Caelum 7
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E scuché mi nombre resonando a través de los labios de mi hermano una y otra vez.

Nym me instaba a seguirlo, a que me encontrara con él.

Corría todo lo que podía, pero el mundo se interponía en mi camino.

El ardor de los rasguños me llenaba los brazos, pese a que mi piel se cerraba con la misma velocidad con la que se abría.

Mi hermanito estaba cerca, su voz era cada vez más fuerte.

Aparté las últimas ramas de un manotazo y me encontré con la desteñida imagen de Nym; sus pecas habían desaparecido y su cabello abandonado el rojo de mis añoranzas para convertirse en blanco.

Busqué sus ojos, y solo encontré unas pupilas oscuras y dilatadas como las de un cachorro asustado. ¿Quién era ese niño?

Desperté con el pulso acelerado, lo único que me resguardaba del frío exterior era mi libro abierto de par en par.

Me estiré sobre el pastizal, observando el techo ovalado formado por el hongo.

Miré a mi lado y allí estaba Flye, ahora en un sueño más sosegado y sin emitir ronquidos monstruosos.

Aprecié su piel brillante y me pregunté si tendría frío.

Me incliné hacia adelante buscando mi capa para cubrirlo, y al voltear para tenderla sobre el pequeño cuerpo del anfibio, noté que Cyrone tampoco tenía nada que lo cubriera.

Lo miré con detenimiento; incluso dormido fruncía el entrecejo.

¿Estaría preocupado por el futuro de Melcior?

Desde su explicación acerca de mi rol como Caelum no habíamos vuelto a hablar al respecto.

¿Estaría esperando que le pidiera que me enseñara a usar mis poderes?

No me sentía lista para eso, mucho menos capaz.

Pero mientras lo miraba con el semblante tenso incluso mientras descansaba pensé en mi egoísmo.

Me estuvieron cuidando todo ese tiempo y yo no había sido capaz de hacer lo mismo por ellos. Estiré la capa y los cubrí a ambos. Mientras la acomodaba bien, un ruido interrumpió mi listado de remordimientos y levanté las orejas para prestar atención.

Un susurro tenue, apagado, pronunció mi nombre desde afuera del hongo. Busqué su origen mirando a través de la única ranura disponible, pero la pequeña silueta cubierta por una capa se movió con rapidez.

—Gyuri...

Volví a sentir mi pulso acelerado y miré hacia mis compañeros. ¿Era real esta vez?

—Gyuri... —susurró una vez más.

Su voz sonaba diferente, era más aguda, ¿podía estar asustado? Miré nuevamente a Cyrone y abrí la puerta del hongo.

—Gyu, aléjate de ese serafín. Él te está engañando. Hermana, por favor...

Y, de pronto, aquella persona tomó forma para mí.

El niño que se escondía debajo de aquella capa tenía, de hecho, la misma estatura que la de mi hermano.

Miré a Cyrone y dudé en despertarlo antes de obedecer a la silueta.

¿Que me alejara de él? ¿Por qué? ¿Nym habría conocido a Cyrone antes de la llegada de Neblina?

Volví a fijar los ojos sobre el serafín dormido.

—Ven conmigo —insistió Nym antes de darse la vuelta y salir corriendo, sumiéndose en la oscuridad.

Quise que me esperara unos minutos antes de tomar una decisión. Tenía miedo de alejarme de Cyrone, pero si dejaba ir a mi hermano por mucho más tiempo, tenía la seguridad de que lo perdería otra vez.

Fui tras él. Corrí trastabillando, pero la penumbra me cegó cuando me alejé lo suficiente de la aldea de Hugaría.

La oscuridad era casi absoluta, como si las plantas cercanas hubieran sido arrancadas.

Solo había un par de faroles naturales visibles.

El camino, húmedo y lóbrego, me sugería que al seguir avanzando no haría más que perderme.

Le tenía miedo a la inminente soledad, así que me aferré a uno de los pocos árboles que alumbraban con sus hojas celestes.

—¡Nym! —grité.

Por un segundo pensé que de nuevo estaba atrapada en un sueño. ¿ Acaso me despertaré dentro del hongo, descubriendo que todo era falso ? Sentí una presión en el pecho. Por favor, no quiero despertar. Estoy segura de haberlo visto. Es Nym, lo es .

—¡Nym! —volví a gritar.

Pero nadie vino a encontrarse conmigo.

—¡Ny...! —grité. En ese instante, me detuve de golpe.

El aire a mi alrededor pareció extinguirse; lo que respiraba quemaba mi garganta. Traté de toser para despejarme, pero al hacerlo volví a aspirar algo tóxico. No sabía hacia dónde caminar para salir de esa área. Apenas di dos pasos, en un intento de alejarme, colapsé en el suelo.

¿ Estoy perdiendo mi iridia? ¿Por qué me está pasando esto ?

Me arrastré. Encontré pasto y, sin querer, lo arranqué. Cuando casi desfallecía, oí una voz femenina por encima de mí.

—Si quieres volver a respirar, será mejor que cooperes.

Levanté la vista, ahogándome. Pude confirmar su identidad incluso cuando en nuestro primer encuentro me había sido casi imposible mirarla. Su cabello corto y liso revoloteaba en el aire y sus pupilas amarillas destacaban y contrastaban con el ambiente descolorido.

—Neblina —dije sin hallar mi voz.

—No me mires tanto, Caelum, cariño. Hagamos esto rápido. Sé que tu aire es limitado —me ordenó, flotando en laposición de loto—. Pon tus cuernos en el suelo. Hazme caso, te lo recomiendo.

Sin poder elegir hacer otra cosa, impulsada por el temor que me inspiraba, apoyé mi cabeza en el pastizal, embarrándome los cuernos de tierra.

Cuando obedecí, el dolor provocado por el aire tóxico se aplacó, permitiéndome respirar otra vez. No me separé de la tierra. Permanecí en espera.

—Me he enterado de ciertas cosas, pequeña.

.. ¿cómo debería llamarte ahora? ¿Gyuri?

—murmuró con dulzura en su voz, pero su tono dejaba entrever su insidia—.

No era mi intención atraerte con un truco de estos.

No quisiera hacerte sufrir, pero no cometeré el mismo error dos veces.

¿Sabes por qué este mundo se está pudriendo poco a poco?

Los párpados empezaron a arderme.

Ella resopló.

—Por tu culpa y la del inútil serafín de la tierra —dijo entre dientes mientras se acercaba hasta mí y colocaba su pie en mi cabeza—.

Las lanzas del Empíreo están listas, maldición.

El Sempiterno del Empíreo estaría decepcionado de nosotros.

Nos dio la oportunidad de acabar con Nylena y, en cambio, aquí están, jugando a ser humanos. —Empujó mi cabeza contra el suelo.

—Ne... bli... —Traté de hablar y ella aflojó un poco su empuje—. Yo no sabía nada de esto, por favor, todo este tiempo estuve en Riveria, yo...

—Pobre Caelum —dijo levantando mi rostro lleno de fango y limpiando mis párpados—, has sufrido tanto. Pero ¿qué hay de los demás? —Una ráfaga de aire golpeó mi cuerpo y caí a unos cuantos metros de ella.

Ardía de furia al oír cada una de sus palabras, porque eran ciertas. Quería replicarle, pero ella tenía todo el control en sus manos. ¿Por qué no le había pedido al serafín que me enseñara a usar mis poderes antes? Por Nylena, ahora sí que los necesitaba.

—Tú irás conmigo a Catarbella. —Me apuntó—. Nylena despertará con solo sentir tu presencia. —Rio—. Y quizá tu querido Cyrone no quiera venir, pero ya no podrá mantenerte escondida y sé cómo convencerlo. El serafín de la tierra tiene una gran debilidad.

Me incorporé con cuidado. Mi iridia debía estar debilitada, porque me dolía todo el cuerpo como si estuviera completamente roto. Cuando reparé en mi entorno me di cuenta de que había un grupo de niñas con pequeños cuernos curvos. Estaban de pie, unas al lado de las otras con rostro inexpresivo.

—Adelante, querubinas mías —ordenó Neblina y ellas se acercaron a mí.

Oh, no .

Quise escapar de lo que fuera que Neblina tramara, pero la densidad de un viento feroz me hizo retroceder. Era un hecho que las niñas me tomarían de las manos.

Eran tantas y tenían una fuerza que no concordaba con su tamaño. Juntas lograron inmovilizarme.

—Como te dije, Caelum, no cometeré el mismo error dos veces —agregó Neblina—. Y ser piadosa siempre ha sido un terrible error.

Las niñas agarraron mis cuernos con ambas manos y tiraron de ellos. Un grito rasgó mi garganta, pero no alcancé a escucharlo porque el punzante dolor llegó primero. Lanzaron mis ensangrentados cuernos curvos frente a mí, como si fueran dos objetos sin importancia; auténtica basura.

El dolor no cedió una vez que lograron arrancarme los cuernos de raíz, sino que persistió, porque mi cráneo comenzó a partirse para darle espacio a unos nuevos que crecían.

La agonía era indescriptible, y hervía hasta volverme loca.

Apreté mis dientes para no emitir sonido, pero cuando los cuernos se hicieron anchos y empujaron contra mi cabeza para abrirse espacio, volví a gritar.

La sangre manchó mi cabello y las gotas bermejas recorrieron mis mejillas, haciéndome jadear del susto. Cuando el dolor cedió, respiré desesperada. Tenía arcadas.

—¿Qué pasa? ¿No recuerdas que los serafines tenemos cuerpos humanos?

—se burló Neblina—. Aquí en tierra firme, para infiltrarnos, tenemos un cuerpo idéntico al de ellos.

Por supuesto que sangramos y sentimos dolor.

Lo malo es que las torturas nos vienen bien, porque sanamos muy rápido y nos hacemos resistentes a esos dolores.

Lo único que jamás hemos podido superar es que nos arranquen los cuernos, porque crecen luego de cinco dolorosos , eternos segundos.

Cuando sentí que las niñas volvieron a colocar sus manos en mis cuernos, jadeé del temor.

—¡No, no! ¡No, por favor! ¡Otra vez no! —supliqué, pero las niñas no tuvieron piedad y volvieron a desatar mi tormento.

—El tiempo pasa demasiado lento cuando sufres, ¿no crees?