Capítulo 23
Muriel
D efinitivamente, me he quedado tocada del ala.
Hablando del tema, después de toda la noche haciendo gestos faciales compatibles con un estreñimiento crónico de larga duración, he conseguido plegarlas.
Ya sabes, por eso de que los humanos no se piensen que soy una modelo de Victoria Secret, encogida tras un programa de lavado incorrecto con agua caliente.
He decidido hacer el trayecto hasta la joyería a lomos de Nimbusito.
Lo de ser invisible es un puntazo, lo de que no se calle, no tanto.
Al final, consigo detener la conversación el tiempo suficiente como para plasmar mis ideas en una lista.
Esta vez es en formato digital, pero sirve igual y, además, cuidamos el medio ambiente.
Que sí, que la batería del móvil contamina más cuando se acaba su vida útil.
Pues perfecto, ponte la medallita contra el cambio climático si con ese título te sientes mejor persona.
Problemas derivados de tener acceso a la mente del demonio
Tengo traumas para cerrar un agujero negro intergaláctico. Por si la brújula apocalíptica lo señala como posible.
Incapacidad para gestionar emocionalmente el arquetipo de su mente. No tengo experiencia más allá de la gestión de documentos celestiales.
He encontrado cosas sucias que podrían cambiar mi lugar de residencia habitual. Y mira que mi imagen en su mente se ve bien limpia.
Se me ha generado una especie de rencor hacia la humanidad. Salvarla de la extinción ha dejado de ser mi propósito divino.
Entender su cerebro puede llevarme a empatizar en exceso. Sí, más aún.
No tengo claro que él no pueda acceder a la mía. Los pensamientos intrusivos impuros han sido complicados de reformular.
Pues nada. La última palabra que escribo lapida el silencio casi celestial que había conseguido. Cuánto duran las guerras y qué poco las treguas. Nimbusito ataca de nuevo:
—Sigo pensando que deberías haber aprovechado más su cuerpo. O haberme dejado aprovecharlo como toca, por lo menos. — Y erre que erre con eso.
—Pues haberte portado bien en la tierra. Podrías haber sido el sujeto de intercambio en vez de una nube cualquiera —le digo mientras me acomodo un poco más en su mullido cuerpo.
—Oye, yo no tengo la culpa de que pasaras por la tierra igual que lo hace una hoja. —Ni yo de que Dios decidiera ceder la autoría de mi muerte a un pistacho, no te fastidia.
—Con esta conversación no vamos a llegar a ningún lado, voy a dormirme durante el trayecto a ver si cuando me despierte, estoy ha sido todo un mal sueño. —Muy mala experiencia la de la autonube intensa.
La siesta me ha servido. Al menos para mantener mis oídos libres de ruido. Un frenazo en seco se encarga de despertarme. A lo mejor el seguro celestial me cubre el accidente, aunque capaz que con lo quisquillosos que se ponen, al ser terrenal no me dan el polvo de nube derivado de la indemnización.
Llegamos a la joyería y me bajo de Nimbusito, mi intenso corcel. Uy, casi despliego las alas con la caída sobre los pies. Menos mal que con el rebote han tenido efecto resorte. El impulso que las sacaba, junto con la inercia, han hecho que vuelvan a su sitio: mi espalda.
Esto es… raro. Intuyo que es una joyería pues porque lo pone en el cartel luminiscente de arriba. Si me preguntas a mí qué es a ciegas, creo que diría Guantánamo o algo similar.
Es una estructura con barrotes metálicos. Están semicubiertos por una especie de goma negra. Yo que sé. En caso de atraco, el coche se haría menos daño teniendo en cuenta el acolchado, pero la idea no es proteger a los malos, ¿no?
—¡Oh, aleluya! Mi ángel ha regresado a por mí.
No, esto no es posible. El jefe no puede estar orquestando todo esto.
Cien por cien segura de que me ha mandado al transeúnte colocado con el que la lie.
La forma que tiene de dar lecciones es cruel, si no, que se lo pregunten a Sodoma y Gomorra, pero ya en sus respectivos reinos del Más Allá.
¿Qué? Requetemuertos están, tampoco me puedes decir que es spoiler .
—¿Quién eres tú? —Maalik se pone delante de mí, endiabladamente protector. Y me tapa entera.
—En cuanto la conocí supe que era el amor de mi vida. Contigo, ángel, que llegue el fin del mundo cuando quiera.
Intenta apresarme en un abrazo. Mi guardaespaldas personal lo intercepta.
Maldito transeúnte drogado… Las neuronas le funcionan solo para la memoria a largo plazo.
Y este es el problema de pasarse las normas del Cielo por el forro de la túnica, que luego terminas de vacaciones no solicitadas en la tierra y tienes un adepto.
Lo que no entiendo es… Si no he abierto la boca y en el Cielo yo no tenía cuerpo, ¿cómo diantre me ha reconocido?
Como no haya sido la paloma la que ha entregado el chivatazo. Qué bárbaro, menuda mafiosa está hecha.
—Vaya, me temo que se ha creado una conexión espiritual profunda entre vosotros. —Brisa se toca la barbilla, como un libre pensador con barba y piel atópica.
—Y una mierda, este es que se engancha hasta a las hojas de una maceta. —Sí, esta soy yo. O en lo que me he convertido. No voy a analizar si mejor o peor, júzgalo tú mismo. Ah, no, que solo puede juzgar Gladis en nombre del jefe.
—Muriel, ¿qué has hecho con este tío y por qué te trata como si fueras la reacción química más deseada?
No he hecho nada. Lo toqué. Ay, madre, que sí que lo toqué para lanzarlo por el tobogán de emergencia.
—Nada que pueda generar semejante dependencia emocional, eso seguro.
Puede ser que me divirtiera un poco antes de mandarlo al hospital.
Tal vez le dejé caer una bomba en forma de fin del mundo.
No me acuerdo, tengo los recuerdos borrosos.
Iba tan puesto de marihuana que seguro que por contaminación terminé yo también colocada.
—Me parece increíble que el interrogatorio vaya dirigido hacia mí, que soy la víctima de todo esto.
Solo quiero una pulsera, no un cerebro intoxicado profesando amor eterno.
—Pues vamos a tener que hacer que entre en razón. No me gustaría enseñarle en la tierra la precuela del Infierno. —Maalik lo coge del cuello de la sudadera y lo aleja un poco más de mí.
—Pues solo hay dos formas de romper el vínculo.
Una es darle billete de ida al Más Allá y que Gladis se encargue del juicio.
Otra, la más racional y la que supone que no es delito, es hacer un ritual para romper el amarre, aunque nos llevaría algo más de tiempo.
—Brisa da las dos opciones con una tranquilidad impropia de quien acaba de sugerir un asesinato.
Lo racional que es me sigue sorprendiendo.
—Nos falta tiempo así que… —Maalik alza el puño, pero mi mano lo envuelve. Bueno, lo intenta. Porque la superficie de mi piel no es suficiente papel de aluminio como para envolver la suya.
—Para. No voy a dejar que cargues con otro muerto encima. Estás tan convencido de la etiqueta de «mala persona» con la que te han identificado que al final vas a acabar siéndolo. Vamos a romper el amarre. Es la mejor forma de que mi sex-appeal celestial salga de su sangre.
Su mirada arde. Tanto que sospecho de una inminente combustión espontánea. Bueno, hay que ser resolutivos en esta segunda vida. Acaban los dos de la mano en el Infierno, parte del objetivo cumplido.
Pero no. Consigue controlar sus impulsos y no partirle los dientes al enamorado.
Vaya tela, si esto fuese un anime le saldrían corazones rosas por todos los poros.
Maalik se queda custodiando al transeúnte.
Yo entro a la joyería. Nimbusito los oculta a todos, mientras Brisa repasa el ritual que haremos en cuanto solucionemos esto.
Por dentro, la joyería no es tal y como la recordaba. Las vitrinas de cristal no están rellenas de plata y oro. Por el contrario, hay una especie de cápsulas de colores diversos. Ahora, en este mundo y en este tiempo, ya no hay piedras energéticas. Hay recuerdos encapsulados.
Con el ritmo frenético de la vida, los pequeños detalles se olvidan.
Ahora no es la cornalina la que te ofrece alegría, es recordar el nacimiento de tu primer hijo lo que te recarga.
Ya no necesitas la obsidiana para protegerte, es el recuerdo de tu momento de máxima fortaleza el que aumenta de forma exponencial tu valentía.
¿Y sabes qué? Esto sí me gusta. Hay momentos en la vida en los que pararnos a mirar atrás, nos impulsa durante el recorrido.
No presto demasiada atención a la mujer que está haciendo su ajuar de recuerdos. Me parece fascinante que ahora puedas pasar datos audiovisuales del cerebro a la máquina de encapsulado. Es rollo Avatar , pero con menos ciencia ficción y algo más de repelús.
La mirada se me escapa hacia una cápsula vacía.
Cuelga de un colgante de alas, una de ellas negra y la otra blanca.
Es perfecto. Nada mejor que llevar el equilibrio de la humanidad colgado en el pecho.
Un joyero, diferente al que atiende a la señora, sale de la trastienda.
Mira la máquina de recuerdos y niego con la cabeza.
Un pensamiento intrusivo me taladra. ¿Se podrán encapsular recuerdos malos para que pesen menos?
Seguro que el demonio me lo agradecería.
Bueno, seguramente entre en conflicto con su idea de que no merece ser salvado.
Le entrego la piedra y señalo el colgante.
El joyero lo acerca y la piedra, casi atraída por un imán, se adapta a la perfección dentro de la cápsula.
Como si realmente estuviera hecho a medida para ella.
Pago con la tarjeta de Brisa; el escaneo facial lo hizo antes de que yo entrara.
Me despido del joyero con una sonrisa y con una quemazón en el pecho, allá dónde cuelga la piedra. El pitido no se hace esperar.
Otra misión nos espera. Es un auténtico «a ver quién da más».