Capítulo 33
Maalik
L os temblores han cesado. Entre todos los vecinos del barrio, quitamos escombros de las edificaciones que han caído.
La capacidad de arrimar el hombro de los humanos para ayudar ante cualquier catástrofe es envidiable.
Hacemos una cola, simulando una cadena de montaje, para desbloquear las puertas de las casas.
Los niños juegan con Muriel a esconderse y encontrarse.
Sin duda hubiera sido un regalo como madre.
Me quito la idea de la cabeza, no me compensa perder hasta en la mente.
Nimbusito se aparta de nosotros, señal inequívoca de la llegada de Brisa.
Al menos la caída será amortiguada. Mi suposición resulta acertada.
Ya estamos todos de nuevo. Cabe la posibilidad de considerarlos mi nueva familia encontrada.
Me he acostumbrado a ellos y perderlos no entra en mis planes, ya veré cómo vuelvo a burlar la seguridad del Más Allá.
No se acercan. Contar un apocalipsis en el Purgatorio no es algo que deba airearse por ahí.
Voy a por Muriel y la sostengo del brazo antes de iniciar su carrera para atrapar a uno de los niños.
Se gira y me encuentro su sonrisa. Una leve brisa —nada que ver con la médium— mece su pelo y trae consigo el olor a lavanda.
Podría embriagarme en el hueco de su cuello de por vida. No quiero poner fin a algo sin inicio.
—Ven, ángel. Nuestros compitruenos nos esperan. —No se puede llamar de otra manera a quienes han sido resguardo bajo la tormenta.
Caminamos de la mano hacia ellos. Espero el silbido típico de Nimbusito cuando Muriel y yo nos tocamos.
No pasa nada. Ver a la nube tan apagada reaviva mis temores.
Todo se acaba. Aprieto la mano de mi acompañante con más fuerza, como si quisiera fusionar nuestras pieles.
Lo que daría por tener el tiempo suficiente como para tatuarme en el lado derecho de mi pecho sus alas.
Ahora tengo dos ángeles a los que amar, aunque sea desde el Infierno.
Ofreceré cada una de mis mortificaciones por ella.
—Chicos, tenemos que subir al Purgatorio. —A Brisa le tiembla la voz. Nos oculta algo. No tiene por qué hacerlo. Ya somos amigos.
—No tenemos forma de subir, nuestras alas no tienen la potencia suficiente como para cruzar el velo —comento con seriedad. Esto parece un entierro, y me jode un montón no saber quién es el muerto.
—En eso puedo ayudaros… —Ese es Nimbusito, con voz de abuelo ofreciendo caramelos en la puerta de un colegio.
Nos lo comemos. El polvo de nube, digo. Los dos tosemos como si la tuberculosis hubiera infestado nuestro cuerpo.
La última tos con esta intensidad fue la última vez que me calcinaron antes de ascender.
Nos han drogado y el viaje astral no tarda en llegar.
Se la saben todas, aunque mejor esta opción.
La de dejarnos en coma con un golpetazo no es que me atrajera demasiado.
Esto es lo que siente un transeúnte, es desagradable.
Pondré una estrella a la experiencia en Google.
Tardo un poco en enfocar la vista. Mi organismo lleva demasiado tiempo sin sustancias ilegales. Con las celestiales es mi primera vez. Gladis está sentada en su trono. A su lado, un ángel de alas enormes, al que ahora mismo veo doble, se erige solemnemente.
No. No es posible. Es…
—¡Uriel! —Me lanzo hacia él y lo abrazo con fuerza. Si es un ángel, ¿por qué tiene cuerpo? Muriel no lo tenía, algo ha cambiado, aunque no tengo claro el qué.
—¡Tete! Sabía que vendrías a saludar.
Le revuelvo el pelo con la mano y lo vuelvo a acercar hacia mí.
—Prometí no dejarte nunca. Aunque soy un poco lento, aquí estoy. —Noto la mano de Muriel empujándome hacia él. Sabe lo mucho que he esperado este momento.
Caigo de rodillas en el suelo del Purgatorio. Las almas se giran con el estruendo del golpe. Me dejo caer en el suelo y la coraza que he construido durante años se rompe. Tanto tiempo de yugo autoimpuesto, responsabilidades atragantadas y culpas no digeridas.
—Lo siento, Uriel, lo siento. Estás aquí por mi culpa. No era tu hora, no te salvé, no fui lo que necesitabas. Te abandoné sin saber que sería lo último que haría.
Mi hermano me abraza. No espera que me incorpore, simplemente se echa a mi lado. Esto es real, lo tengo a mi lado. Después de tanto sufrimiento, puedo tocarlo de nuevo.
—Tete, no es tu culpa. ¿No te das cuenta?
El destino está escrito para cada uno de nosotros.
No fue casualidad la torpeza de Muriel con el pistacho.
Ni tampoco lo fue tu encontronazo con la barra del gimnasio.
Todos tenemos nuestro momento y el mío era ese.
¿No has visto hasta dónde he llegado? Dios tenía planes para mí mucho más grandes, la Tierra se quedaba pequeña.
Ahora, con mi nuevo puesto de trabajo, la humanidad va a ser mucho más feliz.
Y eso, de forma indirecta, también es gracias a ti.
—Pero tenía que haber hecho más. Tendría que haber sido capaz de cuidarte, tal y como mamá y papá lo hicieron con nosotros. —Me incorporo y me lanzo a sus brazos. Lo aprieto con fuerza, con miedo a perderlo de nuevo ahora que lo he encontrado.
—Hijo, siempre vamos a estar orgullosos de ti. No queríamos que fueras nosotros. Siempre vamos a querer lo mejor para ti. Cargaste con una responsabilidad muy grande para la corta edad que tenías.
—¿Mamá? ¿Papá?
A ellos no los veo, son ángeles al uso. En cambio, los siento y los escucho.
Me acerco a ellos y me dejo envolver por sus alas, nada que ver con las de Muriel, pero bastante bien pobladas.
No murieron muy mayores, todo cuadra. De golpe me viene el olor a hogar, a casa.
A recuerdos amargos que redescubren un regusto dulce en el paladar y en el alma.
—Toma, cariño, mamá te ha hecho esto. Cierto ángel aquí presente se llevó la original, pero creo que no te importará compartir inicial con el amor de tu vida.
Cojo la túnica blanca y observo la «M» bordada en la etiqueta. Por fin me giro hacia Muriel y me encuentro con su sonrisa.
Abrazo con fuerza a mi hermano. La culpa se ha cultivado durante años y es un lastre difícil de soltar. Sin embargo, me gustaría tener tiempo para atravesar el duelo sabiendo toda la información real, no aquello que mi mente se ha dedicado a utilizar como arma de destrucción vital.
Muriel da un paso al frente. E incluso con mis padres invisibles, con sus túnicas blancas y alas desplegadas, es una imagen que me gustaría inmortalizar. Podría llegar a usarla como postal para una felicitación de Navidad.
—Gracias, jefe, por darnos una bienvenida tan cálida.
La miro con más atención. ¡Está brillando! No entiendo nada. ¿Cómo no me he dado cuenta antes?
—Muriel, todo esto es también gracias a ti.
Si no me hubieras formado, si no me hubieras seleccionado, la humanidad ahora estaría sin mando alguno.
Gladis me ha cedido el control del Cielo, con el poder justo y necesario para que la rueda siga girando.
Sé que soy solo un niño, pero ¿quién mejor para mostrar la inocencia de una humanidad que aún tiene esperanza?
—¿Eres Dios? Joder, y yo contento por ascender a demonio mayor. ¡Hermanito, te has pasado el juego! —Me apetece darle un codazo, pero recuerdo su posición celestial actual y me contengo. Le va bien, incluso sin mí, y eso es lo único importante.
—Bueno, basta de chácharas. Estáis aquí porque lo bueno se ha acabado. —Gladis es la encargada de volcar sobre nuestras cabezas la jarra de agua fría.
—No necesito indicaciones, sé llegar al Infierno. —No me giro hacia Muriel. No voy a poder soportar el dolor de sus ojos ante la inminente despedida. Tendré toda la eternidad para arrepentirme de todo lo que debí hacer y, aun así, no hice.
—¿Al Infierno? Por favor, que alguien le baje dos tonos de drama a este muchacho.
Te he estado observando, tenemos la televisión terrenal para algo.
Has hecho el bien en cada paso que has dado.
Desde tu caminata solitaria por esa carretera abandonada hasta cada uno de los intentos fallidos de apocalipsis.
Has dado todo por una humanidad en la que no confiabas.
Has puesto su auténtico valor por encima de tu orgullo.
¡No te has acostado con la pobre muchacha para salvar su alma!
—¡Calla, está mi hermano delante y es menor! —Gladis se echa a reír. Los demás la siguen. A mí se me va a descontrolar la combustión espontánea y la vamos a liar otra vez. Al menos ya han puesto extintores en este sitio. Algo han aprendido.
—Tete, si yo te contara todo lo que sale en la tele… —Habla mucho, demasiado. Es información confidencial no solicitada.
—Muriel, tú has cumplido con creces la misión encomendada.
Has mantenido a salvo a la humanidad y por el camino has librado a un demonio de su condena y has descubierto que el equilibrio entre el bien y el mal no entra en conflicto con la fluidez de tu esencia.
Me temo que debo llevarme vuestros poderes.
A cambio, voy a concederos esa segunda oportunidad con la vida.
Ya sabéis lo que os espera en el Cielo y en el Infierno, solo puedo recomendaros una cosa: aprovechad al máximo la vida, sabes cuándo empieza, pero nunca cuándo termina.
—¿Nos está dando la bendición con el martillo? Correcto.
—Gracias por tanto, Gladis. El Más Allá ha ganado la gran batalla. La humanidad merece conocer tus hazañas. —Muriel ha dejado de brillar. Posiblemente por alejarse de mi hermano, su nuevo jefe.
—En cambio, necesito ayuda para llevar todo esto. Uriel ha tomado el mando del Cielo, pero el Infierno también ha cambiado de trono. Brisa será la encargada de llevar el inframundo. Ibais a ser vosotros, pero su labia terrenal me ha convencido.
—¡No! —Muriel se agarra a Brisa.
Noto una lágrima rodar, silenciosa, por mi mejilla. Sabía que alguien moría. No me esperaba que fuera la única realmente viva.
—Tranquila, pequeña, ¿tú sabes lo que voy a disfrutar con mi nueva mascota? Mucho mejor que esos therian . —A su lado vemos a Lucifer con un collar de pinchos y atado.
Estoy pensando mal, no me escondo. Aunque lo que se me ocurre no son torturas precisamente. La mirada lasciva del ex jefe del Infierno puede tener algo que ver con mis pensamientos impuros. Algo me dice que la lucha de poder va a ser un buen giro inesperado de la trama.
—¿Y Nimbusito? —Muriel sigue sin soltar a la médium, pero le pide a la nube que se acerque.
—Como entenderéis, es un ser demasiado mágico como para perdurar en la tierra. Así que su lugar es aquí, aunque aún no tengo claro cuál va a ser su función. Sé que ahora mismo solo podéis ver la pérdida, pero es la única forma posible de poder ganaros vosotros.
No hay más drama. Brisa nos tira por el tobogán. Todo un detalle no dejarnos en el hospital. Aterrizamos directamente en casa de Brisa, antaño la de Muriel. Ahora, la nuestra, aunque suena fuerte. Un momento. Falta un enorme agujero en el techo. ¿Qué ha pasado?
Salimos. Una marabunta de vecinos equipados como albañiles profesionales nos reciben con vítores y aplausos. Uno de los pequeños se lanza a la pierna de Muriel y grita con tono jovial:
—¡Hemos arreglado la casa entre todos! No todos los días podemos encontrarnos en el barrio a dos ángeles como vosotros.
Después de todo, la humanidad no se ha perdido, solo se ha encontrado.