CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Conforme nos acercamos a la marabunta de gente, el paso se hace cada vez más complicado.

Tomamos la decisión de subirnos a la nube…

Bueno, la toman ellas, porque yo pinto menos en la tierra de lo que pintaba en el Infierno, y eso ya es mucho decir.

Nos montamos en Nimbusito para poder tener dos cosas a nuestro favor: la invisibilidad y la panorámica del percal que ocurre a nuestros pies.

—Menos mal que habéis subido, me aburría tanto que casi me evaporo para demostrar que la ley de Charles no es aplicable.

Mi teoría es que con la constante presión del apocalipsis y el calor que hace en este sitio seguro que pierdo algo de volumen.

¿Os imagináis mi versión Nimbu(FIT)o? —Ha guiñado el ojo.

O se le ha movido algo, porque lo he notado en mi culo. Y no, no me ha gustado.

—¿Qué opinas tú de lo que le han hecho a la mano de Maalik? —¿Me ha llamado por mi nombre y no ha usado el término «demonio» con tono despectivo? Este es el auténtico fin del mundo, el chip está escacharrado.

—Creo que deberíais probar, al menos, la comida rápida de esta época. No podéis basar vuestro juicio en recuerdos de hace cien años; el colágeno os da alas, pero no memoria. —Punto para la nube. Tengo hambre y empiezo a sentirme incómodo encima de su lomo acolchado.

—Tienes razón. Demonio, nos vamos al McDonald's.

—Saltamos de Nimbusito. Bueno, yo me despeño.

Empiezo a cansarme de que el ángel se piense que he renacido con una bola de cristal bajo el brazo.

No sé en qué momento he adquirido, ante sus ojos, la capacidad de leer la mente, pero no puede estar más equivocada.

Brisa se queda sobre Nimbusito, con la excusa de que nuestra presencia en la tierra está trastocando su ritmo circadiano.

Yo creo que está hasta los huevos de soportar a dos adultos incompetentes que han viajado al futuro sin comerlo ni beberlo.

Qué injusto es que te pidan salvar el mundo cuando ni siquiera te han preguntado si quieres hacerlo juntos.

Nos hemos chocado al menos con veinte personas que llevan pancartas entretenidas: «Mucha publicidad, poca credibilidad», «Impresora 3D, hamburguesas de papel», «Entre billetes, sin empleo, arruinas la vida al pueblo».

Tengo ya hasta curiosidad por sacar mis propias conclusiones de las nuevas hamburguesas distópicas.

También te digo, mi mano pita más conforme nos acercamos al local.

Solo nosotros somos capaces de oír al artefacto, y menos mal, no vayan a pensar que estoy robando algo y vuelva a ser un delincuente, esta vez sin querer.

Entramos y el dispositivo suena como las sirenas que llevaban los Minions en sus películas.

Vimos la película poco antes de que Uriel muriera, fue uno de los últimos momentos de calidad que le dediqué.

Me esforcé tanto en sacarlo adelante económicamente que me olvidé de todo lo que, sin querer, le estaba quitando: mi atención y mi tiempo.

Instintivamente, echo la mano al bolsillo y encuentro una tarjeta, pero no una cualquiera.

Está partida en dos y en ella conviven estéticamente una representación metafórica del Cielo y del Infierno.

Muriel mira por el hueco de mi axila para cotillear lo que he encontrado.

No, no me quiere oler el sobaco, pero es que le faltan al menos veinte centímetros para poder mirarme por encima del hombro.

—Venga, ángel, que te invito a conocer el apocalipsis culinario.

Muriel hace amago de contestar, pero el microchip, es decir, mi mano, se le adelanta:

Alarma desactivada. Estado de apocalipsis terrenal: pospuesto. Motivo: es de mal gusto arruinar una primera cita.

Me río. Como para no. Muriel se pone muy roja, no sé si por enfado o por vergüenza, pero sí te digo que le falta muy poco para convertirse en chimenea y empezar a soltar humo por las orejas. Si lo de elegida para salvar el mundo sale mal, siempre puede sembrar humo en el Infierno.

—Esto no es una cita, demonio, es parte de una investigación crucial. —Me quita la tarjeta de la mano y se dirige a una de las mesas.

—Cualquier reclamación, a la paloma. No me culpes a mí por lo que dice el enviado de tu jefe.

Me acomodo en frente, sentado en uno de los bancos acolchados.

¿Hecho llamativo? No hay personas. No hay trabajadores.

Pides desde la mesa y un dron trae tu pedido.

La verdad es que la comida se parece más a las hamburguesas de chuches que me traían mis padres después del colegio si me portaba bien.

Encuentro sentido a varios de los carteles de las manifestaciones.

La tecnología ha robado puestos de trabajo, el avance es tan claro que es la humanidad lo que se ha perdido.

La única inversión que hacen es en publicidad y la carta está compuesta de alimentos sintéticos impresos en 3D.

No pienso ingerir esto, antes vuelvo al Infierno a por mi ración diaria, aunque tenga que comérmela en un cuenco para perros.

Cojo a Muriel de la mano y se aparta. Me fijo en que no lleva los guantes, así que alargo las mangas de mi camiseta hasta que cubren por completo mi mano derecha.

Espero que mi madre no me esté viendo desde el Cielo, se alteraba mucho cuando lo hacía.

Ante la presencia de la tela, Muriel se une a mí sin que salten chispas.

—Ángel, tienes que acostumbrarte a mi presencia, no podemos electrocutarnos cada vez que nos tocamos, y menos teniendo en cuenta que vamos a salir de nuevo a la estampida de humanos resentidos con pancartas —comento mientras la saco del local.

—Si el control de nuestras interacciones físicas me perteneciese, demonio, tú ya habrías sido transportado por un trillón de electrones de vuelta al Infierno.

—La verdad es que empiezo a interpretar como agradable su forma de seguirme la corriente, aunque ella solo piense en ponerme pena capital en la silla eléctrica.

Noto el tirón, pero no logro reaccionar a tiempo.

Unos robots, aparentemente antidisturbios, cargan contra la multitud y noto cómo nos separamos.

No me hace falta ver que la distancia entre nosotros se ha agrandado, el vacío existencial que me llena me confirma que la hemos cagado.

Corro entre la multitud, usando mis sensaciones como guía para encontrar al ángel.

Quiera o no, es mi compañera apocalíptica.

Empiezo a sentir la paz, y se acompaña por un quejido agudo.

Bajo la vista y la encuentro en el suelo.

La he pisado yo, pero estoy convencido de que su cuerpo delgado no aguantará el laúd de gente que se le viene encima.

Me lanzo sobre ella. Ya, sé que no soy una tortuga ninja ni tengo caparazón, pero algo hará mi metro noventa sobre el ángel en miniatura que tengo debajo.

Ella se queda quieta, no sé si porque le ha pillado desprevenida o porque piensa que tiene más posibilidades de sobrevivir así.

No pienso mucho lo que digo, pero sale de mi boca sin ningún filtro:

—Muriel, dentro de este mundo apocalíptico, ten claro que, si tú caes, yo me acuesto contigo.

—Nuestros latidos se sincronizan y van más rápido de lo normal, te lo aseguro.

Lo de pisarnos cada dos por tres puede tener algo que ver, la seguridad percibida entre sus brazos y la sensación de estar en casa puede influir también.