6
L as mañanas sucedían a las noches, deshojando los días.
Tras una extensa caminata, los sitios poblados por seres humanos por fin se revelaron en nuestro camino.
Se trataba de la aldea de Hugaría, tal como me lo habían adelantado mis compañeros peregrinos.
Las sensaciones de angustia, ansiedad y emoción se amalgamaron en mi estómago como una sopa de ojoletas mal cocinada y, aunque no podría entablar conversaciones con los humanos —por órdenes fastidiosas de Cyrone—, me reconfortaba saber que por fin me encontraría con alguien semejante a mi familia.
Les preguntaba a Cyrone y a Flye: «¿Qué tan malos podrían ser los humanos?
», y ellos siempre me respondían lo mismo: «Ya lo verás por ti misma».
Una de las experiencias más vívidas de nuestra travesía fue el constante encuentro con las criaturas de Melcior, cuya demanda era insaciable. A cada paso que dábamos, suplicaban por comida.
Justo antes de llegar a una aldea humana, un animalillo nos detuvo.
—¡Señor Cortex! —gritó un pequeño mono fijú—. ¡Tengo hambre!
—Eres como la mamá de todos. —Reí, mirando la espalda del serafín que caminaba delante de mí.
Cyrone extendió su mano hacia un árbol, y al tocarlo hizo que las ramas se alargaran, dando lugar a la aparición de unos frutos extraños de color amarillo.
—«Hermano mayor» suena mejor, Gyuri —me dijo—. Mira, como te mencionamos, allá está Hugaría, la aldea humana más alejada de Catarbella.
Intenté ponerme de puntillas para ver a través de las ramas de los árboles, pero el pequeño primate se colgó de cabeza frente a mí, sorprendiéndome. Sostuve mi libro con fuerza y me oculté detrás de él por impulso.
—¡Usted, lindura, tenga cuidado con esos monstruos! —me advirtió mientras me ofrecía un fruto largo y amarillo—. Tome una banana.
—¿Cómo? ¿Cuáles monstruos? —Levanté ambas cejas, recibiendo la banana.
—Aquellos que destruyen todo «por su propio bien». Tenga cuidado, suelen destruir a niñas preciosas como usted por esa misma razón —dijo el monito—. Así se desató el Gran Diluvio.
Miré a Flye, que volaba a mi lado, esperando a que él me diera su versión.
—No le haga caso, señorita —intervino Flye—. A veces, a los animales nos gusta dramatizar.
Tragué saliva, asustada, como si estuviera a punto de encontrarme cara a cara con un ruroido otra vez.
Sin embargo, solo eran humanos, y los que había conocido a lo largo de mi vida habían sido cordiales y bondadosos.
Aún así, sus palabras influyeron en mí. Me incliné ante el mono fijú para despedirlo y seguí los pasos de Cyrone, que ya iba bastante adelante.
El serafín no pidió permiso; solo me arrebató la capa oscura que se suponía me había prestado. Antes de entrar a la aldea se la puso y, a pesar de mis gritos y reclamos, me cubrió con ella.
—Deja de hacer ruido, ¿quieres que alguien te escuche?
—¡Entonces déjame salir! —exigí pellizcando su costado.
—Estás demente si crees que te dejaré entrar a una aldea humana sola.
Aunque sonaba como si estuviera protegiéndome, lo más probable era que no confiaba lo suficiente en mí como para permitirme recorrer el camino sola.
—Si te piso los pies, quiero que sepas que no fue por accidente —refunfuñé.
—Vale, ahora necesito que te calles, estamos entrando.
Me acercó a su cuerpo lo que más pudo para sincronizar nuestros pasos, y al hacerlo el calor se extendió por mi rostro.
—No puedo ver nada —susurré.
—No necesitas ver. Tienes que confiar en mí.
—Esa es la peor idea que me has dado.
Traté de apartarme, ya que la temperatura me subía hasta hacerme sudar. Sin embargo, cuando lo intentaba el serafín volvía a jalarme a su lado, sosteniendo mi muñeca para evitar mi huida.
—Si te alejas seremos más evidentes —susurró, lo que me hizo suponer que ya estábamos dentro.
—Por los siete mares de Riorense —exclamó Flye para sí mismo.
Cyrone se detuvo y yo lo imité. Debajo de la capa que compartíamos, él presionó mi muñeca con energía, haciendo que viera mi mano temblando junto a la suya.
—¿Qué ha pasa...? —traté de preguntar, pero en un gesto rápido soltó mi muñeca para cubrir mi boca e impedir que hablara.
—Sir Cyrone... La señorita Neblina... —balbuceó Flye, cuya cercanía sugería que se había posado en el hombro del serafín.
—Maldita arpía —espetó él en un tono que deseé no encontrar atractivo. Insistí empujándolo bajo la capa.
Ahogué mis palabras en la palma de Cyrone hasta que finalmente pude hacer un hueco para observar lo mismo que ellos.
Ingresamos a una pequeña civilización adornada con hongos colosales de tono fluorescente.
Tal como Cyrone me había advertido, los humanos vivían dentro de esas setas, dado que estaban huecas por dentro.
Hubiera querido poder ver mejor para entender por qué el gentío estaba en caos y todo a su alrededor se desmoronaba.
Aparentemente, el pueblo había sufrido el embate de un desastre natural.
Incluso cuando los hongos gigantes que servían de hogares brillaban y se erguían intactos, el resto de las cosas, como el mobiliario, los adornos y los carruajes de la civilización, se encontraban destrozadas y esparcidas por el suelo.
El penoso cuadro se completaba al ver los restos de comida, suciedad y chucherías que salpicaban el camino.
Según lo que Cyrone y Flye me habían contado, Hugaría era una aldea de comerciantes donde llegaban los torineros desde lo más lejos de Melcior. El pobre escenario que se presentaba no reflejaba las imágenes que me había formado antes de venir.
Cyrone volvió a esconderme bajo su capa para caminar y no me quedó más opción que obedecer. En medio de esa oscuridad, abracé mi libro.
—Quedan apenas restos de lo que Hugaría alguna vez fue —comentó Flye.
—¿Qué ha pasado? —susurré.
—Neblina tiene un motivo muy egoísta para hacer todo esto —explicó Cyrone—, pero estoy seguro de que lo hace para fastidiarme también.
Por la ira que se oía en su voz rasposa, preferí guardar silencio y preguntar después. Mientras caminábamos, otra vez decidió tomar mi muñeca sin pedir permiso.
Al cabo de poco comprendí que el comercio no se paralizaría ni siquiera con el peor de los huracanes.
Con los fragmentos desperdigados por el desastre, todavía escuchaba las voces y los gritos de los humanos que ofrecían mercancía.
Por eso Cyrone dio la vuelta y nos condujo a la tienda de indumentarias.
Al entrar, una voz fina pero madura nos atendió.
—Buscamos una capa para mi compañera —solicitó Cyrone apartando apenas una de las esquinas de su capa para que saludara. En su voz se sentía la tensión. Si Neblina pretendía enojarlo con aquel devastador huracán, lo había conseguido con creces—. Nos lo exige nuestro credo. —Cerró su capa.
—Por supuesto, la religión de Dregonia. —La mujer asintió, y por el ruido que escuché imaginé que buscaba entre los cajones de su mostrador.
Cuando Cyrone alzó su brazo para permitirme ver —aunque, por supuesto, sin revelar mi cabello ni orejas—, vi un par de capas oscuras idénticas sobre la mesa. Posiblemente fue la decepción que traté de ocultar la que me delató ante el serafín, quien suspiró y se dirigió de nuevo a la vendedora.
—¿No tendrá algo más pequeño y femenino? —preguntó con hastío.
Por fin, pude hacer contacto visual con la mujer, que era aún más bajita que yo. Tenía los ojos pequeños y el cabello alborotado. Su piel canela era hermosa y unas cuantas arrugas adornaban su rostro.
—Sí. —Nos pidió que aguardáramos antes de marcharse y volver con una capa voluminosa que parecía pesada, con pliegues peludos y un vibrante color amarillo—. Pero si se dirigen al este, no la recomiendo. Es muy caluroso por allá.
Asentí con entusiasmo y jalé un poco la camisa del serafín.
Cyrone insistió en que nos acercaríamos a Catarbella y las temperaturas no harían más que aumentar, pero en cuanto me hacía una idea, era prácticamente imposible quitármela de la cabeza.
Se rindió y aceptó comprarla. Luego se quedó mirando con seriedad a la vendedora.
Ella comprendió su señal en un instante y se disculpó con una leve reverencia.
—Claro, le dejo privacidad para vestirse.
La mujer desapareció tras una cortina y Cyrone me descubrió la cabeza por completo.
—¡Ah! Por fin puedo respirar —jadeé apesadumbrada. Estar tan cerca de Cyrone me hacía sentir como en el centro mismo de una fogata.
El serafín no me respondió nada y se fue a sentar en un diván de piel de cabra, donde se recostó con las piernas y los brazos abiertos antes de relajar su entrecejo con un leve masaje de dedos.
Flye voló a mi lado y me observó con unos gestos difíciles de descifrar para mí.
—¿Está segura de que soportará el calor en la caminata? —me preguntó en un tono preocupado.
Agarré la capa del mostrador y me la coloqué en la espalda. Avancé dando saltitos hacia un cristal enorme que reflejaba mi imagen, y posé ante el cristal para ver mi nuevo atuendo desde todos los ángulos. Sonreí satisfecha.
—Con esta preciosura lo soportaría todo —respondí sonriente, y cuando me volteé sorprendí a Cyrone mirándome.
Aunque su rostro carecía de cualquier expresión, su mirada era particularmente pesada y sombría. Sospeché pronto que no era el cuerpo de Cyrone lo que me provocaba calor y vergüenza. Era él mismo.
—¿Qué miras? —le dije.
—No te había visto desde que nos conocimos. Al menos, no bien. Solo me acostumbraba.
No lucía para nada impresionado, menos aún cuando se había sentado con una pierna sobre la otra y la cabeza apoyada en su mano, como si estuviera aburrido.
—Tienes razón... —le respondí, volviéndome hacia el espejo—. Tu capa me cubría más allá de los talones, si es que eso era posible.
Al cabo de unos segundos, la ostentosa prenda comenzó a cansarme las rodillas.
—Cyrone, si querías ocultar nuestros cuernos de los humanos podríamos haber usado sombreros.
Soltó una carcajada burlona.
—O ¿qué te parece una bolsa de papel? Eso cubriría nuestras orejas también.
—¡Hablaba en serio!