CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 19
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Capítulo 19

Muriel

N o me quiero duchar, después de dieciséis horas creo que el cuerpo de Maalik que visto pesa dos kilogramos más de pura mugre.

Ya me ha costado bastante eso de mear de pie sin mirar.

Empiezo a pensar que los hombres siempre manchan la taza del váter porque no quieren mirarse el pene fuera de juego.

Yo no he mirado por vergüenza y os aseguro por el tiempo que he pasado con el trapo y la lejía en la mano, que pocas gotas de urea han caído dentro.

¿Me podría haber sentado? Claro, pero habrá que aprovechar esta oportunidad para intentar comprender los monos con platillos que ocupan el cerebro del género masculino.

No se me ocurre nada para gestionar esta situación de higiene que ya está bajo mínimos.

Se me pasa por la cabeza la idea fugaz de que nos duchemos juntos.

Si es su mente la que limpia mi no cuerpo a lo mejor lo llevo mejor.

Por el jefe, qué calor hace de repente, ¿no?

No sé si el acto se podría considerar como masturbación.

Creo que desequilibraríamos más el bien y el mal si somos los dos los que cometemos el mismo pecado.

Menudo cacao mental, este si que chocolatea la leche y, en mi caso, engorda demasiado. En fin, la comunicación es importante, ¿verdad? Pues ale, vamos a quitar la tira de cera de golpe.

—Demonio, tu cuerpo está tan sucio como tu alma. Haz algo con eso, la peste a azufre que desprende va a aumentar el tráfico de almas en el Purgatorio. —Sarcasmo y agresividad como coraza, si es que me pierde la boca.

—Ángel, sé que lo de tener que cuidar un cuerpo, encima ajeno, después de tanto tiempo siendo un ente invisible es un golpe difícil, pero ya eres mayorcita como para cargar con tus problemas.

¿Acaso ves que yo te haga cargar con mis traumas?

—Ni se levanta del sofá del salón en el que estaba recostado.

—A ver, si nos ponemos estrictos con ese tema, ahora mismo es mi cuerpo físico el que carga con tu mente. Así que sí, estoy cargando con el peso de tus pensamientos, aunque no pueda ser plenamente consciente de ello.

—¿Estás perdiendo el tiempo divagando filosóficamente sobre la dualidad cartesiana que nos han obligado a vivir por no meterte en la ducha? Alucino, ya tiene que ser grave la alergia al agua que tienes.

—No te hagas el inocente, sabes perfectamente lo que implica una ducha. Lo que pasa es que tu cerebro pervertido no es capaz de darle el matiz negativo que le corresponde —digo con la paciencia justa para que no se trague a Nimbusito.

—A lo mejor el problema viene de intentar sexualizar un acto, de naturaleza humana, sin mayor relevancia.

Claro, si has comenzado a malinterpretar empatía con algo más, no es mi problema, háztelo mirar.

—¿Acaba de darle la vuelta a la tortilla para que quede yo de paranoica?

Sí, es exactamente lo que ha hecho. Y le ha quedado de cine, nominado al próximo óscar.

—Está bien, espero que mi falta de experiencia en el trato con ciertas extremidades de tu cuerpo no termine en posible gangrena con riesgo de amputación. —Es lo último que digo antes de irme escaleras arriba hacia el cuarto de baño.

No he cerrado aún la puerta con pestillo cuando el pie controlado por Maalik impide que me refugie del bochornoso episodio.

—No vas a pasarte con mi herramienta, no vaya a ser que la necesitemos en otro momento. —Mi pelo blanco, adornando su cabeza, me hace cosquillas en el hombro. Eso indica que está muy cerca. Ahora entiendo lo que tiemblo.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Mirar cómo la limpio? —Oh, no. Esto suena a propuesta indecente.

—Me parece una muy buena idea, ángel. Total, si nos tiene que pillar la cuenta atrás del fin del mundo, firmo para que sea con semejantes vistas. —Coge un taburete que tiene Brisa en un rincón del pequeño baño y se sienta. Le faltan las palomitas para que empiece el espectáculo.

Aunque ahora la piel que recubre mi mente huele a jabón, me siento igual de sucia.

El maldito demonio se ha recreado con sonidos graves con cada pase que hacía.

Además, he descubierto que la longitud de un pene es directamente proporcional a los roces que le pegues.

Encima duele. No la fricción en sí, que se me antojó bastante placentera por decirlo de alguna manera.

Duele el hecho de que se mantenga firme sin expectativas de salida.

La verdad es que todas las mujeres deberíamos poder disfrutar un solo día en el cuerpo de un hombre.

El mundo mejoraría mucho si empatizáramos de esta manera.

El demonio aprovechó la coyuntura para ducharse también.

Si lo excitó tanto como a mí, no lo sé. Básicamente porque mi cuerpo no tiene un órgano chivato y traicionero entre sus piernas.

Que cruel desventaja esta. Ahora me supone bastante esfuerzo lo de mirarlo a los ojos y eso implica hasta ver mi actualizado reflejo en el espejo.

Bueno, tenemos que trazar un plan. El mundo no va a salvarse solo, como mucho adelanta su autodestrucción con algún gesto extraño, como agotar los rollos de papel higiénico en mitad de una pandemia mundial o algo por el estilo.

Cuando llego al salón, el equipo de investigación ya está sacando hipótesis.

La pequeña piedra está sobre la mesa de café.

Maalik, con mi cuerpo por bandera, tiene las piernas sobre la misma.

Aún parte en dos la piedra, tal y como hizo con la pulsera.

¿No puede sentarse como una persona normal?

Me pone negra y eso hace un flaco favor a mi etérea naturaleza blanca.

—Vale, a ver. Mientras os adecentabais —o perdíamos un poco la decencia, depende de la perspectiva—, Nimbusito y yo hemos estado buscando opciones para devolver el equilibrio energético entre el bien y el mal para poder seguir usándolo de GPS apocalíptico —dice la médium con cierta parsimonia.

Yo creo que tanto viaje entre mundos la está dejando tocada del ala, y como no se calme va a terminar ganando unas, no sé si negras o blancas, que decida el jefe.

—Cierto, una de ellas pasa porque me suplantéis un poco y os encarguéis vosotros mismos de generar vapor de agua. —La nube me deja a cuadros, básicamente porque no he entendido nada de su supuesto hallazgo.

—¿Y qué tiene que ver con el equilibrio el vapor de agua? —pregunta Maalik. Menos mal, así no quedo yo de tonta.

—Pues muy sencillo. Cuando dos personas se encierran en una habitación, el acúmulo de jadeos y gemidos propios de la procreación genera vapor de agua, capaz de empañar cristales y espejos.

—Me alegra que haya sido Brisa la que casi se atraganta.

Dado mi historial de muerte, pese a ser único, es significativo, capaz que me hubiera atragantado de nuevo.

—Nadie va a tener hijos para engendrar a un bebé con características dudosas de anticristo. —Maalik niega con la cabeza. Yo también debería, pero sigo pensando en el método oficial de procreación y creo que es culpa de la ducha.

¿Por qué él lo está llevando tan bien? Prefiero mis hormonas.

—Bueno, hay más opciones. Otra cosa que hemos valorado es la posibilidad de propiciar que se hagan obras de caridad.

—Espera, para ser bueno tenías que hacer tú las obras, ¿no?

¿Cómo va a convalidarme a mí las que hacen otros?

Ni que fuera yo presidenta del gobierno, como para que me regalen títulos a través de sobres con dinero.

—¿Estás diciendo que vamos a tener que ser oportunistas con las situaciones malas que observemos y actuar de conciencia para que otros testigos de la misma escena intervengan?

Rebuscado, me gusta. —El demonio es el ser más conformista que he encontrado en esta vida.

Aunque si hago referencia a la segunda, no es demasiado larga, aunque la experiencia se me esté haciendo eterna.

—¿Y qué hacemos con la cuenta atrás, que no sabemos cómo va, sobre lo de la empatía? —Miro a unos y a otros con poco más que duda en la mirada. Creo que nadie me va a contestar, cuando es Brisa la que habla.

—No sé qué fin del mundo nos espera, pero está claro que tal y como miras al demonio el objetivo está más que cumplido.

Madre mía. A saber cómo lo he mirado para que Brisa diga eso.

Otra vez ese calor inhumano. ¡Ay, no! ¡Que estoy en llamas!

Menos mal que el demonio es ágil y me rocía con un extintor moderno, de estos que se tiran como el confeti de año nuevo.

Termino congelada, pero sin incinerar, todo un detalle.

Ya verás cuando la tierra se entere de que su salvación depende de que yo misma me mantenga viva.

No me extraña que la humanidad haya perdido la fe.