9 #2
—Observa este libro. Has soñado con un hombre así, ¿verdad?
Así son las niñatas; las mujeres de corazón frágil sueñan con el hombre perfecto de las novelas.
—Cyrone chocó levemente mi cabeza con el lomo y yo me encogí—.
Te tengo una mala noticia. Los hombres perfectos no existen.
No existe un hombre capaz de desfigurar su vida por una mujer.
Hacemos lo mejor que podemos, Gyuri, pero tenemos muchos más propósitos en la vida que ser el amor de una chica, ¿lo entiendes?
—Claro que sí lo entiendo —le respondí y le arrebaté el libro de las manos.
—Si lo entiendes, entonces ¿por qué luces como si estuvieras a punto de llorar?
Me costaba responderle, pero tampoco quería desperdiciar esa llamarada que ardía muy dentro de mí. En vez de responder, respiré profundo y le dediqué mi mirada firme.
—¿Me ves incapaz de dejarte sola? —masculló—. ¿Qué harás cuando lo haga?
—Sir Cyrone, creo que se está pasando un poco —opinó Flye, pero el serafín continuó.
—Mira cómo lo hago cuando menos te lo esperes.
—Cállate.
—Igual que Nym.
Enceguecí por un segundo. Algo se desató desde lo más alto sobre el cuerpo de Cyrone y todo se volvió blanco.
Un rayo de luz espantó a las aves que estaban en los árboles.
Al parecer, descargué toda mi rabia en el lugar del serafín, envolviéndolo en una fuerza eléctrica un poco más débil que la que sufrió Neblina.
De todas maneras, lo hizo caer de rodillas frente a mí.
—¡Un rayo! ¡Gyuri! ¡Lo hiciste! —gritó Rydel.
—Sir Cyrone —suspiró Flye, algo decepcionado por cómo había terminado su amo.
De repente, mientras Cyrone estaba en el suelo, una visión fugaz sacudió mi mente y me arrancó de la realidad por un instante.
A mi alrededor, una lluvia torrencial caía, cubriéndolo todo y transformándose en un mar furioso frente a mí. Cyrone, de rodillas, sin capa y con el cabello más corto, permanecía en silencio, sin mostrarme el rostro. Parpadeé aturdida, y el escenario se desvaneció. El bosque recuperó su forma.
Me agarré la cabeza, porque de pronto sentí un dolor insoportable.
—¿Gyuri? ¿Qué pasa? —me preguntó Cyrone, atolondrado por el ataque.
—Cre... creo que vi algo —susurré y le devolví la mirada.
Antes de que el confundido serafín pudiera responderme, Flye llamó nuestra atención con un grito.
—¡Un humano! —alertó el anfibio, volando y escondiéndose detrás de una roca.
Los dos miramos a nuestro costado y divisamos a un hombre de edad adulta removiendo los arbustos para acercarse a nosotros. Se aproximaba con un desplante curioso, probablemente atraído por el estallido que yo había provocado recién.
—Creí que no vendrían humanos aquí —murmuré en dirección a Cyrone, quien se levantó con una actitud protectora. Puso un dedo sobre mis labios para silenciarme.
Callé y me mantuve a la espera. El hombre no nos prestaba atención a nosotros, sino que miraba impactado al pequeño Rydel. Mi sensor de peligro me hizo vislumbrar que el niño tenía su capa en el suelo, por lo que llevaba al aire sus cuernos y orejas puntiagudas.
Mierda , pensé.
Junto al hombre apareció una mujer humana que le hacía compañía y que no se había dejado ver por estar detrás de él. Ambos eran de tez morena y ojos amarillentos. La desconocida se aproximó a Rydel derramando un par de lágrimas, mientras lucía un imperturbable estado de conmoción.
—Eres tú, hijo mío... ¡no estás muerto! —balbuceó acercándose tanto a Rydel que este se cayó en la base de un árbol en el intento de escapar.
La respiración del querubín se hizo cada vez más latente y rápida. Flye voló y se posó en el pecho del niño para interponerse entre ellos.
—¡Déjalo! —grité—. ¡Aléjate de él!
La mujer, como si hubiera oído una orden ineludible, dio pasos atrás en automático hasta chocar con su pareja, quien la frenó tomándola de los hombros.
Los dos humanos nos miraron espantados. Me cubrí la boca, porque no se suponía que debiera dirigirme a ellos; era una regla de Cyrone, pero la situación era insoportable.
—Ustedes... ustedes tienen a nuestro hijo. ¡Nos robaron a nuestro hijo! —rugió el hombre.
Él soltó a su mujer y caminó en dirección a nosotros. Me escondí detrás de Cyrone, pues el hombre era tan corpulento y ancho que no tenía ninguna posibilidad de enfrentarlo físicamente.
—Detente —le ordenó Cyrone y el hombre, que parecía tener una voluntad implacable, se detuvo en seco frente a nosotros. Miré asombrada al serafín—. Llévate a tu mujer a la aldea de Drendoría y olvida que alguna vez viste a ese niño. Olvida por completo haber estado aquí. Olvídalo —enfatizó.
El hombre, con los ojos perdidos, retrocedió, tomó a la mujer de la mano y la arrastró a través de la arboleda, desapareciendo como dos fantasmas que habían venido desde el más allá. Me quedé sin aliento al ver cómo habían obedecido sin chistar cada mandato que les habíamos dado.
El pequeño Rydel se puso de pie y me observó aterrado, mientras temblaba como un perro mojado.
Asentí y abrí mis brazos para recibirlo.
Él corrió hacia mí, me abrazó a la altura de la cadera y escondió su rostro en mi caperuza.
Acaricié su cabello y miré a Cyrone con una extraña impresión, ansiosa por entender qué había pasado.
Flye voló detrás del querubín y también se dirigió al serafín.
—Eran los padres biológicos del señorito Rydel, ¿no es así? —preguntó.
Cyrone suspiró y yo volví mi vista hacia la rana, que estaba mencionando algo que parecía sacado de una historia de terror: ¿cómo un par de humanos podrían ser los padres de un ángel querubín?
i
Nos enfocamos en la cacería para tranquilizar al pequeño Rydel, quien probablemente comprendía la situación mucho menos que nosotros.
Intenté cazar un antílope en el bosque pero, como era de esperarse, el rayo me abandonó por completo.
No quiso volver a caer en la tierra por más provocaciones que me impusieron.
«No tendrán almuerzo hoy», nos señaló el antílope como si supiera que podíamos entender lo que decía. Terminamos por olvidar el plan inicial, y como solía pescar en Riveria me resultó bastante fácil encontrar peces de agua dulce, sumergir mis manos y agarrar sus colas antes de que pudieran escapar.
Los peces no eran mi alimento favorito, pero era prácticamente lo único que podía conseguir para Rydel, que se moría de hambre.
De regreso a la aldea, Cyrone utilizó un fogón de Dendroría haciéndose pasar por un forastero.
Los demás humanos eran bastante permisivos y no nos miraban raro, a pesar de que desde mi perspectiva no éramos de confiar.
¿Capas oscuras? ¿Una rana en el hombro? No sé, yo no prestaría mi hoguera a personas como nosotros.
Con Flye y Rydel nos sentamos en una de las mesas comunitarias. El niño parecía haber superado lo ocurrido, pero a mí casi se me escapó la lengua de las ganas de saber qué fue lo que pasó. De todas maneras, me lo guardé para no angustiarlo.
—Señorita, no se preocupe por lo del entrenamiento de hoy; ya verá que, con mucha perseverancia, podrá controlar sus poderes —me señaló Flye.
—Gracias, Flye —contesté—, pero tendremos que encontrar otra forma de practicar. Después de todo, no puedo cazar a un animal con el que puedo hablar; sería como si quisiera matarte a ti.
—Es un placer saber que valora tanto mi vida, señorita. La verdad es que los animales en Melcior adoramos servir a los serafines, así que, si podemos darles de comer con nuestra carne, le aseguro que será un honor.
—¿Cómo puedes decir eso, Flye? Yo sería incapaz de comerte, eres mi amigo. —Aquella palabra salió de mis labios de manera inconsciente, y luego me percaté de lo que había dicho. ¡Era mi amigo! Nunca había tenido un amigo, no aparte de mi hermanito.
—Es un honor que me considere su amigo, señorita —respondió Flye—. Yo también la estimo como una amiga, a pesar de mi admiración y respeto.
—Flye... —susurré emocionada.
—Oye, Gyuri —dijo Rydel, de pronto—. Los peces también son como Flye, pero no te costó cazarlos. ¿Por qué?
—Oh, Rydel. Yo soy pescadora, ¿sabes? Este dilema no me ocurría en Riveria cuando tenía que darles de comer a mi hermano y a mis padres, así que.
.. supongo que ante los pececillos soy inmune —afirmé, pero luego una melancolía me recorrió de la espalda baja hasta la nuca.
La culpabilidad—. Ay, no, realmente asesiné peces.
Puse una mano en mi frente y me dejé caer lentamente sobre la mesa. Cuando Cyrone volvió con pescados al horno, hortalizas asadas y alcaparras ensalzadas, la culpabilidad comenzó a esfumarse mientras me daba cuenta del hambre voraz que me estaba consumiendo.
Al regresar con nosotros pude notar a la perfección que ciertas mujeres de la aldea seguían los movimientos de Cyrone con la mirada. Oculté mis orejas bajo la capa, viendo que una de ellas sonreía y las demás se reían al verla.
—¿Por qué esas chicas te miran tanto? —pregunté mientras agarraba un pescado con la mano y lo llevaba a mi boca.
—Pues sir Cyrone llama la atención de las mujeres a donde sea que vaya —dijo Flye con un tono orgulloso, como si fuera su padre.
Al escuchar eso, mordí más rápido mi pescado.
—Siempre ha causado locura en las aldeas en las que se queda —añadió.
—Las dejará a todas locas de miedo si les muestra los cuernos que esconde —dije con la boca llena, y una voz mental de mi madre me regañó por eso.
Sonreí al ver que al serafín le había hecho gracia mi broma.
Más tarde, los humanos se resguardaron en sus hogares trepando cuerdas y cerrando las puertas.
La iluminación en Dendroría permanecía constante, pues los árboles emitían la misma luz en cada momento, sin perder su energía.
Nosotros cuatro nos dirigimos a un refugio que los humanos de la aldea habían construido para los forasteros.
Se trataba de una casa mediana sobre la copa de un árbol, que nos prestarían solo por esa noche.