Capítulo 18
Brisa
H oy las conexiones con el Cielo y el Purgatorio van con interferencias. Me paso un rato en el limbo entre la Ascensión y el relleno de Nimbusito. Cuando por fin veo a Gladis modo pulga dando mazazos hasta al propio viento, suelto el aire que llena mis pulmones de forma brusca.
—La pulsera apocalíptica se ha roto y ya no tenemos forma de tener localizado cada fin del mundo.
Necesitamos otra si realmente queréis que Muriel y Maalik puedan detenerlos —suelto sin más, después de todo lo que me están haciendo trabajar, ni se atreverían a amenazarme con el castigo eterno en el Infierno.
—El demonio ha roto el localizador, que es un matiz importante.
Tal vez debería controlar mejor sus impulsos ante lo que no entiende.
Se hubiera ahorrado mucho fuego y más incineraciones.
—¿En su castigo del inframundo lo quemaban vivo?
Eso explica esa sensación que tengo de olor a chamusquina cuando está a mi lado.
—A ver, no veo justo que por ser demonio se vigile cada uno de sus movimientos al milímetro, buscando un pecado que vuelva a repetir.
Maalik no es una mala persona, solo alguien demasiado torturado como para poder pensar de forma acertada en lo que supone cada acción —afirmo con rotundidad, sabiendo que la jueza de aquí es la vieja.
—En la vida, la justicia dictamina. Ya ha perdido valor tanto la culpa como la inocencia.
No hay más pulseras. Esa está construida directamente con la piedra que contiene el pacto entre Dios y Lucifer: el equilibrio entre el bien y el mal debe vencer.
Conseguid recargarla. Equilibrad las energías, que la luz y la oscuridad respeten su terreno hasta que vuelva a conectar ambos mundos.
Solo ellos tienen una parte del Cielo y del Infierno.
—Creo que esta es la vez que más saliva ha gastado Gladis con una transeúnte.
Rompo la conexión. La falta de fuerza y el tráfico tan grande de almas que hay me hacen caer más que bajar.
Podría acostumbrarme a que el golpe onírico fuese siempre a lomos de Nimbusito.
Pero sé que esto tiene un límite, fecha de caducidad, aunque no podamos verla escrita en ningún sitio.
Lo que hay que descubrir ahora es si el ángel y el demonio lo consiguen, volviendo así al lugar del que vienen.
O nos extinguimos todos porque estos dos siguen como el perro y el gato.
—Chicos, hay que reequilibrar la pulsera.
Ahora mismo se ha descompensado el tema ese del bien y el mal.
Al parecer, lo importante es la piedra negra, tipo ónix y blanca, semejante al cuarzo, que hay en su interior.
Con que consigamos igualar los colores, que al final son muestra de energía, el localizador funcionará con cualquier pulsera.
—¿Estás hablando del yin y el yang? —pregunta Muriel con genuino interés.
—Estoy diciendo que no sé a lo que jugasteis anoche, imagino que el intercambio de cuerpos no ha ayudado mucho tampoco, pero el localizador se ha vuelto loco. Ya no sabe cuál de vosotros forma parte del equipo del bien y cuál del mal. —Es un razonamiento lógico, al menos en mi cabeza.
—¿Tenemos que comportarnos mal o bien para nutrir la energía de Dios y de Lucifer?
Acepto el reto, luego no digáis que no os advertí del peligro.
—Maalik se va de la cocina, llevándose el cuerpo del ángel consigo.
Muriel, en cambio, se sienta en el taburete y deja caer su ahora enorme cuerpo sobre la isla que hace de encimera.
—Creo que no me gusta demasiado este juego —pronuncia distraída y con los ojos negros en un punto fijo entre el enlace de sus dedos.
—¿Qué es lo que te está costando asimilar? —pregunto mientras tomo un sorbo del té que he preparado nada más levantarme.
—Que en este tira y afloja exista la posibilidad de descubrir quién es el malo de verdad.
¿Qué oculta Muriel? ¿Y qué sabe del demonio para que piense que con su alma puede recargar el bien?