Caelum 4 #4
12%

4 #4

—Señoritos, les pido encarecidamente que dejen de discutir.

—El anfibio voló entre ambos y se dirigió a mí—.

Señorita Gyuri, no queremos mantenerla cautiva, solo pretendemos que usted encuentre a su hermano.

En Melcior existen muchos peligros: bestias, temperaturas extremas y plantas carnívoras.

Incluso el encuentro con humanos puede resultar peligroso para usted.

Sé que no lo puede notar, pero sir Cyrone se preocupa de forma genuina por usted.

Su presencia me calmaba de una manera difícil de explicar. Apenas lo conocía, pero podía ver en sus oscuros y nublados ojos que me decía la verdad.

—Rana... —susurré, por fin siendo capaz de tomar aire y calmar mi crisis.

—Mi nombre es Flye, para servirle. —Pese a que el anfibio no tenía gestos faciales, a mí me pareció notar una cálida sonrisa.

Estaba tan concentrada en Flye, que no me percaté de que el serafín tenía otros planes. Hizo surgir a mis espaldas un árbol en la tierra, al cual se aferró mientras lo hacía crecer. Extendió su mano hacia mí, como si me estuviera invitando a subir con él.

—Hazme un favor —me pidió Cyrone.

Negué con la cabeza en un gesto de desprecio, pero antes de poder responderle con palabras, el serafín me tomó del brazo. Mis pies, de repente, se despidieron del suelo.

—¡Sir Cyrone! ¡Por los siete mares de Riorense! ¡Estaba logrando convencerla! —gritó Flye, pero su voz se fue debilitando cada vez más mientras me alejaba de la tierra firme.

Me elevé en el aire y el vértigo golpeó mi estómago.

Cuando miré hacia arriba, Cyrone me atrajo hasta rodear mi cintura con uno de sus brazos.

Bajo nosotros el árbol seguía creciendo cada vez más hasta pasar la altura de la planta más grande que alguna vez había visto: la Flor del Tallo Infinito.

Mi miedo fue opacado por la incertidumbre. ¿Qué pretendía el serafín?

Cuando dejó de crecer y mis pies tropezaron con el aire, me desesperé al dimensionar la altura.

Primero un huracán, luego un terremoto, y en ese momento un árbol colosal.

No tenía ganas de seguir familiarizándome con los serafines de la naturaleza.

Cyrone me apretó con más fuerza para ayudarme a posarme con firmeza en la gruesa rama.

—¡Qué haces! ¡Suéltame! —supliqué, pero cuando él retiró su brazo de mi cintura, recapacité—. ¡No! ¡No, no me sueltes! ¡¿Qué te pasa?!

—Quería pedirte el mísero favor de echarle un vistazo al mundo que estás pisando, porque parece que no lo entiendes.

Cyrone estiró su mano libre y, con una fuerza extraordinaria, nos subió en una rama mucho más gruesa. Me tambaleé de la impresión y estuve a punto de caerme, por lo que el serafín tuvo que sostenerme de las caderas para estabilizarme.

—¿Me vas a obligar a hacerte un favor? Pues ya no es... un favor —Jadeé asustada cuando, sin querer, miré hacia abajo.

El serafín se sentó en la rama.

—Observa más allá de la niebla, a la izquierda y a la derecha.

En ese lugar aislado, donde solo podía depender de él para estar segura, no tuve más opción que hacerle caso.

Me senté a su lado y miré temerosa hacia atrás, asumiendo que era el lado derecho de Melcior.

Observé unos riscos tenebrosos, montañas oscuras y de apariencia hostil.

Lo único que escuchaba era el viento que recorría el camino desde lejos.

No había vida ni iluminación. Los árboles que animaban el escenario con sus luces no eran visibles a esa altura.

La angustia que me provocó mirar hacia ese lugar me obligó a tragar saliva.

Luego, él dirigió mi cabeza hacia el otro lado, tomando mi mentón con delicadeza.

Sin quererlo, creí que me obligaba a mirarlo a él, por lo que me congelé al reflejarme en sus profundos ojos violeta.

Mis latidos, ya desbocados por los nervios y el terror, aumentaron un poco más al compartir el contacto visual.

De pronto, tras él, divisé una niebla infinita de esos colores cálidos que jamás había visto.

Mi atención se desvió ligeramente, y me sumergí en una mezcla de asombro e inquietud.

—Amarillo, rojo, naranja —susurró Cyrone, mientras se volteaba para ver lo mismo que yo—. Así se llaman esos colores.

Asentí. Los había visto, más opacos y diluidos, en el fuego que mis padres hacían para cocinar. Pero eso..., eso era diferente.

—Es hermoso, ¿no crees? —dijo el serafín. Su tono era tan triste, que volví mi mirada sobre su rostro—. Mira más allá —insistió Cyrone y yo regresé mi vista a la niebla—. De donde toda esa luz proviene, en lo más alto de una plataforma nubosa, se encuentra Catarbella, nuestro hogar.

Vi que debajo de esa plataforma flotante que él llamaba Catarbella, se extendía una exuberante vegetación, luces titilantes y sonidos lejanos de bestias. Algunas especies voladoras surcaban el cielo sobre los pueblos, y era hermoso, pero mi orgullo reprimía las ganas de decirlo.

—Desde que el cielo desapareció, Catarbella es nuestra fuente de vida.

La diosa Nylena irradia su iridia a todos los seres vivientes.

Les brinda calor. Ella duerme para poder conseguir todo esto —me explicó—.

Si tú conoces a tu hermano, ¿hacia dónde crees que iría?

, ¿crees que se quedaría en el frío de Riveria?

¿O crees que se iría camino a Catarbella?

No podía apartar mi vista de la hermosa panorámica de Catarbella.

A pesar de la distancia, irradiaba una luz y un calor frágil que me emocionaba.

Recordaba que Nym hablaba mucho acerca del paraíso.

.. Allí se encontraba Nylena y todas las novelas de Melcior.

Pero mientras más pensaba en querer llegar ahí, más miedo me daba alejarme de Riveria y abandonar todo lo que, se suponía, me hacía más feliz.

—Ven conmigo. —La mirada que de pronto me dedicó me llenó de calidez el pecho—. Ven conmigo y encontremos a tu hermano. Te enseñaré a usar lo que Lummina te dejó. Por favor, confía en mí...

Cuando Cyrone tomó mi mano, me di cuenta de que me había perdido en sus palabras.

—Justo debajo de Catarbella, ¿lo ves? Está el océano —señaló direccionando mi mano hasta apuntar al lugar que él deseaba. Su aroma me inundaba—. Riorense, la casa de Faraine, la serafina del mar. Ella tiene la reliquia, con ella encontraremos tu iridia. Encontraremos a Nym.

La mención de mi hermano me hizo retraer mi mano.

—¿Me lo dices en serio? —respondí recelosa.

Cyrone me miró en silencio y luego me soltó para incorporarse y tocar el tronco del árbol.

Enseguida suspiró con pesar. Al alejarme de él, noté que sus piernas temblaban, como si estuviera a punto de desmayarse.

Levanté las cejas sin entenderlo, y apenas abrí mi boca abandoné la intención de preguntarle.

—No puedo encoger el árbol, porque no tengo iridia suficiente. El gasto energético de irradiar iridia me dejó así.

—Veo que tu iridia no era tan fuerte, fanfarrón. —Sonreí con nerviosismo. ¿Cómo bajaríamos de ahí?

El serafín frunció el entrecejo y levantó un brazo debilitado para señalar mis piernas.

—Si revisas tu cuerpo, no encontrarás ninguna señal de necrosis. Te he estado irradiando mi iridia desde que te encontré, y no ha sido fácil mantenerte con vida —concluyó señalando con la barbilla hacia abajo. Comprendí que se refería a Neblina y a la bestia.

Sentí la sangre acumularse en mis mejillas. Era verdad, él había estado «muriendo» para mantenerme con vida.

—Yo... perd... gracias. Perdón... —balbuceé como una tonta. Él sonrió.

—Así como te protegí en detrimento mío, te aseguro que volveremos a tierra firme y tú estarás sana y salva. —Asintió, manteniendo el buen ánimo.

—Y si no puedes encoger el árbol, ¿cómo vamos a bajar? —le pregunté.

—Puedo volar, como todo serafín.

Al escucharlo, me dieron ganas de echarme a reír. «Debes tener una gran personalidad como para asegurar algo así sin tener alas», quise responderle en tono de burla, pero Cyrone me tomó en brazos de forma repentina y dio un paso adelante, directo al vacío.

Todo fue demasiado rápido; en el momento en que caímos, cerré mis ojos con fuerza esperando recibir el impacto.

El serafín me abrazó en el abismo y se puso debajo como colchón.

A medida que descendíamos, vi cómo crecían diversas plantas para amortiguar nuestra caída.

No sirvieron de mucho, de hecho, porque nos golpeamos contra las ramas. Quedamos inmóviles al aterrizar.

Estaba harta de caer de alturas. En serio. Sin embargo, a diferencia de las otras veces, me encontraba ilesa, recostada sobre el pecho del serafín.

—¡Sir Cyrone! ¡Qué manera tan bruta de bajar! —nos gritó Flye preocupado.

Observé de soslayo la cantidad de plantas deformes que nos rodeaban. Me paré y lo miré sin poder creerlo.

—¡Mentiroso! ¡¿Alas?! ¡¿Alas?! ¡¿Dónde están esas alas?! — grité indignada.

Cyrone se levantó maltrecho y se reincorporó a duras penas.

—Dije que podía volar, no que lo haría.

—Estás loco.

—Sí que lo está —opinó Flye.

—Pero cumplo con mis promesas —respondió Cyrone.

No se equivocaba, había regresado a tierra sana y salva.

—Si te prometo que encontraré a Nym y te protegeré, cueste lo que cueste, ¿me creerás?