5
M e agradaba Entrita. Era un lugar rebosante de vida, donde las criaturas ni siquiera se asustaban cuando chocaba, sin querer, contra todos sus nidos.
Probablemente porque sabían que no habría nadie cerca que pudiera hacerles daño.
No existían otros depredadores —además de los ruroidos— en esas zonas, dado el frío.
Eso me alegraba, saber que Cyrone había creado un ecosistema en el que las plantas alimentaban a los seres que habitaban allí afuera.
Se notaba a simple vista al observar las alitas holográficas de los pájaros.
Él me dijo que las pieles, escamas y plumas de los animales brillaban porque consumían la vegetación luminosa.
No le admití que me parecía una idea asombrosa para alumbrar un lugar sin cielo.
La delicada brisa hacía que los árboles tocaran sus propias melodías. Las hojas marchitas del suelo crujían con cada uno de nuestros pasos, y los curiosos ojos de los marsupiales, colgados de las ramas, resplandecían en la oscuridad y a veces nos saludaban cordialmente.
Todavía no me acostumbraba a oír la voz de los animales, pero por como lo tomaba Cyrone, con tanta naturalidad, concluí que era una habilidad más de los serafines.
En Riveria apenas había animales. Estaban los peces, como las ojoletas, mandriones y zurines, que iluminaban el mar de Nalini como faroles escondidos bajo el hielo.
Dado que el agua nos separaba, probablemente nunca me hubiera sido posible comprobar si yo también podía hablar con ellos.
Lo que estaba claro era que los humanos no podían oír la voz de los animales.
Pruebas como esa, simples, pero contundentes, me convencían de que no era una humana, como siempre lo había creído.
Mentiría si dijera que aquellos problemas de identidad no me tenían aturdida en el camino.
Cuando llegamos a un riachuelo de agua limpia —uno de los pocos pozos naturales que quedaban—, nos dispersamos en la naturaleza para descansar.
Me acomodé en la orilla del arroyo, sumergiendo mis pies descalzos, adoloridos y ásperos tras la larga travesía.
Una vez que Flye comprobó que su amo se alejaba, aterrizó sobre mi hombro.
—Usted parece triste. Puedo notarlo porque sus ojitos oscuros no brillan. ¿Qué le sucede, señorita? ¿No le agrada sir Cyrone?
—Él sí me agrada, Flye, al menos la mayoría del tiempo. Es solo que siento cómo mi iridia poco a poco se apaga y eso me aterra. —Me sinceré con él.
—¡Alce esas largas orejas, señorita Gyuri! ¡Hay una familia que espera por usted!
—Pero ¿y si no la hay? —le pregunté cuando se posó frente a mí—. ¿Entonces qué será lo siguiente? Tengo miedo. Nunca había estado en un sitio tan extraño.
Flye me observó encogerme mientras me abrazaba las rodillas y aterrizó en una de ellas para examinarme de cerca.
—¿Usted sabía que antes las ranas no teníamos alas? —me preguntó—. Antes solo nos desplazábamos saltando, de aquí a allá.
—¿Y de dónde surgieron tus alas, Flye?
—El cielo desapareció, señorita Gyuri, y con él se extinguieron las lluvias.
No había ríos que me sirvieran de casa. Al igual que los otros animales de Melcior, tuve que adaptarme a las nuevas temperaturas y ecosistemas.
Dado que las aguas dulces se habían casi esfumado por la desaparición de lo queconocíamos como lluvia, tuve que encontrar un nuevo hábitat sobre los árboles —me explicó el animal.
Me enderecé un poco y lo miré con atención.
—Digamos que fui obligado a migrar de casa, aunque no quería —continuó diciéndome—. Sus padres ¿cómo se llamaban? —me preguntó después.
Me dolió mucho no saber qué contestar.
—Ellos solo eran mamá y papá. Como éramos los únicos humanos en Riveria, no querían que los llamáramos de otro modo.
Ahora quisiera saber cómo se llamaban...
Debí haber insistido. —Me detuve y, luego de un silencio que fue respetado por parte del animal, continué—: Es ridículo, ¿no?
No sé cuáles son sus nombres, pero sí recuerdo sus voces, sus risas y las razones por las que me regañaban.
—Reí un poco. Luego, mi expresión se ensombreció una vez más—.
Recuerdo que estaban viejos, por eso yo salía a pescar en su lugar y cuidaba de mi hermano.
—Señorita, entiendo lo que siente. ¿Usted sabe cuál fue el hito que hizo que el cielo de Melcior desapareciera?
—Mi madre nos lo contaba todos los días, sí, el Gran Diluvio.
—El Diluvio Final, el Castigo Definitivo.
Así es como le llaman. Antes de que el cielo desapareciera, ocurrió.
Mi familia, mi madre y mis ocho hermanos murieron ahogados por la incesante lluvia.
O, bueno, no todos... Frank y Bolsier sobrevivieron por un par de años, pero con la sequía y la desaparición de los ríos, perecieron.
Yo, gracias a sir Cyrone, pude sobrevivir y evolucionar.
Evolucionar para sobrevivir. Y la evolución es dolorosa, señorita Gyuri, pues no es grato que le broten alas cuando su cuerpo no está hecho para ellas. Y yo no quería vivir. Aun así, lo hice.
—Oh... —Lo miré con compasión y tuve el impulso de poner un dedo sobre su pequeña cabeza—. Lo siento tanto —dije. Una sensación de desasosiego me invadió por completo.
Lummina me había ocultado por años bajo tierra, ella había muerto y el cielo había desaparecido. Cyrone sabía dónde estaba, siempre estuvo merodeando, pero no me lo dijo. No trajo el cielo de vuelta, yo no lo traje y ahora tampoco sabía cómo lograría hacerlo.
—No ponga esa cara, señorita Gyuri. Sé que es difícil escuchar este tipo de historias.
Divisé detrás de sus alas que, al otro lado del arroyo, Cyrone se encontraba lanzando piedras para que rebotaran sobre el agua. Esas piedritas podían recorrer antinaturalmente todo el río. De seguro, el mismo serafín manipulaba su gravedad. Me levanté con un poco de resentimiento.
—Cyrone no entiende lo que nosotros sentimos, por eso se irrita con tanta facilidad, no es justo. Él siempre ha sabido que es un serafín, nunca le ha tocado evolucionar, nunca ha tenido que sacrificar nada —mascullé.
—Se equivoca, señorita Gyuri. La verdad, desconozco el pasado de sir Cyrone, pero le aseguro que bajo el vendaje de sus brazos la piel que cubre está completamente negra.
La pérdida de iridia en los serafines es una experiencia terrible: su piel se torna oscura y se endurece, dejándolos petrificados.
¿Qué hubiera sido de mí si sir Cyrone hubiese desaparecido?
¿Se lo imagina, señorita? Esta conversación no existiría, al igual que yo mismo. —Flye suspiró, dramático.
—Cyrone se ha jactado de tener una iridia fuerte y poderosa. ¿No? —Fijé mi atención en el vendaje del serafín. Otra vez mi mirada se deslizó hacia su anillo dorado, que reflejaba las luces de los árboles—. ¿Cómo fue entonces que la perdió?
—Ahora lo es, pero creo que alguna vez su iridia fue débil y se apagó. En lo personal, sospecho que él también perdió a alguien importante en su pasado, y por eso se esfuerza tanto en ayudarnos a nosotros. A gente como usted, a ranas como yo.
—Y ¿cómo recuperó su iridia? ¿Cómo volvió a brillar? —pregunté sin ocultar mi curiosidad.
—La naturaleza de los serafines es un enigma para mí.
Yo solo me limito a admirarlos, a acompañar a sir Cyrone sin inmiscuirme en los asuntos que él quisiera reservarse —respondió Flye, inspirando un gran afecto en su tono de hablar—.
Estoy seguro de que ese es un tema que él jamás querría tocar con nadie. Así que lo respeto.
Comprendí que por más teorías que Flye se hubiera inventado para explicar el renacer de Cyrone, no iba a ser capaz de decirlas en voz alta.
El respeto con el que trataba a todos era una de las grandes virtudes que caracterizaban a la pequeña rana voladora.
Admiraba su lealtad incondicional y, por ello, preferí no seguir preguntándole sobre el serafín.
—Flye, ¿qué te hizo querer recuperar tu vida? ¿Por qué quisiste evolucionar?
—Mi sueño de conocer Catarbella hizo que mis alitas brotaran. Digo, sir Cyrone me dijo que debía hacerlas crecer para vivir sobre los árboles, pero sé que había otro significado más profundo escondido: para llegar a la ciudad flotante de Catarbella necesitaba alas, por eso me crecieron.
—¿Catarbella? —Fruncí las cejas—. Vi que era un lugar hermoso, pero... ¿a qué se debe esa fascinación? ¿Por qué es tu sueño ir allí?
—¿No lo sabe, señorita Gyuri? Catarbella es el paraíso, el lugar al que todos los seres que fallecieron van para esperar renacer algún día. Allí está mi familia, esperando por mí.
La sorpresa me dejó sin habla, y aunque mis labios se separaron, no fui capaz de decirle nada. Hace unos días ni siquiera estaba segura de que ese lugar existiera.
—El problema es que los animales mortales no podemos llegar allí en vida —añadió Flye a su relato.
—Pero ¿no dijiste que eras un animal celestial?
—¿Animal celestial? Si es una simple rana —respondió Cyrone desde el otro lado del riachuelo, en un tono lo suficientemente alto como para espantarme.
Me volteé y me puse de pie, chapoteando de la indignación.
—¡¿Cómo escuchaste lo que dije, si estás al otro lado del arroyo?!
Cyrone me dedicó media sonrisa y se levantó para darnos la espalda. Se marchó sin dar una respuesta.
—¡¿Estaba espiando nuestra conversación?! —grité, esta vez dirigiéndome a Flye.
—Creo que sí. Los serafines de la naturaleza y la naturaleza son una sola cuestión.
Lo que oyen las plantas, lo oye sir Cyrone, lo que percibe el aire, lo siente la señorita Neblina.
Eso no quiere decir que puedan oírla con facilidad en cualquier momento o lugar, sino que deben localizar con exactitud qué corriente de aire o qué pequeña planta deben encarnar para escucharla.
Probablemente sir Cyrone haya escogido alguna de las hidrófitas del riachuelo que tiene frente a usted.