4 #2
—¿Niñita? —gruñí ante su desdén—. Soy una mujer. Que no confíe en ti no es raro, ¿verdad? Destruiste mi ciudad. ¿O debo confiar más en ti que en mis padres? Esa mierda podría estar envenenada.
Cyrone me miró con seriedad y acercó el bol a sí para tomar un sorbo.
—¿Cómo puede creer que seríamos capaces de envenenarla? —se indignó la rana.
—A ver, «mujer», piensa un poco. Si quisiera hacerte daño, pude haberlo hecho mientras dormías —respondió él.
Un escalofrío recorrió mi cuello y observé mi cuerpo para corroborar que todo estuviera en orden.
—¡Sir Cyrone! —se horrorizó Flye.
—Que no lo hice —insistió hastiado—. Esas heridas que traes son porque tu iridia está debilitada. Tu cuerpo puede resistir lo que sea, excepto si tu iridia flaquea.
—¿Y qué dragonartos son las iridias? —pregunté.
Sus ojos se desviaron hacia arriba con un gesto de fastidio, como si fuera muy difícil explicarme.
—Son el corazón de los serafines. Es una analogía: los serafines, en vez de corazón, tenemos un cáliz que se llena.
Somos inmortales porque el cáliz jamás se rompe.
El problema es que solo se colma de iridia para funcionar.
.. digamos que es el vino que llena el cáliz. Si tu iridia se consume, te duermes.
Volví a ladear mi cabeza ante su explicación.
—¡¿No lo entiendes?! La iridia es el propósito de cada serafín: la misión, lo que enciende tu cuerpo, lo que le cura. El costo de la inmortalidad. Sin ella no puedes moverte ni usar tus poderes. Tu piel ennegrece hasta que quedas completamente petrificado. Al parecer, tu iridia es tu familia.
Lo observé con una ceja alzada. La repetida broma de que yo era una serafina comenzaba a cansarme.
¿Cómo podía ser otra cosa que una broma?
La idea de que alguien como yo fuera un ser celestial, un creador de la naturaleza, era simplemente absurda.
Resultaba mucho más fácil creer que ese hombre estaba desquiciado.
—Entonces, según tú, ¿soy Caelum? ¿Y cómo es eso posible, si se supone que murió? —dije con una risa nerviosa atorada—. Deberías considerar ser escritor, Cyrone. Tu imaginación no tiene límites.
Me clavó una mirada seria, como si estuviera por completo seguro de sus desvaríos.
—Sí. No. Maldición. Verás, Lummina... —Cyrone desvió los ojos de mi rostro y frunció sus labios en una línea.
Yo hacía lo mismo cuando intentaba llorar—.
La antigua serafina del cielo murió después de desatar el Gran Diluvio.
Cuando las lanzas del Empíreo liberaron su poder, ella misma decidió poner fin a su existencia con ellas.
Caelum es el nombre de tu rol, como Aestus el de Neblina, ¿comprendes?
—Entonces ¿Lummina se suicidó y yo heredé sus poderes? Vaya argumento, ¿no crees?
El serafín pareció herido, pero aquella expresión tardó apenas un segundo en ser reemplazada por una mueca de fastidio.
—No es nada extraño. Los serafines al morir heredamos nuestros poderes a nuestros tronos.
—Tronos —repetí asintiendo, con un tono que delataba mi completa ignorancia sobre el tema.
—Señorita, los tronos es en lo que se convierten los querubines al crecer.
—Los querubines son esos niños que viste junto a Neblina, los que te estaban atacando —completó Cyrone, anticipando mi confusión.
—Entonces, eso quiere decir... ¿qué pasó con los otros? Co... con los demás querubines.
—Tú fuiste la única querubina que ella hizo nacer. La serafina del cielo te encerró en Riveria con una familia humana bondadosa que te cuidaría hasta que fueras grande y digna para sucederle.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso era tu pareja o algo parecido?
—¡Señorita Gyuri! —saltó la rana.
Cyrone miró en otra dirección mientras se colocaba una mano en la nuca.
—Déjala, Flye, no sabe lo que dice. —Volvió sus ojos sobre los míos.
¿Hablar de ella le dolía?—. No, Gyuri, no éramos pareja.
Pero creo que me consideraba un buen amigo, solo yo sabía dónde estabas.
¿Quieres hacer alguna otra pregunta sobre mi vida amorosa?
¿Tal vez el ángulo exacto en el que Lummina se enterró la lanza del Empíreo? ¿O ya terminaste?
Me quedé sin habla por un instante. En mi mente resurgió la imagen de la barrera que me había mantenido prisionera en Riveria.
Era una cárcel invisible, un poder más fuerte que cualquier obstáculo material.
En ese momento, todo encajó para mí: por qué no había podido salir y, sin embargo, mi hermano lo había hecho sin problemas. Dejé escapar un suspiro de frustración.
Pronto, tras pensar que asumir lo que me decían tenía sentido, relajé mi rostro. Miré mis manos que ahora recuperaban su color. Eso podía significar una sola cosa.
—Bien. Supongamos que sí soy una serafina. Mis manos tienen color, lo que significa que mi iridia no se ha apagado. Eso quiere decir que... ¿mi familia está viva? —La expresión dura del serafín se suavizó.
—¡Así es, señorita Gyuri! ¡Qué felicidad! —dijo la rana.
—Pero ¿cómo? Tú demoliste Riveria. Mis padres no pudieron huir de eso.
—Te repito. Cuando llegué no estaban tus padres cerca. Probablemente fueron en busca de tu hermano menor.
La llama dentro de mi pecho volvió a arder, permitiéndome respirar con un poco más de normalidad.
—Todo está sujeto a su convicción, señorita Gyuri. Hasta que no compruebe usted que ha perdido su iridia por completo, jamás se apagará —me explicó Flye.
Cuando Cyrone sorbió el bol de sopa noté que llevaba un anillo dorado en su dedo anular izquierdo, que brillaba con una luz similar a la de las plantas en Riveria.
Con ello pude notar otras características llamativas de sus manos, como que las tenía vendadas y que la poca piel visible de sus dedos estaba ennegrecida.
—¿Qué es lo que eres? —le pregunté mientras él degustaba la sopa.
—Ya te lo dije, soy el serafín de la tierra —me contestó.
—Pero ¿qué eres para mí? ¿Somos hijos de Nylena? ¿Somos hermanos?
Cyrone carraspeó, interrumpiendo mi pregunta, y luego comenzó a toser en su puño.
—No, no. No somos hermanos. —Siguió tosiendo mientras dejaba la sopa a un lado—.
Nylena no es nuestra madre. Somos parte de distintos linajes de serafines, por eso tenemos distintos poderes.
—Hizo una larga pausa para recuperar su temple—.
Por Catarbella, toma esa maldita sopa de sorivales. Mira tu nariz, parece un frijol rojo.
Ofendida, escondí la nariz detrás del puño. Recogí el bol con orgullo y fruncí el entrecejo.
—Mi piel es delicada. ¡Mi nariz se pone así con el frío!
—Pues imagínate cómo está ahora que te congelas.
—Un serafín que es inmortal, pero que se congela así sin más, me parece inútil —opiné.
—Buen punto —añadió Flye.
—Habla por ti. Yo no me estoy congelando —respondió.
Y era cierto, Cyrone estaba sin su capa, desprovisto de cualquier abrigo.
—¿Por qué será que yo me congelo? Si mi familia es mi iridia... no será que ellos...
—Se están alejando de ti, así es. Si lo que hace tu alma vibrar es una persona o un objeto, entonces mientras más lejos se encuentre de ti, menos resistente serás.
Sentí un maldito impulso de correr tras ellos, pero tal vez tenía razón, debía cuidar de mi cuerpo antes.
Luego todo cobró sentido. Por eso todas mis heridas se curaban, por eso sobrevivía y por eso era tan resistente al frío; porque siempre tuve a mi familia merodeando a mi alrededor.
—¿Cómo es posible que tú...?
—Es porque mi iridia está completa —se adelantó Cyrone.
—¿Y cuál es tu iridia? —Busqué a mi alrededor, pero todo estaba oscuro.
—Soy yo —dijo Flye, y Cyrone resopló.
El serafín sonrió por primera vez ante mí. Su expresión se había mantenido indiferente y sosegada, pero no pudo evitarlo, por lo que se cubrió con la mano como si le avergonzara mostrarla.
—No. —Volvió a ponerse serio—. A veces a Flye le gusta creérselo.
Lo que pasa es que mi iridia es tan grande que no importa cuánto me aleje de ella: sigue brillando.
Como dije, el que una iridia brille en tu pecho depende del tamaño de lo que sea, y lo cerca o lo lejos que se encuentre de ti.
Y, por supuesto, de tu creencia, de que mantengas la idea de que volverás a tenerla contigo.
Suspiré apesadumbrada.
—Por eso es un fastidio tener de iridia a un mortal. Es como condenarse a morir —añadió Cyrone.
—No diga esas cosas tan desafortunadas, sir Cyrone, queremos ser amigos de ella, no que nos odie —dijo Flye.
—¿Morir? ¿No se supone que soy inmortal? —insistí, confundida.
—Si pierdes tu iridia, entras en un trance en que tus extremidades ennegrecen, no respiras y tus ojos pierden el brillo. Sigues viva, pero mueres . ¿Recuerdas que no podías respirar? Pues estabas entrando en aquel trance.
Lo entendí enseguida. Por un momento creí que había perdido a mi familia. Quería llorar desconsoladamente y no podía, por ser una serafina. No pude expresarlo de otra manera más que muriéndome .
—Es aterrador —murmuré.
Un silencio se instaló entre nosotros. Sin querer interrumpir aquella paz, dirigí la mirada hacia las botas de Cyrone, dejando que mis ojos lo recorrieran por completo otra vez.
Noté que su pelo superaba ligeramente el largo del mío, aunque por delante lo llevaba corto y desordenado.
Al verlo moverse de improviso, me tensé del susto.
—Oye, ¿puedes dejar de tenerme miedo? —me dijo él, aunque no hacía nada para causarme menos miedo—. ¿Son mis cuernos? Qué hipócrita, ¿acaso no te espantabas al verte en el espejo?
Pues sí , respondí en mi mente.
—Los tuyos son aún más espantosos. Son... —Quise agregar «más grandes y apuntan hacia adelante», pero me callé, porque él se me acercó de manera considerable.
—Oye, tranquila. Escucha, te irradiaré iridia —me explicó, arrodillado frente a mí.
El bol de sopa tembló en mis manos y el líquido que se rebalsaba me quemó las muñecas.