CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 27
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Capítulo 27

Maalik

R ecuperarme de esa caída emocional me ha costado un dolor de cabeza, por la resaca de azúcar que he pillado con el atracón de helado financiado por Brisa.

También me ha dejado la dignidad a la altura del mismísimo Infierno del que vengo. No esperaba que abrirme de esta forma me provocara tantísimos estragos. Tampoco que el ángel fuera a ser la columna que mantendría en pie mi estructura quebrada.

Muriel es guapa, atractiva y resolutiva, eso no pilla a nadie por sorpresa. Pero que tenga la fortaleza de enfrentarse a mis demonios cuando se han descontrolado… me tiene en jaque mate.

Las chicas han ido al baño. Hay cosas que nunca cambian, aunque pasen cien años: las chicas siguen siendo el pack de dos indivisible que antaño se veía en los bares.

Nimbusito y yo hemos salido de la heladería. No es niebla, es mi compinube relajando tensiones con la marihuana que ha cogido prestada de la maceta de una de las vecinas de Brisa.

—La verdad es que tu vida ha sido una auténtica mierda. —Me suelta la bocanada de humo directa a la cara.

Diría que me pilla descolocado, aunque entra tan bien en mis fosas nasales que es más probable que me deje colocado.

—Tu capacidad para elevar el ánimo es inversamente proporcional a la de elevarte en el aire. Tú, sin presión, colega, no eres el primero ni el último que va a intentar hundirme. —Total, por uno más que añadir a la lista de personas que no me aguantan.

—Oye, para el carro. Mi comentario solo pone en palabras lo que se ve desde fuera.

No tienes la culpa de haber vivido todo lo que nos has ido contando.

Poco, por cierto. —Si piensa que cargándose mi culpa a la espalda como si fuera una mula de carga va a conseguir arrancarme esta presión que noto en el pecho…

, es que va más puesto de droga de lo que pensaba.

—Pues para próximas ocasiones en las que te apetezca nombrar hechos de mi existencia, ya sabes el camino por el que se va a la mierda.

En ese preciso instante, las chicas salen de nuevo y yo actúo como si no acabara de tener un duelo de palabras con una nube que habla. Ya sabes, eso que se me da tan bien, fingir que no me pasa nada y que estoy acostumbrado a llevarlo todo con el mutismo típico de un budista contemplativo.

Sé que hablan de la misión, pero yo desconecto.

También sé que antes de dirigirnos a la otra punta de la ciudad para cazar a los cuatro espíritus que nos faltan hay que atraerlos.

Hay dos cosas a las que los espíritus no se pueden resistir.

Una son las rebajas de condena que sacan en el Purgatorio para que la gente piense que tiene algo que hacer y decir allá arriba.

Es una mentira del tamaño de Júpiter, pero la esperanza es lo último que se pierde o es que la gente prefiere irse al otro lado tal y como dejó este: siendo un completo gilipollas.

Y aquí estamos. Ya en casa de Brisa, utilizando un rallador manual para frotar a Nimbusito y extraer polvo de nube, la droga celestial.

Correcto, esa es la segunda forma de atraer a los espíritus.

Con polvo blanco que les dé paz falsa el tiempo suficiente como para que puedan cruzar el velo sin tocar demasiado los huevos por aquí.

Tras el encontronazo de hoy, que dirás que ha sido un malentendido elegante, estaría disfrutando de esto si fuese una forma de tortura útil para liberar mis excesos de ira que soy incapaz de gestionar de manera emocional.

Pero no. Resulta que la esponjosa nube tiembla entre mis manos y el trozo de metal.

Como te imaginas, es gusto lo que le da.

Si combinas el restriegue continuo y mis bíceps marcándose a fuego…

Pues nada, cóctel sexual adaptado para el Nimbusito del pasado.

¿Qué? Por favor, se nota a la legua que los hombres le gustan tanto como a mí un par de tetas. Las de Muriel en concreto.

El espectáculo es grotesco. Cualquiera lo diría viendo a Brisa y al ángel reír a lágrima viva, tiradas en el sofá cuya visión deja descubierta la isla de la cocina, donde me encuentro llevando a cabo mi empresa.

A lo mejor me sirve para ampliar el currículum y puedo usarlo como pase de entrada al Cielo.

Yo consigo sus polvos mágicos que cuentan como dinero y ellos me dan asilo político.

Vamos, mi vuelta al Infierno y mi reencuentro con Lucifer va a suponer un intercambio de chispas de tal calibre que es muy probable que el apocalipsis extinga lo mundano y lo divino de un plumazo.

—Muy gracioso todo, pero ya podríais colaborar en el asunto. Mi brazo va a perder toda su funcionalidad y será vuestra culpa. Vais a tener que encargaros de mis cuidados básicos. —Otro restregón. Menos mal que esto no da tiricia.

—Anda, dame, que te doy el relevo y así practico para cuando no puedas valerte por ti mismo. —Muriel me guiña un ojo.

Me quita a Nimbusito y se lleva el rallador de mis manos.

No hay roce entre nosotros, pero mi cerebro ya lo da por supuesto.

Me equivocaba. Joder. Prefiero volver a la parte en la que convierto a la nube en azúcar glas.

Sigo el hipnótico movimiento de vaivén de la mano del ángel, que acompañado por la orquesta de gemidos y suspiros de Nimbusito se convierte en una tortura digna del Infierno.

No me hagas contarte cómo han crecido ahora mis preocupaciones en los pantalones.

Ya no me voy al sofá. Me quedo tras la encimera de la isla, que tiene la altura perfecta para camuflar el despertar de mi deseo y por dentro me maldigo. Joder. Todo me rebota en la cara menos lo que quiero que me rebote.

Son diez minutos. Eternos. Horribles. No voy a decir que la peor experiencia de mi vida porque como ha dicho la nube, ha sido un cúmulo de mierda. Pero es que no puedo dejar de pensar en el movimiento de Muriel aplicado sobre mi ahora prominente relieve.

Terminamos de conseguir la droga celestial y pido tiempo muerto.

O me doy una ducha de agua fría o termino empotrando al ángel contra la primera pared que se me ponga por delante.

Diría que es atracción, pero antes era soportable.

Lo de ahora es un hambre cuyo banquete me ofrecería placer instantáneo y una compañera de por vida.

Tremenda ñoñería. Que me muera ahora mismo si estoy cuenta como estar enamorado.

Ay, no, me duele el pecho. Me voy a morir por no reconocer lo que siento.

Ah, no. Es que voy tan despistado que me ha caído el bote de gel recién comprado.

Salgo con el pelo mojado y con ropa de deporte. Los pantalones holgados, no vaya a ser que el compañero quiera exponerse de nuevo. Nos montamos en Nimbusito, que contra todo pronóstico va respetando hasta los semáforos. Lo nunca visto, el orgasmo por fricción lo ha dejado manso, como buena fiera.

Llegamos a una especie de polígono industrial raro. Todo son máquinas tipo WALL·E trabajando a destajo en modo esclavo. Solo me falta Johnny Deep y los Oompa Loompas para considerarlo sectario.

—¿Por qué hemos venido aquí? Esto está perdido de la mano del jefe —pregunto extrañado.

—Todos están perdidos de su mano. ¿No ves que solo mira su propio ombligo…? Ventajas de la barriga cervecera.

El ángel está apuntando maneras para terminar en el Infierno. Ahora mismo convivir con ella ahí abajo aumentaría la temperatura lo suficiente para que la Tierra se ría del cambio climático.

—Bueno, vamos a traerlos. Según la triangulación, todos están en el ratio para poder olerlo… Espero que entren al trapo y muerdan el polvo. —Brisa abre una de las bolsitas.

Nosotros ya nos habíamos puesto la mascarilla. Menos la nube, que quiere aprovechar el tirón diciendo que no es ilegal, cuenta como cosecha propia, y razón no le falta.

Pasamos media hora mirando al infinito. Nadie habla, ni siquiera la aspiradora que no está conectada a nada por el momento.

Aunque probablemente vuelva a ser yo el enchufe.

Los espíritus llegan con una violencia inesperada.

Surcan el aire como misiles que buscan hacer daño, sin objetivo alguno.

No tengo claro si la violencia se la da la sed de venganza o en verdad es el mono que les genera la droga celestial que surca el aire. No pienso descubrirlo.

Encuentro un enchufe real en una de las esquinas de la sala de producción donde nos hemos refugiado. Muriel vuelve a cogerla con fuerza y succiona a uno sin mediar palabra. Quedan tres.

Uno de ellos se resiste tanto que sería un diez en acrobacias aéreas si hubiera unas olimpiadas en el Cielo. Al final, cae de la forma más tonta. Atraviesa el cable de la aspiradora y se asusta el tiempo suficiente como para que Muriel lo ensarte con el tubo absorbente.

Los otros dos danzan en el aire y no me gusta un pelo.

La inercia del viento que provocan me obliga a extender las alas para no irme a tomar por culo en esta batidora improvisada.

Muriel hace lo mismo. No te imaginas el contraste que hacen sus alas blancas estando tan cerca de las mías.

Cómo me gusta verla tan abierta. De alas digo.

De la otra forma no la he visto, pero te aseguro que también quiero.

La fuerza centrífuga que generan los espíritus es una estrategia.

Nimbusito termina en el centro del huracán y se ha llevado consigo a Brisa.

Dos menos que hay que proteger. En cambio, nosotros dos estamos vendidos.

Pues nada, otro día más esclavizados para salvar a la humanidad.

¿Qué tal tu día? ¿Es tan original? Termino con esto y me cuentas.

Activo mi combustión espontánea y me meto en el remolino de aire. La velocidad de los espíritus baja. Tal vez por el calor, que los aturde o por la sorpresa, que los despista. Me vale cualquiera de las dos.

—¡Ahora, Muriel!

El ángel goza de una puntería digna de aquel que gana la lotería sin echarla nunca. Solo hay un pequeño problema. Uno de los espíritus se va por la cañería de limpieza. En cambio, el otro, se convierte en koala y me arrastra con él.

Muriel no tiene capacidad de reacción.

Lo último que escucho antes de ser absorbido es su grito desgarrador a golpe de «no».

Nos vemos en el Infierno, amigui.