CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 21
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Capítulo 21

Muriel

E stoy orgullosa de mí misma, pude ducharme sola después de salvar al perro y al gato.

Maalik no. Resulta que el señor es aprehensivo con el tema de la sangre y casi se desmaya cuando se metió en la ducha.

Me tocó cogerlo en brazos y sostenerlo. Qué raro se me hace aún lo de tratar mi cuerpo como ajeno.

La verdad es que me dio pena. Lloraba como una magdalena mientras se limpiaba como si intentara borrarse con una lija las huellas dactilares.

Menos mal que las menarquias la gestionan mujeres, porque si no, el hombre disminuiría drásticamente su esperanza de vida.

La menstruación como principal causa de muerte en hombres. Titular sensacionalista, no cabe duda.

Ahora estamos los tres tomando un vaso de leche antes de irnos a dormir. Nimbusito ha salido, dice que ha visto que otra nube le hacía ojitos. Yo creo que ha visto el humo que ascendía desde el jardín de los vecinos y ha querido darse una alegría, aunque sea por vía olfativa.

—La piedra ya está casi nivelada, mañana podríamos buscar alguna pulsera donde insertarla —propone Brisa. No sé cómo no se ha quemado el esófago, ¿quién toma la leche caliente casi en verano?

—Podemos ponerlo en algún colgante. Así, al menos, si se cae, estará más protegido. —Se me viene a la cabeza el que llevaba mi madre con mi foto dentro. Qué duro fue ver cómo aprendían a vivir sin mí, sin llegar a conseguirlo.

—Claro, también podemos envolverlo en papel de burbujas. Pero claro, seríamos carne de cañón para todo el barrio. Es un vicio inconfesado lo de explotarlas —añade Maalik, comentario que va a ser ignorado con éxito.

—Bueno, creo que es la hora de irnos a dormir. Mañana será otro día, una nueva oportunidad para salvar el mundo —digo mientras friego el vaso que acabo de utilizar.

No, no me fío de los lavavajillas de la época. Que me recuerde más a una trituradora de basura tampoco ayuda.

—También te digo que va a ser imposible salvar a la humanidad de ellos mismos. —Qué profundidad de golpe… Me gusta este Maalik. Esta versión, no él.

Subimos al piso de arriba. Voy a encaminarme a mi habitación cuando la mini mano de Maalik me retiene.

—¿Qué hacías cuando te bajaba la regla? No quiero que mi mañana se resuma en restregar sábanas con lejía. —Joder, qué pena. Yo tuve a mi madre para afrontarlo, él no tiene a nadie.

Lo cojo de la mano y, ahora sí, me dirijo a la que era mi habitación, espero que quede algo.

Me consta que Brisa no ha tocado nada, me ha estado esperando.

Levanto el canapé y rebusco entre todos los bártulos.

Encuentro los empapadores. En una de las cajas de plástico homologada, sí, esa que tiene el cuerpo transparente, la tapa azul y los cierres rojos, encuentro las bragas menstruales.

El paquete de compresas abierto está desintegrado.

Espero que ahora las hagan biodegradables.

Otro de los paquetes está cerrado, así que cojo una compresa y le paso todo.

Es gracioso, le voy a poner alas, aunque no sean las suyas.

Lo empujo camino a la que es su habitación en casa de Brisa, alias mi casa antigua.

Creo que será mucho más agradable saber que si mancha las sábanas es algo que solo le va a afectar a él.

También te digo, es sangre, no lava. Pero bueno, entiendo el shock inicial del asunto.

Enterarte de que ya puedes colaborar en la proliferación de humanos es un acontecimiento difícil de digerir.

Consigo que se coloque las alas donde tocan, no vaya a ser que la compresa se le mueva y tenga una cantidad ingente de papeletas, para hacerse roce en las ingles y en las piernas. Sigue en ropa interior y, cuando no habla, te prometo que pienso que soy yo.

Un momento. Nosotros teníamos una cuenta atrás que cumplir y el fin del mundo no ha llegado. O esa pulsera es tan poco fiable como los Mayas o es que hemos conseguido el objetivo y no nos hemos enterado.

—¿En qué piensas? —La voz de Maalik me despierta del empanamiento que llevo.

—Pues le daba vueltas al asunto de que el intercambio de cuerpos debe habernos hecho cumplir la misión apocalíptica con cuenta atrás. —Seguro que él ya lo ha pensado, pero verbalizarlo me ayuda a darle otra perspectiva, generalmente mucho más positiva.

—Tengo la sensación de que nos queda poco tiempo con esto de los cuerpos invertidos. —Se palpa con la mano la cabeza. Ay, se me ha olvidado el ibuprofeno.

—¿Y por qué piensas eso? ¿Te ha visitado otra paloma celestial y no me has avisado? —Yo qué sé, yo estaba demasiado ocupada fingiendo ser una heroína, como para estar pendiente de los mensajes subliminales entre las estrellas.

—Intuición o algo parecido. Es una virtud nueva, así que me cuesta ponerle cara. —Me estaba acostumbrando a esto de los poderes.

—¿Hay algo que te gustaría hacer antes de que recuperáramos nuestros respectivos cuerpos? —Me ha salido sola la pregunta, la verdad.

—Ay, ángel. No me hagas esa pregunta. Si queremos equilibrar el bien, tengo que ser sincero. Y no estás preparada para lo que quiero hacer, créeme.

Espero a que se ponga el pijama camisero, corto y moderno. Mira la cama, pero no se aventura a tumbarse en ella.

—Demonio, llevas alrededor de cien años siendo torturado en el Infierno. Dudo mucho que no puedas soportar una noche con la regla. —De verdad que estoy intentando controlarme, pero es que me quiero ir a dormir y sus hormonas me están calentando en exceso.

—Ángel, mi verdadero insomnio lo provocan las ganas que tengo de follarte.

Tardo un par de minutos en recibir un jarro de agua fría por encima, sí, de la que fluye por el grifo. ¿Ves cómo me estaba calentando en exceso? Toma combustión espontánea.

Pues se ha quedado buena noche.