Caelum 3 #2
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Al oírlo, me obligué a tragar saliva. Me giré para mirarlo, preguntándome si él quería ayudarme.

¿Fue él quien me trajo a casa después de mi caída?

¿Qué hacía él en Riveria justo en ese momento?

¿Qué clase de poderes tenía para poder hundir el suelo y formar las lanzas de tierra que ahora me protegían? ¿Podía confiar en él?

La capucha le cubría toda la cabeza, y aquel manto oscuro ondeaba con la brisa. El enigma que transmitía su postura me dejaba sin palabras y mi corazón latía desbocado.

—Caelum. Cyrone no quiere ayudarte, solo quiere impedirte que hagas lo correcto.

Escucha, las lanzas del Empíreo están listas y dispuestas para nosotros.

Lo están desde el Gran Diluvio. —Neblina se acercó, pero un pico de tierra se interpuso en su camino—.

Él es el malo aquí. Él no quiere que este mundo renazca.

—La serafina bordeó el obstáculo—. Ven conmigo.

Sé que debes estar aturdida... Tenemos que ascender a Catarbella, tienes que ver a Nylena.

La miré, confundida. ¿Las lanzas del Empíreo? ¿Ascender a Catarbella? ¿Serafines? No podía pensar con claridad.

Miré a Cyrone con más atención, pues no parecía tener la intención de contradecir lo que Neblina decía.

—¿De qué están hablando? ¿Quiénes son ustedes? —pregunté aterrorizada—. ¿Por qué vinieron? ¿Qué quieren de mí?

Neblina extendió su mano y un montículo más de tierra la empujó hacia abajo. Yo quería a mi mamá. No había otro pensamiento que pudiera formular. Quería despertar de esa pesadilla.

—¡Mírame! —vociferó Cyrone—. Vi a Nym correr en la superficie. Debes ir a buscarlo. Te aseguro que si vas con Neblina jamás volverás a verlo.

¿ Nym? ¿Cómo conoce este hombre a Nym ? Me detuve al oír sus palabras. Una corriente helada me subió de los pies a la cabeza.

—¿Conoces a Nym? —le pregunté temblorosa—. ¿Sabes dónde está?

Cyrone demoró en darme una respuesta, pero no despegó sus ojos de mí.

—No. No sé dónde está, pero sé quién es y cómo podríamos encontrarlo —respondió por fin.

Sin querer, vislumbré detrás de él mis pertenencias rotas.

Mi hogar estaba deshecho en escombros, cubierto de la escarcha que desprendía el árbol que solía cubrir la casa y que ahora estaba torcido.

¿Cómo podría confiar en Neblina? Ella me había arrebatado mi vida.

Era incapaz de creer que quien me había destruido podía curarme.

A unos pasos de Cyrone vi el libro rojo entre los escombros, que había soltado cuando los niños me atacaron.

Recordé mis sueños, lo mucho que quería escapar de Riveria.

Pensé en lo feliz que sería si me reencontraba con mi hermanito, en lo destrozada que estaría si le pasaba algo allá en la superficie.

El peligro del que me advertía mi madre era lo último que me importaba, solo quería salvarlo a él.

—¿Me ayudarás a buscar a mi hermano? —le pregunté a Cyrone por última vez.

Asiente, por favor , clamaba mi corazón. Si me dices que sí, iré contigo a donde sea. No importa que me hagas daño o que no quieras realmente mi bien. Solo ayúdame a encontrarlo. Ayúdame a encontrarlo ..., rogué con la mirada.

Los ojos cansados de Cyrone se apaciguaron al ver mi rostro.

—Sí, lo prometo —contestó.

Sonreí, aunque no me sentía feliz. Tomar una decisión en esas condiciones era enervante.

Aun así, decidí dar el salto hacia Cyrone desde el borde.

Al hacerlo, dado el enorme precipicio que nos separaba, mis pies tocaron el aire; sin embargo, cuando creí que caería al vacío mi pie encontró tierra firme.

Cyrone, con sus extraños poderes, estaba formando un sendero para mí a cada paso que daba, y recordé su promesa: «No te dejaré caer».

Me extendió su mano para que me apoyara.

Una vez llegué a su lado, lo solté para ir detrás del libro rojo.

Apenas recuperé mi tesoro un viento me atrajo hacia el lado contrario. Retrocedí en el aire y Cyrone no pudo evitarlo; volé hasta quedar bajo el cuerpo flotante de Neblina.

Me estampé en el suelo y, aturdida, me incorporé para comprobar hacia dónde había volado.

Al hacerlo, la tierra debajo de mí trepidó, emitiendo un sonido sordo.

Miré con arrobo los carámbanos de hielo que temblaban sobre nuestras cabezas, amenazando con desprenderse.

El hielo en el que estaba se resquebrajó, intensificándose el movimiento.

—Vas a jugar, Cyrone —masculló ella—. Pues juguemos.

Miré a Cyrone, que estaba de brazos cruzados sobre el hielo. El viento comenzó a agitar su capa, pero él permaneció imperturbable en su posición.

—No puedes levantarme con tu viento, Neblina. Puedo pesar más que mil rocas juntas.

¿Era un poder suyo el de aquel sismo? El tumulto de tierra congelada sobre el que estaba recostada se separó del resto, me arrastró hacia arriba y se estiró hacia la superficie.

Me sostuve de los bordes de la plataforma, agachada y mareada por el vértigo.

Neblina, que probablemente no esperaba ese movimiento, intentó elevarse para perseguirme, pero se detuvo al ver que los carámbanos filosos caían sobre ella como un diluvio.

Mientras ascendía a gran velocidad, presencié cómo Riveria se derrumbaba. El techo que antes nos cubría, con diamantes y hielos puntiagudos, se desmoronaba, enterrando todos los restos que quedaban de mi casa. Me senté en el bloque de hielo mirando hacia abajo, incrédula.

De pronto, vi que otro fragmento se elevaba hacia la superficie en paralelo a mí. Sobre él estaba parado Cyrone, quien me observaba con seriedad mientras Riveria se caía a pedazos por el mortífero terremoto.

Debiste haber decidido mejor en quién confiar , me regañé a mí misma.

Si mis padres seguían con vida dentro de Riveria, seguramente ya habrían muerto.