Capítulo 20 #2
—Tenemos que hacer algo. Los bomberos aún no han llegado y es posible que la gente que hay dentro ya se haya desmayado.
La muerte deja de ser dulce cuando apareces en el Purgatorio, con sobredosis inhalada de monóxido de carbono y pensando si es que te has pasado con la mezcla de productos de limpieza en el inodoro.
—Se nota que es Muriel la que más se ha cruzado con almas recién ascendidas.
Yo soy aún novato, no me dio tiempo a coger experiencia.
—Muriel, la única que puede entrar ahí para sacar a quien sea que quede dentro del edificio eres tú.
Tienes las alas y el control sobre el fuego.
Quemarte, no te vas a quemar si ya estás en llamas.
E intoxicarte tampoco, ventajas de que mi cuerpo se haya curtido en el Infierno.
—No entiendo por qué me mira como si estuviese esperando a que alguien me echara una camisa de fuerza por encima.
—Pero ¿qué te crees tú? ¿Que el intercambio de cuerpos convalida las habilidades que no he usado en mi vida? —Ese dedo acusador en mi pecho, o bueno, en el suyo para ser exactos, me empieza a generar desconcierto.
—Mira, puedes perder el tiempo discutiendo sobre por qué llevo razón y tú no o arriesgarte sabiendo que, por muy mal que lo hagas, estarás un poco más cerca de salvarlos que si no haces nada.
—Me cruzo de brazos y doy golpes con la punta del pie.
¡Por el jefe! Ya me muevo como Muriel. Su cuerpo me ha poseído casi por completo.
No se lo piensa mucho. Suelta un bufido que amenaza con estampida en casa, pero se encamina con firme determinación hacia la estructura en llamas.
Las alas salen de su espalda, aunque se quedan a media asta.
¿Esto es un demonio cuenta como gatillazo?
No lo descarto. Su actual piel arde y se convierte en una antorcha humana.
Ahora entiendo cómo me miraban las almas cuando entraba en combustión espontánea.
Es un espectáculo de luz, calor y sombras que acompañan a mi voluptuoso cuerpo.
De golpe, siento un tirón en la zona baja del abdomen que me hace doblarme. Por favor, Eustaquia, si eres tú, yo no he sido. Por si acaso. Hay que tener contentos a los del Más Allá, no vaya a ser que me toquen los huevos cuando vuelva al otro mundo.
—Oh, oh. Creo que vamos a tener que ir al hospital. Si Eustaquia no ha decidido darme una patada, no entiendo el pinchazo que me acaba de atravesar de lado a lado. —Muriel aún no ha salido. Menos mal, porque verme así de encogido supondría bromas que no quiero soportar.
—Por favor, demonio. No dramatices. Te habrá sentado mal la comida o a lo mejor es que te has comido a quien no debías. —Nimbusito tiene una capacidad innata para encontrar los dobles sentidos. Te la mete doblada. Vaya, a lo mejor eso es lo que me ha pasado.
—No estoy de broma. El último dolor de abdomen con el que lidié terminó con la muerte de mi hermano, así que déjate las bromitas si no quieres terminar vendido a un niño como algodón de azúcar. —Otro trallazo. ¿Tengo un gremlin dentro?
—Haya paz, señores. Maalik, gírate un momento —obedezco—, por favor.
No hace falta ir al hospital, has manchado los vaqueros.
Se llama menstruación y acabas de vivir en tus carnes el regalo de ser mujer, ahora puedes dar vida.
Usa protección, no vayáis a generar al anticristo. —Brisa se interpone entre nosotros.
—No, a ver. Espera. Esto no es posible, me refiero… ¡Muriel es un ángel! Se supone que pierdes esto con tu ascenso, ¿no? —¿Qué coño significa esto? Muriel es completamente humana. ¿Por qué mi cuerpo no?
—Sea lo que sea, la biología ha hablado. El cuerpo de Muriel es humano y actúa según el ciclo vital establecido. Lo verdaderamente extraño es que tú hayas recuperado las alas y seas capaz de invocar tus poderes —comenta Brisa. Parece que estaba viendo los pensamientos de mi cerebro.
—¿Y qué se supone que se hace con ese sangrado? —No me imagino metiéndome nada por la vagina. Suelo ser más de meterlo en cuerpos ajenos.
—Lo mismo que harías sin él. Sobrevivir. A ver qué te piensas, ¿que las mujeres podemos detenernos para guardar el luto de un óvulo sin fecundar? No, te tomas un ibuprofeno y sonríes aunque te estés muriendo por dentro. —Duras declaraciones, el tono de Brisa parece afectado.
Un ruido. Un crujido que hace que tome el impulso necesario para recuperar la compostura. El ángel vuelve a reaparecer en escena.
No puedo dejar de ver sus erráticos movimientos, cómo pese a estar en llamas se aleja cuando el fuego la amenaza.
Ha descubierto cómo reactivar la velocidad de mis músculos y en menos de lo que canta un gallo sale del edificio con un perro y un gato.
Eso sí, va a necesitar otra ducha porque toda la piel la tiene cubierta de ceniza calcinada.
—A ver si aprendemos de estos dos: si ellos han aprovechado la adversidad para abrazarse, tal y como los he encontrado, podemos dejar atrás nuestra etapa de llevarnos como el perro y el gato.
—No los suelta hasta que una vecina de las inmediaciones trae unos transportines y nos confirma que, a esta hora, el edificio está vacío; todos están trabajando.
—Ten cuidado, ángel, no querrás que cambie el patrón para convertirme en gato que busca dar caza al ratón. —Si esto lo digo en pleno sangrado, miedo me da la ovulación. Jefe, si estás ahí, dame mi cuerpo. No estoy preparado para esto, casi prefiero las torturas del Infierno.
La ducha pude camuflarla bien, pero la excitación que me ha provocado ver cómo explotaba mi poder en su mente es difícil de soportar.
No sé yo cómo va a terminar la historia si el espacio se reduce y sus maneras mejoran.
Si el ángel decide dejar de poner el hielo, solo quedaré yo arrasándolo todo con mi fuego.