4 #3
Cyrone levantó su palma y la acercó a mí.
Luego se detuvo, vaciló un instante y, cuando por fin dejé de tensar los hombros, acarició con suavidad mi mejilla.
Su palma era lo suficientemente grande como para cubrir toda mi cara.
Me encontraba tan tensa que parecía que me había convertido en piedra.
En ese momento, su piel se iluminó con una resplandecencia efervescente que me inundó de energía y una extraña sensación de placer.
Mi cuerpo dejó de doler. Él mantuvo sus ojos cerrados, así que no pudo ver cómo mis heridas sanaron sin dejar ni una sola marca o cicatriz.
Sin embargo, cuando volvió a abrir los ojos, me observó y retiró su mano sin mostrar sorpresa alguna.
Por fin pude erguirme del todo y mover bien mis dedos.
—¿Cómo? ¿Siempre pudiste hacer eso? —le pregunté indignada—. ¡¿Por qué no lo hiciste antes de que me despertara?!
—Prefería que supieras lo que iba a hacer con tu cuerpo. ¿No estás de acuerdo? —Él se levantó y regresó a sentarse al otro lado de la hoguera.
—¿Ve, señorita Gyuri? Aunque sir Cyrone parezca el villano de un cuento, en realidad es muy bueno. —Flye detuvo sus palabras cuando el serafín le dirigió una mirada asesina—. Bueno, es hora de que asuma verdades, sir Cyrone.
Al poder moverme sin problema, la posibilidad de escapar me hormigueó en las piernas.
Ellos tan solo me retrasarán , pensé. Tenía que ir a buscar a mi hermano antes de que fuera demasiado tarde.
Estar cerca de Nym haría que mi cuerpo volviera a ser igual de resistente que antes.
Sería capaz de valerme por mí misma. No necesitaba su ayuda; estaba completamente convencida de eso.
—Oye, Cyrone. —Mi tono de voz de pronto se volvió más dulce—. Aprecio mucho tu ayuda, gracias. Sin ti, seguiría sin poder moverme.
—No es nada —respondió sin endulzar su voz, ni siquiera un poco.
Rodé los ojos con hastío, me puse de pie y cogí mi libro, echando un vistazo a la cueva.
Todo era igual por todas partes: piedra y más piedra, pero me di cuenta de algo que podía usar a mi favor.
Mi mirada se dirigió a la hoguera y tosí con fuerza, fingiendo intoxicación.
El serafín ni siquiera me miró, así que carraspeé con más ímpetu.
—Bueno, tose hacia el otro lado, ¿quieres? —me dijo por fin.
—¿Se encuentra bien, señorita? ¿Es el humo? —preguntó Flye.
—Sí. —Tosí de nuevo—. Me siento ahogada. Quisiera ir a tomar un poco de aire ahora que estoy mejor.
—¿Te ahoga el humo de la hoguera? —preguntó él—. Si recién no te había causado nada. ¿Se te reinició la personalidad de damisela en peligro?
—Ya, sir Cyrone, no sea grosero.
Apreté los labios. Convencerlo sería más difícil de lo que creía.
—No es eso, pero ahora que puedo respirar bien... —Tosí otra vez—. El humo está inundando mis pulmones...
Él frunció el ceño y volvió a mirarme.
—¿Quieres escapar?
Negué de inmediato con la cabeza.
—¡No! ¡No, claro que no! ¿Cómo crees? —dije, ofreciéndole la misma mirada que mi madre denominaba «de cachorro». Mis padres nunca se habían resistido a ella.
El primero en caer fue Flye.
—Exacto. ¿Cómo puede acusar a la señorita Gyuri de algo así? —dijo en tono indignado.
Al ver al serafín ponerse de pie después de un suspiro rendido, pensé que una vez más mis ojos no me habían fallado, pero pronto sus puños se cerraron y yo retrocedí un paso.
No sabía qué estaba haciendo. La tierra empezó a temblar y la piedra que nos rodeaba se abrió de par en par, permitiendo que el aire del exterior entrara.
Las rocas se fueron destruyendo una a una, dejando nuestro refugio totalmente expuesto.
Miré a Cyrone y aguardé cinco interminables segundos antes de lanzarme a correr para escapar.
Tragué saliva y, reuniendo la suficiente osadía, salté sobre las rocas y corrí sobre el pastizal nevado. Me alejé lo más que pude antes de voltearme para confirmar que el serafín y su compañero animal no me seguían.
Suspiré de alivio.
Por primera vez eché un vistazo a la superficie y me detuve al ver esos desconocidos colores.
Eran tan cálidos que fatigaban mis retinas; pese a la penumbra que me rodeaba, las luces amarillas me cegaban cuando las miraba directamente.
La brisa era gentil y no me empujaba hacia atrás como en Riveria.
Solté sin querer una risa, porque su contacto me provocó cosquillas.
La hiedra bajo mis pies era de un color que jamás había visto; su estímulo me provocaba serenidad.
Corrí y mis botas hicieron crujir un par de hojas secas al pisarlas.
Sonreí de satisfacción y abrí los brazos cuando bajé acelerando por una pendiente, parecida a la colina de Lobres, pero mucho más cálida.
Cuanto más avanzaba, más caliente era el ambiente, más reconfortante y alegre.
Había sentido ese calor alguna vez frente a la fogata encendida en mi casa, pero solo en lugares focalizados de mi cuerpo cuando los acercaba al fuego. ¡Jamás lo había sentido en todas partes, incluso en mi interior! Reí y di vueltas por la sensación de libertad tremenda que me consumía.
De repente, el ambiente se tornó más cálido, casi lo sentía palpitar.
Mientras más avanzaba, más me acercaba a esa sensación, la de un abrazo, la del abrazo de mi Nym.
Sí, la temperatura aumentaba y la luz se volvía más brillante y esclarecedora.
Corrí con mayor fuerza, hasta que divisé al emisor de aquel fulgor.
El miedo me paralizó el cuerpo y me agarré el pecho con la mano para controlar el ruido de mi respiración.
Una bestia, un monstruo. Tan grande como un árbol. Su pelaje reemplazado por llamas.
El sudor empezó a gotear por mi frente. Retrocedí en cuanto me vio.
Rugió tan fuerte y exhaló tanto aire que caí al suelo.
Quise pedirle perdón por alguna razón. Estaba a punto de atacarme.
Me arrastré por el pastizal, que ahora se teñía de negro por las llamaradas que desprendía el animal en cada rugido.
El terror se apoderaba de mí, y mi iridia se debilitaba al imaginar a mi familia enfrentándose a los embates de esa bestia.
No podía ponerme de pie. Golpeaba mis piernas para que reaccionaran, pero no lo hacían.
«Ellos están bien», intentaba convencerme, pero aún no podía levantarme.
Una sensación de pánico me invadió al ver al animal acercarse.
Morir no era el peor destino, especialmente sabiendo que unas brasas envolverían toda mi piel hasta deshacerla.
Pero la regeneración sería eterna, dolorosa, horrible.
La bestia se incendiaba aún más con cada rugido y, de pronto, con una de sus patas me aplastó contra la tierra. Las llamas alcanzaron mi abdomen y se impregnaron en mi piel. Grité porque dolía. Dolía, dolía, ¡dolía!
En un instante, el animal emitió un sonido tan fuerte que trascendió más allá de lo que mis oídos podían captar.
¿Estaba siendo atacado? Abrí ligeramente mis ojos y vi a alguien aproximándose sobre su cabeza.
El atacante cortó entre las llamas de su cuello.
Observé un hacha de oro, y quien la sostenía era Cyrone.
La bestia gimió y gruñó hasta que finalmente cayó derrotada a mi lado.
Mi pecho subía y bajaba, apresurado. Permanecí inmóvil en mi lugar, pues cualquier movimiento me causaba dolor.
Aunque el animal ya no me estaba atacando, el fuego seguía derritiendo mi piel.
—No huyas con mi capa, ladrona —oí la voz de Cyrone, quien descendió del cuerpo inerte de la bestia.
Al tocar mi abdomen, el serafín curó mis heridas. Dejé de jadear cuando el ardor cedió ante mis tejidos regenerados. Lo miré con una expresión de rendición y, al sentarme, me cubrí el rostro avergonzada.
Comencé a temblar y sentí la urgencia de gritar, pero me encogí, incliné la cabeza y apreté los dientes. Cyrone colocó su mano en mi cabello y de pronto me invadió una leve sensación de nerviosismo que me obligó a ponerme de pie.
El cuerpo me dolía, me ardía, por lo que era incapaz de controlar mis sentimientos. Vi que Flye se acercaba volando hacia mí y volví a sobresaltarme.
—¡No me toquen! ¡Aléjense de mí! —grité cuando la criatura se me posó en el hombro—. ¡¿Qué se supone que es esa cosa?! —grité apuntando hacia el animal muerto.
—Un ruroido, señorita Gyuri, una bestia con pelaje de fuego.
—¡Yo sabía que no tenía que venir a la superficie! ¡Se lo he dicho a Nym! ¡Maldita sea! —Seguí gritando y me cubrí la boca con las manos temblorosas, porque me era imposible contenerme.
Gemí a través de mis dedos, la ira me corroía. Quería devolver el tiempo y evitar que eso me pasara. Apenas vi que Cyrone tenía la intención de dar un paso hacia mí, retrocedí y caminé en dirección contraria.
A los dos pasos, mis piernas se hundieron en la tierra hasta la altura de la pantorrilla. Miré a Cyrone. Tenía la mano derecha en forma de puño, ejerciendo presión.
—No puedes irte. ¿Qué vas a hacer si te encuentras con otra bestia salvaje como esta? Oye, no te esfuerces tanto por alimentarlos, para eso estoy yo —vociferó el serafín, soltando la presión de la tierra que había absorbido mis pies.
—¡¿Por qué te interpones?! ¡Si me muero no es asunto tuyo! —le grité, superada por el terror y la ira.
—No peleen, por favor —nos pidió Flye.
—Te prometí que te ayudaría a recuperar a tu hermano —replicó el serafín.
—Sí, pero ese no es tu problema, Cyrone. Déjame ir.
—También le hice una promesa a Lummina —insistió con una mirada penetrante, mientras se acercaba a mí—. Tengo que cuidarte.
Me desenterré y sacudí mis rodillas. Por fin, el escozor de las quemaduras había desaparecido por completo. Estaba segura de que si revisaba mi cuerpo, no tendría marca alguna.