Capítulo 28
Muriel
¡N o! —sostengo la «o» de mi negativa tanto como me lo permite el aire de mis pulmones—. ¡¿Queréis hacer algo para ayudarme?! Mueve el relleno, nube de las narices.
—Es tarde, la aspiradora ha evacuado. Mira. —Brisa señala el depósito de la máquina infernal vacío.
—No sé cómo podéis estar tan tranquilos. ¡Somos un maldito equipo en esto! Acabamos de perder a uno de los nuestros. —Lloro.
Vamos, que si me suben en una grúa, le quito el puesto a Nimbusito como generador oficial de lluvia.
—Es un demonio. Ha ocurrido lo que tenía que pasar.
Su hogar lo ha reclamado. Además, ¿dónde ha quedado tu plan de devolver al Infierno al demonio fugado?
Nosotros seguimos pensando lo mismo. Todos somos un medio para un fin.
En resumen, somos meras marionetas en manos del jefe danzando por su creación.
¿Lo peor de todo esto? Que no puedo negarlo.
Es verdad. El demonio siempre ha sido un estorbo para mi tranquilidad.
El motivo por el que me vi obligada a salir de mi zona de confort, aunque no pudiera considerarse cómoda.
Luego descubrimos el vínculo que nos impedía alejarnos sin que nos diese una resaca mortal.
Después, nuestro roce dejó de ser dañino porque la paloma y su brazalete consiguieron igualar nuestras energías altamente prohibidas.
Sigo avanzando en mi memoria y yo solo veo, en forma de película, cada escena que hemos vivido.
No, esto no se puede terminar aquí. Y mucho menos así, dejándome con la sensación de que no solo hemos perdido, sino que no hemos sido capaces de encontrarnos como es debido.
A tomar viento, si no es ahora ya no podrá ser nunca.
Brisa y Nimbusito están hablando de sus cosas.
La verdad es que me importa poco cómo hablan del Más Allá como una experiencia extrasensorial.
No hago ruido, o eso creo. Porque parece ser que para estos dos doctores acabo de tirar en los bolos un pleno.
Brisa es la primera que me mira y pone las manos en alto.
A ver, también se puede considerar disparo, pero yo no los he amenazado. Aún.
—Muriel, deja eso donde yo pueda verlo. —Brisa, la más fan de las americanadas policiacas.
—De eso nada. ¿Vosotros queréis practicar el «resbalismo»? Perfecto. Ya me encargo yo de rescatar al pobre demonio absorbido.
Su ausencia me pesa en el pecho, tanto que me asfixia a la vez que me angustia pensar en ello.
Enciendo la aspiradora y antes de que la médium pueda soltar el cable de la corriente, la succión me lleva a otro mundo.
¿Qué contra voy a hacer yo en el Infierno?
Dame un segundo, que ya llego. Ups, la caída no ha sido perfecta.
He salpicado con la arena y el culo me ha protegido lo justo y necesario.
Miro a mi alrededor mientras sigo sentada en el sitio. Me agarro las rodillas y apoyo la barbilla sobre ellas. A ver, sé que es una posición cero elegante, pero es la que hacía cuando veía la película de miedo de turno, pese a que mis padres no querían.
Ha llegado el momento de pensar qué hago con mi vida.
Cosas que hacer en el Infierno
Disfrutar del clima infernal en alguna tumbona para poder razonar (de hecho, en ello estoy).
Ver si el collar que contiene el equilibrio entre el bien y el mal hace algo en estos lares.
Ver si Raúl, el niño que me acosaba en el colegio, está recibiendo su merecido y pedir palomitas para verlo un rato. Pedir posible colaboración en ella como experiencia 360º.
Evitar, por todos los medios, encontrarme con Lucifer. El jefe me recalcó en varias ocasiones que nuestro encuentro no era favorable. Motivo desconocido, de momento.
Encontrar al demonio y fugarnos juntos. Sí, lo cierto es que suena fatal. Pero, aunque salga el último, confieso que es la causa principal.
Bueno. De momento solo puedo saber con certeza que el demonio no se ha muerto.
Primero, porque yo he atravesado la aspiradora cual Alicia en el país de las maravillas atravesando la madriguera y sigo viva.
En segundo lugar, aquí vuelve a ser eterno y a estar muerto, ¿no?
Ah, no. Esto no está asegurado porque yo sí que tengo latido.
Recuerdo entonces las torturas, que desde que lo conozco han sobrevolado ligeramente nuestras mentes por los datos que el demonio soltaba a destiempo.
Como lo maten de nuevo van a descubrir a un ángel inoportuno haciéndolos caer de nuevo.
Me levanto del suelo y me limpio el polvo de los vaqueros cortos.
Llego a saber que mi travesía me iba a traer aquí me pongo los largos.
Al menos para no mancharme tanto las piernas.
¿El fuego tendrá rayos ultravioletas? Espero que sí, me gustaría coger un par de tonos de moreno antes de que mi misión se acabe y vuelva a convertirme en un ente sin cuerpo.
Miro a mi alrededor y no veo nada. Me recuerda al método ese de hacer café con arena.
Todo fuego, polvo ocre y rocas puntiagudas que parecen señalar por dónde ir.
En una de las paredes de la cueva había una antorcha.
Podía haberla cogido. Pero esto es el mismísimo Infierno.
Las llamas ya salen cada poco tiempo como diciendo: «Eh, tú, que sé por dónde estás yendo».
Poca iluminación extra me hace falta. En cambio, tener la mano ocupada puede ser la diferencia entre que sea Muriel el ángel de Dios o un pavo de acción de gracias.
Camino una barbaridad y apenas veo cosas.
De vez en cuando, una sombra se rebela contra la luz que le hace de musa.
Llevo las alas cerradas, no vaya a ser que me incinere antes de horas por no contar con escuadra y cartabón que me permita optimizar el espacio.
Ay, profe de mates, allá dónde estés te digo que sí que sirven de algo las integrales.
Ruido. Vaya, aquí me ves con una pose de portada de revista siguiendo las ondas y sus decibelios. Bueno, en verdad parezco una octogenaria a punto de manipular a la que tiene delante en la fila de la caja del supermercado para que le deje pasar sus cuatro cosas primero.
Conforme me acerco, el pulso de mis latidos se acelera.
El sonido cada vez retumba más y los vítores empiezan a distinguirse entre todo el barullo de voces.
No me gusta el ambiente de este sitio. Podría ser mi lugar climatológico vacacional, pero ni me van a dar más en lo que me queda de eternidad, ni me acostumbraría a estos gritos desesperados que escucho cuando llego al ruedo.
Esto parece una plaza de toros. Aunque bueno, los únicos con cuernos son los que manejan aquí el cotarro.
Toma cuernos y sin estar como una cabra.
Pensándolo bien, sí que parecen estarlo.
Silencio. Esto debe ser el trozo de paz del Infierno.
El hombre más grande, el del trono central, se levanta y habla.
Pero que no necesita micrófono ni nada. Menuda caja de resonancia lleva incorporada.
—¡El momento del juicio ha llegado!
Mi demonio aparece andando a trompicones empujado por las sombras. Vaya, resulta que aquellas sombras que bailaban en mi camino hasta aquí eran trabajadores del Infierno. Menos mal que aún no pienso en voz alta. Tampoco Maalik me ha vuelto tan loca como para tener que hacerlo.
El pelirrojo lleva marcas pequeñas en su piel, desnuda y brillante por el sudor que perla las líneas de sus marcados músculos.
¿Le han estado torturando? No entiendo cómo funciona el asunto, pero al demonio solo lo toco yo.
Nunca he matado, pero no puedo negar que ahora mismo estoy dispuesta a todo por salvarlo.
—¡He aquí, mis demonios mayores, el rastrojo que huyó de nuestro reino y ha vuelto un ser humano con potencial demoníaco! Eso implica que no comparte la eternidad con nosotros y, en consecuencia, su alma aún no nos pertenece por lo que el consejo infernal ha consensuado para él… ¡la pena de muerte!
El público aplaude y el silencio desaparece. Maalik intenta hablar, pero uno de los que se sientan alrededor de Lucifer le lanza una estaca de marfil que le roza el pelo. Delante de mí no va a ser y hoy tampoco, que no me viene bien.
Siento el tirón en el pecho cuando lanzo el primer paso para ponerme al frente.
El colgante aumenta su temperatura. La dualidad representada no es mi equilibrio.
Ya no. Ahora mismo, ¿qué es el bien y el mal?
La teoría siempre dice lo mismo. Arriba bueno y abajo malo.
Pero ¿y Maalik? Nadie en su sano juicio puede decir que es malo.
Ha actuado mal, como todos en algún momento.
Yo estoy convencida de que no tuve tiempo suficiente de vida para exponerme a un contexto desfavorable.
Sí, ese que te empuja a hacer cosas moralmente cuestionables aun sabiendo que te alejan de esa norma estricta conocida como «lo bueno».
La vibración en mi pecho se vuelve más intensa.
¿Cómo puedo ser mala persona cuando he bajado al mismísimo Infierno para rescatar a un hombre hasta de la propia imagen de sí mismo que ha construido?
No. He llegado hasta aquí para hacer justicia.
Hoy voy a elegir mi propio camino sin ninguna guía.
Es el momento de vivir sin cumplir con las expectativas del mundo.
Mis decisiones van a ir alineadas con mi propio equilibrio y esta vez la balanza va a salir favorable, lo presiento.
No renuncio al Cielo ni al Infierno, ni al régimen instaurado en este Más Allá tan peculiar.
Solo me elijo a mí y a lo que ahora mismo quiero: usar todo lo bueno del Cielo para arrancarle al Infierno a uno de sus mejores guerreros.
Porque si el demonio pelirrojo ha conseguido pelear por la salvación de una humanidad en la que no cree para volver a su hermano…
¿Qué no va a hacer por mí si me elige cómo aliada en cualquiera de los dos bandos?