.

—No me tomará demasiado tiempo, lo prometo.

—¿Qué pasa si en ese tiempo pierdo la oportunidad de volver a verlos con vida? —insistí con un notorio temblor en la voz.

—Aún no he abandonado mi promesa. Estoy seguro de que los encontraremos, Gyuri.

—Cyrone colocó ambas manos sobre mis hombros y plasmó sus ojos en los míos.

Pude percibir, nuevamente, cómo se reflejaba a sí mismo en mis pupilas—.

Ahora, necesito que tú me entiendas. Los humanos son vulnerables y, aunque luchen por sobrevivir, no pueden hacerlo por sus propios medios.

Ellos dependen de la tierra, del cielo, del mar, del aire. Dependen de nosotros.

Flye intervino en la discusión, dando saltitos hasta quedar entre los pies de ambos.

—No solo los humanos, señorita Gyuri. Mi familia también pereció por falta de alimento. Si podemos salvar a alguien, sea humano o animal, deberíamos hacerlo.

—No volveré a pasar por aquí, al menos por un largo tiempo —insistió Cyrone—. Y, para entonces, todos estos humanos estarán muertos.

Quise negarme, aunque fuera una vez más, pero era demasiado difícil.

Recordé los estragos de Neblina. Miré hacia arriba y me encontré con la ausencia del cielo y toda la luz que yo debía proveerles, pero que no estaba haciendo, y luego miré al serafín de la tierra; ¿cuánto había abandonado, a cuántos había hecho a un lado para cuidarme y llevarme hasta mi familia?

—Abastecemos los campos de trigo y luego nos vamos, ¿verdad?

—Le juro, señorita, que jalaré a sir Cyrone de una oreja si algo tan simple como eso le toma demasiado tiempo —me respondió Flye, escalando el cuerpo del serafín para posarse en su hombro.

Llamé la atención de Ry, quien aún se encontraba dentro de la ermita observando la figura de Nylena, para que se marchara con nosotros. Me quedé un rato en el umbral de la entrada al ver que el niño se resistía a abandonarla. Luego, se volteó para mirarme.

—Gyuri, ¿sabías que la diosa Nylena es una de mis antecesoras? Mi altísima madre fue una querubina de ella.

Me quedé boquiabierta con esa revelación.

—¿Es eso verdad? ¡Eso quiere decir que tu naturaleza es muy poderosa!

—La diosa Nylena encontró a mi altísima madre en un diente de león. Mi alma, al morir, no se concentró en un lugar así, creo que mi alteza me encontró en una maleza. —El pequeño rio recordando su origen, un tanto avergonzado.

—Tal vez a mí, cuando era un alma perdida en la naturaleza, la serafina del cielo me encontró en una piña, o en una banana.

—¡Eso hubiera sido muy gracioso! ¿Qué hubiera pasado si te hubiese comido un mono fijú?

—Tal vez ahora no sería más que la deposición de un mono.

Rydel rio con fuerza y yo desordené su cabello.

Me reconfortó observar cómo el pequeño finalmente conseguía calmar sus pensamientos intrusivos. Sentí gratitud por haber logrado lo mismo, aunque fuera solo un poco.

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Al poner un pie en Riurian me cubrí la boca, pero un leve quejido que no pude reprimir se escapó de entre mis labios. Di unos pasos hacia atrás. Fue horrible, inexplicable. No podía creer lo que mis ojos veían. Debía estar recreando una terrible pesadilla.

A diferencia de Hugaría o Dendroría, aldeas llenas de vida, júbilo y habitantes, aquella era una aldea triste, opaca y despoblada.

Las construcciones pobres que se habían erigido estaban derrumbándose.

Habían sufrido tanto deterioro que ninguna de ellas podría resistir siquiera la brisa más suave.

El camino estaba descuidado y árido. No se oía la voz de nadie, ni el más mínimo movimiento de algún ser.

Avanzábamos en grupo en un silencio sepulcral, hundidos en un hielo inquebrantable.

Lo único que interrumpió aquel silencio fue el chillido agudo de Rydel al avistar un cuerpo en descomposición; era un cadáver que estaba junto a una puerta, intentando ingresar a una de las casas cerradas.

Tomé el brazo de Rydel y escondí su rostro en mi ropa para que dejara de verlo, aunque yo fui incapaz de apartar la mirada del cuerpo.

Era la primera vez que me enfrentaba a los efectos de una muerte humana. Tragué nerviosa, intentando contener las ganas de vomitar.

—Llegamos muy tarde —se lamentó Flye mientras se dirigía a Cyrone.

Me volteé hacia el serafín, pero no logré ver su expresión porque Rydel llamó mi atención al gritar.

—¡¿Eso es sangre?! —preguntó el querubín al señalar con su dedo la ventana de otra de las casas.