5 #2
El terror me recorrió el cuerpo cuando observé esas plantas acuáticas que yacían cerca de mi pie. Definitivamente iba a cerrar la boca para siempre, porque todo a mi alrededor estaba lleno de plantas y árboles. Solo quería un momento de privacidad.
—¿Y sabe por qué usted puede comunicarse con un simple animal como yo?
—siguió diciendo Flye—. Es porque los serafines no discriminan.
Protegen a todos los seres vivos, por tanto, pueden hablar con todos ellos.
Perdóneme por mentirle; a veces me gusta fantasear con que soy un animal celestial, pero solo soy una rana.
Suspiré, abandonando la ira, y acomodé un mechón de cabello rizado detrás de mi oreja.
—Tan solo ignoraré lo que él dijo. Para mí sí eres un animal celestial, Flye.
La rana me sonrió en su peculiar forma.
—Gracias, señorita. Usted es muy bondadosa. Le aseguro que también tendrá una nueva oportunidad para que le crezcan alas como las mías.
i
Caída la noche —entendiendo por «noche» aquel momento en que las luciérnagas se escondían y la oscuridad se hacía aún más evidente—, hicimos una fogata para pernoctar.
Flye recopiló palitos y trozos de pastizal para construir un nido en lo alto de un árbol y descansar en él.
Reposé mi libro rojo en el suelo, cómodo entre la hierba, y me senté a su lado.
Cyrone me lo había entregado antes de continuar nuestro camino.
En aquel momento solo estábamos nosotros, los dos serafines, uno frente al otro.
Mientras Cyrone centraba su atención en la fogata, esforzándose por intensificar las llamas, yo contemplaba la alborotada danza del fuego.
Acerqué mis pies para calentarlos. Me quedé viendo el amarillo hasta que mis ojos comenzaron a fatigarse, preguntándome si acaso existía un serafín del fuego.
Si no lo había, ¿quién de nosotros lo había creado?
¿Cómo pudo haber sido creado? A pesar de tener a Cyrone frente a mí, todavía no sentía la confianza para hacerle ese tipo de preguntas.
Con toda probabilidad, me miraría como si fuera una tonta.
¿ De verdad te haces una pregunta tan obvia ?
, me lo imaginé diciéndome. Por lo tanto, me callé.
Con eso en mente, no pude evitar observar al frívolo serafín, que cogió un palo hueco cuya punta encendió con la fogata. Luego, se lo llevó a la boca, lo aspiró y dejó salir un humo.
Arrugué mi nariz y disimuladamente me la cubrí. Cyrone me mantuvo la mirada, hasta que volvió a llevarse el palo a la boca para seguir quemando lo que había en su interior. ¿Lo estaba... aspirando?
Lo observé de vuelta, con una mirada directa y el entrecejo fruncido, desafiando su intento de intimidarme.
—¿Qué miras?, ¿acaso el ambiente es tan aburrido? —preguntó.
—No —suspiré—. Tú eres aburrido. Estoy esperando que me digas algo, lo que sea —respondí.
—Oh, estás esperándome. —Sonrió—. Entonces siéntate, cierra los ojos y la boca. Tal vez diga algo.
Abrí la boca, disgustada, y miré hacia el otro lado, orgullosa. Aunque lo intenté, no pude detener mi conflictiva lengua y dije:
—Veo que entre tus miles de habilidades no está la de tener sentido del humor.
—¿Quieres que te entretenga? —espetó, provocando que el humo se expandiera a su alrededor—. Se supone que soy el serafín de la tierra, ¿también quieres que sea tu bufón?
—Eres un antipático.
—Hm. Creo que me han llamado así alguna vez. ¿Me das un momento para recordarlo? —Volvió a inhalar para luego contaminar el ambiente con más humo.
—Oh... —Reí con desdén—. No necesitarás mucho tiempo; debe ser la única forma en la que te han llamado. Además de antipático, apestoso. Ese palo que quemas huele horrible.
Enseguida me aclaró que no se trataba de un palo, como yo creía. Me explicó que lo que llevaba en su interior era una hoja que se combustionaba al contacto con el fuego. Un cigarrillo, lo llamó.
—¿De dónde lo sacaste? —le pregunté.
—Los humanos lo crearon.
—¿Entonces tienes contacto con los humanos?
—Como serafín de la tierra no me queda otra que comunicarme con los humanos. Son una especie más de animal.
Antipático .
Se me quitaron todas las ganas de seguir socializando con él, así que callé y acerqué mis manos entumecidas a la fogata.
—Oye, Gyuri —volvió a hablar el serafín luego de aplastar el cigarrillo en la tierra y echar el resto al fuego—. Hay algo que no te he dicho sobre los humanos.
No respondí, pero le dirigí una mirada cansina para hacerle saber que lo estaba escuchando.
—No puedes hablar con ellos. Ni por el más mínimo motivo debes dirigirles la palabra.
—¿Por qué no?
—Porque eres una serafina y si no tienes cuidado serás peligrosa para ellos.
¿Peligrosa, yo? Lo miré incrédula. ¿Acaso me había visto siquiera aplastar una maripolilla?
—Escucha. Los humanos creen que los ángeles son seres preciosos, brillantes, con alas y aureola —continuó Cyrone—. Nosotros no brillamos, tenemos orejas largas sin pelo y cuernos de chivo. Si les dices que somos serafines, ellos no lo creerán y querrán matarte.
—¿Y qué peligro habría para ellos, si son ellos los que querrán matarme? —Le respondí con otra pregunta.
—Tú eres mucho más poderosa. Con una sola palabra puedes destruirlos, aunque no lo quieras. Está en tu naturaleza. Si ellos intentan matarte, tú siempre vas a ganar.
Me callé por un momento. Yo jamás había lastimado a mis padres o hermano, si es que eso quería decir, en cambio él...
—¿Sabes, Cyrone? El que debería alejarse de los humanos eres tú. Eres un verdadero peligro, destruyendo ciudades como si no fuera nada.
—Buen argumento, pero no te preocupes; Riveria ha sido la única ciudad que he destruido.
Lo miré con rencor, y él me observó de vuelta.
—Otra vez pones esos ojos de cachorro enfadado. —Entornó los suyos—. Tienes que comprender la razón por la cual lo hice. Neblina no es alguien fácil de contener, debía enterrarla en el subterráneo para dejarla atrás.
Lo miré con más odio.
—No soy un cachorro al que puedas tratar como quieras —le respondí—. Si lo fuera, ya te hubiera mordido esas horribles manos vendadas que traes.
¡ Lamentablemente, resulté ser una serafina del cielo !, grité en mi mente, sin poder creerlo todavía.
Cuando un silencio incómodo nos hizo callar a ambos, solté un resoplido que fingía ser una risa. Él me miró con atención, inseguro por no entender qué me causaba gracia. Lo cierto es que no había razón para reírme, pero el pecho me dolía. Me levanté de mi lugar cuando empecé a hiperventilar.
—Iré a tomar un poco de aire. El humo me está agobiando.
Me puse de pie, avancé al lado de él y, cuando lo rebasé, mi expresión facial cambió; estaba abrumada, quería explotar, llorar como un humano. Pero no lo era, nunca lo había sido. Mi ciudad ya no existía. Contener todo eso dentro de mí me estaba pasando la cuenta.
—Malditos indecibles, oh... Maldición —susurré abrazándome a mí misma mientras caminaba.
La frustración viajaba a través de mi sangre, buscando salir.
Tengo miedo, ya no puedo ocultarlo más , replicó mi mente.
Extrañaba tanto la iluminación de Riveria, en especial los colores que solía ver en el techo.
El celeste era aburrido, pero lo añoraba como si fuera una atracción maravillosa.
No quería ver un inmenso sinfín de vapor y neblina por encima de mi cabeza. Quería ver el brillo de algo más.
Caminé a través de un pasadizo de árboles donde las hojas caídas, secas y coloridas se rompían bajo mis pisadas.
Avancé con los brazos cruzados, andando sin saber hacia dónde me dirigía.
Arrugué la frente cuando percibí otro par de pisadas tras de mí, siguiéndome el rastro. Me detuve sin voltear a mirarlo.
—¿Me vas a seguir?
Él se detuvo, y de pronto lo escuché moverse.
No tenía idea de qué estaba haciendo Cyrone, ya que no podía verlo, pero a mi alrededor comenzaron a brotar flores de color blanco.
El pastizal seco a mis pies empezó a brillar, humedeciéndose para luego parecer congelado.
Las luces de los árboles eran un poco más radiantes, mutando de colores cálidos a colores fríos y pálidos, como el cian, el turquesa y el celeste.
Sorprendida, me volví hacia Cyrone. Tenía una expresión que no creí que él fuera capaz de mostrar.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
—Perdón —dijo—. No he sido bueno contigo, aunque quiero ayudarte. He sido mezquino. Te he tratado mal aun cuando lo has pasado peor. No soy bueno para esto. Ojalá pudiera explicarte por qué me es tan difícil relacionarme contigo.
Sonreí con melancolía y volví a darle la espalda, sumiéndome en el paisaje que él había creado para mí.
—Parece que sí tienes un corazón —le respondí.
—Pues sí, a veces —contestó él, en un tono que me hizo notar que estaba sonriendo.
—Estas flores se parecen a las que había afuera de mi casa.
.. —dije rodeándome otra vez con mis brazos, como si el frío de Riveria me estuviera envolviendo—.
Aunque me hace feliz verlas, me duele. Quisiera llorar.
Recuerdo que Nym lo hacía cuando algo lo ponía triste. Qué envidia, ¿no? ¿Lo has sentido?
Cyrone avanzó hacia mí y se detuvo a dos pasos de distancia.
—La serafina del cielo puede hacer llover.
Creo que eso es lo más parecido a un llanto.
—Lo miré confundida—. Los serafines no pueden llorar, ¿verdad?
Tampoco podemos expresar otras emociones, porque nuestros cuerpos son ficticios.
¿Sabes lo que somos? La naturaleza. El cielo, la tierra, el aire y el mar.
Por eso puedo oír a través de las plantas.
Cuando me enojo, desato terremotos de escala.
Y hay otras emociones más, inexploradas por mí, quizá.
—Flye me dijo algo como eso, pero yo no sé usar mis poderes. No puedo hacer llover. Soy un chiste como serafina. ¿Por qué Lummina me abandonó a mi suerte? ¿Por qué no esperó a enseñarme para morir?
—No eres un chiste, pronto podrás utilizar tus poderes, ya verás.
Cyrone miró a su alrededor, intentando hacerme ver lo que había construido para mí.
—Mira todo esto. Riveria tenía estos colores y estas flores, lo recuerdo muy bien. Puedo recrearlo para ti cuando lo necesites, durante todo nuestro camino. Y cuando encontremos a tu familia será pan comido para mí restaurar Riveria hasta el último rincón.
—¿Por qué te esfuerzas tanto por ser amable conmigo?
—No estoy esforzándome por ser amable, al menos no a propósito —respondió, iniciando su camino de regreso—. Es solo que me gusta mantener mis promesas.
Se detuvo y me miró serio. Negué con la cabeza y esbocé una sonrisa. Seguro que a él le dolía sonreír por mucho tiempo.
—Ven conmigo de vuelta a la fogata, los animales salvajes se ven tentados cuando hay una presa fácil.
Suspiré, sin abandonar mi sonrisa.
—No le hables así a alguien de tu misma jerarquía —bufé.
Reí y lo seguí de vuelta, echando una última mirada a la pintura viviente de mi hermosa Riveria.