Caelum 6 #2
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—Yo también. De hecho, impondrías más respeto con tu bolsa —dijo Cyrone poniéndose de pie.

—¡Pero no podría ver nada! —gritó Flye.

Me miré en el espejo por un instante, sin anticipar que Cyrone aparecería detrás de mí para bajar mi capucha, descubriendo mis orejas y cuernos. Aparté la mirada, afligida por mi reflejo. El serafín notó mi reacción, pues su leve sonrisa se congeló.

—¿Qué pasa? ¿No te gustan tus cuernos?

Me aparté de él y me volví a cubrir con la capucha. Pese a que me sentía mal, lo miré con gracia.

—No es lo mejor que uno puede tener en la cabeza.

Él no correspondió mi sonrisa.

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Hugaría, tan sombrío y azulino, se iluminaba por las cabezas de las setas gigantes, de modo que el rostro de las personas, mientras barrían los restos de la destrucción, refulgían de los mismos colores. Algunas setas eran rosadas, pero la gran mayoría imitaba las tonalidades del cian.

La belleza del lugar no hacía más que resaltar la tristeza de los aldeanos, que recogían, algunos entre sollozos, los destrozos del huracán. Tal vez habían perdido seres queridos, y la sola idea de verme reflejada en ellos, recogiendo el cuerpo herido de Nym, me paralizaba.

Caminando a su lado, observé que Cyrone miraba exactamente lo mismo que yo, con una aflicción más disimulada.

Detenidos frente a un claro en el que se posaba una fuente apartada de todas las setas que servían de vivienda, el serafín me pidió que esperara un minuto junto a Flye.

Luego se apartó y su capa oscura se mezcló con la multitud.

Lo que en principio era un minuto se transformó en casi media hora, y cuando mi estómago comenzó a rugir del hambre estuve a punto de olvidar todas las advertencias del serafín.

—¿No ves toda esa comida que se cocina en las brasas? —le pregunté a Flye, babeando al sentir el exquisito vapor que salía de uno de los tenderetes de comida. Pese a que no lograba entender qué platos eran, el aroma que se deslizaba hasta mí era cautivador.

Pero Flye no respondió, aunque estaba segura de que me había oído bastante claro.

—Oye, Flye. —Lo tomé de un ala y lo miré de frente—. Sé que Cyrone te dijo que no me hablaras, pero ya basta. Si él te pide que te cortes la pata, ¿también lo vas a hacer?

—Sir Cyrone le pidió a usted que, por favor, no se dirigiera a mí. Le recuerdo que para los humanos será raro que le hable a una simple rana; ellos no pueden escuchar mi voz —murmuró como si estuviera afónico.

—Y entonces ¿por qué susurras? —Sonreí, y luego volví a posarlo sobre mi hombro izquierdo—. Oye, Flye... prometo no reaccionar a tus palabras, pero ¿podrías explicarme por qué Neblina devastó este lugar? ¿Acaso no le gusta Hugaría?

Pese a que Flye se mostró reticente a responder, al final cedió ante mi mirada fija.

—¡Deje de mirarme, señorita! Usted no se supone que le preste tanta atención a una rana inanimada —vociferó él, a lo que accedí, girando mi cabeza—. Escuche, ¿usted conoce la guerra de los serafines?

Asentí, me parecía recordar algo de la primera conversación con Cyrone, pero Flye notó mi vacilación.

—Los cuatro serafines se enfrentan a muerte para ser el siguiente dios. La señorita Neblina no hace más que entrenar y prepararse para cuando la diosa Nylena perezca y necesite un reemplazo.

Entonces lo recordé, las lanzas del Empíreo. La guerra era algo inminente, las armas ya estarían por ahí, en algún lugar de Melcior, por eso Lummina había podido suicidarse... Y Neblina, oh, por Nylena...

—Tengo miedo, Flye. ¿Y si Nym pasó por aquí cuando ocurrió ese huracán? ¿Y si alguno de los humanos de aquí sabe algo sobre mi hermano? —No pude evitar morderme una uña—. Tal vez ellos sepan algo.

—Señorita, no me dé problemas, por favor, yo solo soy una simple rana...

Agarré con fuerza mi libro y lo abracé, pues era lo más cercano que tenía de abrazar a mi familia. Permanecí en silencio hasta que una criatura me abordó de sorpresa.

—¡Hola! ¡Hola! ¡Hola, hola! —gritó un ser cuadrúpedo que daba saltitos alrededor de mí.

Si bien en un principio me espantó, al reconocerlo se dibujó una sonrisa ancha en mi rostro.

¡ Es un perro! ¡Un verdadero perro ! Nunca había visto uno, pero en varias de mis fábulas y cuentos aparecía uno junto al protagonista, por lo que aquel encuentro me hacía ilusión.

Aquel era un perro negro, un poco más grande de lo que imaginé que eran.

—Hola —lo saludé mientras él brincaba y movía la cola—. ¿Cómo te llamas?

—¡Hola! ¡Hola! —no paraba de decir.

Acaricié su cabeza y pensé que tal vez podría saber algo de mi hermano. Si no se me permitía hablar con humanos, tal vez me enteraría de algo hablando con los animales.

—Escucha, perrito —le dije con una voz suave para calmarlo, a la vez que me ponía de cuclillas—. ¿Has visto a un niño pequeño con el cabello rojo pasar por aquí?

—¡Rojo! —gritó el perro.

—Señorita Gyuri, los perros no ven el color rojo. Sus ojos no lo distinguen.

Dirigí mi mirada hacia Flye, que seguía sobre mi hombro.

—¿Y tú sí ves el color rojo? —le pregunté.

—¿Usted cree que soy un perro?

Pero el perro, de súbito, comenzó a ladrar, o más bien, a gritar enfadado. Por alguna razón no le agradó para nada mi amigo anfibio.

—¡Fuera, fuera, fuera, fuera!

—Oye, tranquilo —susurré, viendo que la gente a mi alrededor se volteaba para mirarme.

Pude ver los colmillos del perro asomándose, y al percatarme de que no me quería escuchar, me asusté. Tomé mi libro y lo usé de escudo, me levanté y busqué a Cyrone con la mirada.

De pronto, quien parecía ser el amo del perro brotó entre el gentío a lo lejos, gritando su nombre.

—¡Basta, Abel! ¡Deja a la dama en paz!

Descubrí mi rostro cuando el hombre llegó y calmó a su mascota. Suspiré de alivio. El hombre parecía mayor que yo, pero no demasiado. Me sonrió con una sonrisa de dientes amarillentos, llevaba un sombrero de paja y tenía las manos sucias. Sin embargo, lucía unos hermosos ojos color turquesa.

—Disculpe, mi perro suele enojarse por... —Su voz se pausó cuando vio el ejemplar en mis manos—. Vaya, nunca había visto ese libro, y eso que yo debí haber leído ya todas las novelas en Melcior.

Abrí los ojos de par en par y observé lo que tanto llamaba su atención.

¡Claro que no lo había visto antes! ¡Mi libro era único en su especie!

Asentí sin pronunciar palabra y levanté el mentón orgullosa.

El desconocido, que por primera vez pudo ver mi rostro, se quedó con los labios entreabiertos y la mirada atónita.

—¿Me permite echarle un vistazo? —me preguntó. No pude evitar buscar a Cyrone con la mirada.

Tal vez ese desconocido podía darme una noticia sobre quién lo había escrito; parecía alguien versado en novelas. Luego de verificar que el serafín no me estaba vigilando, asentí y le entregué el tomo.

—Señorita Gyuri, usted no puede hablar con humanos —me recordó Flye al oído, como si no lo supiera ya.

Pero mi atención estaba centrada en aquel hombre que ojeaba mi libro con interés. Se notaba que debía enfocar la vista, puesto que fruncía las cejas para poder leerlo. Vi a Abel, el perro, con la lengua afuera mirando a su humano con una admiración idílica.

—Oh, vaya. ¿Le interesa la poesía? —me preguntó el hombre, mientras me devolvía el libro.

—¿Poesía? ¿Qué es eso? —susurré, temerosa de entablar conversación.

El hombre comenzó a recitar un conjunto de oraciones que rimaban a la perfección.

Sostuve mi libro con fuerza, con una evidente emoción que crecía conforme oía las palabras danzar en versos melódicos.

Como cuando Nym y yo pintábamos con la tinta de los frutos en Riveria, su lengua parecía crear un paisaje completamente nuevo, sin la necesidad de una tela.

Quise interrumpirlo para preguntar el significado de un par de palabras que nunca había oído, pero me había perdido en el impecable sonido de su voz.

—Entonces, las novelas que no cuentan historias y recitan sentimientos son poesía —concluí emocionada, ganando más confianza para responderle.

—Sea donde sea que se encuentre, ya sea en Melcior o fuera del planeta, seguro hallará un poeta.

Abracé mi libro de forma inconsciente y le agradecí por la información. Mientras me iba, él tomó mi mano y depositó un beso en ella. Lo miré curiosa, un tanto disgustada por lo húmedo que fue aquel contacto.

—Cuando usted quiera podemos hablar más sobre eso. —Sonrió guiñando el ojo—. ¿Me permite saber su nombre?

Dio un paso adelante para acercarse a mí y yo decidí marcar distancia poniendo el libro entre ambos.

De pronto, al notar que su mirada se desviaba hacia partes de mi cuerpo que no eran mis ojos, los suyos perdieron la belleza que antes había visto en ellos.

Experimenté una sensación extraña en el estómago.

¿Era miedo? No lo sabía, pero era sin duda diferente a la sensación que me provocaba la posibilidad de perder a mi hermano y tampoco se acercaba a la de estar al filo de un barranco. ¿Qué era?

—Usted es una chica muy bella. Tiene un rostro adorable, muy redondito —dijo sin soltar mi muñeca. Un escalofrío de asco me recorrió y di un paso atrás, lo que hizo que el desconocido invadiera más mi espacio personal.

—Ay, señorita Gyuri, aguante un segundo —me dijo Flye antes de salir volando de mi hombro y dejarme sola.

Me quedé mirando su huida con indignación y me encogí aún más frente al desconocido.

—Tengo que irme —le dije en un tono ridículamente agudo.

—Pero ¿no me dirá su nombre? —insistió, tomando mi otra mano para examinarla por alguna razón.

—Usted no necesita saber mi nombre —respondí, tratando de mantener mi semblante sosegado.

Pero él se aproximó y me rodeó la cintura con su brazo, lo cual terminó por agotar mi paciencia. Con el libro de poemas le golpeé el rostro. Quedó aturdido por un momento, sosteniendo su mejilla raspada.