CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 14
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Capítulo 14

Muriel

M e ha resultado raro quitarme este peso de encima. No te sé decir si la experiencia ha sido positiva o negativa. Cuando nos levantamos del suelo, camino pensativa y hago una de mis listas mentales para organizarme las ideas.

Ventajas de tener a un demonio sobre mí

Me ahorraría bastante dinero en la factura de la luz terrenal.

Es posible que pueda adquirir alguno de sus poderes por contacto directo (hipótesis en fase experimental).

Tendría la certeza de dónde está.

En caso de apocalipsis inminente, puede ser utilizado como escudo demoníaco.

Hay una alta probabilidad de combustión espontánea, una manera perfecta para llevarnos de vuelta a nuestras respectivas casas.

Brisa y Nimbusito nos esperan en un parque cercano a la zona de la estampida. Me atrevería a decir que la nube está ligeramente despeinada. Si no fuera biológicamente imposible, diría que han pasado cosas.

—Oye, muchas gracias por vuestra maravillosa ayuda, se nota lo mucho que valoráis nuestra presencia en la tierra —comento con sorna cuando nos montamos sobre la nube.

—Muriel, cariño, se te veía demasiado cómoda frotándote con el demonio como para atreverme, siquiera, a interrumpir. —La nube se mueve bajo nosotros con un movimiento de cadencia sensual. Cómo le gusta lo que le encanta.

—Chicos, tenemos que dejar los cortejos para otro momento, mirad. Todos los periódicos digitales hablan de lo mismo.

Brisa nos acerca la pantalla del móvil: «Una invasión de pokémones electrónicos bloquea la entrada de la autopista que entra a la ciudad».

—¿Me estás diciendo que alguien ha aprovechado el auge de la tecnología, ha invertido su tiempo vital en construir los pokémones de la primera generación de forma electrónica para darles vida en la tierra atemorizando a la población? Mola.

Maalik parece realmente fascinado. Se le intuye el nivel de frikismo que tiene con esos bichos de su infancia.

A mí me sorprende que haya perdurado tanto esta moda en el tiempo.

A lo mejor no está todo perdido para la humanidad después de todo.

Si quitamos el pequeño detalle de que la gente está perdiendo la cabeza.

La ayuda de Nimbusito es de vital relevancia en esta campaña de actuación.

Casi nos teletransportamos a la velocidad de la luz.

Cuando bajo de la nube me toco el pelo, aunque directamente busco comprobar que mi cabeza sigue en su sitio.

También me peino. Hay que aprovechar los esfuerzos y rentabilizar el movimiento de los brazos.

Me he mareado. Definitivamente, el problema no es el medio de transporte, es la tierra.

Otro motivo más para volver al Cielo cuanto antes.

Con lo a gusto que estaba con mis papeles desordenados.

—¡Mira, es un Jigglypuff! —Lo veo capaz de sacar una Pokéball del bolsillo y guardárselo dentro de su colección. El demonio está como un niño con zapatos nuevos.

Un bicho rosa, bastante adorable y con un tupé envidiable, aparece a nuestro lado.

Si no fuera por los cables que salen de todas sus chapas metálicas y la apariencia de bomba andante, se podría valorar su presencia para un museo.

Qué desperdicio que hayan elegido el odio para arrasar con el mundo entero, es un proyecto interesante.

La adorabilidad pasa a un segundo plano cuando el bicho robótico entra en el modo maligno.

Empieza a entonar un cántico con una frecuencia mortal.

Los oídos empiezan a sangrarme. El único que se libra de la consecuencia de las notas que entona es Nimbusito.

Me bloqueo. Solo me nace la opción de hacerme bicho bola y rodar lejos de este ser creado para matar.

Tampoco es una opción, teniendo en cuenta que estamos rodeados de otros como él.

—¡Maalik, haz que se calle! —Algo tiene que haber aprendido de los dibujos originales que nos sea de utilidad en todo esto.

—¿Y qué quieres que haga? Entre el Jigglypuff y la maldita pulsera que no para de pitar vamos a morir por exceso de decibelios.

Me fijo de nuevo en la pulsera que lleva Maalik. Con todo el ajetreo se me había olvidado por completo su existencia.

—Tienes que cazarlos, demonio, ha llegado el momento de que te hagas con todos. —Nimbusito lo anima, me alegra saber que tenemos otro friki pensante en el grupo. Yo no tengo ni idea de nada.

—Pues tendremos que encontrar la forma. Esto es una plaga, es imposible que consiga contenerlos yo solo.

Maalik acerca el sensor al bicho metalizado. Lo primero que consigue con eso es callarlo. Y de pronto siento la presencia del Cielo en la tierra. Esto es lo que la gente debe interpretar como placer adulto, seguro.

Lo siguiente que pasa, es que el dispositivo habla:

Has añadido a Jigglypuff a tu colección, solo te quedan 150 más para desactivar el apocalipsis.

—Por el jefe, estos robots frikis van a destrozar el mundo antes de que el demonio pueda capturarlos a todos —digo con creciente hartazgo.

—Bueno, mientras tú te dedicas a lanzar oraciones a diestro y siniestro hacia nuestro jefe explotador, yo voy a salvar a la humanidad, ángel.

Pero ¿de dónde narices ha sacado las alas y por qué las tiene en la tierra?

El demonio, con unas alas de plumaje negro azabache, echa a volar y comienza a hacer mortales hacia atrás.

Ah, no. Resulta que ha perdido el control y se ha prendido fuego de forma espontánea.

Otra vez. Mando a Nimbusito para que lo intercepte.

Su baja temperatura hace que Maalik deje de arder y aterrice dando un par de vueltas de campana.

Me acerco hacia él y le ofrezco la mano para levantarse del suelo.

—Dime dónde habías escondido las alas hasta ahora y por qué no empiezas a llevar ropa ignífuga, teniendo en cuenta tu ineficiente control del fuego. —No es que las vistas del pelirrojo en calzoncillos dañen la retina, pero tampoco lo veo apropiado en nuestra peripecia apocalíptica.

—Las alas no las había visto desde que me despeñé del Purgatorio.

En cuanto a la ropa…, creo que podemos divertirnos mucho más sin ella.

—Vaya, interesante respuesta que analizará la Muriel del futuro porque un robot con pinta de dragón y de un verde intenso vuela entre nosotros, aumentando el espacio que nos separa.

Maalik salta con una parábola perfecta y aterriza con una técnica digna de un loop en los campeonatos de patinaje artístico que tanto me gustaban la primera vez que estuve viva.

Sus alas vuelven a desplegarse y se enzarza en una pelea de acrobacias aéreas hasta que su pulsera entra en contacto con el bicho.

Otro menos. Al final va a crearse un nuevo mundo antes de que salvemos este. Qué pena damos como elegidos.

Maalik sigue cultivando su papel de héroe terrenal y yo me centro en analizar la situación de la manera más pragmática posible.

Ahora mismo tengo que darle la razón al demonio: la humanidad se merece la extinción.

La población de a pie no corre. La mayoría sostienen en sus manos los teléfonos móviles y graban en directo la invasión de robots.

Para qué evitar la destrucción masiva de humanos y la consecuente extinción de la vida, pudiendo subirla a redes sociales y usarla para crear interacciones que se convierten en dinero.

En mi época no era así. Ahora, con el dispositivo móvil, se da «Me gusta» como método de socialización con el que generas dinero extra y en el que intervienen una alta gama de alteraciones psicológicas; entre ellas, validas y eres validado con un botón virtual mientras un corazón flota con cierta gracia en la pantalla.

Cuando alguien comenta, se reproduce en voz alta, y cuando alguien comparte tu retransmisión en vivo, suena como cuando te dan el premio de apertura a la ludopatía en una máquina tragaperras.

Están tan absortos en el dinero que les genera el rendimiento del fin del mundo que no se enteran de que van a ser eliminados de la faz de la tierra. Fascinante, parece ser que cada año de vida les resta neuronas en vez de darles sabiduría.

Cuando el demonio ha recogido unos quince bichos metalizados de lo más rocambolescos y el Team Croquet (es como hemos apodado al trío que formamos Brisa, Nimbusito y yo porque gustamos a todo el mundo) estamos totalmente rodeados de robots con maldad aumentada, decidimos que tenemos que buscar una alternativa.

—Muriel, intenta buscar agua o reza para que tu jefe considere oportuno mandar el diluvio universal. Son demasiados y el factor común que puede acabar con ellos es el agua. —Tiene sentido. En mitad de una autopista como que lo de encontrar una manguera se complica bastante.

Podríamos llamar a los bomberos, pero claro, el camión no va a poder llegar hasta aquí cuando un oso gigante blanquiazul ocupa los dos carriles. ¿El friki ingeniero que ha hecho esto de dónde ha sacado la pasta para tanto material? Definitivamente hay gente que nace con estrella y otra estrellada.

—Tengo una idea —digo con cara de eureka.

Me subo a los mullidos lomos de Nimbusito y le hago tomar altura.

Una vez estamos arriba, y un poco a traición, comienzo a meter los dedos entre sus enmarañados pelos de filo de nube.

La risa no tarda en hacerse notar. Sigo haciéndole cosquillas hasta que por fin descubro sus lágrimas precipitando hasta la tierra.

Eso es, pero es muy poca cantidad como para poder cortocircuitar a esa panda de metálicos esbirros.

Consigo reforzar las lágrimas de la risa contándole a Nimbusito una historia triste.

De estas que combinan algo que te afecta con algo que enseñarte.

Ahora sí, el agua en forma de lluvia cae con tal fiereza que empapa a todos los seres metalizados que acosan la tierra.

Algunos cortocircuitan en el suelo, otros explotan.

Cuando volvemos al lado de Maalik, ambos suspiramos.

Cuenta atrás para el apocalipsis desactivada. Se le comunicarán nuevas enmiendas en próximas ocasiones.

La pulsera ha hablado de nuevo. Yo no tengo mucha más fortaleza para afrontar tantos finales del mundo.