Capítulo 12
Maalik
D efinitivamente, vas a viajar a lomos de Nimbusito. —Muriel no deja lugar a dudas en la primera oración que suelta desde lo que ahora llamaremos «LA ANUNCIACIÓN».
—Vaya, y yo que pensaba que montar a alguien me haría mucha más ilusión a estas alturas de mi segunda vida. —Tampoco me dedico en exceso a analizar lo que sale de mi boca, eso explica la cara que se les queda al ángel y a la médium.
—Yo tampoco pensaba cederte mi autonube, pero necesito tenerte cerca para sobrevivir y me resulta desagradable verte. Ganamos todos, tus piernas no se cansan y yo gano tu maravillosa invisibilidad. —Realmente Muriel cree que ha tenido la mejor idea del mundo.
—Sois unos críos, tenemos que detectar los indicios del fin del mundo acercándose y detenerlo antes de que se extermine el planeta. —Brisa nos mira como si fuera nuestra madre, yo hasta se lo agradezco.
—Visto lo visto, tampoco me apena demasiado que la tierra desaparezca. Casi que es la consecuencia lógica después del acúmulo de tan malas decisiones.
Muriel me mira con semblante sorprendido, yo encojo los hombros porque no me arrepiento de nada, qué quieres que te diga.
—Tu opinión sobre este mundo perdió relevancia desde el preciso instante en el que tu maldad te llevó al Infierno. —El ángel aprieta tanto la mandíbula que ahora mismo podría ser una digna competidora de un cascanueces.
—Ya veremos si, a nuestra vuelta, no compartimos celda, ¿o tu religión no te ha enseñado que juzgar al prójimo no es lo más adecuado? —Sé que el mal perturba su calma, así que me toca jugar con su culpabilidad.
No lo veo venir. En menos de lo que dura un pestañeo noto un empujón desproporcionado, y más teniendo en cuenta la diferencia de altura y cuerpo entre el ángel y yo.
Lo siguiente que noto es algo o, mejor dicho, alguien muy mullido recibiéndome antes de caer al suelo.
Gracias por tanto, Nimbusito, sin lugar a duda, tienes el Cielo ganado.
Miro a través de la neblina y observo cómo Brisa y Muriel caminan por la acera estrecha, anulándome por completo, haciendo como si yo no existiera.
Esto es gosthing en toda regla, hasta la ambientación da para película de terror ochentera.
No es que me sorprenda lo de la exclusión, desde que Uriel subió al Cielo, fue la norma de mi vida sin excepción.
Ni siquiera en el Infierno mejoró el percal.
Mi instinto me dice que me abalance a través de Nimbusito, pese al riesgo de ensartarlo y convertirlo en una nube de esas untables en chocolate.
Mmmm…, con mi combustión espontánea nos quedaría un buen postre.
Una voz de hombre me saca de mi ensoñación gastronómica y me alienta a quedarme quietecito.
Él no me impone, la amenaza que transmite sí.
—Si quieres mantener tus gónadas en su sitio, te recomiendo que te quedes sentadito y disfrutes de la comodidad del viaje.
No me gustaría que Muriel atara tus testículos y se usaran de campana en las puertas de San Pedro —Nimbusito lanza la frase con una tonalidad celestial igual que una cría pequeña te invitaría a jugar en el parque.
—Es un ángel, no podría hacer daño ni a una mosca —afirmo, entre dientes, sin resignarme del todo a obedecer.
—Y tú un demonio, cuando Dios busca justicia nunca importan los medios, solo el fin. —Es la última interacción que tengo con la nube.
Empiezo a sospechar que la niebla, es decir, la nube en su versión dispersa, tiene algo más que vapor de agua. Me atrevería a decir que lleva algo de cannabis en suspensión, pero ahora me dejo llevar por su vertiente mullida y concentrada. Sea cómo sea, me duermo en el trayecto.
Cuando se me abre el ojo después de la sedación involuntaria por aspiración de polvo de nube, estoy en el salón de la casa de Brisa.
Estiro el cuerpo, sin mucho éxito, en el corto y estrecho sofá con tintes victorianos.
Capto el alboroto de mi alrededor, del que hace un instante estaba absorto, metido en un profundo sueño asistido.
En el ala este del salón, una especie de pizarra virtual adorna el espacio blanco de la pared.
Desde lo que parece ser un proyector, aparecen palabras y números sin sentido aparente.
O tal vez aún estoy durmiendo y mi propia existencia carece de sentido.
—¡Esta es la primera muestra de que el fin del mundo se acerca! —Muriel da un toque en el hombro de Brisa con un lápiz que pinta en el aire. La vida ha cambiado mucho desde que me morí, todo sea dicho.
—No tenemos pruebas que confirmen tu hipótesis, Muriel. —La médium se toca el pelo con nerviosismo y descarta con otro lápiz una de las flechas hacia la palabra redondeada con un círculo. ¿Por qué narices pone «McDonald's»?
—Mira, todo encaja, si la población engorda cada vez más, sus funciones orgánicas se verán muy perjudicadas.
La fertilidad, pieza clave para la supervivencia de la especie, también se vería afectada.
Está claro que la comida basura es uno de los indicios de que el mundo va a decir hasta luego más pronto que tarde.
—Termina poniendo, de nuevo, un montón de flechas que mandan hacia la famosa marca de hamburguesas.
Esto de los hologramas es muy útil, me ahorro la alergia a la tiza que me hacía la vida imposible en el colegio.
—Decir que las hamburguesas afectan a la fertilidad es relativista —añado sin muchas ganas de discutir—; también afecta a la fertilidad la ausencia de conciliación familiar o, incluso, las propias normas de convivencia que el Estado se niega a ofrecer.
—Yo me pongo en la tesitura de elegir entre no tener hijos o ver a mis hijos perderse en una pantalla… y prefiero que mi linaje muera conmigo.
—Que la sociedad ha cambiado en los años que habéis pasado excluidos del plano terrenal es una certeza —añade Brisa en tono pacificador, intercediendo para darnos la razón a ambos y mandarnos a la mierda de igual manera.
—Pero por algo tenemos que empezar, y ahora mismo no tenemos una línea de actuación mejor.
El ángel es un ser altamente resolutivo, yo solo busco conflicto:
—Podrías empezar a reconocer que no tienes ni idea de lo que pasa en este mundo porque ya no formas parte de él.
No le gusta mi aportación hasta tal punto de ver reflejada la voluntad de incinerarme en su mirada. No se da cuenta de que el quema aquí soy yo.
—Y tú podrías empezar a reconocer que el mundo estaba bien hasta que decidiste volver a él.
Está bien el hecho de aprender que arrastras contigo el mal, allá a donde vas.
—Vale, esta me ha dolido. Saber que pudro todo lo que toco no es novedad.
Que un ángel, habitante del mismísimo Cielo al que quiero llegar, me tome como a uno de los jinetes del apocalipsis, ya me molesta más.
—Tal vez podemos dejar a un lado tu perspicacia y centrarnos en el calor infernal que hace para ser inicios de noviembre.
—Muriel me mira con su camiseta negra de manga corta y repara en algo evidente.
Manda huevos. Tengo que ser yo quien diga las obviedades porque la enviada celestial tiene una rebelión pendiente contra el demonio fugado, véase yo.
—Propongo algo mejor, amordazarte durante toda tu estancia en la tierra para que dejes de expresar tus opiniones equivocadas. —Me va a tocar aprender a rezar al Santísimo, a ver si le sobra algo de paciencia y la gasto con la peliblanca que me acompaña en esta enmienda.
—Venga, justo hoy hay una manifestación programada contra las cadenas de comida rápida. —Brisa coge la llave electrónica de su casa y se dirige a la puerta sin darnos demasiado tiempo para reaccionar.
—Señor, dame paciencia, porque si me das fuerza, no solo recupero la vida, sino que también recupero mis alas de demonio mayor y me convierto en el precursor de la extinción —lo digo más para mí que para Muriel, pero lo cierto es que el ángel se gira y me lanza una mirada digna de un ritual satánico.
Irónico que sea yo el habitante del Infierno.
—¿Qué cojones es esto? —Una paloma acaba de cagarse en mi mano.
Lo consideraría una cagada celestial para recordarme que soy una mierda de persona, pero el hecho de que se haya amarrado a mi muñeca con una perfección preocupante y ahora parezca un preso en libertad condicional…
me hace pensar que hay algo mucho más allá de lo visible.
Lo descubriré gracias a mi nueva pulsera, última edición de Pandora en versión GPS.
—¡Perfecto! Ahora el jefe te ha puesto un localizador para no perderte.
Muriel y yo caminamos cerca. No porque nos hayamos cogido cariño en los treinta minutos de caminata, sino porque parece que tenemos ansiedad por separación.
Recalculando recorrido. Espere unos segundos para obtener respuesta. Actualmente, el fin del mundo se encuentra a dos kilómetros.
Brisa, el ángel y yo pegamos tal brinco que nos hubieran dado la medalla de oro olímpica. No necesitas entrenamiento, solo motivación. Que mi mano cagada por la paloma hable es una locura suficientemente terrorífica como para que casi atravesemos a Nimbusito, que nos sigue por las alturas.
—¿Veis? Lo sabía. Cuanto más nos acercamos a la manifestación, más cerca estamos del apocalipsis.
Esto es coser y cantar. —La sonrisa que muestra tras ver que el aparato dirige su brújula electrónica en la dirección de su hipótesis es deslumbrante.
No lo digo por romanticismo, literalmente el sol rebota tanto en el blanco de su dentadura que casi podría fundirme a mí si se queda quieta un rato.
—Claro, Muriel, olvidemos que una paloma caída del cielo ha dado la razón a un ángel. No hay conflicto de interés en este acontecimiento histórico, eso seguro.
—A ver, es probable que la ayuda haya venido desde arriba porque aquí abajo no sois capaces ni de soportaros. —La médium es bastante graciosa cuando se enfada. Arruga la nariz del mismo modo en que lo haría yo al atravesar un vertedero, aunque quién soy yo para juzgar.