Caelum 8
22%

8

C yrone corría conmigo en brazos y mi conciencia se desvanecía.

Mi cuerpo herido resentía lo sucedido. Tal vez la sangre aún me manchaba el rostro, lo que explicaba la expresión aterrada de Flye, quien volaba junto a nosotros con un semblante preocupado.

Sus gritos resonaban lejanos, pero podía oír tan solo el eco de ellos.

Era incapaz de medir los minutos que transcurrieron hasta que por fin llegamos a la orilla de un pequeño lago que, con toda probabilidad, estaba en las cercanías de Hugaría. Me sumergieron hasta el cuello y el agua me ayudó a recobrar el conocimiento.

—Señorita Gyuri, ¿quién le hizo esto? —Escuché la aguda voz de Flye.

Parpadeé y enfoqué la inmensidad de niebla en el cielo, junto al resplandor de los árboles que iluminaban la oscuridad azul marino.

Escupí un poco de agua que había tragado de forma accidental, y pude dilucidar los bordes desdibujados de Cyrone, quien me limpiaba con suavidad la frente y retiraba la sangre.

—¿Cyrone? —susurré. Al darme cuenta de que él acercaba su mano a mi frente, me aparté, dándole de manera involuntaria un empujón.

El estanque no era profundo, así que no me hundí cuando caí sobre la tierra que yacía en el fondo.

El agua me llegaba al mentón y pude observar cómo se teñía del rojo de mi sangre.

Al percatarme de aquel horroroso color me puse de pie, chapoteando desesperada, y ahogué un grito.

Me toqué los cuernos. Debía corroborar que aún los tenía.

Era imposible dejar de tocarme. Mis cuernos estaban ahí como si no los hubiera perdido nunca.

Como si no hubiera visto muchos de su tipo girando por el suelo, ensangrentados como pedazos de mí.

Volví a gritar, y en ese momento Cyrone se acercó a través del agua para sujetar mis brazos.

—Gyuri, ¡Gyuri! —repitió mi nombre hasta que por fin decidí mirarlo—. Estás bien, tus heridas ya se han curado.

Más tarde comprendería que, aunque mi piel había sanado, me tomaría mucho tiempo curar mi mente. Me acariciaba la brisa invernal, lo que me atemorizaba.

—¡Es Neblina! ¡Ella vendrá por mí otra vez! —grité, salpicando a Cyrone con agua por mis aleteos—. ¡Le lancé un rayo encima, debe estar furiosa conmigo!

Y volví a palpar mis cuernos.

—Neblina ya obtuvo todo lo que siempre quiso. Yo se lo di. Ella no volverá a hacerte daño, Gyuri —murmuró Cyrone cerca de mí.

Cuando intentó tocarme, retrocedí de nuevo y volví a caer al agua.

Él, en lugar de enfadarse, comprendió que me resultaría difícil aceptar su tacto.

Se sentó a mi lado, observando cómo el agua se mecía con un ritmo gentil.

La seda transparente y líquida reflejaba nuestros rostros y los faroles de los árboles.

El rumor del bosque logró calmarme un poco.

—Me recuerdas a los nonos. Siempre que intento acariciarlos, huyen de mí.

—¿Qué es un nono? —pregunté, mientras intentaba controlar mis jadeos.

—Un mamífero blanco, cornudo, peludo y que salta en las praderas. Demasiado escurridizo. Como un conejo, pero más feo.

—¿Qué tratas de decirme? —me volví hacia él y su sonrisa logró relajarme.

Al ver que me respondía con la mirada, abrí mi boca, solté una risa indignada e incrédula y lo salpiqué con agua.

Cuando por fin me calmé lo suficiente, Flye se posó frente a mí, aterrizando sobre una hidrófila que flotaba en la superficie del pozo.

—Señorita, ¿por qué no nos despertó? ¿Por qué huyó de nosotros sin avisarnos? —Flye parecía ofendido, inquieto. Bajé la cabeza frente a él.

Luego busqué con la mirada al querubín que nos había seguido. Lo encontré en la orilla del lago, encogido sobre sí mismo y escondiendo su rostro bajo la caperuza.

—Yo... —intenté decir, pero me quedé sin aliento. Alcé la vista y traté de ignorar mi furioso nerviosismo—. Creí que ese querubín era Nym, y lo seguí. Me advirtió que me alejara de Cyrone, y le hice caso.

Cyrone se volteó hacia el niño, y con una sola mirada hizo que diera un pequeño salto.

—¡Pero él no tiene la culpa! —me adelanté—. Estoy segura de que Neblina fue quien lo obligó. Además, debí haberlo imaginado... Nym no me llamaría de esa forma y yo caí de todos modos. Estaba demasiado desesperada porque fuera verdad.

Había sido una tonta. Con un suspiro dejé escapar toda mi culpabilidad.

—Perdóname, Cyrone. No creí que esto terminaría así.

—Te voy a perdonar por eso, pero... necesito que hagamos un juramento ahora. Quiero que me hagas una promesa —me respondió él.

Lo miré curiosa por saber qué quería de mí.

Vi que estaba manchado con mi sangre y comenzó a limpiarse las mejillas con el agua.

Tragué con dificultad al pensar que todo eso había salido de mí.

Me miré las manos temblorosas, asustada de descubrir que era tan débil.

Un atisbo de dolor me hizo querer acariciar lo que había debajo de la base de mis cuernos.

Cyrone me miró y me dijo:

—No te separes de mí otra vez. Me tienes que prometer que te mantendrás pegada a mí. ¿Lo entiendes?

Reí un poco al escuchar sus palabras, pero él se mantuvo firme, mirándome a los ojos.

—Estoy hablando en serio. Te estoy pidiendo que me prometas que no volverás a correr de mí otra vez. —Tenía los ojos brillantes de añoranza—. Lo necesito, Gyuri. ¿Puedes?

Con un gesto limpié mi sangre de su frente, apartando el cabello que se le derramaba húmedo en la piel.

La mancha que le había causado contrastaba con su bello rostro perfilado como se suponía que debería lucir un ángel.

Una oleada de remordimiento me nubló al recordar todo lo que él había sacrificado por mí.

—¿Por qué llegas tan lejos para cuidarme? —le pregunté. Él tomó mi muñeca y me miró más serio.

—Le hice una promesa a Lummina en el momento en que la encontré agonizante. ¿Por qué te es tan difícil pensar que deseo protegerte?

—¿La amabas?

El serafín soltó mi muñeca.

—¿A qué te refieres?

—Neblina dijo que haberte enamorado de ella había causado destrucción.

—Sí. Como siempre, la culpa de la destrucción es de cualquiera menos de ella. Todo un clásico.

—Pero ¿la amabas? —extendí la mano y esta vez fui yo quien tomó su muñeca. Él siguió nuestro contacto, se deslizó por mi brazo y terminó por aterrizar en mis ojos. Había tanto dolor y... deseo en su mirada.

—Lo siento tanto. No quería revivirte malos recuerdos.

El serafín acarició mi mano y luego se detuvo en seco.

—No tienes por qué disculparte. Si te preguntas si acaso Lummina fue mi amante, la respuesta es no. No fue una historia de amor. Yo la amaba, sí, pero no fue más. Unilateral, hasta su último suspiro. Da igual. Ahora tú eres quien me importa —dijo apretando mi mano—. ¿Puedes dejarte cuidar, Gyuri?

Por primera vez en toda mi vida tuve el impulso de hacer lo que alguna vez leí en una de mis novelas. Quería juntar mis labios con los suyos y ver qué sucedía. Por fortuna Flye, que parecía profundamente conmovido, interrumpió.

—Usted es muy difícil de cuidar, señorita Gyuri, pero eso no quiere decir que no valga la pena intentarlo.

—Gracias —dije mirando a la rana y después al serafín—. Gracias por hacerlo.

Me di cuenta de que, en este oscuro mundo, el pequeño grupo de caminantes que habíamos formado era la única fuente de confianza que me quedaba.

i

Cuando logré secarme del todo gracias al fuego de una hoguera que encendimos, pude fijar mi atención en el niño que permanecía callado en su lugar.

Cyrone notó que mi interés estaba centrado en el pequeño querubín, quien se encontraba posado a un costado de la fogata tan rígido como una estatua.

El serafín intentó quitarle la capucha que le cubría el rostro, pero al sentir que se acercaba a él de improviso el niño retrocedió sobre la tierra.

—¡No me toquen! —exigió—. ¿Por qué quieren matarme?

Alcé una ceja. El niño, de piel bronceada y finas facciones, parecía a punto de quebrarse.

—Rydel, no queremos matarte —contestó Cyrone.

El niño reaccionó confuso ante ese nombre.

—¿Y por qué me diste un nombre? —preguntó—. Los querubines varones no merecemos que nos llamen de ninguna forma. Mi grandiosa madre me lo dijo. Además, sé que si otros serafines me tocan, mi piel arderá y se volverá humo.

Observé a Cyrone y luego a Flye, sin comprender por qué el niño asumía cosas como esa.

—Escucha, en una parte tienes razón, pero en todo lo demás te equivocas.

—El serafín se acercó un poco más al niño, pero no se atrevió a tocarlo—.

Los varones no merecemos nombres. Yo tampoco fui nombrado hasta varios años después de que nací.

Pero ¿sabes lo hermoso que es recibir un regalo como este?

Tu nombre te dará identidad, y ello te dará fuerza.

«Rydel», tú eres digno de ese nombre. ¿Quieres tomarlo?

El tono dulce con el que Cyrone le hablaba incluso calmó el fuerte palpitar de mi pecho; por fin relajé mis hombros, olvidando el fuerte resentimiento que se apoderaba de mi cabeza maltratada.

Rydel siguió encogiéndose como si el serafín fuera a golpearlo con las palabras.

—Déjame adivinar. Neblina te dijo algo como: «No puedes tocar a nadie, porque si lo haces te mueres». O una cosa por el estilo. ¿Verdad?

Rydel asintió.

—Pues eso es mentira, Rydel. No te vas a morir si te toco. —Cyrone levantó su mano y le mostró su palma. El querubín se erizó del susto al verla—. De hecho, no morirás incluso si cualquier persona lo hace. Mira, compruébalo por ti mismo.

Permanecí contemplando la mano en alto de Cyrone, esperando a que Rydel uniera su palma con la de él.

El niño, que al principio estaba vacilante, decidió acercarse mientras temblaba como una hoja.

Cuando logró entrelazar sus pequeños dedos con los del serafín, el rostro de Rydel se iluminó como si todo a su alrededor cobrara color por primera vez.

—Bien hecho —celebró Cyrone con una dulce sonrisa.