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A terricé en el pastizal escarchado. Una brisa acarició mis mejillas heridas y solté una figura espiral con mi aliento.
Observé unas hileras verdes brotando de la tierra, las arranqué con mis manos y entonces comprendí que no se parecía en nada a lo que había visto en Riveria.
Esa era la superficie, y en ese lugar crecía hierba blanca sin ahogarse en montones de nieve.
Abracé el libro rojo como si estuviera a punto de escaparse de mis manos.
Cuando traté de ponerme de pie para explorar el entorno, mi garganta se cerró por completo al respirar; era como si una fuerza invisible me estuviera estrangulando, de manera que el sofoco me hizo caer de rodillas.
¿ Qué me pasa ?, pensaba mientras luchaba por aspirar.
Oía una voz distorsionada hablándome, pero mientras sostenía mi garganta con ambas manos no podía girarme a ver a quién insistía en obtener mi atención. Intentaba hablar, pero no hallaba mi propia voz.
Dos grandes manos tomaron mis mejillas y dirigieron mi vista hacia adelante. Me encontré con un espectro oscuro cuyo rostro me resultaba indistinguible.
—Gyuri, escúchame. Nym está vivo. Lo vi corriendo antes de que yo bajara al subterráneo. —Su voz rebotó en mi cabeza como un eco.
La presión en mi pecho se liberó de golpe al oír esas palabras y respiré con desesperación. Lo miré y por fin pudereconocer quién era: Cyrone. Cuando él corroboró que volvía a respirar, me soltó y se alejó de mí.
Un caos invadía mis pensamientos. Aún jadeante, observé mi alrededor.
Me encontré con un mundo extraño, con un pasto cubierto de rocío brillante.
Del suelo brotaban árboles invernales de muchos colores fríos, pero luminosos.
Sin embargo, al mirar al cielo ya no encontré carámbanos ni diamantes.
Sobre mi cabeza solo se extendía una infinita capa de niebla teñida de los colores de la arboleda.
Más allá de ella, nada. No parecía haber nada.
—Me siento cansada —susurré y me toqué la frente, presintiendo que me desvanecería.
Me tropecé y Cyrone rápidamente me sujetó de los hombros.
Con los ojos entrecerrados, vi el negro de la capa y una parte de su ropa debajo de ella.
Una camisa. A diferencia de mí, él desprendía una calidez corporal encantadora, lo que me provocaba ganas de recostarme en su pecho y dejarme llevar por el sueño.
—Levántate. Debemos irnos antes de que Neblina consiga escapar de los escombros.
Percibí que me sacudía levemente.
—¿No escuchas? —enfatizó él, tratando de hallar mi mirada.
Antes de que pudiera engañarme en mi somnolencia, lo empujé con fuerza para que me soltara.
Recordé lo que le había hecho a Riveria.
No tenía pruebas para demostrar que el sismo lo había provocado él, pero según lo que habían conversado en mi presencia y los otros poderes que manifestó con el suelo, podía acusarlo de eso.
—¡No iré contigo a ninguna parte! —grité, sintiendo un dolor agudo en las sienes—. Tú destruiste mi hogar. Fuiste tú junto a esa tal Neblina, ¿no? ¿Cómo piensas que puedo irme contigo?
—Sí, fui yo. —Su mirada penetrante me obligó a apartar la vista—. ¿Y qué? Tu familia no estaba allí cuando llegué. Tus padres deberían estar aquí en la superficie. ¿Te vas a poner a llorar por un par de muebles y cachivaches?
No le presté atención. El dolor me carcomía desde adentro, burlándose de mí. Podía escuchar las sibilancias de mi respiración y cuando miré uno de mis dedos noté que mis uñas se tornaban moradas.
—¿Qué me está pasando? —pregunté nerviosa, a punto de arrancármelos, porque el morado se volvía profundo hasta llegar al negro y aquella tinta comenzaba a extenderse en las venas de mi mano, remarcando las raíces que tenía bajo la piel.
Cyrone se quitó la capa, revelando lo que había debajo de ella.
Lo primero que vi fue su rostro, cuya mirada cansada, oscura e intimidante estaba adornada con unos iris de tono violeta.
Sus rasgos delicados contrastaban con lo angular de su mandíbula y con sus cejas gruesas y fruncidas.
Cuando por fin pude apartar la vista reparé en que de su cabeza brotaban dos grandes cuernos frontales terminados en punta, y entre su cabello añil oscuro se asomaban unas largas orejas afiladas.
Él era como Neblina. Era como yo... él era un...
—Soy un serafín al igual que tú, yo soy el serafín de la tierra.
—Sus ojos examinaron los míos—. Tienes ganas de llorar como los humanos, pero no puedes.
Los ángeles no lloran. Por eso me necesitas.
Necesitas a alguien que te mantenga cuerda y sepa cómo resguardar tu cuerpo en Riveria.
Si no tienes una iridia saludable incluso tu cuerpo inmortal puede congelarse, herirse.
Mientras me explicaba eso, me arropó en su capa y un cálido calor despejó mi mente del miedo. No podía evitar que lo hiciera, me encontraba demasiado cansada, y aquella información se apoderaba de mis pensamientos. ¿ Serafina, yo ?
—¿Qué es una serafina? ¿Te refieres a...? No... —susurré adormecida—. No es posible que yo sea... que yo...
—Gyuri, eres parte de los cuatro serafines de la naturaleza. Eres la serafina del cielo.
Negué con la cabeza. Un terror inmenso me envolvió. Miré hacia arriba y vi que no había nada, pues necesitaba comprobarlo antes de afirmarlo:
—El cielo del que hablan mis novelas no existe —respondí sobrecogida.
—Eso es porque no has hecho tu trabajo desde hace un buen tiempo —dijo él, con una sonrisa apenas perceptible.
—Pero... —Tartamudeé varias veces, antes de comprender siquiera la mitad de lo que ocurría—. El serafín del cielo, Caelum, acabó con su vida...
—Estás agotada, debes descansar, no hay tiempo para explicaciones ahora. Duerme, luego te lo contaré, te lo prometo —le escuché decir a Cyrone en un susurro lejano—. Déjate ir...
Mi mente dio un vuelco, rozando la locura.
Reí un poco bajo la capa y cubrí mi boca.
¿Se trataba de una broma? Si yo era la serafina del cielo, ¿qué hacía escondida bajo tierra?
Miré de nuevo a Cyrone y luego arriba, más arriba, cada vez más hacia atrás, hasta que mi cuerpo se dejó caer.
Solté el libro, que ya me pesaba demasiado.
Me desplomé derrotada, con los ojos entreabiertos.
Aún tenía algo de conciencia, por lo que pude percibir el aroma arrullador de la tierra mojada. Una esencia sedante. Podía percibir que alguien me llevaba en brazos hacia alguna parte. ¿Era el serafín?
No podía oponer resistencia. Me quedé profundamente dormida a su merced.
i
Cuando desperté, un humo me hizo toser. Percibía mi entorno borroso, así que pestañeé para enfocar la luz de una fogata que quemaba frente a mí. Detrás de la hoguera se encontraba Cyrone. Me miraba de reojo, aunque tenía su atención fija en lo que cocinaba sobre el fuego.
Traté de reconocer el lugar en el que me encontraba, pero estaba tan oscuro que me resultaba imposible. Nos hallábamos rodeados de piedra... ¿una cueva? No parecía tener salida al exterior. Lo único que alivió en parte mi miedo fue encontrar mi libro junto a mí.
Mi cuerpo agarrotado no obedecía a mis intentos de ponerme de pie; al doblar los dedos de la mano, una sensación de ardor me invadía.
El movimiento dolía, dolía. Lo intenté otra vez y sentí como si me muriera.
Boté el aire. Debía escapar. Debía marcharme de algún modo. Debía ir a buscar a mi hermano.
—Deja de insistir —me regañó Cyrone—. ¿O tanto te odias?
—¿A dónde me trajiste? —pregunté con voz débil.
—Estamos en la superficie. Formé una cueva y la cerré para aislarnos del frío.
¿ Cómo se puede «formar una cueva» ?, me pregunté, pero no dije nada.
Me dejé caer tras varios intentos.
—¡Buenos días, tardes, noches, señorita Gyuri! —Una voz chillona se oyó desde un costado.
Me sobresalté y se me erizaron todos los pelos al visualizar una criatura pequeña y viscosa, que se elevó en el aire al batir sus dos alas bicolores.
—¡¿Qué... qué es eso?! —Traté de alejarme, alterada, pero el cuerpo me volvió a doler—. ¡Auch! ¡Ah, maldita sea!
—Señorita Gyuri, por favor, no se mueva. Yo le puedo explicar su situación. Usted está en Entrita, cruzó las montañas junto a sir Cyrone y aquí ya no hace tanto frío, pero su cuerpo todavía está...
—¡¿Qué es lo que eres?! —insistí. Todavía me costaba creer lo que veía.
—¿Preguntaba por mí? Me halaga su atención. Soy un animal celestial. Una rana celestial, como dirían ustedes los serafines.
—Flye, deja de atormentarla con información. Apenas empieza a comprender que es una serafina —le dijo Cyrone.
Una información que probablemente me costaría demasiado esfuerzo comprender.
—Cyrone... ¿así te llamas? Déjame ir, mi hermano está solo.
—Así me llamo —me respondió—. No podrás hacer nada por tu hermano si sales y te congelas. —Cyrone me entregó un bol de piedra lleno de una sopa luminosa que resaltaba en la oscuridad—. Ten. Esto te puede ayudar a calentar el cuerpo.
Vi su cara; enfoqué esos ojos de iris púrpura que me hicieron saber que yo no le simpatizaba del todo. Parecía estar enfadado, y sus ojeras me demostraron que no quería estar allí.
Me detuve antes de coger el bol, ojeando la sopa sospechosa. La ración no desprendía ningún olor que delatara algún tipo de veneno, pero su brillo y color relumbrante me hicieron dar un respingo.
—¿Acaso nunca viste una sopa? —Cyrone arqueó una ceja.
—Así de luminosa, no —obvié con mi tono—. Mis padres me lo han dicho, hay que quitarle el brillo a los frutos antes de cocinarlos.
—Señorita Gyuri, los humanos suelen temerle a todo lo que ven, ¿lo sabe? Seguro que sí, por como reaccionó al verme. La luminosidad de los frutos y plantas es inofensiva para su salud.
—Es fácil decir una mentira, no los conozco a ustedes. No voy a tomar la sopa.
Cyrone suspiró con pesar.
—Lo que me faltaba, una niñita berrinchuda.