Caelum 2 #2
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Mi hermano jadeaba mientras caminábamos.

Habíamos recorrido la ciudadela durante toda la tarde y ya había dejado de creer mi excusa de buscar el mejor cerro para la carrera de trineos.

Lo que seguro no imaginaba era que yo buscaba rastros de la persona que dejó las huellas en la nieve el día de mi caída.

Para mi desgracia, pese a que estuvimos varias horas caminando, no logré encontrar huellas, señales ni otros objetos.

Llevaba el libro abrazado como si fuera a congelarse, aferrándome a la ilusión.

Pronto empecé a creer que, tal y como temía, el diario pertenecía a los humanos que perecieron en Riveria durante el Gran Diluvio.

Si eso era cierto, estaba en busca de un fantasma.

Dejé salir el aire que contenía en mi pecho.

—Gyu, para ser una larga tarde de carrera de trineos, no nos hemos tirado de una sola colina —protestó Nym, bostezando a lo grande. Apenas se le veían los ojos y la nariz bajo todo el abrigo en el que lo había envuelto antes de salir.

—Ya vamos a casa, Nym —murmuré con pocas ganas.

—¿Cómo dices? ¡Vamos a la colina de Lobres antes de que se haga tarde! —exigió mi hermano señalando hacia el horizonte, donde se levantaba la colina más alta de Riveria.

—¿Para qué?, ¿para lastimarnos al caernos del trineo? Hace varios años que eso ya no me entretiene —le dije y jalé su mano.

—¡Lo prometiste! —me recriminó, manteniéndose firme en su lugar—. Dijiste que haríamos carreras de trineos, y ya me trajiste aquí. ¡Llévame! ¡O le diré a mamá que todavía guardas el libro rojo!

—No te atreverías —le respondí dando un paso hacia él, pero el niño no se encogió en lo más mínimo.

—Oh, ponme a prueba, orejona cornuda. ¡Auch!

Le había dado una colleja para callarlo y al hacerlo él se agachó. Pude apreciar la colina de Lobres detrás de él y, un poco más allá, la flor de tallo infinito. Un nudo se formó en mi estómago al recordar lo que me había ocurrido casi doce años atrás en aquel lugar.

La flor era una planta enorme; el único ser vivo de Riveria cuyo lomo superior alcanzaba la superficie.

Dada su exuberante dimensión, iluminaba más que cualquier otro árbol.

El color verde que fulguraba desde el corazón de su tallo hacía que Lobres fuera el sitio más luminoso de la ciudad subterránea.

—¿Qué miras? —me preguntó Nym. Se giró y luego volvió a echarme una ojeada astuta—. La colina de Lobres. Bueno, orejona, ¿te ha tentado la idea de una carrera de trine...?

Inicié mi camino hacia la colina antes de que él pudiera acabar su oración.

Lo jalé del brazo, lo cual él interpretó como una afirmación a su propuesta, así que celebró con vítores.

Cuando llegamos a la cima de Lobres, pude apreciar la flor.

Luego pasé mi mirada sobre el resto del territorio; no había señales de vida en ninguna otra parte.

Pensé en que si realmente alguien había estado en Riveria, lo más probable es que hubiera bajado y vuelto a subir por el tallo.

Pero ¿cómo? Yo ya lo había intentado una vez antes...

El corazón me tembló como si fuera a quebrarse en pedazos. Como si el dueño del diario existiera de verdad y me estuviera llamando.

—¡Quien llegue último es una ojoleta asada! —me gritó mi hermano y, olvidando que podría morir, bajó por el trineo colina abajo y a toda velocidad.

Me subí a mi trineo y lo seguí. La velocidad extenuante dominaba mis pensamientos y al final me coroné con un dolor en la cola.

Probablemente Nym rebotó sobre sus abrigos, porque se estaba riendo a carcajadas.

Al llegar al final del trayecto, casi chocamos contra la base de la flor en nuestro aterrizaje.

Miré hacia arriba y la sola vista de la planta me sobrecogió; era tan alta que no podía ver con facilidad dónde terminaba el tallo.

—Tengo una idea mejor que la de hacer carreras de trineos —soltó mi hermanito acomodándose la bufanda y mirando la flor al igual que yo.

—¿Cuál? ¿Lanzarte desde el pico de la flor para aterrizar con estilo?

—No, no. Podríamos escalar la flor y salir a la superficie —sugirió con un semblante anhelante, insaciable.

Me inquietó saber que no lo decía de chiste. Fruncí el entrecejo, indignada, como si a mí no se me hubiera ocurrido lo mismo a su edad.

—Genial, Nym, aterrizaste de cabeza —le respondí, pero él no cambió de opinión—. Ya sabes lo que ha dicho mi madre: allá en la superficie el mundo es hostil. Es peligroso, por eso nos hemos recluido aquí.

—Pero ¿nunca has tenido ganas de echar un vistazo? ¿Es en serio? ¡Tú misma me dijiste que allá arriba hay una ciudad que flota en los aires!

Catarbella. La ciudad flotante de Melcior, el sitio más cálido que existía. «Es el lugar donde Nylena habita junto a los cuatro serafines de la naturaleza», mencionaban mis libros. En aquel instante, me arrepentí de haberle contado a Nym lo que sabía del exterior.

—No tienes idea de lo que estás diciendo. Deberías abandonar esos pensamientos, Nym —le advertí.

—¿Cómo lo sabes? Jamás has estado en la superficie, has estado encerrada aquí toda tu vida.

—Pues huelo el peligro —le dije pasando por su lado—, una habilidad que a ti te falta.

Me acerqué al libro, que se había enterrado en la nieve tras la caída en el trineo. Le sacudí la humedad y soplé el lomo para despejarlo.

—¡Tienes miedo! ¡Miedosa! —me dijo Nym—. Gyu... ¿acaso no te gustaría ver un dragonarto frente a frente? — Por supuesto que no , pensé—. ¿Qué hay de conocer otras personas? ¡Hacer nuevos amigos!

Arrugué la nariz y culpé al libro rojo por hacerme dudar sobre la respuesta que debía darle a Nym.

—Me basta con el pequeño mundo que tenemos aquí, tú, yo, mis padres. No hay nada más que quiera.

A veces me ardía la garganta cuando decía algo que sabía que no pensaba. Pero Nym no tenía ninguna duda de que el mundo subterráneo le quedaba pequeño. Le di la espalda y caminé en dirección opuesta, dejando que mi frustración se vertiera por completo en un pesado suspiro.

—Vamos a casa, Nym —le dije.

Me apenaba saber que no encontraría al escritor del diario, pero a la vez me calmaba.

Los riscos nevados lucían imperturbables.

Ni siquiera deseando con todas mis fuerzas que se marcharan hubiera logrado moverlos de ahí.

Una brisa formó un sonido agudo que confundí con una carcajada; una burla que me dedicaba esa maldita ciudad.

Mis padres me contaron sobre la superficie, las criaturas y los paisajes que solían existir.

No querían que anhelara verlos —según ellos, ya se habían destruido—, sino que creyera en los serafines y les rezara para recuperarlos.

Era una lástima que solo hubieran logrado lo primero.

Lo deseaba. Quería salir y conocer el mundo, aunque me aliviaba un poco no tener más opción que conformarme.

El simple hecho de haber deseado, por un segundo, algo más de lo que ya tenía en mis manos había sido aterrador. Al menos podía soltar esa añoranza y volver a casa junto con las reconfortantes fogatas, la sonrisa enorme de mi padre, la dulzura estricta de mi madre, el ruidoso de mi hermano...

—Nym. ¿Nym? —Noté que había demasiado silencio, y cuando me di vuelta ya no lo encontré a mi lado.

Mi corazón dio un vuelco. Evoqué los recuerdos de las veces que había descuidado a Nym y que había terminado herido.

Grité su nombre de nuevo, pero no lo escuché responder.

¿Cómo podría haber desaparecido en segundos?

Era imposible que se escondiera de mí si todo era blanco, celeste y cristalino y su pelo era. ..

Alcé lenta y temerosamente la cabeza, notando que en los esquejes de la flor de tallo infinito se veían los cabellos rojos de mi hermano y su bufanda naranja batallando con el viento. Nym estaba escalando.

Ahogué un grito con mis manos. Estuve a punto de gritar su nombre y exigirle desesperada que bajara de ahí, pero frené mi impulso cuando imaginé que podría distraerlo y hacer que se cayera. La altura a la que él estaba superaba la medida de tres árboles ancestrales.

Los vagos recuerdos de mi niñez afloraron con imágenes nítidas. Era una niña de seis años que se había escapado de casa. Estaba aburrida de no tener nadie con quien jugar, y al hallar la preciosa flor luminosa y gigante tuve la idea de escalarla hasta la superficie.

El ritmo de mi respiración se aceleró cuando recordé lo que me ocurrió. No toleraría que a mi hermano le pasara lo mismo.

Sin pensarlo demasiado, me arrimé a la base, agarré la textura de la planta y comencé a subir escalando por los pequeños esquejes.

El tallo desprendía una enceguecedora luminosidad, por lo que debía subir con los ojos cerrados.

La única vez que alcé la vista, después de unos minutos escalando, vislumbré que mi hermano había llegado a la superficie.

Salió, salió. La flor no lo había empujado al vacío... ¡podíamos salir!

Me emocioné tanto que me apresuré más de la cuenta y mi pie resbaló. Toqué vacío y me desesperé. Al encontrar un nuevo apoyo, inspiré con suavidad y me abracé con más fuerza al tallo. ¿ Qué estoy haciendo ?, pensé, y estuve cerca de reírme por el absurdo.

Continué, mas el cansancio me comprimió los pulmones y mis manos se quemaron.

Me colmé de terror cuando el hielo me hizo resbalar.

Luché con todas mis fuerzas para aferrarme al tallo y apreté los dientes.

Mi grito resonó en todo el espacio, reverberando contra las paredes y las transparentes bóvedas.

Encontré dentro de mí una fuerza sobrenatural que me impulsó a completar el trayecto, pero al alcanzar el tope mis cuernos chocaron contra una sólida barrera.

Al levantar la mirada, me encontré con la nada; sin embargo, al extender mi mano esta chocaba contra una superficie sólida, aunque invisible.

Era la flor, mi madre me había dicho que la diosa Nylena nos había protegido con ella.

Empecé a golpear la barrera invisible con mi puño, pero al ver que era inútil perdí los estribos.

—¡Déjame salir! —grité—. ¡Maldita sea! ¡Furzacabrón! —gimoteé—. ¡Nym! ¡No me dejes! ¡Maldición!

Un pie se resbaló por la impotencia, luego el otro. Solo mis brazos me sostenían, pero eran débiles. Pronto la gravedad me venció y me arrebató de la flor.

Pese a que la caída fue rápida, me pareció que los segundos se distendieron hasta volverse eternos a medida que me alejaba de la superficie.

Recordé el momento en que experimenté la muerte y la supervivencia por primera vez al caer de la misma flor a los seis años.

Fue la primera oportunidad en que me encontré con esa pared densa e imaginaria.

En el descubrimiento de mi más profundo temor, comprendí que Riveria era más que una simple ciudad hundida durante el Gran Diluvio; era un laberinto sin escape, un calabozo donde la libertad parecía un sueño lejano.

A causa de la impresión, me solté de la flor.

No recuerdo si fue intencional, pero llamé a mamá mientras caía; un eco de arrepentimiento.

¡No quería morir! Era demasiado pequeña.

Al caer al suelo, me partí todos los huesos. Crac...

Pero Nym se ha ido, no puede ser... ¿cómo es que lo logró? ¿Cómo ha cruzado la barrera ?

Ese fue mi último pensamiento mientras descendía.