Capítulo 16
Muriel
P rimera noche con un cuerpo que no es el mío.
Resultado: aún por determinar. Hecho latente: aquí no hay quien duerma.
Tengo que reconocer que separarme del demonio me ha generado ansiedad.
No sé si es que ya me he acostumbrado tanto a su presencia que me falta algo cuando no lo veo o es que me está torturando el hecho de no saber qué diantres quiere hacerle a mi cuerpo.
Vale, lo segundo es realmente el problema.
Me muevo en la pequeña cama de mi infancia. El colchón lo cambió Brisa en cuanto se mudó. Y menos mal, la verdad. Si no, los muelles estarían tan salidos que botando un poco sobre él hubiese subido catapultada al Cielo. Ay, no. Empiezo a ver dobles sentidos por todos lados.
Necesito centrarme un poco y relativizar lo que nos ha pasado. Salgo de la cama, rebusco en el cajón de la cómoda y saco la libreta electrónica que nos ha regalado Brisa. Vamos a sacar lista a ver qué sale.
Razones por las que aprovechar el intercambio de cuerpos
Es muy poco probable que pueda volver a intercambiar mi cuerpo con alguien. Aunque el propio intercambio ya tenía posibilidad reducida. Y míranos.
Conocer cómo funciona fisiológicamente un hombre y qué lo diferencia de una mujer puede ayudarme a empatizar. Esperanza a la hora de desactivar la cuenta atrás que pone fin a la humanidad y alto riesgo de implicación a la hora de repoblarla.
Opción de añadir a mi casi nulo currículum sexual una experiencia swinger de intercambio total. Cuenta como cambio de mente y de cuerpo… ¿Qué más quieres? Ni hacer yoga trasciende tanto.
Necesidad imperiosa de vaciar la vejiga y método infalible para mejorar la puntería. Ojo, que no se me tiene por qué congelar el culo en invierno. Inconveniente: obvio. No me hagas señalarlo.
Tengo una segunda oportunidad obligada para vivir lo que no pude. No es tan mala idea fluir un poco. ¿Qué puede pasar? ¿Que me destierren del Cielo porque manche mi alma de pecado? Si ya me han desterrado sin haber hecho nada.
La lista no me ha ayudado mucho. Diría que incluso me ha liado más.
Voy de lado a lado de la habitación. La longitud del paso es enorme; esto, desde fuera, tiene que considerarse una forma de andar ineficiente, cuando menos.
En dos zancadas toco la pared y vuelvo al estilo Pinball.
¿Qué implicaciones va a tener esto? No creo que la raza obtenida como mezcla de un ángel y un demonio salga positiva.
Más por menos, es menos. ¿Y si se me pega algún pecado de esos llamados «capitales»?
No soportaría vivir en el Infierno ni aunque me paguen más polvo de nube.
El Cielo no es tampoco el paraíso, pero las cicatrices en el cuerpo del demonio no me generan muchas ganas de descubrir la parte contraria.
Mejor malo conocido que bueno por conocer, ¿no dicen eso?
Tengo los brazos en jarra y mis dedos rozan la uve que muestra el marcado cuerpo de Maalik. Por el jefe, esto está despertando cosas en mi mente.
Y en los pantalones.
Esta situación me supera. La lucha interna generada por la disyuntiva existente entre el «deber» y la curiosidad ante el «querer» me tiene desbordada.
Madre mía, el demonio cuando está inestable mentalmente se prende fuego, ¿y si me pasa a mí?
No voy a saber controlarlo. Voy a ser la culpable de arruinar mi casa de la infancia.
¿Brisa se puede quedar en la calle por mi culpa?
¿Qué sería de ella? Necesito calmarme y abandonar la postura catastrofista adoptada como forma de vida antes de que sea demasiado tarde y arda todo lo existente en mi segunda vida.
«Ahora mismo solo puedo pensar en tu cuerpo.
Cuando me quite las ganas, a lo mejor te lo cuento».
Me voy a meter en la cama del lobo y no estoy preparada para ser Caperucita, aunque el pelo rojo pueda hacerme de capucha en este cosplay improvisado.
Salgo, no muy segura de lo que voy a hacer.
Abro la puerta de la habitación de Maalik y veo mi cuerpo tumbado sobre la cama.
Tiene los brazos sujetando la cabeza, una cadera a punto de luxarse y el pijama de manga corta y pantalón casi braga que no da lugar a nada más.
Parece que duerme, pero su respiración no es lo suficientemente profunda como para conseguir engañarme.
Sus palabras me hacen ver que tampoco lo busca.
—Sabría que vendrías a buscarme, aunque no tengo claro cuál es el motivo.
—La cama que se ha quedado el demonio es grande.
Mucho más evidente cuando tiene mi cuerpo menudo en el centro.
Ahora que tengo yo su físico tendríamos que valorar el intercambio de habitación.
La cama de ochenta no cubre la necesidad.
—No puedo dormir sabiendo que tienes tan a mano la posibilidad de explorar mi cuerpo.
No pregunto, simplemente me tumbo a su lado. Él me hace hueco.
—No voy a hacer nada sin tu expreso consentimiento.
Me debería tranquilizar, pero me pongo más nerviosa sabiendo que ahora la pelota —o las pelotas, según se mire— está sobre mí tejado.
—No me siento cómoda con la idea de que veas… —miro al techo de la habitación y mis manos caen sobre el abdomen que ahora, momentáneamente, me pertenece— o toques mi cuerpo en estas circunstancias.
—¿Y qué propones?
Giro la cabeza levemente y me encuentro con el azul de mis ojos que me recibe.
Creo que veo hasta algunas motas negras.
Puede que después del intercambio, un poco del demonio se quede conmigo.
Pienso en las consecuencias de esto. De todo, en general.
Pasan todas las opciones por mi mente a una velocidad vertiginosa.
¿Merece la pena jugarme una condena en el infierno por salvar a una humanidad aparentemente perdida?
¿Y a Maalik? Reparo ahora en mi actual egoísmo.
Llevo esto del intercambio de cuerpo con una perspectiva bastante narcisista que no me representa.
¿Qué supondrá esto para él? ¿Existe la posibilidad de que esta mezcla le beneficie?
Si pudiera salvar a un demonio de arder en el infierno eternamente intercambiando nuestros roles…
, ¿podría seguir sintiéndome ángel o mi alma perdería su pureza y se contaminaría para siempre por habitar en un Infierno que no me pertenece?
Me gusta lo que soy…, pero ¿y si con esto pudiera conseguir también todo lo bueno que hay en él?
Recuerdo su malestar palpable en el hospital.
No ha hablado de forma directa, no se ha quitado esa máscara figurada tan bien construida.
En cambio, el cuerpo habla. No solo eso, cuando su cuerpo se ha venido conmigo, he podido captar parte de su nerviosismo.
No era él, pero los rastros de sufrimiento dejan tanta marca en el cuerpo que la huella se mantiene unos segundos.
El sudor que no me corresponde, los espasmos musculares de una pierna inerte que antes se movía obedeciendo órdenes de un anterior jefe…
Estaba sufriendo y aun así eligió quedarse.
Dejarme sola en el hospital no era una opción para él. Hasta ahora, sí era una opción para mí.
Miro el cuerpo de ángel y percibo el vaivén de su pierna.
La mente del demonio está inquieta y mi cuerpo revela todo lo que calla y esconde con eficiencia.
Me muerdo el labio. La decisión está tomada.
La humanidad es importante, pero mi motivación es otra.
Ahora quiero entenderlo, el deber lo relego a un segundo plano.
Antes de hablar, cojo un mechón de pelo blanco con reflejos violáceos y lo coloco detrás de la oreja.
Necesitaba hacerlo, para calmarme, aunque sea de forma externa. Funciona.
—No sé siquiera si es buena idea proponerlo. Porque puede que sea mi mente la que explore mi cuerpo. Pero va a ser el tuyo el que roce piel con piel contra el mío. —Decirlo en voz alta suena peor aún.
—Puedo ser yo quien empiece. De esa forma nos aseguramos de que es exactamente lo que mi dualidad física y mental desea.
Percibo el roce de mi mano sobre el abdomen, recorriendo las líneas que conforman los relieves de la anatomía del demonio. Un escalofrío recorre mi cuerpo entero. Me he perdido, no sé en qué momento el GPS me ha traído hasta aquí.
Un cosquilleo extraño, parecido a una vibración, provoca un bombeo intermitente en los pantalones que llevo.
No puede ser. Solo me ha rozado. Qué difícil es camuflar la excitación en el cuerpo de un hombre.
Venir sin camiseta no sé si ha sido buena idea tampoco.
Cierro los ojos, más bien los aprieto. No estoy preparada para verlo.
¿Por qué sigo teniendo la sensación de estar cometiendo un delito?
Estoy siendo más cristiana que nunca, es el prójimo a quien he puesto primero.
Me centro en el recorrido laberíntico que trazan sus dedos para salirme un poco de los pensamientos confusos bombardeando mi cerebro.
Como si supiera perfectamente cuál es la salida, pero busca entretenerse con el trayecto.
Su voz, en susurros, acompaña cada una de sus caricias. Aprovecho el momento de conexión para descubrirlo a través de su cuerpo.
—Esta cicatriz —desliza la yema de sus dedos sobre la clavícula— es de cuando, con cinco años, pensé que montar en bici era sinónimo de conseguir alas en la tierra.
Terminé en quirófano, todavía no me habían preparado la celda del Infierno.
En ese momento no lo interpreté, ahora sé que fue un aviso del jefe.
Se me escapa una media sonrisa y mis labios se acomodan en el gesto, aligerando la presión que los gobernaba. Ver dibujada en mi cabeza la imagen del demonio en su apogeo de inocencia me resulta enternecedor.