CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 31
93%

Capítulo 31

Muriel

M e he tenido que quedar dormida sobre el culo de una pila, no existe otra explicación para semejante carga negativa.

Podría considerar la situación bajo control si tuviera la menor idea de la enfermedad demoníaca presente en el cuerpo de Maalik.

Pero no lo entiendo, todo está bien, ¿verdad?

Por fin me he decidido. Voy a seguir mis corazonadas, aunque me dé de bruces contra este amor prohibido.

Me incorporo en el sofá. Maalik se estira del pelo.

Si ahora abro un diccionario de los de mi época, encontraría su cara al lado de la definición de «nerviosismo».

Pero estoy recién levantada, no voy a ponerme a buscar ni a sujetar semejante ladrillo de la sabiduría.

Además, no me apetece en exceso comprobar cómo la charlatanería popular ha convertido la lengua en la Real Academia de la Estupidez Humana.

El declive empezó cuando se le quitó la tilde a «solo», después fue un cúmulo de catástrofes lingüísticas hasta el clímax hostil generado tras leer «almóndiga» por primera vez.

En fin, me voy del tema. Ya tenemos bastante con el demonio filosófico depresivo como para añadir a la ecuación al ángel filólogo.

—Maalik, entiendo tu preocupación. Has sufrido mucho para llegar hasta aquí.

Pero tienes la oportunidad de empezar de nuevo, en la tierra, a mi lado.

¿No te gustaría apurar el tiempo? Agotarlo y exprimirlo sabiendo que el mundo se va a acabar.

—Atrapo su cara entre mis manos. Termina llevando su mirada negra como la roca del Infierno y brillante como las llamas del inframundo hacia la mía.

—No estamos vivos. Somos un préstamo del Cielo a este planeta.

Nos han usado. Estoy cansado de ser una marioneta en manos de otro.

Por mucho que me gustaría quedarme a vivir en esta burbuja idílica, donde todo es bonito y la vida me regala de golpe todo lo perdido antaño, no es real.

Tú, Muriel, no eres real. Eres esa luz etérea, la cual volverá a su Cielo —este todavía no se ha enterado de cuál es mi verdadero cielo— dejándome a mí en las fauces crueles del Infierno.

—No pienso dejarte. Estás hablando con la misma persona que no ha dudado en meterse en una aspiradora celestial, sin antihistamínico en el bolsillo, para traerte de vuelta.

Podemos ser otra obra manipulada por los gobernantes del Más Allá, pero el resultado es real.

Ojalá pudiera destrozar el vínculo existente para mostrarte la verdad: incluso sin la fusión de este hilo invisible te iría a buscar.

—Una romántica aderezada con purpurina divina.

Me siento sobre su regazo a horcajadas. Guío mis labios hacia los suyos.

Se rozan. Las manos del demonio se adhieren a mis caderas.

Quiero más. Los besos están bien, pero no suman nada a mi anterior experiencia terrenal.

Necesito conocer otra forma de disfrutar junto a él.

Más íntima, más carnal. La línea de su mandíbula se marca un poco más.

No está cómodo. No peso tanto como para suponerle un esfuerzo sobrehumano.

También te digo, es un demonio. Si no puede con un ángel desentrenado, tiene un problema serio.

Afloja las manos y aparta su mirada de la mía.

Huele a rechazo y no va a haber ducha capaz de quitar ese olor de mi piel, ni estropajo capaz de arrancarlo de mi mente.

—Demonio, no puedes sacar el rabo a pasear para luego, a la hora de la verdad, salir corriendo con él entre las piernas. —Traga saliva. El humor, característica inherente a los de mi especie, está en reserva. No sé dónde repostar.

—No podemos acostarnos, ángel. Somos especies separadas por el pecado.

Unirme a ti sería condenarte al castigo eterno.

Tu plaza en el Cielo requiere pureza terrenal y no pienso cargar con la culpa de arrastrarte a un abismo sin final.

Ya lo hice mal con Uriel, esta es mi última oportunidad de redención.

—Ay, está llorando. A mí también se me ha metido algo en el ojo, pero creo que es aún escayola en suspensión.

—Tú no sabes cómo funciona el Cielo, Maalik.

¿Crees de verdad que todos los allí presentes son puros?

Venga ya. Es tan poco certera esa apreciación como mi capacidad para levantar la moral a demonios cabezotas.

Nula, por si no te has dado cuenta aún. El jefe nos ha hecho libres, así que agradecería mucho si pudieras respetar esa libertad.

No necesito que me salves, no soy una responsabilidad más sobre tus hombros.

Solo quiero disfrutar de ti hoy, porque con tanto apocalipsis no sé si habrá un mañana.

Si mi castigo por vivir es el Infierno, al menos tendré la certeza de que estaremos juntos en esta vida y también en esa.

—Me abraza con fuerza mientras solloza sobre mi hombro.

Bueno, al menos no me ha apartado de nuevo.

Progresamos adecuadamente hacia la no castidad.

Noto de nuevo el calor en el colgante. Una vibración emerge desde las profundidades. Oh, oh. Esto no me gusta demasiado. A Maalik tampoco, porque me mira con cara de haber chupado un sapo venenoso.

—Para, Muriel, deja de provocarme. No sé cuánto tiempo voy a poder aguantar al animal si no dejas de frotarte. —¿Era tan fácil como eso? Soy extremadamente tonta.

La vibración pasa a temblor y me levanto de su regazo. Otro terremoto, otra batalla campal en el Purgatorio. De nuevo, la humanidad en riesgo. Es curioso. El mismo que asegura atesorar su creación, va a ser el origen de la propia extinción.

Fuera, en la calle, se oyen gritos. La mayoría, madres invitando (exigiendo) a sus hijos a salir de casa. Van lentos, primero se aseguran de haber guardado bien la partida. O eso extraigo de una de las conversaciones vecinas, esas recibidas sin permiso y que aun así analizas.

—Vamos, tenemos que hacer algo con toda esta gente. La destrucción no puede ser la última vivencia de sus vidas. —Cojo la mano de Maalik. A priori , se le nota más recompuesto.

Salimos de casa de Brisa, o de los restos de la mía si tenemos en cuenta el agujero pro ocupas.

Sin soltarnos, corremos reviviendo escenas propias de un videojuego.

Ahora mismo nos sale un champiñón y saltamos sobre él para seguir con la carrera.

Daría mis poderes con tal de tener una tubería de esas, capaz de teletransportarme.

¿A dónde vamos? Al único sitio donde van a hacernos caso: a la montaña de residuos electrónicos.

Al menos, si te ven en alto, puedes ver si levantan el cuello.

Llegamos. Cómo lo hacemos mejor te lo ahorro.

Espero no salir en el periódico, los titulares serían menos misericordiosos que el mismísimo jefe.

Maalik es el primero en trepar. Uy, se le ha salido un ala.

Mis piernas se quejan, y con razón. ¿Adivinas quién ha olvidado su recién descubierta habilidad de volar?

Correcto, yo. Ahora mismo mis pulmones piden bombona de oxigeno y mis piernas, mínimo, pena capital.

Cuando estoy llegando a la cima, una memoria externa me pone la zancadilla. Yo tampoco olvido, máquina de pacotilla.

—¡Humanos! —El reclamo funciona, demasiado, hubiera preferido otro inicio para el discurso.

—Maalik, por el jefe, no des a entender que somos extraterrestres.

Estamos a una chispa de arder como las brujas de la Edad Media.

Transmite calma, no miedo. —Asiente con la cabeza y carraspea.

Y mira que no se ha comido una almendra, tal y como hizo ese político durante la pandemia apocalíptica de mi juventud.

—Sé lo que es tener miedo, vecinos. He notado los cimientos de mi casa amenazando con derrumbarse. —Con eso ya se los ha ganado. Menos a los niños, que solo refunfuñan por no poder pegarse a la pantalla.

«Es difícil atender a razones cuando nos puede la incertidumbre, como en este preciso momento en el que nuestros pies bailan una danza orquestada por un seísmo completo, cargado de emociones.

En momentos así, es importante valorar también lo bueno.

Esto se nos ha ido de las manos. Hemos visto cómo la Tierra, poco a poco, se ha ido apagando.

Ese brillo natural que desprende en el universo ha ido mermando.

Pero ¿y nosotros…? ¿Qué hemos hecho para compensarlo?

Aquí tenemos a estos pequeñajos, prueba irrefutable de la continuidad de la esperanza.

Creemos y confiamos. Estamos en camino de lograr un lugar mejor, no solo para nosotros, sino para los nuestros.

Hemos encontrado la manera de perpetuar la especie, con el amor como bandera.

Este temblor es la muestra del sufrimiento, de la impotencia.

Del querer saber, pese a no estar preparados para entender.

Por otro lado, mirad estos árboles. Frondosos, llenos de vida, reales. Son semillas, muestras del esfuerzo de una humanidad que no se resigna. Capaces de cultivar la paciencia y utilizarla para cosechar lo bueno. Con vuestro trabajo permitís al planeta respirar sin tanto peso…»

El discurso sigue. La gente lo mira con admiración, yo también. El demonio detractor de la humanidad defendiendo la otra cara de la vida. Merece la pena vivir, es necesario seguir.

A lo lejos veo a Brisa y a Nimbusito. Levanto el pulgar. Nosotros contenemos a las masas, ellos se van al Purgatorio. Espero que la mediación sea fructífera, no me gustaría morir con esta imagen de Maalik de político vendehúmos. Esto acaba, aún no sabemos si con nosotros.