CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 17
55%

Capítulo 17

Maalik

M e despierto con los primeros rayos del sol.

Estoy recostado sobre mi pecho y descubro que Muriel ha usado mi propio cuerpo para arroparme esta noche.

La pulsera sigue marcando la cuenta atrás de que todo se acaba, pero yo me siento más unido a ella que nunca.

El momento de conexión que tuvimos anoche ha sido nuevo para mí.

Me levanto de la cama y visto el cuerpo de Muriel con el mismo pijama que me quitó anoche. Sé que es difícil entender nuestros movimientos, yo tampoco los entendería si no fuera porque los estoy viendo con mis propios ojos.

En la ventana, Nimbusito me mira con sus ojos de «ya sabía yo lo que iba a pasar». Ojalá hubiera ocurrido eso que piensa. De esa forma, ahora mismo, no me sentiría tan tremendamente expuesto.

Bajo a la cocina y me encuentro a Brisa preparando el desayuno. No solo nos da la casa, sino que encima nos tiene en pensión completa. Iba a decir que tiene el Cielo ganado, pero es una obviedad que es mejor omitir.

—No tienes buena cara, Muriel del demonio. —Me parece una forma fantástica de nombrar a nuestro pequeño intercambio de cuerpos.

—Sí, es lo que suele pasar cuando te sientes vulnerable, que todo te hunde un poco. —Primero sorbo de café, después ya presto atención al sermón.

—¿Qué ha pasado? —Brisa termina de limpiar una de las tazas. La inteligencia artificial tendría que estar haciendo las tareas de la casa, pero no. Está robando arte y fingiendo humanidad. Así le está yendo a la sociedad.

—Nada. Solo intenté que esta maldita pulsera se desactivara.

Sin querer o queriendo de forma inconsciente, le doy un golpe a la pulsera.

No ese que le dabas al mando de la tele cuando no iba, no.

Uno de los que rompían el jarrón favorito de tu madre.

Ese que se hacía añicos por ti y te rompía un poco cuando veías a tu madre contener la rabia.

Porque ese jarrón le gustaba, pero a ti siempre te quería más.

Me querían tanto y los quise tan mal cuando tuve la oportunidad.

Veo la pulsera cayendo medio rota sobre la encimera tipo isla que hay en la cocina.

El efecto mármol, blanco, dorado y con sombras grisáceas contrasta con el color azabache con destellos rojizos de la pulsera.

Me parece una metáfora perfecta para definir cómo mi existencia puede llegar a ser la mancha irritante del cielo de Muriel.

Demasiado intenso de buena mañana, me pongo un chorro de bebida de avena que sabe a nada en el café.

Espero que así me calme un poco el amargor que baña mi boca pastosa.

A quién pretendo engañar, no es el líquido oscuro el que me tiene así, el amargado siempre he sido yo.

Y lo seré, porque quien vende su alma al Diablo para calmar su sed de venganza, nunca tiene redención.

Aunque un ángel del Cielo pretenda sacarlo.

—Eo, acabas de cargarte un radar apocalíptico en medio de tu crisis melancólica de mirada perdida, ¿me dices cómo vamos a arreglarlo?

La cuenta atrás sigue, pero no tenemos opción de verla con tanto tornillo suelto.

—Nimbusito ha entrado a la casa en algún momento de mi monólogo interno y veo cómo juega con una magdalena que, claramente, no puede comerse.

—Buenos días, familia apocalíptica —dice Muriel paseando mi cuerpo sin camiseta por la cocina.

El hecho de que haya usado la palabra familia y que quiera incluirme en algo, aunque sea en el fin del mundo, es un tema dónde podría explayarme con esmero. Una lástima que apoye su mano en mi espalda y nos peguemos tal calambrazo que podemos ahorrarnos la gomina durante años.

—¡Mierda! Eso era. —Cojo la pulsera e intento ver de dónde ha salido cada pieza destartalada—. Por eso dejamos de ser incompatibles, porque un trozo de Cielo me acompañaba y me permitía acercarme a ti.

Me mira, comprendiendo, y asiente.

—Hay que arreglar esa pulsera, cuanto antes —dice Muriel, con su propia voz saliendo a través de mi garganta. No pienses que en este tiempo me he acostumbrado a verme con su alma y su esencia pura ocupando mi cuerpo…

—Me gustaría pensar que es legítimo tu interés por salvar el mundo, pero visto el brillo que tienes en los ojos y lo mucho que ha aumentado la intensidad del negro que los baña…

, sospecho que lo que quieres es que vuelva a tener permiso divino para meterte mano.

—Yo no he sido, lo ha dicho Nimbusito. A una nube no se le rebate.

Al final está por encima de nosotros, ¿no?

El cuerpo de Muriel se sonroja. Lo noto en el calor que siento en las mejillas, uno que amenaza con prender fuego a cada poro de su angelical piel de porcelana.

Muriel entrelaza las manos y juguetea con los trocitos de piel que hay alrededor de las uñas.

También desliza su pulgar de forma pausada por cada dureza.

No te voy a decir que mis manos sirvan para una portada de revista con tintes fetichistas.

Las torturas del Infierno pasan factura.

Y, generalmente, van cargadas de intereses.

Brisa no se espera a que terminemos de desayunar en el incómodo silencio ante la vertiginosa realidad de que queremos, de forma bidireccional, volver a tocarnos.

Se sube a la nube, que se ha convertido a la vez en montaje y antena de conexión celestial, para ascender al Purgatorio como buena transeúnte.

Bien, información de primera mano y recién salida del horno.

O del congelador por lo que mencionó Muriel, en alguna ocasión, del clima por allá arriba.

Nimbusito nos mira a uno y a otro. Nosotros permanecemos separados físicamente, pero nos buscamos.

En sus ojos veo por primera vez el miedo.

No sé si es el que su autoexigencia muestra ante la posibilidad de fallar.

Yo prefiero que sea el miedo que refleja la posibilidad de perdernos cuando aún no nos hemos encontrado.