Caelum
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1
L os acantilados de Riveria lucían aún más profundos cuando los contemplé mientras caía.
—¡Gyuri! —gritó mi hermano menor desde el borde del risco nevado. Su voz se desvaneció mientras me precipitaba al vacío.
Un dolor me azotó incluso antes de impactar contra el suelo. Al estrellarme, mi conciencia se evaporó. Por experiencia sabía que mi cabeza estaba repleta de venas; siempre sangraba sin cesar una vez que se abría. Teñí el hielo de rojo, los ojos se me fueron al blanco y, en ese instante, me morí.
Sin embargo, incluso en el umbral de la muerte, mi historia estaba lejos de terminar.
Recuperé la conciencia después de unos minutos. Lo esperaba.
Me quejé, malherida, y creí escuchar unas pisadas alejarse.
Cuando por fin abrí los ojos, mi visión estaba tan borrosa que no pude distinguir si eran huellas las que estaban marcadas en la nieve.
Pronto descarté la idea de descubrirlo, pues concluí que había sido una alucinación causada por el golpe en la cabeza.
No habría sido la primera vez. En Riveria no había más personas, solo éramos mis padres, Nym y yo. No podía tratarse de nadie más.
Me levanté adolorida y eché un vistazo a la techumbre de la ciudadela, adornada con enormes carámbanos puntiagudos y diamantes incrustados. La voz de Nym llamándome resonó desde la cumbre. Él no podría bajar hasta donde estaba sin lastimarse, así que decidí escalar de vuelta.
Antes de hacerlo miré a un costado las herramientas de pesca que cayeron conmigo y se habían desparramado por el suelo.
Ya no habría cena. Me agaché para recoger los pedazos de la caña, pero una ráfaga cargada de nieve e impetuoso hielo empezó a arrastrar los fragmentos.
No podía perderlos. Corrí tras ellos en dirección opuesta a la cumbre hasta que la nevada fue tan densa que ya no pude localizarlos.
Pese a que ver a través del velo blanco, azul y gris que cubría la ciudadela era difícil, el lomo de un libro rojo resaltaba entre todo lo demás.
Arrastrado por el viento, el tomo se acercó hasta que pude detenerlo con mi mano.
«¡Un libro! ¡Un libro! ¡Oh, por Nylena y los cuatro serafines! ¡Es un libro!»
Mantuve la boca abierta mientras sacudía la nieve y el granizo del lomo. De pronto, la preocupación por la cena y la sangre seca en mi frente se desvaneció. ¿Cómo había llegado un libro a ese lugar? ¿Provendría de la superficie? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí enterrado?
—¡Gyuri! —volvió a gritar mi hermano, ahogado en llanto.
Miré una vez más hacia la cumbre, luego fijé mis ojos en el libro y después observé la nieve, hasta que di con la soga de la caña de pescar. Amarré el libro a mi torso, y cuando estuvo asegurado escalé para reunirme con Nym en la cima.
Al verme llegar gritó desesperado, cogió mi brazo y tiró de él como si yo estuviera agonizando. Me arrodillé a su altura y sequé sus lágrimas, intentando entender qué decía entre balbuceos.
—Cálmate, Nym. Estoy bien, ¿no lo ves?
—¡Sangre, sangre, tienes sangre! —me gritó en la cara. Por supuesto, no había podido ocultarla. Mi cabello era demasiado opaco y claro como para que una mancha de sangre pasara inadvertida.
—Sí, pero estoy bien —insistí—. Recuerda lo que dijo mamá: No me puedo morir.
—¡Pero... la... ris... el... risco...! —gimoteó. No entendí lo que dijo, pero asentí de todas formas—. ¡Te caíste por mi culpa! ¡No debí haberme acercado tanto a la orilla!
Su llanto estalló de nuevo y yo tomé su rostro entre mis manos para que me mirara a los ojos. Ver sus pupilas encharcadas me estrujaba el corazón; él siempre estaba riendo.
—¡Ya, Nym! Mira, lo encontré en la nieve, ¿no es emocionante? —dije desatando el libro de mi cintura para entregárselo.
El pequeño se limpió las lágrimas con las manos y abrió el volumen para escudriñarlo. Después de pasar un par de páginas, arrugó la nariz y dijo:
—Bah... ni siquiera tiene dibujos de dragonartos. ¡Aburrido!
Me devolvió el libro y empezó a caminar de regreso a casa.
Dejé escapar una risa y fijé mis ojos en la cubierta, pensando una vez más en su misteriosa procedencia.
Sabía que no perdería de vista a mi hermano, pues, al igual que el objeto que tenía entre mis manos, su cabello rojo destacaba a la distancia.
i
El camino a casa parecía interminable, y los fulgurantes árboles que destellaban en la oscuridad no se acababan nunca.
Cuando sentí que mis pies se habían molido divisé mi casa triangular a lo lejos, erguida en las sombras.
Respiré aliviada al ver las fogatas encendidas en su interior y un vaho de aliento caliente se formó frente a mí.
Nym saltó en el jardín resplandeciente de mamá y algunos bichos, al sentir la vibración, salieron de sus escondites desplegando sus alitas holográficas.
Tocamos la puerta y nos recibieron mis padres.
Al ver el rojo carmín que teñía mi cabello rubio blanquecino, saltaron del horror.
Su edad era tan avanzada que siempre temía asustarlos más de la cuenta con mis accidentes.
En el pasado, muchas veces me había desangrado, herido o dañado (y, por tanto, sanado), pero aun así jamás habían dejado de asustarse.
—No hay nada, no veo heridas en ninguna parte.
Todas se te han curado —comentó mi madre cuando más tarde hurgó entre mis rizos.
Permanecí encogida y con los ojos cerrados con fuerza.
Sus dedos rebuscaban entre mi cabello y yo inicié una cuenta regresiva mental: «Tranquila, ya va a terminar: diez, nueve, ocho, siete.
..»—. Oh, Gyuri, ¿por qué tiemblas tanto? ¿Crees que te voy a hacer daño?
Erguí mi espalda. Pese a su pregunta, no necesitaba explicárselo; mamá lo sabía muy bien.
Odiaba que me tocaran la cabeza. Odiaba que mi cabello se enganchara en lugares y por eso lo llevaba tan corto.
No odiaba muchas cosas, pero también odiaba reflejarme en el espejo de cristal que había en mi casa, ese que me examinaba en ese preciso momento.
Ahí se encontraba un monstruo, un ser odioso: yo.
Mis cuernos curvos, atavíos de los que mi familia carecía, se burlaban de mí cuando los apreciaba en el reflejo.
—¿Quién puso ese espejo allí? —rezongué malhumorada, quitando la vista.
—Eso no es lo importante. Tesoro, mírate, por Nylena. ¿Cómo fue que te caíste del barranco? —preguntó mi padre, que hasta entonces me había estado observando en silencio.
—¡Casi me caí! —se adelantó Nym—. Estaba fingiendo ser un dragonarto y.
.. cuando me acerqué demasiado al borde, ¡adivinen qué pasó!
¡Sí, Gyuri me empujó adentro y luego se cayó ella!
—Nym lo contaba como si fuera una historia divertida, pero ninguno de nuestros padres se rio, por lo que decidí no mencionar la parte en la que él había llorado como si fuera una tragedia—.
Lo bueno es que Gyu encontró un libro rojo.
Mis orejas, largas y puntiagudas, se levantaron sin querer, captando la atención de mi madre. Aunque las suyas eran redondeadas, pequeñas y con una audición menos aguda que la mía, ella lo escuchaba todo.
—¿Un libro? ¿Cuál libro, hija? —preguntó ella, pero antes de que pudiese ocultarlo, Nym ya se lo había entregado.
Lo ojeó y pasó las páginas con desdén. Sabía lo que me iba a decir.
—Esto no tiene valor alguno. ¿Dónde están las fábulas? ¿Los relatos de Melcior? Es una blasfemia. ¿Por qué no dice nada de la diosa Nylena?
—Los libros no siempre deben ser sobre la diosa Nylena —opiné, consciente de que me arriesgaba al decirlo.
Mi madre cerró el libro y me observó. Su cabello rojizo lucía como el fuego, como si intentara reflejar su furia.
—No es bueno para ti —dijo y se levantó.
Mi mirada se desvió hacia la fogata encendida, cuyas llamas crepitaban en una danza terrorífica. Tragué.
—Mamá, para.
Ella se detuvo y en su rostro vi aflicción.
—¿Te has tomado el tiempo para comprender por qué hago lo que hago?
—Mamá, tengo casi veinte años. ¿Podrías dejarme elegir qué leer?
Mis padres habían rescatado un par de libros de las aldeas caídas de la superficie, y todos hablaban de lo mismo: dioses, serafines y criaturas de Melcior.
A pesar de ello, amaba aquellos textos con todo mi corazón.
En los libros existía un mundo inalcanzable para mí; aun así, mis padres se empeñaban en limitarlo.
No tenía contacto con otros seres humanos, mi hermano era todavía un niño y mis padres ancianos. .. necesitaba algo más.
Le arrebaté el libro de las manos.
—Gyuri —vociferó mi madre con voz contundente.
Lo sostuve con más fuerza.
—Dámelo. No puedes tenerlo —insistió mi madre, extendiendo la mano.
—¿Por qué no? —pregunté con el pulso temblando.
—Porque no habla de la altísima diosa Nylena.
—¿Y eso qué importa? Nylena fue qui...
—La diosa Nylena —me interrumpió.
Suspiré con fuerza y la miré con determinación.
—La diosa Nylena fue quien congeló el mar de Nalini en el que me ahogué cuando niña.
También congeló los barrancos en los que me caí.
Ni siquiera pude pescar para la cena... ¿te das cuenta?
Moriremos de hambre. Ella hizo desaparecer a los humanos de Riveria y somos los siguientes.
Por ella estamos aquí, ni siquiera viviendo, sino sobreviviendo. ¿Por qué querría leer sobre una...?
Mi mamá dio un golpe seco sobre la mesa con el paño con el que me había estado limpiando la sangre del cabello. Me encogí al escuchar el estruendo.
—¡Suficiente! ¡No quiero escuchar ni una palabra más! ¡Vas a arrepentirte de cada estupidez que escupes por la boca! ¡Dame ese libro ahora mismo! —exclamó con una expresión severa.
Lo quemará otra vez. Quemará mi pequeño mundo , pensé y me puse de pie.
Mi madre avanzó hacia lo que yo guardaba con recelo entre mis brazos. Intentó arrebatarme el libro y, en respuesta, luché contra ella. Como si una fuerza sobrenatural me poseyera, aparté sus manos y la empujé. Se desplomó en el suelo, sorprendida.
Monstruo .
Retrocedí con un nudo en la garganta.
Fuerza, resistencia, un aspecto extraño .