Caelum 2
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E ra una tarde tranquila, así que decidí recoger unos frutos caídos de los árboles sin que nadie me lo pidiera.

Con un paño limpio y nuestra reserva de agua, los fregué mientras tarareaba una melodía sin siquiera separar los labios.

Las notas vibraban en mi cabeza, pero mi madre las escuchó desde el otro cuarto.

—¿Por qué cantas tan bajito, Gyu? ¿No ves que tengo que acercarme a ti para oírte bien? —me preguntó, asomándose por la puerta.

—¿Y desde cuándo quieres escucharme? —bromeé enjuagando un fruto que se resistía a desprenderse de su capa natural de luminosidad.

—Desde que te has inventado melodías así de bonitas. Te veo más feliz de lo normal.

Sonreí y mi madre me pellizcó la mejilla.

—No. No es nada —le respondí.

Agradecí en mi interior que mi madre no me hubiera preguntado si realmente me había deshecho del libro rojo.

Por supuesto que sí, mamá , repasé en mi mente, lo he enterrado lejos y me sería imposible encontrarlo .

Había planeado las palabras correctas para convencerla, pero no fue necesario, porque ya se había ido a conversar con mi padre, que tallaba madera en la entrada de casa.

Traté de disfrutar mi momento de soledad para fantasear, pero mi hermano me interrumpió de súbito.

—Gyuri, ¿vamos a jugar? Vamos a desenterrar monos de nieve.

—Después. Te prometo que después iremos —le respondí, todavía ensimismada en mis escenarios ficticios.

—«Después» puede ser cualquier momento, no me gusta esa palabra —se quejó él, pero yo ya me había ido a otra parte.

El escritor del libro me hablaba con sus dulces palabras, que resonaban en mi consciencia con la voz del hombre de mis sueños. Solté una leve risilla y Nym me dedicó una mueca que dejaba claro que pensaba que estaba loca.

Más tarde me tumbé bajo uno de los árboles de hojas fluorescentes para leer, asegurándome de que mi madre se hubiese recostado a tomar la siesta.

Antes de entrar en la casa, mi padre me descubrió con el libro en las manos.

Le hice un gesto de silencio poniendo un dedo en mi boca y él asintió, imitando mi señal.

Era el mejor, no le revelaría nada a mi madre.

De pronto, alertada, me senté sobre la nieve. Con total concentración volví a leer una frase, pues me era imposible creer lo que decía:

Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve .

¿A qué se refería con «cornamenta»? ¿Estaba insinuando unos cuernos metafóricos o realmente la persona a la que se dirigía tenía cuernos, como yo?

De manera instintiva toqué mi «cornamenta plateada», sintiéndome un poco más nerviosa de lo que me hubiera gustado.

¿En el sitio de donde provenía el autor había más personas como yo?

—¡Gyuri, cariño, a rezar! —Oí el grito de mi madre a lo lejos. Apenas la vi acercarse me encogí sobre la nieve, aplastando el libro con mi cuerpo—. ¿Qué haces, mi niña?

—Ya voy, mamá, solo quería echarme una siesta —mentí en un tono convincente, e incluso bostecé. Dándole la espalda, escondí el libro en el tronco del árbol y bufé de la frustración. ¿Cómo se suponía que me quitaría esas ideas de la cabeza?

Cuando nos encontramos en el salón, escuchando a mi madre proclamar sus rezos hacia la diosa Nylena, sin querer abrí los ojos y contemplé la imagen de esa mujer divina.

Me había acostumbrado a mirarla, desde luego, pero no a analizarla ni a preguntarme por qué lucía tal y como un ser humano.

A diferencia de ella, los serafines, cuatro varones de alas plumíferas, tenían veintiún ojos que les surgían por delante y por detrás.

Miré a mi familia con disimulo y reparé en sus arruguillas, sus ojos claros y su cabello lacio. El de Nym era completamente rojo y su rostro estaba salpicado de pecas. Me volví a concentrar en el odioso espejo de mi casa y analicé una vez más nuestras diferencias.

—Cortex, Hilaris, Aestus, Caelum... —repitieron mi padre y mi hermano en voz alta.

Como yo no había recitado las palabras sagradas, mi madre abrió los ojos y me descubrió evadiendo la oración.

—¿Sucede algo, Gyuri?

Sin querer me fruncí de indignación y empecé a preguntarme, como tantas veces en el pasado, si mis padres me habían mentido acerca de mi origen, ocultándome el verdadero.

—¿Cómo esperas que los serafines de la naturaleza oigan nuestras súplicas y vengan a salvarnos? Debes rezar, debes repetir la oración en voz alta, con fe y convicción —me regañó.

Me cubrí la cara para que no viera que había rodado los ojos.

—Quizá ni siquiera vengan a salvarnos, y ya es hora de ir a la superficie a ver qué tan mal están las cosas después del Gran Diluvio.

—¡Ir a la superficie es una excelente idea! —opinó Nym, pero mamá gritó «silencio» en un arrebato.

Logró su cometido, porque cerramos la boca de inmediato.

—¿Cuántas veces se los hemos dicho, niños?

Nosotros, con su padre, venimos de la superficie.

Sabemos cómo son las cosas allá arriba, donde los seres humanos mantienen una guerra constante por la comida, por la supervivencia.

Tras el Gran Diluvio, la vida es inviable en ese lugar.

Aquí, por el contrario, estamos seguros.

Aquí en las cavernas, donde no existen bestias, donde no hay humanos que quieran quitarnos de manera violenta lo que tenemos.

No tenemos nada , pensé y me mordí los labios para no decirlo en voz alta. Maldita sea.

Cuando los rezos terminaron, y se suponía que según las reglas implícitas de mi madre debíamos pernoctar, me quedé despierta en el salón, repasando en mi mente las palabras del libro: «Mi divina princesa de cornamenta plateada.

De ricitos blancos como la nieve». Me volví hacia el espejo y me miré con menos reticencia; comprendí que no tenía sentido.

¿A quién estaban dirigidas esas palabras?

Si hubiera alguien como yo en algún lugar, ¿podría explicarme cuál era mi origen?

—Gyuri, ¿no te irás a dormir? Tienes que cuidar esa carita redondita, no quieres que se te caiga antes de tiempo como a esta vieja —me dijo mi madre con su tono amoroso, apoyando su mentón en mi hombro.

Ambas nos vimos en el espejo y nuestra apariencia contrastó de una manera antinatural, incluso burlona.

—Mamá. No soy tu verdadera hija. Quiero decir.

.. no vengo de tu vientre. —Suspiré y ella se separó de mí con indignación.

Su cara decía «otra vez con el mismo tema», «otra vez con el mismo puñal»—.

A ver, sé que me intentas convencer de lo contrario, pero.

.. tengo casi veinte años, ya no puedes engañarme.

Mi madre apretó los labios y acomodó uno de mis rizos detrás de mi oreja puntiaguda.

—Te lo he contado tantas veces que duele, Gyuri.

Te encontramos entre las flores de la superficie, sola, hambrienta, cuando eras solo una bebita.

Esos padres que buscas y que no somos nosotros, no existen.

Eres obra y gracia de la diosa Nylena. ¿Por qué crees que tienes tanta resistencia y sobrevives todo el tiempo?

Es una bendición de la diosa, y que nosotros te hayamos encontrado también lo es.

—Puede ser..., pero ¿qué hay de mi naturaleza? ¿Y si no soy una humana común y corriente? ¿Y si tengo padres biológicos y están ahí afuera, buscándome, para explicarme quién soy?

—No digas eso...

—Mamá, tengo que encontrarlos.

—Mi niña. Te he tenido en mis brazos desde que eras un bebé. ¿No es eso lo que basta? —Me sorprendí al ver unas lágrimas derramarse por sus mejillas.

Se las sequé con mis manos y la abracé. Verla sufrir me era insoportable. A pesar de cualquier altercado, control o diferencia física, ella me había cuidado toda la vida, me había amado tal y como era.

—Mami, claro que eso me basta, cuánto lo siento —le mentí. No podía seguir dañándola.

Quería saber de dónde venía, sin embargo, prefería fingir conformismo para que mi madre no sufriera.

Cuando mi madre se fue a acostar, me escabullí al árbol y extraje el libro rojo.

De vuelta en la habitación, mientras leía tendida sobre mi cama con una vela encendida a un costado de la almohada, repasé las hojas escritas.

Debía seguir encontrando pistas sobre mi naturaleza, sobre ese escritor y la posibilidad de que hubiera otros seres como yo.

La idea de salir a buscar al dueño de ese diario me seducía tanto que afectaba mi salud; me robaba el aliento y tenía miedo de que al convencerme de hacerlo no pudiera volver a respirar.

¿Así se sentía el amor romántico? Si la respuesta era un sí, lo detestaba por cómo dolía.

¿Se suponía que tenía que dolerme? ¿Y qué pasaba si salía, no lo encontraba y me dolía todavía más?

O peor aún, ¿y si me pasaba lo mismo que la última vez que intenté salir de Riveria?

—¿Sigues leyendo ese tonto libro? —me preguntó mi hermano desde la cama paralela. Estaba tan absorta en mis pensamientos que olvidé contestarle—. ¿Para qué tienes las orejas tan grandes si no escuchas nada? —espetó, y pronto una almohada me golpeó en el rostro.

Como si aquel golpe blando me hubiera despertado de la ignorancia, recordé lo que había ocurrido justo antes de encontrar el diario, cuando aluciné con alguien que había corrido a atenderme tras mi caída por el barranco.

—Furzacabrón —maldije y Nym se cubrió la boca.

—Oye. Le diré a mamá que me has dicho una grosería.

—No te lo he dicho a ti, tonto. Es que he recordado algo...

—¿Qué has recordado? —preguntó sentándose en la cama—. Dime, dime, dime, dime.

—El libro lo encontramos en los acantilados, cerca de la flor —susurré y Nym soltó un grito para exigirme que se lo repitiera, porque no me había escuchado. Finalmente, me dirigí hacia él—: Oye, cabeza roja, ¿quieres que mañana hagamos una carrera de trineos?

Nym había celebrado incluso antes de que pronunciara la primera letra de la palabra.

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