Caelum 9 #3
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Ascendimos por la cuerda y, como la tarea se me hizo bastante difícil, Cyrone me ofreció su ayuda para evitar que me cayera.

El árbol parecía infinito, pero cuando llegué a la cima pude contemplar las puntas de los árboles.

Las luces lo cubrían todo, pareciendo langostas fulgurantes bajo el mar de Nalini, desenvolviéndose al ritmo del viento.

Aún se podía ver la niebla por encima, pero esta se teñía con los cálidos colores del bosque creando una aurora impresionante.

Rydel subió por la cuerda detrás de mí, soltando apenas un pequeño suspiro.

Me sorprendió verlo tan compuesto, y me explicó que gracias a sus poderes le resultaba bastante fácil ascender.

—Cambié un poco la densidad del aire para que no fuera tan pesado —comentó el querubín.

Me dejé caer en la entrada de la casa de madera y me abracé a una de mis rodillas. Tenía mucho que aprender sobre mis poderes, y los suspiros no me libraban de esa frustración. Rydel se acurrucó a mi lado para observar el paisaje.

—¿Sabes cómo era el cielo? —me preguntó después de un largo momento de contemplación.

—En realidad, no. No me queda más que imaginarlo. ¿Quieres que lo intentemos juntos?

El niño miró al cielo y vi como las imágenes se formaban en sus pupilas.

—Seguro que el cielo era rojo con verde. Seguro que había lluvias de rayos todo el día —opinó él.

—O con sombras de nosotros. ¿Crees que el cielo reflejaba nuestras caras? ¿Como un gran espejo? —le respondí mientras lo abrazaba para acurrucarlo.

—Yo creo que reflejaba la cara de la diosa Nylena. Después de todo, ella vivía allí en el cielo —murmuró Rydel antes de soltar un gran bostezo.

—¿Por qué lo dices en pasado? Nylena no ha muerto, solo está durmiendo. —Bajé la vista y vi que el querubín dormía. Acaricié su cabello—. Durmiendo profundo, tal y como tú.

Me quedé inmóvil un tiempo indefinido, esperando que Rydel entrase en la fase de sueño más pesado para poder cargarlo y entrar junto a él a la casa.

—A veces Flye duerme de pie —comentó alguien a mis espaldas. Era Cyrone—. Aún no me acostumbro a verlo.

Me volteé hacia él con cuidado de no despertar a Rydel, y lo invité a sentarse con dos golpecitos a mi lado en la rama.

—¿Flye duerme de pie?

Me reí al imaginarlo.

—Bueno, hincado, ya que no puede ponerse «de pie». No tiene pies.

—Yo lo he visto roncando de espalda. Pero ahora tengo ganas de ir a verlo dormir hincado.

Entre nosotros se instaló un silencio risueño.

—¿Sabes por qué Flye no me acompañó a Riveria cuando te fui a buscar?

—¿Por el frío? —le pregunté.

—Pues sí, pero de hecho hay algo gracioso. Las ranas, cuando sienten frío, hibernan. Duermen durante meses, y si hubiera perdido a Flye en Riveria probablemente hubiera dormido hasta la eternidad.

—Bueno, Flye adora dormir. Lo sé porque ronca como si rugiera —comenté y Cyrone sonrió—. No habría sido un castigo para él dormir hasta la eternidad, apuesto. De todas formas, estoy feliz de haber podido conocerlo.

Ambos nos quedamos enganchados al paisaje, sin decirnos nada por un minuto.

—El cielo era azul oscuro y tenía unos hermosos seres brillantes que lo adornaban todo el tiempo, Lummina los llamaba «estrellas» —dijo Cyrone cortando el silencio—.

Las estrellas brillaban como las luces de las hojas de los árboles.

La serafina del cielo, sin embargo, tenía dificultades para regular la temperatura —una sonrisa se le coló entre las palabras—, así que creó una estrella inmensa, calurosa y muy divertida, a la que llamó sol.

Desde que esta estrella mayor apareció, el cielo pasaba de ser celeste a rojo anaranjado, y luego volvían las pequeñas estrellas a iluminar un cielo negro.

Abrí la boca impresionada, pero pronto lo miré con indignación.

—¿Estabas espiando nuestra conversación otra vez?

—No es para tanto, apenas lo he hecho dos veces. La verdad es que me da curiosidad saber lo que tienes para decir. Eres muy ocurrente.

Lo miré en silencio y la comisura de mi labio se curvó sin querer. Luego sonreí hasta el punto que quise esconderlo, así que dirigí la mirada hacia el lado contrario.

—Hoy me dijiste que era una idiota.

—¿Y te crees todo lo que digo? Eso me conmueve.

—¿Lo piensas realmente?

Cyrone suspiró, mirando la niebla.

—¿Acaso tú lo piensas? No, ¿verdad? Eso debería bastarte para dormir tranquila.

Negué con la cabeza.

—Digamos que también me importa lo que tú pienses de mí. —Volví a mirarlo y nuestros ojos se encontraron; usé toda mi fuerza de voluntad para no apartar la vista.

Él me dedicó una media sonrisa que formó un hoyuelo en la esquina de su mejilla. No quise reconocer que me derretí al verlo.

—Digamos que no suelo espiar las conversaciones de la gente, jamás.

Eso me bastaba.

—Si te gustan las cosas que digo, ¿por qué me prohíbes hablarles a los humanos? —pregunté—. Te entretendrías muchísimo oyendo las cosas que soy capaz de decirles.

—Gyuri, ¿todavía no entiendes por qué? —me preguntó con seriedad.

Había llegado el momento indicado para preguntarle sobre lo que pasó durante la tarde.

—Creo que ya lo entiendo. Los humanos nos obedecen, ¿no es así? Es peligroso que usemos el vocabulario con ellos porque no pueden eludir nuestras órdenes. —Me cubrí la boca de manera inconsciente mientras hablaba.

—Buena chica, muy inteligente.

Intentó palpar mi cabeza, pero me quité disgustada.

—¡No soy una niña! ¡No me trates como una!

—¿Te enojas por el «buena chica»? —Sonrió—. Así les digo a las cachorritas, no a las niñas.

Lo empujé despacio, aunque me hubiera gustado botarlo de la rama.

—Espera... —Arrugué la frente después de reflexionar—. ¡Mi familia no me hacía ni caso! ¡Eso es una mentira! Si no, ¿por qué mi poder no funcionaba con ellos?

—Es una anomalía, hay ciertos seres humanos que son inmunes al peso de nuestra palabra.

Los pelirrojos, por ejemplo. —Se mantuvo pensativo por un segundo—.

No sabemos por qué lo son, aunque muchos dicen que el Sempiterno del Empíreo es una criatura de pelaje rojo.

Tal vez ellos sean descendientes directos de él.

—¿El Sempiterno del Empíreo es nuestro creador? —Él asintió—. Increíble, mis padres y Nym son descendientes del creador del universo.

Reí en voz baja al recordar que, a pesar de que mis padres tenían el cabello naranjo blanquecino producto de la vejez, alguna vez vi que tenían el rojo bermejo pintando las hebras de sus cabellos. Las mismas pecas, los mismos ojos verdes de Nym.

—Ya sabía que mis padres no eran mis verdaderos padres, así que no me mires así —lo molesté al ver su expresión.

Le concedí mi mirada y me dio la impresión de que él se reflejaba en mis pupilas. Lo pude sentir porque se miró a sí mismo en ellas, como si yo fuera un cristal.

—Puede que ellos no sean tus padres biológicos, pero tranquila, tus padres biológicos sí fueron humanos —me explicó después de sacudir la cabeza y dejar de mirarme—. ¿O por qué crees que lucimos tan semejantes a ellos?

—Deja de ir con rodeos y explícame todo de una vez. ¿Cuál es nuestro origen?

—Uh, Gyuri, esa es buena. La historia de los serafines es muy bella.

Los humanos, al igual que el resto de los seres en Melcior, son mortales.

Al momento en que ellos mueren, guardan sus almas en Catarbella hasta renacer para el siguiente mundo.

Ahora bien, ¿qué pasa con los niños humanos cuando mueren?

¿Crees que es justo que con una vida así de corta vuelvan a Catarbella y esperen un milenio para renacer?

No respondí nada, pero quise decir que no.

»Claro que no. Los niños humanos renacen antes, en forma de ángeles, gracias a la bendición de cada serafín.

Por eso Rydel no luce para nada como Neblina, y sí lucía como esa pareja de humanos que creían ver en él a su hijo fallecido.

Rydel fue un niño que vivió y murió antes de crecer, así que renació como un querubín.

—Pero él no los recordaba, es más, estaba muy asustado de ellos —dije.

—¿Tú recuerdas tu vida cuando eras una niña humana? Creo que no. Al morir, los recuerdos mueren con nosotros. Rydel no recuerda nada sobre sus padres humanos.

Una brisa ligera, cargada de melancolía, revolvió mis rizos.

—¿Qué pasa con los querubines que mueren? Tú dijiste que las serafinas se deshacían de los querubines varones...

—Ellos vuelven a Catarbella con el resto de almas de Melcior a la espera del nuevo mundo —me explicó Cyrone.

—¿Tú viviste en el mundo anterior a Melcior? —pregunté, dejando entrever la curiosidad que sentía por el serafín.

Pero él no me respondió. Luego entendí que la respuesta era más que obvia.

—Claro, si eres serafín es porque tomaste el lugar de la antigua serafina de la tierra. ¡O sea que estuviste en la apertura de Melcior! Por la diosa Nylena, ¿acaso cuántos años tienes?

—La verdad es que no llevo la cuenta —respondió él.

—Seguro que sí la llevas, pero evitas decirlo en voz alta para no espantarnos.

—Debo tener más de veintiún años por lo menos. Esa es la edad en la que nuestros cuerpos humanos maduran y dejan de envejecer por siempre —me respondió con seriedad.

Recorrí a Cyrone con los ojos, pero me detuve en el vendaje de sus manos y en la poca piel que las vendas dejaban ver. Oscura, tanto como Melcior sin árboles.

—Perdiste tu iridia alguna vez durante estos largos, eternos, ridículos veintiún años. ¿No es así?

—No, no. La verdad es que está de moda llevar los brazos y las manos vendadas —contestó él.

—Ya, muy ingenioso al responder. Dime algo, ¿cómo recuperaste tu iridia después de que la perdiste? —insistí.

—No lo sé, estuve «muerto» en el ínterin.

—¡¿Vas a evadir todas mis preguntas?!

—Para empezar, deberías dejar de asumir que tengo las respuestas para todo.

—Bueno, deberías hacerte cargo de hacerme sentir que no sé nada sobre ti —gruñí.

Cyrone resopló.

—Hablar contigo me deja exhausta —me quejé.

—Bueno, bueno. ¿Quieres que te cuente sobre mí?

Asentí con cierto resentimiento.

—Como ya lo imaginabas, nací de la antigua serafina de la tierra. Su nombre: Calyssa. Era bondadosa y amada. Ella también los quería a todos, por eso yo no comprendía por qué a mí me odiaba. No entendía por qué le disgustaba siquiera verme respirar.

—Es por lo que tú dijiste. Las serafinas deben matar a sus querubines varones —comenté.

—Así es, y como imaginarás, no es fácil para nosotros aceptar esa situación.

Guardé silencio para que continuara su historia.

—Al principio yo no pensaba en convertirme en el serafín de la tierra —sonrió con ironía—; yo solo me esforzaba por obtener la aceptación de mi madre. Ensayaba día y noche para conectar con la tierra e impresionarla, pero mi madre se frustraba más y más al verme mejorar.

—¿Intentó matarte muchas veces? —pregunté y bajé la mirada, temerosa de la respuesta.

—Más de las que podrías contar. Huí de ella para sobrevivir, y me vi obligado a conocer de cerca a los humanos.

Descubrí cómo funcionaban sus familias, cómo los padres amaban a sus hijos.

Ellos les hacían la comida, los arropaban de noche ylos besaban mientras dormían.

Era increíble. También conocí la maldad.

Pensé en mí misma, en mi familia, en lo hermoso que era imaginar que recuperaba mi hogar. Yo lo había tenido todo, y los buscaba por doquier, pero sin la certeza de que los encontraría otra vez. Me sentía tan sola como él.

—Cuando mi madre murió en la guerra de los serafines, a merced de Nylena, sus últimas palabras fueron: «Debí haberte matado mientras pude. Ahora la tierra está condenada».

Tragué, intentando mitigar el nudo en mi garganta. De pronto, un sollozo llamó nuestra atención: era Rydel, que se había despertado mientras conversábamos, acurrucado en medio de nosotros.

—Cyrone, tú dijiste que los ángeles no podíamos llorar —murmuré al recordar ese detalle.

—Los querubines son distintos a los serafines, Gyuri. Aún no pierden toda su humanidad. Ellos pueden llorar —me respondió en un susurro.

Arrullé al pequeño y acaricié su cabello oscuro.

—¿Estuviste escuchándonos, Ry? —musité.

—Mi grandísima madre, mi alteza. Ella es increíble, pero haber sido querubín de ustedes no habría estado mal —gimoteó el pequeño.

Sonreí y lo abracé con más fuerza, hasta que las lágrimas del niño cesaron por fin.

—Eres nuestro ahora. Y de ti mismo también —susurré.