10
A l poco tiempo de salir de Dendroría el calor fue incrementando y las plantas mutaron de forma y colores. También los animales se tornaron más grandes y bestiales que en las zonas limítrofes.
—¡Señorita Gyuri! ¡Dele con el rayo! —me gritó Flye desde la copa de un árbol, observando cómo un enorme binton nos acorralaba.
—¡Que ni siquiera sé cuál es mi posición de poder! —le grité de vuelta, intentando despertar a Rydel, que se había quedado inconsciente por el miedo—. Ry, despierta. ¡Cyrone!
El serafín rechazó otra vez usar sus poderes, lo cual todavía me provocaba frustración.
—¡Maldición, Cyrone! ¡Tienes poderes celestiales! —le grité con más fuerza, presa del estrés.
—También tengo una daga, Gyuri —me aseguró el serafín.
—Increíble —susurré, rodando los ojos.
El binton, cuadrúpedo desprovisto de pelaje, grandes colmillos, ojos saltones y patas cortas, rugió y sonó similar a un grito humano, lo que lo hizo todavía más tenebroso.
El serafín se abalanzó sobre el animal y me cubrí los ojos del miedo.
Tan solo oí el barullo del binton herido y luego el fuerte estruendo de su derrumbe.
Me quité las manos de la cara y vi que Cyrone levantaba el cuerpo inerte de la criatura con una mano, mientras que con la otra usaba la fuerza bruta para desencajar la daga del cuello del animal.
Con delicadeza, dejó caer el cuerpo de la bestia y se arrodilló frente a él con una quietud reverente.
Un silencio profundo envolvió el aire. Curiosa, me asomé por encima de su hombro intentando descifrar lo que hacía.
Escuché apenas un susurro escapar de sus labios.
Entonces, ante mis ojos maravillados, el cuerpo del binton se deshizo transformándose en un pequeño campo de flores.
Flye bajó volando del árbol y le aconsejó a su amo:
—Debemos conseguir un arma mejor para defendernos. Podríamos encontrarnos con una bestia el doble de grande más adelante.
Agradecí que Rydel estuviera desmayado y que no pudiera oír esa noticia.
Recorrimos el sendero y no tardamos en encontrar ciertos tenderetes ambulantes aislados, atendidos por familias numerosas de humanos que al parecer preferían segregarse de las aldeas.
La que visitamos era una construcción de madera, similar a la que había forjado mi padre en Riveria.
Sin embargo, la casa contaba con grandes ventanales, desafiando sin miedo el clima exterior, que a esas alturas de la caminata ya se volvía templado.
Entré junto a Rydel, encaramado en mí, un tanto temeroso por ver a los humanos que atendían la tienda.
Lo oculté debajo de mi capa y me detuve en la mampara, observando mi entorno y examinando las armas que se vendían en ese lugar.
Todas estaban forjadas en hierro o algún metal similar, duro y filoso.
Cada una brillaba reflejando los faroles de fuego con los que se decoraba la pared.
Detrás del mostrador, una mujer de ojos rasgados y nariz puntiaguda nos saludó. Me incliné agradecida por la bienvenida y seguí a Cyrone, que ya se encontraba contemplando un arma alargada de punta bastante fina.
Cyrone apoyó su dedo pulgar contra el filo y cercenó la yema. Su sangre goteó un poco y luego su piel cicatrizó al instante.
—¿Qué se supone que haces? —murmuré nerviosa—. La señora se va a dar cuenta de lo que estás haciendo y no va a ser tan fácil convencerla de que somos un par de seres humanos normales.
—Ella se dará cuenta de eso si me sigues mirando como si fuera a matar a alguien, tranquilízate —me respondió, y luego se volteó hacia la mujer—. ¿Existe la posibilidad de afilar esta lanza aún más?
—El forjador está en descanso ahora mismo. Pero no tendrá problema en afilarla aún más si vuelve más tarde, jovencito —aseguró la mujer.
Cyrone asintió y, con Flye en uno de sus hombros, siguió revisando el resto de las armas menos convencido, como si la lanza fuera su única opción. Como si no hubiese cortado su dedo con el solo contacto.
—¿Aún más filosa? ¿Quieres que la lanza te corte sin que te toque? —le pregunté en voz baja.
—La piel de un ser humano es muy delicada. Si queremos defendernos de grandes bestias como, por ejemplo, las arcarias, necesitamos algo filoso que atraviese pieles resistentes —me explicó.
—¡¿Nos encontraremos con arcarias en el camino?! —preguntó Rydel a la vez que asomó su cabeza por debajo de mi capa.
—¿Arcarias? Ni siquiera sé qué son, pero si son animales podemos comunicarnos con ellas —razoné yo. Seguí a Cyrone por la tienda—. ¿Para qué quieres atacarlas?
El serafín me miró de reojo.
—Tal y como ese binton, no te harán caso.
Esos animales son carnívoros y las presas en Melcior no abundan.
No creas que las arcarias nos perdonarán por ser serafines.
Tenemos carne humana deliciosa para ellos.
Puedes intentar negociar, pero no escucharán lo que sale de tu boca, sino lo que te late en el pecho.
Verán con voracidad la carne en tus labios al moverse y. ..
—¡Waah! —gritó Flye para simular un rugido, que no sonó como nada parecido.
Me ericé al escuchar el relato, pero Rydel casi se cayó hacia atrás del susto, por lo que tuve que sostenerlo de los hombros.
—Oye, Cyrone, a propósito del binton —le volví a consultar—. ¿Por qué dragonartos no haces uso de tus poderes para defendernos? Aplacarlas con un terremoto o apresarlas en raíces sería más fácil. ¿No crees?
—Gyuri, nuestro poder es para abastecer y no para atacar a los seres de Melcior. ¿Quieres que esta se convierta en una dictadura celestial?
—Hasta el ser más bondadoso, con todo el poder que tienen ustedes, podría corromperse —asintió Flye.
Me costó entenderlo, pero guardé silencio.
Como el forjador no estaba presente en ese momento, rodeamos el bazar y reposamos un rato en el bosque que le seguía al sendero.
Cyrone encendió uno de esos apestosos cigarrillos y se alejó un poco de nosotros.
Me senté junto a Rydel en un tronco hueco y observé que tiritaba como cascabel, así que decidí calmarlo un poco.
—Oye, tranquilo. No hay arcarias cerca, Ry —afirmé, sin estar muy segura de eso.
—Mientras más nos acerquemos a Catarbella, más bestias peligrosas nos amenazarán. —El pequeño querubín gimió—. Gyuri, todavía no es demasiado tarde para regresar a Dendroría... allí era seguro. Volvamos.
Puse una mano en su espalda, mirándolo compasiva, y negué con la cabeza.
—Ry, tú sabes que quiero encontrar a mi familia. Para eso debemos acercarnos a Catarbella, porque está muy cerca de Riorense. En Riorense está la reliquia celestial que me ayudará a buscarlos —le expliqué, aunque ya se lo habíamos contado antes.
—Pero ¿qué pasará si no podemos encontrarlos? —me preguntó y luego me miró con sus pupilas ahogadas en lágrimas—. ¿Qué pasa si no podemos encontrarlos jamás?
Aunque su pregunta era inocente, sin querer escarbaba profundo en mis sentimientos.
No había querido pensar siquiera en esa posibilidad.
Estaba convencida de que me encontraría con mi familia más temprano que tarde.
Si no era así, ni siquiera tenía sentido seguir avanzando, seguir poniéndonos en riesgo.
La preocupación de Rydel era justificada, desde luego, pero quise ignorarlo y hablar más fuerte.
—No digas eso, te aseguro que los encontraremos y, además, conocerás a Nym. ¡Es un niño de tu misma edad! ¡Se llevarán muy bien! —le respondí, aunque pareció que mis palabras intentaban consolarme a mí misma.
—Quiero... quiero a mi madre —susurró tembloroso.
—¿Hablas de Neblina? —le pregunté, pero al estar experimentando un terror insostenible no parecía ser un querubín ni cualquier otra criatura celestial. Era un niño, un niño humano cualquiera que sufría en el interior de Rydel.
Probablemente se refería, sin darse cuenta, a su madre humana.
Sostuve mi bolsa de viaje un poco más fuerte, presintiendo que los temblores esporádicos del niño comenzarían a contagiarme.
Quiero a mi madre , repetí en mi mente sin querer.
Yo también quería llorar y decir lo mismo en voz alta, anhelar el cobijo de mi mamá, desear despertarme en mi cama y desayunar en Riveria junto a ellos.
Reír con las ocurrencias de mi padre, regañar a mi hermano por incordiar a mis padres en una discusión.
—¿Señorita Gyuri? ¿Está usted bien? —Escuché la voz aguda y lejana de Flye, que intentaba alcanzarme como una mano.
Pero me ensimismé aún más.
Era cierto. No lo había considerado hasta ese punto, pero existía una gran probabilidad de no verlos nunca más.
Aquella idea me revolvió el estómago y me hizo querer devolverlo todo; los pescados, los bocadillos, los alimentos nuevos que había probado.
Quería devolverlos al suelo, y así quizá volver a ser lo que era antes de haberlos probado; volver a casa y no haber salido de ella jamás.
De pronto me arrepentí de haber querido, por un segundo, salir a la superficie. Tal vez esa barrera invisible que me impedía salir me protegía. Tal vez nunca debimos haberla quebrado. Tal vez Lummina me encerró en ese lugar porque no deseaba que saliera.
—Gyuri. —Cyrone irrumpió en mi trance y consiguió despertarme. Como yo jadeaba de angustia, me obligué a calmarme.
—Perdonen, chicos —murmuré y carraspeé, luchando por sacar la voz—. Necesito un tiempo a solas.
Me paré y comencé a caminar, cabizbaja y sin saber hacia dónde me dirigía. No me alejaría demasiado, no tenía la intención de preocuparlos. Solo necesitaba tomar un poco de aire.
Caminaba viendo mis pies, apartando algunas ramas que me impedían el paso y que a veces me clavaban sus espinas. Me infligían heridas menudas que pronto desaparecían sin dejar ningún rastro.