CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 20
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Capítulo 20

Maalik

L levo mínimo media maratón caminando. Nimbusito se ha negado a transportarme porque piensa que desde arriba puedo perderme algún detalle.

Mentira, obviamente. Pero ¿para qué vamos a hacer lío pudiendo luego restregarle las ampollas resultantes de este camino de Santiago improvisado?

Muriel se ha quedado mi forma física. Yo me he quedado su agilidad para meterme en huecos minúsculos y recovecos difíciles.

En un momento, los pies dejan de tocar el suelo. Ahora la maldita nube ha decidido hacerme caso. En fin, para qué más. Disfrutaré del trayecto lo que dure. Poco. Como que ya me ha soltado en una azotea. A Muriel también, al menos tengo la certeza de que no es algo personal.

—Chicos, con delicadeza. Tenéis vuestra primera opción de buena obra. Como no hay testigos, tenéis que ser su propia conciencia. Para que la voluntad de no saltar salga de él y no como tal de vosotros. —Menudo marrón nos ha caído. Ahora a mediar con el suicida.

Es Muriel la que se acerca primero a hablar:

—¡Hola!

Nuestra primera hazaña y por poco no lo cuenta. Lo he cogido del brazo después de casi tropezarse con el susto.

—¿Quiénes sois vosotros? No tendríais que estar aquí. —Tampoco es que yo quiera, sinceramente, pero mira, la vida.

—Somos tu conciencia y venimos a reflexionar contigo sobre lo que quieres hacer. —Bueno, el ángel ya está en modo mediadora, mejor comedida que de sorpresa para este caso.

—Tengo muy claro lo que voy a hacer. No hay conciencia que valga cuando todo es sufrimiento en mi vida.

A llorar. Me da pena en verdad, voy a intentar ayudar:

—Lo que te espera allá arriba no es mucho mejor, te recomiendo que esperes un ratito y aproveches lo que te queda. El percal no mejora, el mío empeoró. —Auch, pellizco que me ha dado Muriel en el brazo. Si la sinceridad es algo bueno, ¿no?

—¿Y tú cómo sabes qué hay arriba, mujer? —Es verdad, que tengo el cuerpo de Muriel. Ya se me había olvidado con tanto drama.

—Porque soy un demonio en el cuerpo de un ángel, y te aseguro que todo lo que no disfrutes aquí, menos lo harás arriba. —Segundo pellizco. Esta costumbre no me está gustando. Si no quiere que la cague, que hable ella.

—No le hagas caso. No sabemos por lo que estás pasando —ni nos interesa en exceso, para qué vamos a engañarnos—, pero sí que creemos que, menos la muerte, todo tiene solución. A lo mejor es más fácil o menos, pero creo que acompañado todo se lleva mejor. Por ello, hemos decidido cumplirte un deseo.

La miro sin creer lo que acaba de decir. ¿Qué se piensa? ¿Que puede llevar a cabo los milagros del jefe cuando ella quiera? No sé, a lo mejor se siente el genio de la lámpara. Con esto de que es un ser de luz se confunde con su mal genio.

—¿De verdad? —El hombre de la azotea se gira para mirarnos a los dos. Un poco más a mi cuerpo, que ha sido el que ha emitido el sonido.

—Piensa en una cosa que te daría ganas para seguir viviendo. —Vuelve a mencionar Muriel. Esto sí que es jugar con fuego y no lo que hizo ayer al exponerse, por primera vez, a mis poderes.

—Me gustaría saber que mi madre está orgullosa de mí, allá dónde esté, pese a todo lo malo que he hecho. —Ojo, que aún podemos hacer un llama cuelga a Brisa y que el ángel no quede como un auténtico impostor. Maravillosa jugada.

El tipo baja cuando Muriel le ofrece un abrazo. No nos vamos. Tenemos una sesión de espiritismo con la mejor médium que conocemos para cerrar el pacto.

No sé cómo contarte esto, así que mejor le paso el control a la médium y yo me quedo entre bastidores un ratito, me lo he ganado. Me lo merezco.

Brisa

Lo que me faltaba ya en esta odisea apocalíptica: tener que trabajar gratis además de mantener a estos dos revoltijos hormonados celestiales.

Deben pensarse que vivo del aire y el dinero crece de los árboles.

Dicen que al que madruga Dios le ayuda. Hoy me he levantado a las seis para iniciar la búsqueda de la piedra filosofal y solo he tenido problemas.

Estaba echándome una siesta sobre Nimbusito cuando me ha sonado el móvil.

Me arrepiento mucho de haberles dado uno a cada uno.

Pensé que sería lo correcto para tenerlos localizados.

Se me olvidó que el proceso de localización es bidireccional.

Y aquí estoy, dirigiéndome a una sesión de espiritismo para librar de las garras de la muerte a alguien que se ha sentido arrollado por la vida.

Llego a la azotea. Creo que hubiera sido más apropiado cambiar el lugar de encuentro. Al menos, dificultaría la ejecución del suicidio si algo sale mal. Lo que viene a ser el trabajo bajo presión lo llevo mal, pero bueno, tendremos que ir con todo. Que contacto con espíritus, no veo el futuro.

—Buenos días, señor… —Le tiendo la mano al señor trajeado, invitándolo a presentarse. Está temblando como un flan, menos mal.

—Hernández, sin el título de señor, ya que no poseo nada de valor en esta vida. —Evito, por pura empatía, decir que la vida, de por sí, ya tiene un valor incalculable. Es lógico que según en qué situaciones personales nos sintamos mal.

—Mi nombre es Brisa, voy a ser la encargada de contactar con su madre, si ella quiere transmitirle algo en este momento.

Si realmente está presente con nosotros, bastará con hablar en voz alta para que ella lo escuche.

Le transmitiré sus respuestas de la forma más fidedigna posible.

—Me sale la profesionalidad innata. Cómo se nota que mi profesión me encanta, aunque ahora mismo lo esté haciendo por amor al arte.

—De acuerdo, mi madre se llamaba Eustaquia. Tengo por aquí —saca la cartera— su foto, por si te ayuda en algo.

La cojo entre los dedos. Tengo sentimientos encontrados.

¿Sabes ese momento incómodo en el que tienes muy poco tiempo para poder discernir si es o no de fiar una persona?

Pues eso me ha pasado. Además, Eustaquia estaba con el ojo puesto en la mirilla, porque ha acudido a nuestro encuentro a la velocidad del nuevo coche de Fernando Alonso.

—¿No tuvo bastantes llamadas de atención de crío, que me toca los ovarios hasta después de haber muerto? —Madre mía, viene negociación complicada o actuación estelar por mi parte.

—Ya está con nosotros, puedes decirle lo que quieras, Hernández. —Aunque capaz que muerde.

—¡Mamá, tenías razón! Debí haberte hecho caso en todo lo que me dijiste. He perdido mi trabajo y Luna me ha abandonado. Mis hijos no me quieren y mi amante también se ha marchado. —¿Por qué siguen pensando que la amante es para lo bueno y para lo malo?

—¡A buenas horas, mangas verdes! Vete al Infierno, que es lo que te mereces. Aquí me tienes anclada a la tierra por el mismo egoísmo de siempre. —Vamos a ponerle eufemismo a esto, para que no se tire.

—Eustaquia dice que tienes que dejarla marchar.

Su presencia está anclada a ti y hasta que no aprendas a vivir sin ella, no va a conseguir descansar en paz.

Si eres capaz de conseguir eso, estará muy orgullosa de ti.

—Vale, a lo mejor lleva más maquillaje que la Kardashian, pero es que me ha puesto entre la espada y la pared.

—¡Si la dejo ir, ya no me va a quedar nada! —En el Más Allá tampoco vas a tener demasiado, pero es información confidencial que no puedo desvelar aún. Spoiler de los gordos.

—Voy a usar las alas de ese demonio para terminar lo que él ha empezado. —Un golpe de viento hace que el ala salga del cuerpo de Maalik y toque el peluquín del trajeado de Hernández.

—¿Mamá? ¿Eres tú? ¡Lo he sentido, me has acariciado! —Me gusta su interpretación, más que la del intento de homicidio entre mundos.

El trajeado se echa a llorar y Maalik, con su minúsculo cuerpo, le da unas palmaditas en la espalda mientras se ahoga con sus propios mocos. Objetivo conseguido, aunque no sea de la forma más esperada.

Maalik

Tengo la cabeza como un bombo. La sesión de espiritismo se ha convertido en un despliegue de dotes inexistentes de traducción e interpretación por parte de Brisa.

Madre mía con esto de las cacofonías, voy a tener que pedir al Cielo que se mueran unos pocos logopedas.

A ver si así los espíritus aprenden a vocalizar como toca.

En fin, da igual. Un alma menos que asciende hoy al Purgatorio y una vida salvada.

Miro el botecito donde Muriel ha metido la piedra.

Dice que, de esta forma, al menos si se me cae de las manos o lo aplasto en el bolsillo del vaquero, tiene más opciones de sobrevivir sin que conlleve algún tipo de cataclismo.

La piedra ha ampliado un poco la zona blanca, pero es que la negra destaca tanto que casi hace que se pierda la buena.

Como en la vida misma: lo malo hace muchísimo ruido, mientras que lo bueno siempre pasa desapercibido.

Es increíble lo poco que valoramos lo que tenemos y lo mucho que nos quejamos por el camino.

Ojalá yo hubiese disfrutado un poco más del proceso y hubiera podido apartar de mi cabeza la constante fijación por la meta.

Seguimos andando. A mí me extraña mucho que no se haya acabado ya el mundo.

Aunque no tenemos el temporizador y su cuenta atrás, se nota que ya ha terminado.

Me enorgullezco de que al jefe le haya parecido suficiente nivel de empatía la que he buscado con el ángel.

También he de reconocer que, sin el intercambio de cuerpos que llevamos encima, probablemente hubiese habido más probabilidades de que me abriera en canal literalmente, anulando por completo el sentido figurado.

Buena estrategia, jefe. Ahora sé por qué contigo perdió el Diablo.

—¡Mirad! Hay un incendio —grita Muriel dándome, con la potencia que le otorgan mis músculos, golpes en el brazo.

—Yo no he sido. —Por una vez, tengo la certeza de que esta afirmación es real. Con el cuerpo del ángel mis poderes están apagados o fuera de cobertura.