CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 22
68%

Capítulo 22

Maalik

R ecuperar el calor del fuego me pilla totalmente desprevenido. Resulta que el jefe ha decidido que mi argumento para justificar el insomnio era ideal y ha visto la oportunidad para devolvernos a nuestros cuerpos.

He intentado apagarla vertiéndole encima una jarra de agua.

Toma permutación que nos hemos marcado. Muriel se está tocando.

Mucho, además. La crisis de identidad que nos ha generado este maquiavélico juego celestial nos va a mandar a terapia para el resto de la eternidad.

Eran pocos traumas y parió la paloma. Lo sé, la paloma solo es la mensajera.

¿Puede dejar ya el ángel de frotarse a sí misma?

Me cuesta mucho mantener cierto aparato de mi cuerpo en su estado original.

—Que sí, que es tu cuerpo. No hace falta que dibujes un mapa cartográfico completo por si se vuelve a perder. Además, da gracias que aún sigues de una pieza. Teniendo en cuenta mi historial con las incineraciones, suerte tienes de seguir entera —digo desviando la vista.

Se ve que el intercambio le ha dado el oído selectivo como regalo.

O, a lo mejor, es más cabrona de lo que parece y ha ignorado mi última intervención donde pongo de manifiesto que el que quiere tocarla soy yo.

Vamos a contar demonios infelices a ver si se me pasa el efecto Muriel. Estoy un poco mareado.

—No es mi cuerpo, algo ha cambiado. —Pues nada. Me voy, paso de seguir el minuto a minuto de la autoexploración.

Me encamino hacia la puerta cuando mi camino se ve interceptado por un hachazo.

Bueno, alazo para ser exactos. ¿Por qué coño le han salido las alas ahora?

Dios mío. Las plumas blancas, con matices dorados que acordonan cada una de las líneas que le dan forma, se expanden de forma colosal.

Y mortal, porque del golpe me podría haber mandado de inmediato al Infierno.

No, sigo en la tierra. Aunque estoy sentado contra la pared del rincón.

Soy unas tres veces más corpulento que ella.

¿Cómo es posible que ese ser alado me haya movido como si la pluma fuese yo?

—Han vuelto. ¿Ves? Lo sabía, algo había cambiado. ¡He ganado mis alas de nuevo! Aunque en verdad no sé por qué me las habían quitado. Yo solo soy una víctima más de tu excursión escapista —dice ella.

Que se considere una víctima puedo llegar a entenderlo.

Ella no ha buscado esto. La connotación implícita que flota entre nosotros no me gusta tanto.

Se que habrá mejores cosas por hacer, pero vamos, que podría vigilar un poco su afilado pico, ahora alado.

Estar conmigo puede no ser una buena inversión, pero tampoco es una pérdida de tiempo.

O estoy intentando que no lo sea…aunque eso es lo que siempre pasa: a veces no es suficiente con el intento, simplemente no llegas a hacer nada de utilidad.

—Buenas noches, ángel. Disfruta de tus alas, con lo cambiante que está el jefe, no sabes cuánto te van a durar. —Paso las alas por debajo, como si de un limbo se tratará y me voy.

Lo de irse para conservar la poca dignidad que me queda está muy bien. Darme cuenta de que me he ido de mi propia habitación y ahora me va a tocar dormir en el sofá del salón hasta que ella entienda que sobra… ya me jode más.

Cuando llego al salón, Nimbusito está con una especie de pipa entre una de las zonas delanteras. Su esponjosa consistencia hace de labios y el humo sale hacia arriba con un tirabuzón hipnótico.

—¿Qué pasa, nube? ¿Te has evaporado y te estás rellenando con humo barato? —Me siento en la butaca individual, no vaya a ser que alguien acuda a la llamada de la pipa de la paz y se forme una rave ilegal en el salón de Brisa.

Parece que Nimbusito se ha dado cuenta de que hemos vuelto a ser nosotros mismos, y no hay sorpresa.

—Muy gracioso, demonio. Estoy intentando colocarme para olvidar que el Cielo te ha dado la segunda oportunidad a ti y no a mí. —Mierda, que el humo lo ha puesto nostálgico y ha desatado la envidia como su pecado capital por excelencia.

—A mí el Cielo no me ha regalado nada. Al menos no en esta vida. Encima el único regalo que me dio me lo arrancó de las manos antes siquiera de poder disfrutarlo. —No sé por qué he dicho eso. Una cosa es ser desgraciado y otra muy diferente es que el mundo sepa que lo eres.

—Bueno, yo entiendo que el jefe no me quiera de nuevo en la tierra.

Este planeta no está preparado para mi regreso, demasiada guapura como para no transformarme en la figura idolatrada de una nueva religión que le robe adeptos al Cielo.

—Creo que empiezo a entender por qué es una nube, lo que tiene de translúcido en muerte lo tenía de fantasma en vida.

—Claro, es que podría considerarse competencia desleal. Ahora lo entiendo todo. —No, no entiendo nada, pero qué le vamos a hacer. No me puedo quedar mirando a un punto fijo sin decir nada.

Creo que esta noche no voy a dormir ni con sobredosis de relajante muscular.

Decido que ducharme va a ser mi alternativa terapéutica.

Tampoco tengo más opción. Bueno, sí, tengo una más para descargar cientos de balas.

Con cabecitas redondas, flagelos hipermóviles y un cambio de dirección envidiable.

Pero no es lo mejor, ¿verdad? Claro que no, desequilibraría la piedra de nuevo y perderíamos otra vez el norte de la brújula apocalíptica.

Pero ¿qué cojones hago yo pensando en eso?

Que se pudra la humanidad que ha convertido la tierra en estercolero.

Además, estos días que he estado perdido es cuando más «yo» me he sentido.

Venga, que hoy agito la botella y esparzo el contenido al completo.

Brisa se ha levantado hoy como si fuera el militar que dirige a un regimiento entero. No me gusta. En parte porque me han faltado horas de sueño y otra porque me he visto oníricamente desplazado de los derroteros que anoche mi mente visitaba.

—Necesitamos un retenedor para la pulsera. Llevar una piedra con un acúmulo de tanto poder nos puede explotar en la cara. Y no me apetece especialmente, la verdad. —La médium no ha esperado ni a que dé el primer sorbo al café.

—Bueno, también te digo que podían habernos echado una manita con todo esto.

Si tanta prisa tenían por evitar la extinción, que hubiesen mandado a alguien más a lo de reequilibrar el bien y el mal.

Me refiero: ¿quién, en su sano juicio, se va a fiar de un ángel desterrado y un demonio a la fuga para llevar a cabo semejante enmienda?

—Muriel no parece ella. A lo mejor a su cuerpo no le pasó nada, pero es posible que el humo, de todos sus episodios de fuego, le haya hecho algo más que cosquillas en el cerebro.

—Ángel, no hagas enfadar al jefe ahora que hemos conseguido recuperar nuestros cuerpos. —Nunca me visualicé agradeciendo algo al jefe y aquí estoy, qué vueltas da la vida.

—Decid lo que queráis, pero hoy mismo tiene que salir una nueva dirección si no queremos que sea demasiado tarde. —A Brisa también le ha picado algo. Sea lo que sea, le ha transmitido algo de mosca cojonera.

—Aquí hay gato encerrado… —dice Muriel con una cara graciosísima—.

¿Por qué tenemos tanta prisa ahora? Tú sabes algo que a nosotros se nos escapa, así que si quieres mi participación colaborativa y no vértela con mis alas empieza a ahuecar el buche y deja sitio para las palabras.

—¿Esto se puede considerar una amenaza celestial? Yo creo que sí, pero secundo la moción.

Brisa no comienza a hablar directamente.

Muriel le da tantas vueltas a la cabeza antes de abrir la boca de nuevo que casi puedo escuchar su voz dando salida a sus pensamientos sin permiso alguno.

Qué capacidad de rumiación, en otra vida, si el jefe admite la sugerencia, que sea una llama.

En esta ha aprendido a gestionar el fuego, en la siguiente que aprenda con el agua, aunque sea realmente saliva.

—Si somos un equipo, todo tiene que estar sobre la mesa. Si no lo somos, tal vez es que nuestra odisea colaborativa debe terminar aquí.

Un momento… ¿Está rompiendo conmigo? Con los demás también, pero ellos me la sudan. Mi salud mental no aguanta el peso de añadir otro trauma de abandono a mi mochila de asas invisibles.

—¿Insinúas que me vas a mandar a la mierda a la primera de cambio, después de todo lo que hemos vivido?

—Me llevo la mano al pecho izquierdo, como si su dardo envenenado me hubiese rozado de más el corazón.

Así es, pero desde fuera se ve como puro teatro.

Si no, pregúntale a Nimbusito, que se está descojonando.

—Para insinuarlo tendría que haberlo dicho más sutil, si de forma directa no lo has pillado, es que la otitis testicular se ha desbordado en tu cuerpo.

—Algo le ha pasado al ángel. Y no me gusta.

Su carácter borde habitual me parecía hasta atractivo, pero ahora está siendo hiriente. O a mí me lo parece.

—Bueno, las cosas están así. El mundo está recibiendo cada vez más señales de que se han desviado del camino correcto; en cambio, entre tanto ruido, solo se escuchan a sí mismos.

La prisa no la meten desde arriba, os la meto yo.

Porque, por suerte o por desgracia, soy yo la que tengo esta tierra como casa.

Y, sorpresa, me he cansado de que estas personas consideradas humanas vayan con el disfraz de payaso, al alza.

—No he pensado en lo que le podía afectar a Brisa todo esto.

Aunque claro, por norma general, pienso tirando a poco.

—Pues nada, vamos a reparar la pulsera. A ver, esta vez, hasta dónde nos lleva. —Arrastro a Muriel fuera de la cocina, donde estábamos desayunando. Le pasa algo y pienso descubrir el qué.

—¿Qué te pasa? —Sus ojos azules, esos que solo veía hasta hace nada en el espejo, me atraviesan.

—No soy capaz de gestionar todo lo que tu mente carga. —Una lágrima cae por su mejilla y, más por inercia que por ganas, la limpio con mi pulgar derecho.

—No sé de qué hablas, ángel, vas a tener que ser más precisa si quieres que te ayude en algo. —Si el intercambio de cuerpo ha terminado… ¿Qué dice ahora esta muchacha de mi mente?

—¿Tú no sientes nada? Será, entonces, que mi sensibilidad me ha jugado una mala pasada.

No me puedo creer que Dios se llevara a tu hermano.

No veo crueldad más dura que ver cómo un niño es llamado antes de hora.

—No le he contado lo de mi hermano. Y esto es un marrón, porque ahora con el intercambio, nuestro vínculo ha mutado.

Su nueva combinación genética hace que me sienta tremendamente expuesto.

Ahora, a ver cómo afronto yo esto. A lo mejor es el momento de empezar a sanar heridas.

Aunque yo no lo haya hecho por mí, ahora tengo la excusa para hacerlo por ella.