Caelum 6 #3
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6 #3

El perro se abalanzó sobre mí tras mi ataque, pero fui incapaz de golpearlo, así que cerré los ojos dispuesta a aceptar su furia. Sin embargo, el dolor de la mordida nunca llegó. En cambio, sentí el sonido de su mandíbula encajada en otra cosa mientras gruñía.

Detrás de mí apareció Flye junto a Cyrone, quien ofreció su piel para protegerme. El animal, al ver a quien había mordido, lo soltó y se alejó llorando con la cola entre las patas.

El hombre agredido se giró para enfrentarme, pero al ver al serafín apaciguó su expresión de ira y dejó de apretar el puño con el que, asumí, pretendía golpearme.

—¿Qué? ¿Estás casada? —acusó mirándome a los ojos. Luego volvió su atención a Cyrone—. ¿Y por qué tu mujer no trae su anillo? —espetó con frustración. Al seguir la dirección de los ojos del hombre reparé en la alianza dorada que llevaba el serafín.

—¿Crees que un simple anillo debería ser suficiente para evitar que te comportes como un simio repugnante? —replicó el serafín.

El hombre pareció enfurecerse aún más, pero en lugar de atacar a Cyrone volcó su ira sobre mí.

—Oh, se notaba en tu cara que eras una furcia buscando la atención de los hombres. Te veías tan inocente. Ibas de provocadora y estabas casada con este hombre. ¿No es así, pequeña furcia?

La sensación de querer llorar se apoderó de mis ojos y agradecí, como en pocas ocasiones, no tener la capacidad de hacerlo. No me di cuenta de que había empezado a aproximarse a mí de nuevo hasta que el serafín lo empujó.

—Podría estar casada conmigo o no, e igual te hubieras merecido ese golpe.

—Y tú te mereces la mordida de Abel, sabandija —le respondió el desgraciado, viendo cómo el brazo de Cyrone goteaba sangre.

El serafín rio de una manera poco genuina, y con el mismo brazo herido golpeó al hombre, que cayó al suelo. El resto de personas se voltearon para mirarnos, y en ese momento Flye se quejó:

—Sir Cyrone, estamos llamando la atención.

Al presenciar la aflicción de Flye y oír los gritos iracundos de Abel, decidí tomar al serafín de la mano y arrastrarlo. A pesar de que inicialmente se resistió y permaneció estático en su lugar dispuesto a continuar la pelea, después de ver la urgencia en mi cara, cedió.

Nos abrimos paso sin mirar atrás entre la muchedumbre curiosa que se había congregado para presenciar el alboroto.

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Más tarde, a las afueras de Hugaría, apartados de los humanos y envueltos en un silencio sepulcral, noté el arrepentimiento de Cyrone por haber agredido a aquel hombre. Encendía cigarrillo tras cigarrillo y los fumaba de manera compulsiva.

Flye trajo volando un par de vendas que asumí había robado del sanatorio y las recibí. Aunque el serafín pensaba cambiarse las vendas por sí mismo, aparté sus manos.

Le pedí que estirara su brazo sobre mi regazo.

—Cyrone, entonces ¿estás casado? —le consulté mientras deshacía el vendaje antiguo, que no tenía heridas debajo, pero estaba manchado de sangre por la mordida de Abel.

Él resopló y volvió a aspirar el cigarrillo.

—No. Las tradiciones de los humanos no significan nada para los serafines. Ellos asumen lo que ven, nada más. Aunque fue conveniente que creyera que yo era tu esposo.

—Sí, pero me llevé un par de insultos de su parte por eso.

—Los humanos son tan absurdos que se abstienen de molestar a las mujeres solo si creen que ellas le pertenecen a otro hombre —me explicó.

Observé que el antebrazo desnudo de Cyrone no estaba totalmente ennegrecido como sus manos, solo lo recorrían un par de manchas negras, como si se tratara de hollín.

—Pues yo no le pertenezco a nadie.

Noté que Cyrone sonrió mientras volvía a aspirar el cigarrillo.

—Y, de hecho, deberías aprender tú también a no tocarme con tanta propiedad —le acusé—. Pareciera que tienes una tendencia a ponerme las manos encima.

Cyrone tosió y expulsó humo, supongo, de la impresión.

—¿Te he tocado? Yo... oh, por Nylena. ¿Es en serio? Yo no quise... ¿por qué no me avisaste que te molestaba?

Me reí ante su desesperación. Y es que si él lo hacía realmente no me molestaba. Encogí los hombros.

Su roce y contacto corporal sí eran molestos, aunque no por las mismas sensaciones que me produjo el tacto de aquel otro hombre. Sus manos me provocaban cosquillas placenteras por todo el cuerpo, pero no se lo iba a reconocer.

—Tranquilo, sé que no me tocaste con malicia como ese papanatas. Solo me afectó un poco. Es que nunca he sido tocada por un hombre —reconocí. Ver su reacción me llenó de vergüenza.

El serafín de la tierra, generalmente imperturbable, ahora cubría su rostro, ocultando un leve bermellón que teñía su piel. Se levantó y apagó el cigarrillo, dándome la espalda para que no notara su rubor. Se me escapó una sonrisa.

—Seré más cuidadoso contigo, Gyuri, lo siento —me dijo en voz baja, grave y suave.

De repente noté que entre sus pies crecía una pequeña seta.

—Pasaremos la noche aquí —afirmó tras aclarar un poco la garganta.

—Pues, puede que Flye quepa en ese hongo, pero te aseguro que nosotros no —respondí con una risita.

El serafín, rígido como una estatua, movió su mano y agarró el aire, simulando tomar las raíces del hongo. Lo hizo crecer, tan grande como las demás casas de Hugaría. Formó paredes en su interior hueco y creó una apertura pequeña por la que podríamos entrar.

—Sir Cyrone. Nosotros, los animales de Melcior, somos muy afortunados de poder ver la gracia de sus poderes en cada cosa que existe —proclamó Flye, que entró volando al interior del hongo.

—No le digas eso, Flye, lo harás más arrogante —dije yo, siguiéndole el paso.

—Oh, ¿soy tan predecible? —dijo Cyrone, entrando de último.

El interior era idéntico al de la tienda que visitamos, incluso se igualaba en el hedor fétido.

Al menos era tierno y las paredes nos aislaban del frío, lo suficiente como para caer desfallecidos después de un largo día.

Flye era la prueba viviente de ello; apenas se acurrucó en el pastizal comenzó a roncar como si quisiera hacerse oír en toda la aldea.

Me quité la capa en cuanto empecé a sudar.

Al sentirme más ligera, revisé mi cuerpo en busca de algo inusual.

No podía evitarlo. Aún me sentía extraña después del encuentro con aquel aldeano; algo debió haber visto ese hombre en mi figura, en cómo se veía mi cuerpo bajo la pesada caperuza.

Lejos de sentirme halagada o siquiera curiosa por entenderlo, me sentí bastante sucia bajo el pantalón de seda abombado y la camiseta blanca sin mangas que se pegaba a mi piel.

Tragué para aliviar el nudo en mi garganta.

Lo único que logró arrancarme de esos pensamientos que me mortificaban fue el carraspeo de Cyrone a mi lado, quien, al igual que yo, se había quitado su oscura capa para refrescarse.

A diferencia de mí, que llevaba prendas blancas y holgadas, él vestía un traje oscuro que parecía de cazador, acompañado de unas botas prominentes.

Aunque prefería no mirarlo, mis ojos se desviaron hacia él de manera irremediable.

Siempre hacía el mismo recorrido: primero observaba su cabello de un tono añil hermoso, que se derramaba delicadamente por su largo y elegante cuello; luego seguía su mandíbula que se marcaba con fuerza, y cada vez que la veía agitaba mis latidos.

Antes de seguir el recorrido, me invadió un sentimiento de culpa.

¿Era esa la forma en que ese hombre me había mirado?

¿Estaba yo comportándome de manera igual de reprochable?

¿Llegaría el día en que haría sentir incómodo a Cyrone con la forma en que deslizaba mis ojos sobre su cuerpo?

¿Podía evitarlo si quisiera? De repente, él se volvió hacia mí.

Su mirada me golpeó como una descarga eléctrica. Fruncí los labios y aparté la vista. Incluso después de unos segundos, aún percibía su mirada fija en mí.

—No sabes ocultar que quieres hacer una pregunta. No te esfuerces tanto.

Se me formó una sonrisa torpe cuando lo escuché. Meneé la cabeza y lo volví a ver.

—De acuerdo. Me preguntaba por qué ese hombre de Hugaría me miraba de esa manera tan... —No encontré la palabra exacta para describirla—. ¿Acaso hay algo malo en mi cuerpo? ¿O algo inusual? Estoy casi segura de que mi cuerpo es igual al de cualquier otra mujer humana.

Él se quedó callado por un momento.

—No —dijo por fin.

—¿No? —repetí.

—No hay nada malo en ti, incluso cuando tu cuerpo, desde luego, no luce como el de otras mujeres humanas.

—Cyrone sonrió. ¿Aquel había sido un halago?

—. Quisiera decir que él solo sentía curiosidad por ti, pero la realidad es dura; él quería usar tu cuerpo para satisfacerse, y realmente no le importaba cómo te sentías con eso. ¿No lo ves? El problema era él.

Se sentó en el pastizal junto a Flye, que dormitaba.

Tomé asiento a un lado del serafín y lo observé de reojo.

Las emociones desconocidas que surgían en mí eran tan intensas que sentía un dolor punzante en el costado de mis costillas.

El calor que había sentido desde que él me había tocado aún no me abandonaba. No podía evitarlo.

Mala. Debo ser realmente mala . El pensamiento me acosó.

—¿Hay una manera para evitar sentirse así? Digo, como ese hombre se sintió al mirarme —le pregunté.

Intenté no sobresaltarme cuando él me miró.

—Dudo que se pueda evitar sentir algo. Lo que importa es lo que decides hacer respecto a eso.

—¿Y qué debería hacer si alguna vez me siento así? —me atreví a preguntar.

Cyrone esbozó una leve sonrisa y levantó la mano para acercar su dedo a mi cabello. Cerré los ojos anticipando el roce en uno de mis rizos, pero me quedé esperando un contacto que nunca llegó. Abrí los ojos de nuevo.

—Detenerte, a menos que la otra persona te permita tocarle.

Boté el aire que había contenido.

—Ah...

El serafín soltó una risita encantadora.

—No creas que es tan fácil contenerse. Las emociones humanas son una verdadera tortura. No me imagino cómo será para ti, si nunca has tenido contacto con otros —me dijo, retirando su mano—. Pero, tranquila; si alguna vez pierdes el control con algún desafortunado, estaré allí para detenerte.

Asentí con los labios entreabiertos. Pasamos unos segundos en silencio, de los cuales ni siquiera fui consciente.

—Cambiando el tema, tengo algo para ti. Es un regalo —dijo él, despertándome de mi ensueño.

—¿Ah? —pregunté, porque en serio me había ido a otra parte.

—Un regalo.

Como si esa palabra fuera mágica, olvidé mis preocupaciones y sonreí de lado a lado. Me puse frente a él, expectante como un niño que va a recibir un juguete.

—¿Es este un premio por ser una buena chica? ¿O es un perdón por ser un serafín gruñón y malhumorado? —bromeé.

Cyrone curvó levemente los labios.

—No mereces ninguna de las dos. —Solté un resoplido—. Es solo una cosa que me regaló un humano hoy, y que creo que te será más útil a ti que a mí.

—¿Ofrendas de los humanos? Vaya...

—¿Recuerdas cuando te dejé un rato sola? Acompañé a un par de ellos al sanatorio y curé sus heridas lo mejor que pude. Muchos estaban agradecidos.

Sonreí tratando de ocultar la calidez en el corazón que me provocaba saber lo bondadoso que este serafín malhumorado podía ser.

Descubrí una bolsa de hilo bastante espaciosa que podía llevar conmigo. Vi que varios humanos lo utilizaban para guardar sus cosas importantes, pero fruncí el ceño al pensar que estaba burlándose de mí.

—Ah, genial, ¿para colocármelo en la cabeza y cubrir mis cuernos? —lo remedé.

—Pues, puedes usarlo como quieras. Pero yo pensaba que quizá te serviría para guardar ese enorme libro abollado que siempre llevas en las manos.

Las mejillas me dolieron por lo amplia que se hizo mi sonrisa al ver la bolsa con otros ojos. Reí en voz baja y noté que, efectivamente, mi libro cabía a la perfección dentro de ella. Mi bolsa. Sonreí otra vez.

—Gracias, Cyrone. Te has vuelto dulce.

Él me dedicó una especie de sonrisa y se acomodó al lado de Flye para dormir.

—Perdóname por eso —dijo él, sin mirarme ni una vez.

Cuando ambos cayeron dormidos y finalmente pude retomar la lectura de mi libro, me resultó inevitable verlos entre cada párrafo.

Me di cuenta de que Cyrone no lucía tan enojado cuando dormía, ni Flye parecía tan formal cuando roncaba con la boca abierta.

Reí, recostándome junto a ellos, y leí una frase antes de cerrar los ojos.

Vuelvas o no a mí, sin importar cuánto demores, la espera me embriagará hasta hacerme verte cada noche al dormir .

Volví a ver a Cyrone mientras descansaba; él sonreía y yo deseaba con fervor saber con quién soñaba.