Caelum 9
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«L a posición de poder.» La primera lección de Cyrone.

Una postura sagrada que permitía a los serafines conectarse profundamente con la naturaleza, adquiriendo así el poder de moldear el mundo a su antojo.

Entonces, muchas cosas comenzaron a cobrar sentido: la forma en que Neblina se mantenía suspendida en el aire, con las piernas cruzadas y las manos descansando sobre las rodillas cada vez que desataba su poder, o incluso la manera en que Cyrone plantaba sus pies con firmeza antes de estremecer la tierra.

Pero he ahí mi primera pregunta: ¿cómo había sido posible que yo manifestara un rayo sin una «posición de poder»?

Cyrone me lo explicó en pocas palabras: a los serafines nos era posible usar nuestros poderes siempre, pero de manera involuntaria, cuando una emoción ardía intensamente en nuestro interior.

La ira, la tristeza, la felicidad, entre otras.

Para dominar mis poderes, primero debía adoptar una postura que me permitiera canalizar la energía del cielo y hacerla fluir por mis venas como si se tratara de una emoción tangible.

El serafín estuvo dispuesto a practicar conmigo un par de veces en el camino, todas fallidas o insulsas.

Ligeros rayos y un rocío que apenas había rozado el cabello de Ry.

Era un fracaso. Sin embargo, la certeza de que cada vez estábamos más cerca de encontrar la reliquia que me ayudaría a dar con mi hermano me daba ánimos.

Nym estaría dichoso de saber que su hermana era una serafina y más que ansioso por conocer mis poderes.

No estaba muy segura de lo que vendría después, de lo que debía hacer.

Ciertamente no podía continuar mi vida en Riveria y olvidarme de la ausencia del cielo, pero tampoco tenía certeza alguna de lo que se esperaba de mí.

Cyrone no me daba ninguna respuesta, no me exigía nada y cada vez que le pedía que me hablara sobre Lummina y los planes que alguna vez tuvo para mí, se retraía y cambiaba el tema.

Flye solía reprenderme —con mucho respeto, por supuesto— por presionar al serafín, pero lo que la rana no notaba y yo no deseaba profundizar, era mi preocupación por saber la profundidad del amor que aún podía tenerle a la difunta Caelum.

Cuando los vientos se apaciguaron, dejando atrás las heladas de Hugaría y los sectores fríos que la colindaban, llegamos al manto de una nueva aldea: Dendroría.

Lo que la diferenciaba de otras aldeas era la presencia imponente de unos árboles de tronco larguísimo, en cuyas copas se posaban las menudas casas de madera.

Cada casa dejaba caer una escalera de hilo desde su entrada principal, por la que subían y bajaban los humanos.

Sostenía la mano de Rydel para no perderlo, al igual que lo hacía con Nym.

La diferencia entre ellos era abismal; Rydel sería incapaz de adentrarse en situaciones peligrosas porque aquellas no llamaban su atención.

Lo que realmente capturaba el interés del querubín era la comida que bullía en los hornos acoplados en el sector principal de la aldea.

Los humanos, según pude inferir, habían concertado alejar los hornos de las casas para protegerlas. Así, el fuego solo se encendía en un área común donde todos los humanos iban a cocinar sus platos. Sostuve con fuerza la mano de Rydel cuando escuché que su estómago gruñó.

—Sir Cyrone —le susurró Flye al serafín, mientras descansaba sus patas en uno de sus hombros—. Creo que el señorito Rydel tiene hambre. Debería cultivar algún alimento para ellos.

—No —intervine yo—. Estamos un poco hartos de las verduras, ¿sabes?

Miré por encima de mi hombro y observé que los humanos asaban carnes y las cubrían con panes tostados. La envidia y el hambre me corroían como a una maripolilla encerrada que veía un campo de flores crecer.

—¿Quieres que haga crecer carne del suelo? —me preguntó Cyrone.

—Bueno, pues, podrías intentar algo similar —contesté.

Pero el serafín no me respondió. En cambio, se quedó pensativo.

—Espera... ¿sabes? Creo que podemos usar esto como una gran oportunidad —ideó Cyrone—. Ya que hemos conversado sobre cómo usar tus poderes, podríamos ir a cazar algo, o más bien tú podrías usar tus poderes para aturdir una presa. Yo me encargo de cocinar. ¿Qué dicen?

—¡¿Cazar?! —me alteré—. ¿Y qué hago si ese «algo» que trato de cazar me caza a mí?

—¿Como cuál algo?, ¿un nono con un cuchillo? —me respondió entornando los ojos—. Estarás bien.

Cuando quise negarme, Rydel ya había respondido que sí en mi lugar. Así que nos alejamos de la aldea para cazar algo, lo que fuera. Lo primero que, por una decisión infortunada, se nos cruzara.

En el centro del bosque de largos y flacuchos árboles me dispuse a practicar.

Aunque comprendía la teoría de la posición de poder, ponerla en práctica se sentía ridículo.

Por más que me avergonzara, procedí a mover mi cuerpo hasta sentirme completamente cómoda y conectada con el cielo.

Adopté diferentes poses extrañas, pero todas me hicieron perder el equilibrio o me fatigaron después de unos minutos. Eso no estaba funcionando.

—Señorita, según mis recuerdos, el cielo solo podía existir sobre nuestras cabezas —intervino Flye para aconsejarme—. ¿Qué le parece alzar ambas manos hacia arriba?

Así que lo hice. Levanté mis manos, presioné mis ojos cerrados y sacudí la cabeza.

—¡Más alto! —gritó Rydel, que imitaba mis interesantes poses.

De verdad quise evocar, manifestar o conectar con algo. Pero nada.

—¿Qué siente, señorita Gyuri? —me preguntó Flye, mientras me estiraba hacia arriba.

Con los ojos cerrados, oí un resoplido bastante apagado a lo lejos.

—Pues ¿qué siento? Solo siento las risitas de ese serafín de pacotilla —grité y bajé los brazos. Al abrir los ojos me encontré con el rostro burlón de Cyrone, que atendía nuestro espectáculo—. Era broma, ¿verdad? ¿Lo de la posición de poder?

El serafín borró la sonrisa de su rostro y se puso de pie. Cuando estuvo erguido y con las piernas rígidas sobre el suelo, una raíz brotó por debajo de mis pies y se enredó hasta la pantorrilla. Luego me apretó con dureza, me absorbió y me sumergió en la tierra.

—¡Está bien! ¡Ya! ¡Ya entendí! ¡Es real! —grité, luchando por zafar de sus sarmientos—. Pudiste haber elegido una posición de poder más interesante, ¿sabes? Porque estar de pie es algo muy sencillo. Ojalá pudiera imitarte.

Cyrone caminó hacia mí hasta quedar a un paso de distancia. Enseguida tomó mi mano y la posó sobre su mejilla. Me sobresalté al no preverlo.

—Voy a ser directo, no más rodeos. Intenta electrocutarme, Gyuri —me ordenó Cyrone.

—¡¿Qué?! ¿Amaneciste con ganas de ser destruido?

—¿Destruido?, creo que te sobrestimas —dijo él, soltándome la mano para cruzarse de brazos. Ladeó ligeramente la cabeza. Yo continué tocando su mejilla, un poco más temblorosa sin contar con su apoyo.

Dudé en hacerlo, pero lo último que dijo encendió una llamarada que atacó mi orgullo. Concentré «mi poder» para invocar aquel rayo de la otra vez y golpearlo con él para hacerlo tragar sus propias palabras.

Intenté pensar en cosas molestas para obligarme a experimentar la ira; sin embargo, fue muy complicado sentir miedo desbordante de la nada. ¿Cómo iba a cultivar tales sentimientos? No encontraba desencadenantes. Era como un frasco vacío, pero sin fondo ni principio.

Cansada, me tumbé sobre el pastizal, con cuidado de no aplastar las flores blancas que alumbraban la inquietante oscuridad. ¿Podría la decepción evocar algún tipo de poder? Probablemente no, porque al mover cada parte de mi cuerpo aún no ocurría nada.

—Yo... no puedo —me rendí.

—¿Me permites hacerte enojar? —me preguntó el serafín en un susurro.

—¿Hacerme enojar? Creo que también te sobrestimas.

Cyrone llevaba en uno de sus brazos, para permitirme moverme con libertad, la bolsa que cargaba mi libro. Cuando lo extrajo del fondo de aquella seda profunda me lo mostró, modelando las abolladuras que tenía y sus páginas amarillentas. Luego lo abrió de par en par y comenzó a ojear las páginas.

—Oye, si rompes ese libro o le haces lo que sea que estás pensando, te envío a Catarbella —lo amenacé—. Ese libro es el amor de mi vida.

Él alzó una ceja, tratando de hacerme ver lo ridículo que había sonado eso.

—Hay un viejo dicho que va desde lo profundo de Riorense hasta tu casita en Riveria: «el amor hace a la gente estúpida» —comentó Cyrone luego de leer algún pasaje del diario—. Así que ahora te entiendo más.

—Oh, buen intento por hacerme enojar —dije en mi faceta más tranquila—. La inteligencia y el amor son cosas diferentes, por eso las personas inteligentes también pueden enamorarse.

—No deberías proclamarte inteligente si te enamoraste de un libro.

Me quedé sin discurso para responder, pero por fin sentía que me estaba enojando. Decidí dejarme llevar un poco.

—Entonces ¿insinúas que soy idiota?

—Lo dije, de hecho.

—¿Perdona? ¿Y por qué?

—Porque no tienes idea de cómo funcionan las personas y las emociones reales —respondió con ese tono seguro y desafiante que lo caracterizaba.

—Oh, ¿y tú sí? —Sonreí con malicia.

—No soy un idiota; no me preocupo por cosas como esas.

—Oye, mejor cuida lo que dices.

—Y tú mejor cuida lo que sientes. Veo que eres de un corazón muy débil. —Sonrió con altivez.

—¿Cómo dices? —De pronto sentí una llamarada atascada en mi garganta.

Estaba funcionando.

—¿No me entiendes? ¿Acaso tartamudeé?

—¡Uh! Me pones enferma —espeté.

—Por eso te ruborizas, claro. —El serafín me rozó la mejilla, sin dejar de mirarme.

—Te crees muy capaz de alterar mis emociones.

—Eres una niñita, Gyuri. Por supuesto que sé cómo alterarlas.

—¿Te crees capaz de definirme? Ni siquiera me conoces tanto. —Percibí la tensión que se acumulaba en mi quijada y cómo mi mano se tensaba con ganas de contraerse y golpearlo. Me costaba aceptar que estaba haciéndome enojar a propósito.