7 #2
Neblina siguió hablando, pero un pitido en mi cabeza escondió el sonido de su voz.
Después perdí la consciencia. Nunca antes había experimentado un dolor tan intenso.
El profundo escozor me regresó pronto los cinco sentidos, y con dificultad observé los cuernos que cayeron frente a mis ojos, rodando por el pastizal, con parte de mi propia piel y cabello pegado en ellos.
La sangre volvió a manchar mis pestañas.
Arremetí contra las niñas, que me sostenían como un desesperado impulso de autopreservación. El dolor del brote era insoportable.
Detrás de ellas divisé a un niño encapuchado entre los árboles, aquel que me había engañado para llevarme hasta allí.
Era un querubín, tal y como las niñas que me retenían.
No tenía el cabello rojo ni las pecas de mi hermano; era moreno y de pelo oscuro.
En la oscuridad, sus iris amarillos destellaban. Ese niño no era Nym.
Miré a Neblina, rogando por un instante de descanso, esperando que no tuviera la intención de quitarme varios cuernos más. Solo déjame respirar , le pedí con la mirada. Pero me horroricé al ver que parecía estar deseosa de hacerlo otra vez.
—¿P... or q... ué...? —quise preguntar, pero la mandíbula me temblaba demasiado.
—Estaba esperando esto —contestó Neblina con una sonrisa mientras apuntaba con su mentón a uno de mis lados.
Al levantar la mirada, distinguí a Cyrone de pie a pocos pasos de mí, emergiendo entre los arbustos. Respiraba con fuerza, como si hubiera corrido la distancia de tres ciudades. Su rostro mostraba una expresión de preocupación y espanto.
Observé que no llevaba puesta su capucha, de modo que mi mirada cayó sobre su par de cuernos intactos. Se me hizo difícil pensar que él podía ayudarme y sacarme de ahí, así que rogué porque se fuera antes de que Neblina lo aprisionara y le arrancara los cuernos también.
—Vete —murmuré mientras mi mente daba vueltas, a punto de rendirse ante el mareo y desvanecerse.
Las querubinas evitaban que me cayera, agarrándome firmemente de los nuevos cuernos.
—No me mires así. ¿Acaso no instruiste a tu dulce Gyuri sobre nuestra maldición? —dijo Neblina deteniéndose en mi nombre.
Lo observé y percibí su agitación en el subir y bajar de su pecho. No fue hasta que decidió tomar una gran bocanada de aire que logró apartar sus emociones y concentrarse.
—Bien, Neblina. Te voy a demostrar que los serafines no somos inmortales del todo —vociferó Cyrone, plantando sus pies firmes en la tierra y juntando las manos.
Sus brazos temblaron en el momento en que separó las palmas. La tierra trepidó, desatando un ruido seco que repercutió en las raíces de la vegetación. El terreno comenzó a resquebrajarse.
—No seas así. Sabes que podemos concluir esta conversación sin acudir a la violencia —respondió ella.
—Hablar contigo nunca me ha servido de nada —espetó Cyrone, intensificando el sismo.
Contemplé que, mientras el suelo se abría, unas ramas espinosas agarraron las extremidades de las querubinas, quienes me soltaron y comenzaron a elevarse.
Yo también seguí la corriente de un viento denso que despegaba mis rodillas del suelo.
Las raíces no hicieron distinción y también me sostuvieron de los brazos.
A pesar de que el contacto de las espinas dolía, me sentí un poco más tranquila por estar en manos de Cyrone.
—¿Estás moviendo algo? —preguntó desdeñosa—. Porque no siento nada.
Los cabellos de Neblina, oscuros y delgados, se movían al igual que las hojas de los árboles. Estos últimos se desprendieron de sus raíces y flotaron como todo lo demás. Sus ojos se blanquearon al dirigir los troncos hacia el serafín, antes de dispararlos como proyectiles.
Cyrone pateó el suelo y bloqueó el impacto con un escudo que diseñó con tierra en forma de muralla.
El serafín movió sus dedos, conectando con las raíces y haciéndolas cobrar vida.
Los tallos se alargaron hacia el cielo y se extendieron para amarrar las extremidades de Neblina.
La serafina del aire voló alrededor de las nuevas cepas, pero Cyrone fue más rápido y logró desestabilizarla y tumbarla al fin.
El serafín la miró con seriedad desde su altura.
—¿Sientes algo ahora?
Neblina, al percatarse de que sus querubinas eran prisioneras de los sarmientos espinosos, moldeó tres grandes remolinos para rodear a Cyrone.
A pesar de que la mujer sabía que era imposible separarlo de la tierra, consiguió que el serafín aspirara el vórtice repleto de polvo.
Luego, la polvareda que envolvió a los torbellinos lo encegueció.
Tragué con firmeza mientras descansaba de la tortura reciente, capturada y suspendida en el aire.
De repente, los sarmientos que me sujetaban se cerraron con fuerza alrededor de mis brazos, capaces de partirlos.
A pesar de que quería guardar silencio, no pude contener un gorjeo que captó la atención de Cyrone.
Me observó con horror al percatarse de que sus sarmientos me estaban dañando y tropezó hacia un precipicio que él mismo había creado con la división del suelo.
En ese instante, las ramas de las que Cyrone perdió el control me soltaron.
Me desplomé en la tierra firme, y con urgencia me arrastré hacia el borde del precipicio en busca de Cyrone. Afortunadamente vi que el serafín estaba aferrado a la orilla con las piernas suspendidas al vacío.
Neblina se aproximó, posicionándose en el límite de la abertura de tierra.
Sospeché que planeaba hacerlo caer, por lo que, pese a la dificultad, me puse de pie, pero tan pronto lo hice un viento me empujó en la dirección opuesta, impidiéndome avanzar hacia ellos.
Me aferré al suelo con todas mis fuerzas, impotente, mientras observaba la desdeñosa mirada que Neblina me concedía. Luego se dirigió a él.
—No esperas que te ofrezca ayuda para subir, ¿verdad? Si pesas más que mil rocas juntas, ¿cómo podría hacerlo?
—Neblina, lo único que quiero es ayudar a Gyuri —bufó Cyrone.
Al asomarme para ver el fondo del precipicio insondable, una intensa sensación de vértigo me empalideció. Me preocupaba pensar que la oscuridad no acababa en el abismo que amenazaba con llevárselo, y me preguntaba qué podría haber más abajo del mismo suelo.
—Cyrone, Cyrone, ¿cuándo entenderás que el haberte enamorado de Lummina solo nos trajo devastación? Con tu maravillosa actuación me haces ver como una bestia. Lo único que deseo es que el próximo mundo sea mejor que este —contestó ella con una sonrisa socarrona.
Sentí mi pulso acelerarse. ¿Cyrone había estado enamorado de Lummina? ¿Era por eso que me protegía de esa manera?
—Comprendo, Neblina. Sé que quieres ser la próxima diosa, y puedo colaborar contigo para ese propósito.
Ella se arrodilló en el borde del precipicio.
—¿Insinúas que te rendirás ante mí en la próxima guerra de serafines? —preguntó, en un lejano susurro que intensificó.
—Claro —masculló Cyrone—. No me interesa ser el próximo dios y lo sabes.
—Tendrás que jurarlo en el nombre de Nylena —murmuró Neblina sin pestañear—. Tu palabra no significa nada para mí.
—De acuerdo. —Cyrone asintió, a punto de resbalar al abismo.
Neblina alzó una ceja con una expresión inquisitiva.
—¿De verdad harás un juramento por Nylena, solo por... —miró en mi dirección— ella?
Ahogué un grito cuando vi que Cyrone se soltó de donde estaba agarrado. Cuando estuvo cerca de hundirse en aquel aterrador vacío, la mano de Neblina agarró la suya justo a tiempo.
—Siempre subestimaste mi fuerza, Cyrone. No subestimes también mi capacidad de dejarte caer.
—No necesitas amenazarme —replicó él—. ¡Juro en el nombre de Nylena que me rendiré ante ti en la próxima guerra!
De pronto recordé los relatos de mis novelas que describían el edénico poder de Catarbella: la divina asunción.
Alrededor de las muñecas de los serafines, unas esposas doradas que simbolizaban el juramento surgieron del aire.
Aquellas apariciones, semejantes a objetos bañados en oro, eran una manifestación de la magia de la diosa Nylena que se materializaba en la tierra.
—Es un deleite verte así de miserable, Cyrone —se mofó Neblina, y una vez que las esposas se disiparon en el aire lo tiró hacia arriba, cerrando el pacto.
Apenas Cyrone me avistó, corrió en mi dirección. Me aferré a él y la adrenalina que me había permitido ponerme de pie se disipó. Al comprobar que estaba ileso, me dejé caer en sus brazos ligeramente aturdida.
—Lamento haber permitido que esto te ocurriera —me susurró.
—¡Su alteza! —gritó el niño que me había guiado hasta ahí en un principio.
Retuve a Cyrone cuando me levantaba para huir, indicándole que nos quedáramos observando.
El niño, al obtener la atención de Neblina, nos señaló a nosotros con una mirada radiante.
—Quizá usted, altísima madre, se equivocaba. Él es varón como yo y es un serafín. ¡Puedo ser de utilidad! ¡Ya no necesita matarme!
Abrí los ojos de par en par y observé a Cyrone. La expresión del serafín no evidenciaba sorpresa, sino lástima, y noté que apartaba la mirada cuando las querubinas se acercaban al querubín.
—No. Ellas arrancarán sus cuernos —advertí, pero Cyrone me retuvo para evitar que interfiriera.
Neblina se giró en dirección al pequeño y se inclinó para ponerse a su altura.
—Se me olvidaba ocuparme de ti. —La serafina acarició su rostro y después lo agarró con fuerza y lo empujó hacia las querubinas—. Niñas mías, acaben con él. Hagan que deje de hablar para siempre y no nos haga malgastar más palabras.
—¡No! —gritó el pequeño, retrocediendo hasta caer al suelo. Clavó las uñas en la tierra, aferrándose a ella—. No, por favor, no quiero morir, yo puedo ser de utilidad...
Observé su pequeño cuerpo tembloroso e imaginé a Nym en esa horrorosa situación.
—¡No le hagan daño! —rugí, sobresaltando a Cyrone—. ¡Déjenlo!
Las querubinas invocaron la divina asunción y moldearon un hacha dorada con sus manos. Entre todas, la elevaron: la inquisición divina. Cyrone cerró los ojos, como si pretendiera ignorar lo que estaba pasando.
—¡¿Cómo puedes hacerle eso a tu propio hijo?! —grité enfurecida, dirigiéndome a la serafina del aire.
Neblina hizo un gesto para que las querubinas se detuvieran.
—Espera un momento. Dijiste... ¿hijo? —inquirió Neblina—. Ese niño que perseguiste no es mi hijo . ¿Qué crees que soy? ¿Piensas que soy una señora lavandera de Dregonia? ¿Que una serafina puede tener hijos?
—No tienes que matarlo —insistí—. Dámelo a mí.
El niño me observó confuso.
—Gyuri —susurró Cyrone, tratando de detenerme.
—¿Quieres un querubín varón? —respondió la serafina del aire, incrédula, remarcando el hecho superfluo de que su género era masculino.
—Déjalo ir —reiteré, sin comprender—. No tienes ningún derecho sobre él. ¿En serio quieres matarlo? ¡Eres un monstruo!
Desafié a Neblina con la mirada y ella se partió de la risa.
—¿No tengo derecho sobre él? Tu corazón, Caelum, es tu condena —contestó.
Neblina les arrebató el hacha dorada a las querubinas y la alzó con una sola mano, gesto que parecía ser digno de admiración para sus descendientes, pues el hacha era inmensa y pesada. Decidió blandirla contra el pequeño, quien solo cerró los ojos y aceptó su duro destino.
—¡No! —vociferé, luchando por despegarme de Cyrone e ir a rescatar al niño.
Con el grito, mis venas internas se encendieron en fuego y resplandecieron en mi interior. Era una conexión que parecía invocar una respuesta celestial.
Mi grito no fue lo que detuvo a Neblina.
Fue una implacable luz la que lo hizo.
Un rayo descendió de las alturas y envolvió su cuerpo completo.
Se desató un espectáculo pirotécnico alrededor de la víctima.
La respiración se me cortó de la sorpresa.
Aquel rayo serpenteó por la espina dorsal de la serafina del aire, se esparció por sus pies y acabó por distribuir los restos en chispas incandescentes que consumieron el pastizal.
Debido a su alta temperatura, el residuo del rayo se transformó en un denso vapor blanco, mientras un trueno se oyó tardío, prolongándose en ecos que pudieron haber llegado hasta los mismos escombros de Riveria.
Neblina soltó el hacha y quedó inmóvil durante un breve instante, hasta que la gravedad reclamó su cuerpo y cayó. Las querubinas abandonaron todo lo que estaban haciendo y se apresuraron a socorrer a su ama.
Cyrone me había soltado, supuse que en el instante en el que el poder brotó de mis entrañas. Busqué su rostro, encontré asombro.
Sin perder tiempo, el serafín de la tierra unió sus palmas para después separarlas con fuerza. Sus manos se alejaron y con aquel movimiento la tierra se resquebrajó en mitades, dejándonos a nosotros de un lado y a los querubines junto a Neblina del otro.
Cyrone me cargó en sus brazos al notar la debilidad de mis piernas y, antes de partir conmigo, llamó al pequeño querubín:
—¡Querubín Rydel!
El querubín miró a Cyrone, ilusionado, como si nadie lo hubiera llamado de ninguna manera antes. Se levantó rápidamente, pero colmado de inseguridad. El abismo que nos separaba era demasiado profundo; si saltaba y no llegaba, se hundiría para siempre.
—Yo no puedo, ¡no puedo! —chilló el querubín para ser escuchado del otro lado.
—Claro que puedes. Eres un querubín del aire —afirmó Cyrone, y yo sonreí para mis adentros mientras miraba al pequeño.
Rydel retrocedió para tomar impulso y, antes de que una de sus hermanas lo atrapara, saltó. El querubín aprovechó su poder de aire y se elevó lo suficiente como para alcanzarnos.
Y lo logró. Terminó siguiéndonos el paso mientras escapábamos de Neblina.