Caelum 1 #2
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Mi madre me miró con el mismo desprecio que yo me tenía, con el mismo miedo. Le susurré una disculpa, viendo cómo mi papá la ayudaba a levantarse. Seguí caminando de espaldas hacia mi habitación, intentando controlar el dolor de ese trago amargo.

Una vez más me encontraba en esa situación, forzada a enterrar mi cabeza entre las suaves capas de la almohada.

El fuego bailaba en la penumbra, arrojando sombras inquietantes por nuestro cuarto compartido.

A pesar del dolor que se acumulaba en mis sienes por las ganas de llorar, no conseguí que brotara de mis ojos ni una sola lágrima.

Había sido así toda mi vida: no podía llorar.

Anhelaba que mi madre comprendiera que mi realidad no era tan fácil de asumir. Quería que me consolara, que besara mi coronilla y me acurrucara para dormir. Así actuaban las madres en las pocas novelas que había leído.

Mis novelas, mi refugio, reposaban en el librero de madera junto a mi cama, el cual había sido construido por mi padre cuando yo tenía la edad de Nym.

Me relajé apenas tomé un volumen de tapa dura y antigua entre mis manos.

Fuera de salir a cazar, la única entretención con la que contaba era sumirme en paisajes ficticios que jamás había visto.

En ellos se describía Melcior como un paraíso, un mundo completamente diferente del que mi madre describía como un enjambre de belicismo y violencia.

—¿Habrá más humanos en la superficie? ¿Será que existe un par de ellos que luzca como yo? —me susurré apenada. Aquellas preguntas me las había hecho más de cien veces en mi vida.

Analicé la cubierta del libro que sostenía, en la que aparecía ilustrada Nylena: una mujer de rizos oscuros cuya belleza parecía tan irreal como su existencia.

Detrás de ella se distinguían cuatro siluetas, cuatro serafines varones a quienes les había sido concedido el poder de crear el mundo y controlar la naturaleza: Caelum, Cortex, Hilaris y Aestus.

Mi madre me había contado que Melcior, gobernado por los cuatro serafines, había sido un paraíso.

El mundo que describían mis libros era rico en vegetación y estaba bañado por la luz de una estrella exuberante llamada Sol, que se encontraba en lo que antes llamaban cielo.

Pero los humanos arruinamos ese paraíso con nuestra maldad.

Cuando alcanzamos el pináculo de la violencia, los serafines no tuvieron más opción que acabar con toda la próspera naturaleza que alguna vez existió.

Ellos tomaron las lanzas del Empíreo —las únicas armas capaces de asesinar a seres inmortales— para matar a la diosa Nylena, como debía ser, para acabar con el mundo e iniciar uno nuevo. Uno mejor que Melcior.

Pero el juicio final jamás llegó y Melcior siguió existiendo, porque los serafines decidieron acabar con sus propias vidas usando las lanzas del Empíreo.

Eso era lo que la mayoría de los seres humanos sobrevivientes creía, aunque algunos aún mantenían la esperanza de que esos seres simplemente hubiesen regresado al gran Empíreo y siguieran vivos en algún rincón más allá de nuestra conciencia.

Mi madre era uno de ellos, y nos obligaba a rezar todos los días, implorando que los serafines regresaran a Melcior.

Desde entonces, la humanidad ha estado abandonada.

Mis padres recordaban con dolor el Gran Diluvio que mató a su familia y gran parte de sus amigos, muchos otros desaparecieron y unos pocos escaparon a la superficie.

Si habían sobrevivido, no lo sabían con certeza, pero lo consideraban imposible.

La historia era realmente devastadora. Quizá mi madre tenía razón y el mundo en que vivíamos era el infierno.

Estaba harta de leer sobre un pasado que ya no existía.

Devolví el libro a su lugar en la estantería y me estiré en la cama.

Contemplé la cubierta roja y maltrecha del nuevo ejemplar y pensé: Mi madre se disgustará por esto , pero sonreí.

Alcé la cubierta con la esperanza de encontrar eso que había asustado a mi madre, sin embargo, no imaginé que el aire se me cortaría de aquella manera al escrutar las páginas desgastadas.

La tinta parecía todavía fresca y no tenía la caligrafía tradicional de los escribas.

Algunas páginas habían sido arrancadas, otras tenían garabatos y varias frases que parecían estar conectadas, pero que eran independientes entre sí.

Nunca había visto algo parecido. Mi corazón galopaba en mi pecho buscando liberarse. Afortunadamente, entendía el idioma en el que estaba escrito. Incliné mi cabeza a un lado y me mordí el labio inferior mientras iniciaba mi lectura.

Con la pluma temblando en mi mano, anhelo y temo que me leas. No sabes quién soy, tal vez ni siquiera yo lo sepa. Pero nuestra historia se resume en lo siguiente... Me impedí amarte por siglos, y al momento de tenerte decidí decirte adiós, como prueba de todo el amor que te tuve .

Cerré el libro de golpe, aturdida. El calor subió a mis mejillas. Miré la tapa lisa, sin información, e imaginé el rostro de un hombre en la cubierta. Luego recogí mis piernas y me hice un ovillo.

Fueron dos cosas las que me llevaron a reaccionar de esa manera.

Primero: era un libro de amor romántico, aquello inalcanzable para mí y que solo había conocido a través de un par de leyendas que aparecían en mis otras novelas y enciclopedias.

Segundo: ese no parecía ser un libro antiguo, perteneciente a personas que perecieron en las cavernas de Riveria.

No, esas letras eran recientes, habían sido escritas hacía muy poco tiempo, lo que podía significar una sola —aterradora, emocionante— cosa: había un ciudadano más en Riveria, allí en la inhóspita ciudadela de mi infancia.

Había alguien merodeando cerca. Otro ser humano.