CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 15
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Capítulo 15

Maalik

M e quejaba yo del ritmo del Infierno. Qué iluso eres cuando solo eres capaz de mirar tu propio ombligo y buscar en la memoria el de tu hermano.

El paseo hacia casa de Brisa es devastador.

Estoy magullado como si me hubiera convertido en el juguete favorito de un gato.

También me falta tanta energía que podría salir de figurante en The Walking Dead sin que suba ni un céntimo el presupuesto de la serie.

Nimbusito y Brisa van hablando de cosas sueltas. Muriel y yo hemos decidido darles un descanso a las cuerdas vocales. Eso o ella ha sufrido alguna aneurisma que la tiene absorta y es lo que propicia que se coma la farola. No veo dientes volando, pero sí veo sangre.

Antes siquiera de que pueda dar un paso para ayudar, me veo forzado a ocupar el mullido lomo de Nimbusito. Oh, no, la brújula apocalíptica no habla, pero ya te digo yo que mi radar de problemas traumáticos me dice que vamos derechitos al hospital.

Es un buen momento para afrontar tus miedos, blablablá, siempre existe la posibilidad de pasar página, blablablá. Cállate, Mari Carmen, no necesito que me psicoanalices.

El olor a antiséptico y el exceso de blanco, en contraste claro con mi oscuridad, hace que se me revuelva el estómago.

Lo que me faltaba ya a mí: atravesar el fin del mundo con alguna infección adquirida por entrar a este sitio.

Por un momento parece que va a ser Brisa quien va a entrar con ella a urgencias, pero no.

Resulta que la nube y ella se han vuelto inseparables.

—¿Era totalmente necesaria la fusión de tu ferritina con el hierro de la farola? Veo necesario que aprendas que la química funciona de otra manera. Tengo mejores formas de explicarte cómo ocurren algunas reacciones.

No sonríe. Tengo dudas de si es por el dolor o porque el comentario no le ha hecho gracia.

—Cállate, demonio. La única reacción que quiero aplicar termina contigo en plena combustión. No quiero cargar en mi conciencia el incendio imprudente de un hospital.

Nos encaminamos hacia la administración de acceso a urgencias.

Los pokémones daban miedo por su capacidad destructiva, pero el robot que nos atiende asusta por la realidad que nos atropella.

Los funcionarios de administración ahora son un conjunto inteligente de engranajes carentes de empatía.

No cortocircuitan a la hora de decirle a las personas de la cola que no serán atendidas porque su situación no es una urgencia.

Tampoco titubean cuando echan del edificio a esas madres desesperadas por saber cuándo van a atender a sus hijos.

Mi hermano podría haber sido cualquiera de estos niños.

Aprieto el puño y cambio de objetivo. La realidad supera a la ficción y necesito otra fantasía que me permita mantenerme erguido.

De forma instintiva, miro a Muriel, ahora mismo es lo más parecido a alguien conocido.

Al menos ella aún no ha huido. Mis ojos ruedan hacia su labio partido y me descubro siendo incapaz de apartarlos.

Ella se remueve ligeramente, visiblemente incómoda.

Se coloca uno de los mechones rebeldes del pelo detrás de la oreja, como hace siempre.

Ese trozo de cabello tiene ganas de romper el molde que contiene al ángel.

Yo resisto las ganas de acomodar el otro. Nos toca, salvado por la campana.

Llegamos a la sala de espera. Está más llena que el Purgatorio en hora punta.

Tengo ya dudas de si van a tener que atender al ángel o a mí.

El sudor frío me recorre la piel. Noto el pulso de mis arterias en puntos no habituales.

Siento cómo la pierna derecha se mete en un bucle de sube y baja que no me ayuda a aplacar el nerviosismo que me inunda.

Noto un leve tirón en la parte alta de mi pecho.

Creo que estar aquí ha activado procesos fisiológicos inevitables.

No estoy siendo capaz de afrontarlos, por si no te has dado cuenta.

He convivido con ansiedad toda mi vida terrenal y, aunque la sensación es similar, esta vez la presión es más profunda.

Tengo la sensación de querer huir de esta mierda de hospital, qué digo, sería capaz de arrancarme el alma de cuajo si así pudiera dejar atrás este sufrimiento.

Me contengo. Intento respirar, buscando una bocanada de aire que parece no llegar.

Estoy aquí por ella. Necesita ayuda y esta vez no voy a fallar de nuevo.

¿Es un ángel? Sí, mi hermano también lo era.

No pienso dejarla sola, voy a evitar el tropiezo con la misma piedra.

¿Un infarto? No me duele el brazo izquierdo, aunque sí lo noto algo dormido.

El cosquilleo es incómodo, pero no tan desagradable como la pesadez del pecho.

El tiempo no avanza. Bueno, sí que lo hace. O es lo que la pulsera que llevo dice con esa cuenta atrás que… ¿Por qué narices hay una cuenta atrás?

—Muriel, esto no ha pitado y estamos, supuestamente, a cinco minutos de que se acabe el mundo. —Le enseño el brazalete y ella lo tapa con la mano para que los chismosos de la zona no presten atención a mi aparato.

Todo pasa muy rápido. Una chispa y Muriel recibe un calambrazo propio del desfibrilador que cuelga de la pared blanca y sin vida.

A mí la chispa no me afecta. Eso o estoy tan acostumbrado a prenderme de forma habitual que, para mí, la reacción ya es rutina.

Tengo la sensación de haberme partido en dos, como cuando coges una camiseta con un agujero y la rasgas para hacerla trapo en un intento desesperado por devolverle la utilidad a algo ya gastado.

El calor, mi fiel compañero de existencia, ya sea en vida o en muerte, se va de vacaciones.

¿Por qué siento frío cuando el fuego es dueño de mi sangre?

Me miro las manos y no puedo moverlas. Joder, no puedo. Las de Muriel sí que se mueven y parecen obedecerme más que las mías.

No.

Un momento.

Miro al frente y me veo a mí. Mi cuerpo está totalmente quieto, mirando fijamente a un horizonte invisible.

No sé qué coño ha pasado. El sube y baja de mi pierna ya no está.

Mi cuerpo sigue empapado en sudor, pero yo no noto calor alguno.

Estiro el brazo. Mando la orden y mi cuerpo sigue petrificado, con gesto desubicado.

En cambio, el movimiento lanza el brazo de Muriel totalmente rígido hacia mi campo de visión.

No me jodas.

Salgo corriendo. No, esto no es correr. Me desplazo con una velocidad impropia de mí.

Los pasos son torpes. ¿Por qué llevo las Converse de Muriel?

Entro al baño y un hombre orinando en la letrina vertical me observa estupefacto antes de subirse a toda prisa los pantalones.

Su gesto de sorpresa muta a uno de enfado y pasa por mi lado remugando en un idioma extraño para salir del habitáculo.

Eso o habla hacia dentro, tengo dudas. Me miro al espejo y…

El ángel y yo hemos intercambiado nuestros cuerpos.

Ahora tengo el pelo blanco, los ojos azules y un cuerpo de escándalo que, por cierto, me apetece mucho tocar.

Estoy tan perdido inspeccionando mi nueva imagen que no me he dado cuenta: el ángel, ahora con mi cuerpo de demonio, en algún momento ha vencido su bloqueo mental y físico y ha seguido mis pasos.

Se encuentra de pie, a mi lado, afrontando la situación con cierto reparo.

El ceño fruncido, la mirada entrecerrada llevando a juicio todo lo que siente, los movimientos inestables y temblorosos, como si mi cuerpo pesara demasiado para su mente.

Ver a Muriel (o a su alma), reflejada en el espejo, tocando cada parte de la que se considera mi anatomía para comprobar que lo que ha pasado es real…

también me genera ciertas sensaciones. Lo bueno es que ahora no soy yo el que tiene que disimular la excitación.

Espero que a ella se le dé mejor que a mí, el bulto de los pantalones es difícil de ocultar.

La he dejado sin habla, no sé si el motivo son mis abdominales de hierro o el hecho de sentir mi cuerpo como si fuera suyo.

Las dos cosas me encajarían, visto lo visto.

Ahora es mi sufrimiento, desproporcionado, el que aparece cuando me curan el labio partido y lo desinfectan.

Me dolía menos sin curarlo, otra de las señales que me hacen ser yo, pese a estar en otro cuerpo; no estoy acostumbrado a ser cuidado.

¿Qué es un labio partido en comparación a todas las torturas del infierno que he sufrido?

El cuerpo de Muriel ahora es mío y no sé cómo gestionarlo.

Siente con una intensidad desconocida para mí.

Salimos del hospital intentando aparentar normalidad. Nos montamos en Nimbusito y el mensaje no se hace esperar:

La empatía es la clave a la hora de ganar, descubre lo que siente el otro para romper la cuenta atrás.

Miro de nuevo el contador, se ha reiniciado.

Dos días. Mínimo dos días metidos, literalmente, en la piel del otro.

Y una premisa clara: ponernos en el lugar del otro en lugar de pasarnos la vida poniendo al otro en su lugar.

Vienen tiempos difíciles para la tierra, están buscando la conciencia en alguien en quien no la van a encontrar.

Acompáñame en este First Dates improvisado antes de que la humanidad desaparezca.

Mucha responsabilidad para un demonio traumado y un ángel sarcástico.

—Esto sí que no nos lo esperábamos. —Brisa se acaricia la barbilla y mantiene la mirada fija en la pizarra del salón donde ha desarrollado su teoría divina sobre qué es lo que pretende Dios con todo esto.

—No puedo quedarme atrapada en el cuerpo del demonio. Una no se ha esforzado por mantenerse pura para que ahora otra alma contamine su cuerpo. —Qué manía tiene el ángel de juzgarme. Para que luego vaya de cristiana ejemplar.

—No vayas tú tampoco de sobrada, que fuiste al Cielo por joven, no por santa. —Gracias, Nimbusito, por tu acertada intervención.

—Esto es más grave de lo que parece. Es imposible que dos especies enfrentadas desde el inicio de los tiempos lleguen a comprender al otro. —Lo sé, Brisa, yo también veo lagunas en el plan y no es por cataratas en los ojos.

—Baja esa mano de ahí y ni se te ocurra tocarme.

Puede que me picara el pecho y haya comenzado a sobar el cuerpo de Muriel, que ahora es el mío. Joder, qué raro suena todo.

—Yo te diría que bajases la mano ahí , pero no estás preparada para lo que vas a encontrarte.

¿Es normal que verme físicamente a mí, con su voz, no me resulte violento? A lo mejor tengo algo de hedonismo corriendo por mis venas.

—Mira, vas a sentarte aquí y me vas a contar tu vida. No porque me importe, sino porque me obligan. Así que déjate de intervenciones lujuriosas y ponte las pilas. Te recuerdo que ahora soy yo la de las chispas. —Pequeño detalle que se me había pasado por alto.

Me calienta bastante lo del cambio de papeles, y no solo porque ahora tenga ella el poder de quemarme a lo bonzo.

—Pues nací, viví poco y me morí. Por el camino pequé y, tras el juicio de Gladis, en el Infierno terminé.

Acompáñame a conocer esta triste historia.

—Me inclino un poco más en el sofá donde estoy sentado y apoyo los pies en la mesa para mayor comodidad.

¿Qué talla de zapato usa esta chica? Talla Minion por lo menos.

—Ja, ja, ja. También tuviste que ser comediante inexistente, ¿verdad? Por la gracia que no tienes, me refiero. —Empiezo a acostumbrarme a esto de ser su saco de boxeo. La prefiero a ella con mi apariencia antes que a los ángeles caídos de Lucifer.

—No sé qué es lo que quieres saber. Si autoexplorar mi anatomía no te genera morbo, a lo mejor saber por qué acabé en el Infierno sí: soy un asesino.

¿Quieres aprovechar esa información para mandarme de vuelta al Infierno?

Adelante, llevo muchos años conviviendo con ello dentro y aquí sigo.

—A lo mejor he sonado un poco borde, pero es que no cierra el pico.

—¿Cómo puedes decir eso con semejante frialdad? Has acabado con la vida de alguien… —Se toca mi pelo rojo. Ha intentado recolocarse un mechón detrás de la oreja que ahora no tiene. Lo siento, me estoy acomodando a lo de hablar en tercera persona de mi cuerpo, demasiado tiempo siendo mío.

—Y, probablemente, con esa vida que se fue sobrevivieron muchas otras.

No intentes actuar como voz de la conciencia, en mi mente no hay cabida para remordimientos ni culpa.

Puede que no fuera la manera y que la situación se me escapara de las manos, pero lo que se repite en bucle en mi cabeza no es que le rajara el cuello —sentencio levantándome y yendo hacia el baño.

Joder. La pulsera sigue con su maldita cuenta atrás y yo he puesto sobre la mesa el trapo más sucio que tengo. Y mira que esto del intercambio de cuerpo sonaba a posibilidad de polvo. Pues bueno, hecho polvo me ha dejado.

Me mojo la cara. El pelo blanco y largo de Muriel cae sobre mis hombros y me pierdo en el azul de sus ojos. Sigo sin asimilar lo que está pasando. Esto escapa incluso del Cielo y del Infierno.

Tocan a la puerta. No abro. Escucho la voz de Muriel a través de la puerta de madera clara.

—¿Qué es, entonces, lo que mantiene tu mente ocupada? —Lo está intentando. Ha dejado a un lado su orgullo para buscar espacio.

—Ahora mismo solo puedo pensar en tu cuerpo. Cuando me quite las ganas, a lo mejor te lo cuento.

Bueno, dicho queda. Que luego no digan que no he avisado. Ella puede tener el control del fuego, pero ahora soy yo el que arde en el cuerpo equivocado.