8 #2
Pensé que jamás había visto al serafín sonreír de esa manera, y la emoción que me provocó al verlo fue un tanto extraña. No pude explicarla con conciencia. Tan solo abracé el libro dentro de mi bolsa.
—¿Te gustan los niños, Cyrone? —intervine sin querer—. Seguro serías un buen padre.
El serafín me devolvió la mirada y su expresión se ensombreció. Flye, que estaba posado a su lado, también me observó como si lo que había dicho hubiera sido una mala noticia. Brincó hasta posarse a mi lado y me concedió la mirada de sus ojos nublados, casi tan oscuros como los míos.
—Señorita Gyuri, ¿comprende por qué los querubines varones no merecen un nombre? ¿O por qué la señora Neblina actuaba tan hostil contra el señorito Rydel?
—Claro que no. Eso jamás lo voy a entender —respondí sin reservas.
—Es porque las serafinas son las únicas que pueden dar nacimiento a querubines —explicó Flye.
—Los serafines varones no podemos dar vida —añadió Cyrone—. Por eso nadie va a heredar el poder de la tierra jamás, porque yo no tengo a quién heredarlo. La tierra termina conmigo.
Me acomodé en mi lugar, sorprendida por aquella información.
—No puedes culpar a Neblina. Es la gran regla: hay que preservar la naturaleza.
Si un querubín varón crece, los poderes que le heredarás estarán destinados a perecer.
Por eso hay que eliminarlos antes de que crezcan y se conviertan en tronos.
—Cyrone enredó su mano en la cabellera oscura de Rydel—.
Y un trono es aquel querubín que alcanza la edad adulta y está listo para suceder el puesto del siguiente serafín de la naturaleza.
Algo no encajaba para mí, así que cuestioné sus palabras.
—¿A qué te refieres? A ti no te mataron, porque por algo eres...
—El primer serafín varón. Así es —respondió Cyrone con una sonrisa nostálgica. ¿Cuánto había de él que no conocía?—. Te aseguro que no es fácil sobrellevar que tu madre y tus hermanas quieran acabar contigo. Pero tampoco es imposible.
—¿Puedo ser yo el segundo? —preguntó Rydel—. Es que... me gustaría serlo.
Rydel bajó la mirada, retrayéndose cuando recibió nuestra atención. Sin querer esbocé una ligera sonrisa.
—Eso depende de ti. Tienes que ser el querubín más fuerte; destacar entre todos tus hermanos y hermanas. Debes ser el que sepa controlar mejor los poderes que heredaste. ¿Has practicado? ¿Me quieres mostrar algo?
El niño asintió y, con mucha inseguridad, abrió la palma de su mano apuntando al cielo. Sobre ella se formó un vórtice que era invisible para nosotros. Luego la tierra se mezcló con la corriente, de modo que pudimos apreciarlo en todo su esplendor.
El remolino terminó por colapsar y deshacerse.
—Bien hecho, muchacho. Eres muy hábil. Chócalas. —Cyrone le volvió a mostrar la palma de su mano.
El pequeño se quedó mirando la mano de Cyrone, sin estar muy seguro de qué debía hacer. Por tal razón, me adelanté hacia el niño por la espalda y, con cuidado, tomé su mano y la estampé contra la del serafín.
Cyrone me sonrió cuando nuestras manos se tocaron con la de Rydel al medio. Me encogí de hombros y miré al niño:
—«Chócalas» es un modo de celebrar que tienen los humanos.
Rydel asintió, pero se quedó mirando la palma de su mano, aún ensimismado en sus pensamientos tras el contacto.
—¿Por qué mi gloriosa madre dijo que si tocaba a alguien moriría? —cuestionó el pequeño.
—Porque querían quitarte las ganas de vivir, Rydel. Así se les haría más fácil someterte y matarte —replicó Cyrone—. Pero aun así resististe. Eso demuestra que tienes las cualidades de un futuro serafín del aire.
—Sí, hagamos que los serafines varones también suban al panteón —dijo Flye—. ¿A quién le importa el siguiente mundo si podemos hacer durar este para siempre?
La risa de Rydel me provocó una alegría incontenible y el silencio que vino después no se tornó incómodo; al contrario, fue bastante acogedor.
De reojo observé a Cyrone, y cuando nuestros ojos se encontraron desvié la mirada hacia arriba.
No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido, el momento en el que me encontró presa de Neblina y ensangrentada.
Cielos. Su expresión reflejaba que su mundo se desmoronaba, como si mi dolor resonara aún más en él.
Cyrone era despiadado, ¿acaso comprendía el impacto que su mirada podía causar en una joven como yo?
En ese instante me di cuenta de que ya no pensaba tanto en el escritor de mi libro cuando él estaba cerca.
Ahora imaginaba que él me decía las cosas que leía.
—Gyuri. —Cyrone me arrancó de mis pensamientos—. Deberíamos irnos de Hugaría; la gente ya está comenzando a sospechar que hay un hongo que no estaba allí antes.
Se levantó, dejando una estela de su aroma tras de él. Suspiré profundamente.
—Vámonos, sí. Usted no sabe que en los tenderetes de la plaza principal venden carne de rana —advirtió Flye, que se subía al hombro de Cyrone—. No quiero tampoco ser una pieza de colección.
i
Al dejar atrás la aldea de Hugaría nos adentramos en la sombría arboleda.
La hojarasca crujía bajo mis pisadas, me encontraba cada vez más agazapada por los sonidos externos que provenían más allá del bosque.
El pensamiento de que Neblina debía estar furiosa conmigo se apoderaba de mí.
El solo tacto del viento me hacía creer que me había encontrado de nuevo.
Me adelanté en la caminata y jalé a Cyrone de la capa. En un momento en el que ya no podía ocultarme más, tiré de él hacia atrás, haciéndole perder la paciencia. Cuando él se giró hacia mí me mostró su mirada oscura y penetrante, con las cejas gruesas y rectas que me intimidaban.
—No puedo caminar si tiras así de mí. ¿Qué te pasa? —me preguntó.
Bajé mis orejas, avergonzada, sin saber cómo explicarme.
—No deberíamos caminar por aquí; Neblina me va a encontrar y... —balbuceé y no pude terminar la oración, porque decirlo me transportaba al momento en que mis cuernos ardían de un dolor efervescente.
Cyrone no demoró mucho en darse cuenta de lo que realmente quería decir.
—Basta, no hagas eso —exigió él con firmeza. Me vi obligada a levantar la mirada—. Escucha, Gyuri. Eres fuerte. Eres una serafina, y no cualquiera: eres la serafina del cielo.
Negué con un gesto, sintiendo que mi voz se quebraba en pequeños sonidos aislados cuando lo reconocí:
—No soy fuerte. No fui capaz de defenderme.
Rydel caminó entre nosotros con la intención de decir algo, pero al momento de tomar la iniciativa su voluntad se debilitó. Nosotros esperamos por él, hasta que el niño sacudió su cabeza y decidió hablar.
—Yo puedo cuidar de ti. No tengo grandes poderes, pero puedo hacer pequeños torbellinos.
Al escucharlo comprendí de inmediato lo que debía hacer.
¿Un querubín ofreciéndose a cuidarme? Aquello era desmoralizador para mi propia naturaleza.
Aún desconocía mis poderes, y tampoco sabía lo que podía hacer con ellos.
Por eso, no me quedaba más opción: debía aprender a utilizarlos a mi favor.
Era yo quien debía cuidar de mis acompañantes, especialmente de Rydel que, sin quererlo, despertaba mi esencia de hermana mayor.
No podía esperar a encontrarme en apuros de nuevo o ver los siguientes estragos de la ausencia del cielo para tomar la decisión de aprender.
Después de todo, ya había utilizado mis poderes, aunque sospechaba que eso era apenas una mínima parte.
—Rydel —susurré y vi que el niño empezaba a lloriquear—. ¡Espera!
—¡Es mi culpa! —gritó el pequeño—. Yo te atraje y mi altísima madre te hizo daño. Yo no quería que eso ocurriera. Yo solo quería que mi madre me diera...
—Un día más —completó Cyrone cuando el pequeño se atragantó con sus palabras y no pudo continuar.
No supe qué responder, porque en ningún momento vi a Rydel como el responsable de mis heridas, así que me hinqué a su altura y lo abracé sin decir una sola palabra.
Esperé a que desahogara su tristeza en mi hombro para poder aminorar un poco su sentimiento de culpabilidad.
Cuando volví a mirarlo de frente, le sonreí.
—No llores, Ry. Eres bueno —le susurré observando sus delicadas facciones bañadas en lágrimas—. Eres muy bueno.
Esas palabras parecieron ser suficientes para calmar al niño, que me sonrió de vuelta con la respiración todavía entrecortada.
—Yo te protegeré —volvió a decir Rydel—. Esa es la forma en la que te pediré perdón. Así que... no tengas miedo, ¿sí?
Infló su pecho con la expectativa de borrar sus lágrimas con algo de vigor y osadía.
Me sentí un poco más segura.