CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 26
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Capítulo 26

Muriel

L levamos tres días mapa en mano triangulando la posición de los espíritus. De momento queremos buscar la eficiencia, y eso implica amortizar el viaje, que aquí, en la tierra, una se marea.

—Me parece genial vuestro intento de Embrujadas, pero… ¿Me podéis explicar cómo coño vais a enchufar la aspiradora en plena calle? —dice Maalik llamando la atención con las manos.

—Pues con los puntos de carga de los coches eléctricos que hay cada dos pasos y medio —dice Brisa sin levantar los ojos del mapa.

—Pues ya puedes encontrar un adaptador para la toma —añade Nimbusito, que se acerca ligeramente al demonio. Que no se note en qué lado está.

—Idos un rato a jugar fuera, críos. Las adultas estamos intentando encontrar el Santo Grial en su versión espiritual — sentencio. Lo que daría por tener a mano el martillo de Gladis para cerrarles el pico.

Ah, que no tienes ni idea de lo que hacemos los mayores.

Yo te lo cuento. Brisa ha descubierto que el colgante puede ser usado como péndulo.

Resulta que cuando la respuesta es sí, este se mueve haciendo círculos en el aire.

En cambio, cuando es un no, se dibuja en el aire una raya.

Así que estamos pasando el péndulo por el mapa de la ciudad, rezando al jefe para que los ocho se hayan quedado aquí y nuestra experiencia no se convierta en internacional.

¿Cómo sabemos que son ocho? Pues por el péndulo.

Hemos empezado a contar y solo hacía círculos en el ocho.

¿Será verdad? Pues lo descubriremos en el próximo capítulo.

Cuatro de ellos se encuentran en unas mismas coordenadas. ¡Eso es eficiencia y lo demás son tonterías! El resto un poco más desperdigados, pero tenemos una idea cortesía de Nimbusito. Vamos a ir primero a lo fijo, que son estos seres vengativos.

Nos subimos a la nube. Preparada para hacerme de nuevo el lifting facial por exceso de velocidad.

¿Alguien pondrá multas a las nubes? Lo dudo mucho.

El trayecto es mínimo y los cuatro llegamos a un parque repleto de cortinas de humo.

Ale, ya hemos descubierto el área proveedora de mi amigo el transeúnte.

En un banco, cuatro espíritus con bolsa de reparto de comida a domicilio en la espalda, contemplan la entrada de un edificio.

Esto me recuerda muchísimo a ese libro que me leí antes de morir.

¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Amor para llevar .

A ver si me da tiempo de releerlo antes de que el jefe me devuelva de una patada a mi puesto celestial.

Aunque, vamos, con el ritmo frenético que llevamos, capaz que en esta excursión entre mundos solo aumenta mi lista de libros pendientes en algún desliz que seguro tengo.

—Se quieren vengar de un jefe o de un cliente.

Al ser cuatro, seguro que son empleados de una misma empresa.

¿Qué les habrá hecho tan malo como para hacer que sus espíritus vaguen por la tierra?

Es muy probable que esta gente, tras su juicio, fuese al Cielo.

Ahora el Infierno será su tumba eterna porque cambiaron la dirección de sus pasos con la decisión que tomaron —dice Maalik con un halo melancólico que me derrite el corazón un poco más.

—Pues vamos a preguntárselo.

Es Brisa la que toma la iniciativa para hablar con ellos y, Nimbusito, el que esconde la aspiradora infernal sobre su lomo.

Espero que no se encienda sola y la nube termine en el lado que no le toca.

Con el calor que hace ahí termina convertido en vapor de agua y encima les regala una sauna al cabrón de Lucifer y sus esbirros.

—¡Hola, estimadas almas perdidas! He visto vuestra mirada taciturna dirigida al horizonte y me gustaría ayudaros a volver al lugar que os corresponde.

Sé que el duelo de morirse es un trago de muy mal gusto, pero resistirse al cambio puede tener consecuencias catastróficas, pudiendo anclar vuestras almas hasta al banco que ahora moldea vuestra esencia.

—Buen apunte, porque sentados como las personas de a pie de calle no están.

—Mi alma está podrida desde que vi cómo mi mujer y mi bebé murieron el día en el que supuestamente nuestra vida cambiaría para siempre. —Se me ha metido algo en el ojo. Uy, de la emoción se me ha saltado una pluma.

—La pérdida de seres queridos es un proceso vital complicado. Podemos intentar hablar con ella, si aún sigue en el Purgatorio —dice Brisa.

Joder. Lo está haciendo mal. El rencor va a hacer que, dada la alta probabilidad de que su mujer y su hijo estén en el Cielo, se vea condenado por toda la eternidad a vivir en duelo.

Aislado de su familia en los suburbios del Infierno.

¿Por qué nadie enseña a estos humanos las consecuencias de morirse?

Seguro que si lo supieran un porcentaje más alto de personas haría bien las cosas.

O no, porque somos estúpidos por naturaleza.

—Trabajé. El día que mi mujer se puso de parto me dijo que no había avisado con suficiente antelación como para pedir el permiso.

Ahora resulta que debo tener una varita mágica en la mano para controlar que mi hijo nazca fuera de mi horario de trabajo.

Fallecieron ambos, no pude siquiera despedirme de ella y conocerlo a él.

No tuve los días para llorar sus muertes, aunque ínfimos, me hubiera permitido ir, al menos, al entierro.

No sé qué querrá decirme mi mujer, pero yo no la quiero bien allí arriba, yo la quiero viva aquí abajo.

Me giro de medio lado, de cara al edificio, cuando una resbaladiza lágrima decide coger carretera y manta para emprender el descenso por la piel que cubre mi rostro.

—¿Y vosotros? ¿Qué cuenta pendiente tenéis aquí? —interroga Brisa al espíritu contiguo.

—Yo soy su amigo. —Señala con el dedo al espíritu vengativo número uno.

—Yo pedí un adelanto —vamos a por otro drama—, pagábamos la hipoteca a final de mes.

Normalmente, no pasaba nada porque era mi mujer la que cobraba religiosamente el treinta.

Pero ese mes me divorcié. Bueno, yo solo firmé lo que ella quería.

No puedo negarle nada, incluso sabiendo que su petición va a ir en mi contra.

La hipoteca llegó y la cuenta seguía en números rojos.

Las cartas de embargo llegaban cada día, se estaban gastando más en acosarme desde la administración que el importe que yo les debía.

Le pedí el adelanto. No me lo dio. Perdí la casa.

Después me despidió porque mis «pintas» no eran las adecuadas.

Cuando perdí la vida, sentí que la ganaba.

Yo he sufrido por su culpa, ahora es momento de que sienta en su propia piel el daño que puede hacer.

No nos da tiempo a comentar. El último espíritu es una chica joven, no llegará a los veinte.

Va a tener unas alas tan colosales como las mía allá arriba.

El problema es que con el trabajo de repartidora la van a tener en el Cielo como mercadillo ambulante.

Habla como si supiera que es la última oportunidad que tiene de justificarse:

—Me atropellaron cuando iba a cumplir una entrega.

Yo iba con el patinete. El golpe en la cabeza fue tan fuerte que me quedé en coma un tiempo.

No sé decir muy bien cuánto. La cosa es que yo lo escuchaba todo, aunque no pudiera hablar.

Oí a mi madre llorar al teléfono cuando mi jefe le pedía explicaciones por mi ausencia.

Escuché las batallas legales en las que se enzarzaron para demostrar que lo mío había sido un accidente laboral.

Estaban el registro de pedidos con la ruta y el número de entrega.

Hasta que, por arte de magia, dejó de estar.

Todos los datos de ese envío desaparecieron, consiguió demostrar ante el juez que yo no estaba trabajando en ese turno y eludió todo tipo de responsabilidades al respecto.

Cuando entré en el Más Allá, decidí que esto no iba a quedar así.

Esto de hoy es un mejunje raro de El diario de Patricia y El jefe infiltrado. Bueno, Brisa hace amago de abrir la boca, pero Maalik la detiene.

—Mirad, compañeros, os entiendo mejor que nadie.

La venganza es un sentimiento que se planta en lo más profundo de nuestro corazón y se siembra cuando tu contexto ahoga tanto como riega.

Yo, en vida, en la primera me refiero, tuve que ver cómo mi hermano moría por una negligencia médica.

Confié en esos profesionales de bata blanca y llegué a llamar exagerado a mi hermano de ocho años que se retorcía de dolor en su cama, empapado en sudor, orín y lágrimas.

Tras su partida, esa sed de venganza me hizo ver el mundo como un lugar cruel donde solo hay malas personas que fingen ser buenas.

¿Pero sabéis qué? No me sirvió de nada. Al contrario, vendí mi eternidad como consecuencia de joder mi existencia.

Terminé en el Infierno, sabiendo en lo más profundo de mi ser que Uriel había tenido una escalera mecánica directa al Cielo.

Me cegué. Me estanqué en la dopamina instantánea que te da la venganza y me olvidé de que, aunque duela, todo pasa.

Ya os aviso, vosotros ya estáis condenados y el Infierno ya tiene vuestras celdas preparadas.

De vosotros depende si queréis que os recuerden toda vuestra no vida lo que habéis hecho mal para perder a los que queréis.

Me abrazo a Maalik con una intensidad que no recuerdo haber sentido antes.

Saltan chispas a nuestro alrededor, pero a ninguno de los dos nos duele.

Nimbusito centrifuga alrededor de los espíritus como medida disuasoria.

Brisa coge el contenedor de la aspiradora, Maalik coge el cable entre sus manos y el cacharro antiguo arranca.

Yo, por mi parte, cojo el tubo de la aspiradora como si en esta vida yo fuera bombero y supiera manejar la manguera.

Absorbemos a todos como flanes. Ni un grito se oye.

Normal, este instrumento infernal tiene más decibelios que los ronquidos de un hipopótamo.

Brisa se lleva la aspiradora. Yo sigo enganchada al demonio.

Verlo tan vulnerable para salvar el mundo hace que me replantee todo lo que he llegado a pensar de él.

De golpe, me acuerdo. Uriel. Ese es el nombre de su hermano.

¿Casualidad que el becario sustituto coincide en nombre y edad? Lo dudo. Tengo que decírselo.

—Maalik, yo he estado con tu hermano.

Nos giramos para que el contacto de nuestros cuerpos sea frontal.

Noto sus hipidos sobre mi hombro con el intento de controlar la angustia que tiene en su pecho.

No lo consigue. Se echa a llorar en mis brazos e intento contener las sacudidas de su cuerpo.

Lo arrodillo frente a mí, a trompicones, casi cayéndonos al suelo.

Ahora lo tengo casi a la altura de mis ojos y digo lo único que se me ocurre ahora mismo para reconfortarle.

—No eres consciente del orgullo que llena la voz de Uriel cada vez que te nombra. —Envuelvo su cara entre mis manos y lo miro a los ojos, de iris negro y de fondo enrojecido.

No lo consuela. Noto la culpa trepando por cada uno de sus músculos que tiemblan ante la impotencia de no haber sabido hacerlo mejor en su día. No sé lo que necesita ahora mismo, pero podría sacrificar mi segunda oportunidad como persona con vida para hacer que vuelva a tomar aire sin problemas.

Me echo a sus brazos, me engancho a su cuello y le acaricio el pelo. Mis labios rozan discretamente su cuello.

Voy a usar el latido de mi corazón para que el suyo lata de nuevo.