CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Esto de aquí… —pasa la mano entera por el pectoral izquierdo, necesita un par de trazos para cubrirlo entero.

Abro los ojos. Su gesto es serio, pero a la vez transmite una tranquilidad atípica ante lo que estamos haciendo— es un tatuaje en honor al ángel de mi vida.

Tranquila, no eres tú. Aunque viendo cómo me gusta reconocerte y cómo reaccionas ante mi encanto, entiendo que genere confusión.

Será canalla. Cómo le gusta lo que le encanta.

Por inercia y por costumbre, inicio el movimiento de apretar mis piernas.

No puedo. Ciertos testículos han aumentado ligeramente su tamaño y me resulta molesto aquello que como mujer siempre me ha llamado la atención y excitado.

Respiro profundamente, repitiéndome a mi misma que el Infierno es para las personas crueles no para aquellas que buscan entenderse.

—La forma en la que morí se podría describir así.

Coloca su ahora minúscula mano sobre el que sería su cuello en condiciones normales.

Noto la presión sobre mi recién adquirida nuez y cómo una de sus manos hace el intento, inútil, de estrangularme.

Esto creo que me da pase VIP para el Infierno.

Que me guste tanto no va a ayudar demasiado a que aligere mi pena, aunque sí que puede suponer una intensa alegría.

Si tan solo pudiera dejarme llevar… Solo aprovechar esta segunda oportunidad de vida como quiero y no como debo.

¿Por qué por una vez no puedo ser la única guionista de mi historia?

Sin papeles secundarios desordenados buscando cumplir las expectativas de otras personas.

—Mi mayor defecto siempre será mi cabeza y la mente atormentada que acompaña mi existencia, en este mundo o en cualquiera.

Coloca (mis) sus manos sobre (su) mi pelo y aprovecha toda la fuerza de agarre para tirar de él.

La cabeza se me va hacia atrás, la barbilla apunta directa hacia el techo y nuestros ojos se cruzan.

Con sus labios, fríos, deposita un casto beso sobre mi frente, resquebrajando mis defensas y pillándome por sorpresa.

Vale, la he tenido que fastidiar mucho. Tremenda tortura solo puede significar que ya he sacado plaza en el Infierno.

Quiero saber más de esto, del dolor que ocupa su mente.

De lo que le quita el sueño. No sé cómo hemos llegado a este punto, pero mi mente de ángel, incluso con cuerpo de demonio, coge las riendas del asunto: el demonio se merece una segunda oportunidad tanto como yo una primera.

—Déjame ser la persona que alivie ese peso.

Vuelca sobre mí toda la angustia y el miedo que llevas dentro.

No eres un asesino, Maalik. Eres el cúmulo de una serie de acciones y decisiones que no muestran todo lo que escondes.

No ofrezcas tu cuerpo, dame tu tormenta. Puedo ser tu calma si así lo deseas.

Se deja caer de nuevo sobre la cama y mi alma siente un poco más de frío. Ya me he acostumbrado al calor y el cobijo de su cuerpo y el contraste me ha dejado descolocada. Trago saliva e intento diluir el nudo en la garganta, pero va ganando terreno cuanto más tiempo en silencio pasa.

Me siento culpable. Yo solo quería ayudar. Ha hecho todo para cubrir mi curiosidad respetando todos y cada uno de mis límites. Y así se lo pago, metiendo el dedo en la llaga y sacando tristeza que ha apagado del todo su fuego y enfriado su alma, su gesto afligido lo delata. Tengo que recompensarle.

Ahora soy yo la que se sienta sobre el colchón y utilizo su mano como medio de transporte sobre mi cuerpo.

No puedo describirte lo sumamente excitante que es ver la mano de Maalik acariciando mi cuerpo.

El nerviosismo se disipa en cuanto un cúmulo de sensaciones positivas se desatan.

Esto no puede ser pecado, si hasta ahora es mucho más cielo que el de arriba.

¿Cómo ha aguantado él cuando llevaba la voz cantante?

No tengo gran cosa que decir sobre mí, pero quiero darle algo íntimo.

—Mira, estos ojos no son míos. —Acaricio la línea de las cejas y cubro los ojos con mi mano—. Recuerdo en mi primera vida haberlos tenido marrones con destellos dorados. Es posible que el Cielo me haya borrado, tal vez más adelante el Infierno me hubiera llamado. En ese momento, ganó el pistacho.

—¿Te mató un pistacho? Esperaba un poco más originalidad, aunque no soy el más indicado para hablar. — Suelta una carcajada que sonaría mucho mejor con su habitual caja torácica.

—Oye, yo te he dejado contarme tu vida. Respeta el turno de palabra. Seguro que Gladis te mandó al Infierno porque en otra vida le quitaste el turno en la carnicería.

Ahora sí que se ríe. Y es extremadamente bonito ver tu cuerpo sacudirse al ritmo de tu risa.

Que tu cuerpo esté poseído por un demonio y tu mente haya sido la artífice que la ha generado ya es de traca.

Después de este no coitus interruptus sigo desnudándome, de forma tanto literal como figurada.

Bueno, a mi cuerpo, que ya no está cubierto con el micro pijama.

—Esto de aquí —envuelvo mi pecho izquierdo con la mano de Maalik.

Que tristeza, aún me sobra; qué le vamos a hacer, tengo más culo que pecho— esconde mi corazón.

Uno suficientemente fuerte para mantenerme viva ahora, pero que decidió pararse antes de poder latir de verdad.

En él guardo sueños, ideas y algún que otro secreto.

Tiene espacio para seguir atesorando recuerdos.

Veo cómo mi cuerpo empieza a moverse, la mente de Maalik reclama mucho más contacto del que le estoy dando.

Respiro. Contengo el aliento hasta que me falta el aire.

Mi mente busca rememorar de forma física uno de los peores momentos de Maalik.

No para compararme, sino más bien para recordarme que él ha sido capaz de abrirse en canal pese al sufrimiento vivido.

Me ha considerado merecedora de cada uno de sus miedos.

Si confiar en tu enemigo natural es pecado, que el Cielo me espere sentado.

Después de la vulnerabilidad mostrada, siento que puedo poner en palabras mi experiencia jamás contada:

—Y esto, que ahora está húmedo, probablemente inundado de deseo.

Ha sido abierto de malas maneras y con muy poco tiempo.

Tanto me afectó el episodio que ahora podemos decir que está totalmente cerrado al público —cuento así, con la mano de Maalik deslizándose por la humedad que recorre entre mis piernas, la experiencia de mi primera vez y la última.

Se sobresalta. Cierro los ojos con fuerza para evitar contemplar cómo se aparta.

Sin embargo, nada cambia. Aunque esto lo cambia todo.

Nos quedamos en silencio. Su mano me toca la cara y, acto reflejo, abro los ojos para encontrarme el azul más inmenso.

Yo no me muevo de donde estoy. Bien porque he encontrado refugio en alguien o bien porque ni yo misma soy capaz de creerme lo que acabo de hacer y de decir.

Una lágrima se desliza por mis mejillas.

Arde. Como si una llama directa del infierno me abrasara.

Al principio me resulta extraña. Luego, cuando Maalik utiliza mi cuerpo para limpiarla, el malestar pasa.

Es el frío de mi cuerpo el que consigue aplacar el sufrimiento de mi alma anclada a un cuerpo en llamas.

Eso es lo que siente él cuando estamos cerca, una calma incapaz de romperse ante cualquier tormenta. Abro los ojos cuando me habla.

—No sé quién te ha hecho eso, pero apuesto mis alas recién recuperadas a que vive condena perpetua en el Infierno. Pienso recorrer todos los mundos hasta que pueda enseñarle la lección.

—No quiero que hagas nada, solo estoy intentando abrirme a ti. Es algo que no le he contado a nadie y pensé que regalarte un trozo de mi intimidad ayudaría a que me dejaras entrar. —Me tiro boca arriba sobre el colchón mullido. No es una nube, pero la compañía mejora la experiencia.

—Tú me has pedido aliviar mi peso. Déjame a mí borrar todo lo que te ha hecho daño. Permíteme hacer que disfrutes de lo que ese cabronazo te ha negado. ¿O acaso, ángel, tienes miedo de querer quedarte con el otro lado?

Cierro los ojos. Noto cómo Maalik empuja mi cuerpo hacia mí.

Me está abrazando. Apoyo la cabeza en mi actual pecho y acaricio con la mano con la que lo aprieto contra mí el pelo blanco que no le pertenece.

Lo hago porque es lo que yo hubiera querido.

Es lo que yo habría necesitado. Así nos dormimos. Mañana seguiremos empatizando.