Capítulo 11
Muriel
D esde que el demonio ha entrado en la que fue la casa de mis padres (ahora la de Brisa), noto cómo la piel me arde.
No sé si su simple presencia me provoca urticaria o es que soy alérgica a las partículas de azafrán infernal que desprende su piel.
O a lo mejor es que los ángeles y los demonios no estamos hechos para la convivencia, que también es probable.
—¿Estás bien de la cabeza? ¿Cómo te lanzaste del Purgatorio sin saber lo que pasaría después?
El pelirrojo, que por lo visto se llama Maalik, está sentado en una silla de plástico de Ikea, maniatado. De momento no ha habido muestras de riesgo alto de incendio por cometa humano.
—Una noche en el Infierno tal y como las he vivido yo y entenderás perfectamente por qué mi cabeza no está bien.
Respecto a la segunda pregunta… La veo innecesaria, ángel.
— Pausa dramática mal recibida por mi parte, no me escondo—.
Estoy convencido: eras tú quien miraba a través de la cristalera cómo me desvanecía hacia la nada.
—Una sonrisa de medio lado me hace saber que aún no ha terminado su magnífica intervención no solicitada—.
Sé que resulta difícil quitarme la vista de encima y que no es por cotilla, no me chivaré a tu jefe.
—Venga ya, Maalik, me has hecho bajar del Cielo para escuchar tonterías más grandes que tu ego. —Me giro sobre los talones para darle la espalda, no es buena idea porque siento su mirada atravesarme y me incomoda no saber por dónde la está paseando.
—Permíteme que te corrija, ha sido tu jefe el que te ha hecho bajar para capturarme. Que yo sepa, hasta hace unos minutos no te conocía de nada. Aunque bueno, con tu lengua afilada puedo intuir que hemos interactuado antes, cuando tu ausencia de cuerpo lo hacía más soportable.
Un mechón de pelo se le cae sobre la frente y va en dirección a sus ojos.
El demonio los cierra y aprovecho la coyuntura para quitárselo no vaya a ser que me toque llevar a su forma humana a urgencias por una conjuntivitis.
Suelto el mechón rápido, no por la intimidad que sugiere el gesto, si no porque el pelo rebelde en contacto con mi piel empieza a arder, quemándome la mano.
—¡Venga ya, Maalik! Has pasado de ser un demonio que padece combustión precoz a convertirte en una antorcha humana. —Miro la ampolla que empieza a adornar mi mano y suelto una maldición en silencio. El jefe me va a pagar en vacaciones todas las consecuencias derivadas de mi vuelta a la tierra.
—Es cosa tuya, ángel, ¿quién te manda a jugar con el rey del fuego cuando sabes perfectamente que quema?
Brisa aparece en el momento álgido de la conversación.
Según los libros que hay apilados y perfectamente conservados en mi antigua habitación, este sería el momento perfecto para que se diera un momento épico que avivara nuestro amor prohibido.
En cambio, lo único que siento es un vacío existencial enorme que me hace cuestionarme si toda esta habladuría que caracteriza al demonio es en verdad una forma de camuflar lo que en verdad le duele, que por su expresión compungida cuando vi su imagen a través de la tele celestial, debe ser todo.
—Ya estoy lista, podemos irnos. —Brisa lleva un vestido largo y negro—. Tenemos que soltarlo, no puede ir por la calle como si estuviera secuestrado, llamaría demasiado la atención. Muriel, desátalo y dale la mano, pareceréis una pareja de tortolitos como otra cualquiera.
—Ah, no, no pienso caer en batalla por cumplir las órdenes del jefe. Si me ha quemado con un mechón de pelo no quiero imaginar de lo que es capaz con el roce de otra parte del cuerpo. —Me percato de lo mal que suena en el mismo momento en el que la última parte de la frase abandona mi boca.
Debo de tener los mofletes tan solo un tono por debajo del color de su pelo. No lo veo, pero lo siento en forma de calor. El demonio se echa a reír. Brisa también, pero de forma más contenida y arrugando ligeramente la nariz.
—Toma, anda, ponte estos guantes. Son ignífugos y evitarán que te prenda fuego este inconsciente —señala, pero, aunque el mensaje es una réplica, la sonrisa de Brisa es enorme. No entiendo en qué bando está esta mujer.
—No sabía que mis poderes seguían activos aquí abajo, las alas no las tengo. —Maalik se toca las muñecas, donde hace unos segundos estaba rodeado por cuerdas.
—Procura entrenarlos, algo me dice que necesitarás tenerlos en pleno funcionamiento para cuando el jefe te devuelva de una patada al Infierno —digo sin prestar mucha atención al mensaje que quiero transmitir.
No me lo pienso, me pongo los guantes y lo cojo de la mano. Efectivamente, no empiezo a arder, un detalle relevante, visto lo visto. Los tres salimos de la casa. Brisa sale la última, echa la llave y activa unas diecisiete alarmas, cada una con diferentes métodos de aviso.
—¿Tanto ha aumentado la delincuencia en los últimos años como para ser necesaria tanta seguridad?
—pregunto a la vez que pego un leve tirón de la mano de Maalik para que no se aleje demasiado.
Me digo a mí misma que es para controlar que no se escape de nuevo, aunque en verdad, cuanto más se aleja, más me abraza esa oscuridad vestida de soledad que tan poco me está gustando.
—Lo que ha cambiado es quiénes son los verdaderos delincuentes, ahora la ocupación de la propiedad privada es legal si la llevan a cabo desde arriba.
Tu casa puede ser la elegida para convertirse en una vivienda social, al parecer hay gente que la necesita más que el propio usuario.
Las medidas de seguridad no impiden que la elijan y puedan despojarte de la vivienda, pero al menos te da tiempo a llegar mientras tiran abajo los sistemas y poder rogarle un poco al gobernante de turno para que aún no te toque.
—Me recuerda un poco a cuando te morías en Los Sims y le rogabas a la parca para que no te llevase aún porque era muy pronto.
Nos encaminamos a la iglesia más cercana. Nuestro objetivo ahora mismo está claro, pero para no perderme me he hecho una lista de las mías. Marchando una lista calentita, recién salida del horno, desde mi cabeza a tu mesa:
Qué hacer cuando encuentre al demonio
Localizar una iglesia para contactar con el jefe y que me diga cómo proceder para mandarlo de vuelta al Infierno. Dios es omnipresente, pero en la iglesia hay menos interferencias.
Contemplar el paisaje por el camino y recordar mi segundo paso por la tierra como experiencia premium .
Cultivar la amistad con Brisa; es necesario contar con una médium profesional en el Cielo.
Evitar encontrarme con el transeúnte con ideas apocalípticas. Sería un problema que reconociera mi voz.
Preparar formalmente mi petición de vacaciones ampliadas por el simple hecho de haber terminado en la tierra sin comerlo ni beberlo.
Entramos en la primera iglesia de la ciudad en la que encontramos a cero unidades de personas, pero está abierta.
Aprieto un poco más fuerte la mano de Maalik para que siga mi ritmo y se frena justo antes de traspasar el umbral de la puerta de entrada.
Me giro para ponerle las pilas cuando veo que su rostro se desfigura.
Empiezo a pensar que el hecho de estar cerca de una iglesia es el método más eficaz para devolverlo a su casa cuando un estornudo, con capacidad de terminar de arruinar el coliseo, resuena en el eco de la estructura románica.
Contemplo cómo, de forma progresiva, empezando desde las velas más próximas a la puerta e incluyendo las más lejanas, ubicadas en la mesa del altar, se encienden.
—De nada, ya no necesitáis los preparativos para llamar al jefe. —Pasa por la puerta. Solo. Como que el demonio ha utilizado el despiste para soltar mi mano y entrar en la iglesia.
Conforme se aleja, mi pulso se acelera y una sensación de angustia me llena.
Se instaura en la boca de mi estómago y hace que me doble en dos.
El demonio se para, le cuesta respirar y, aunque no está tan afectado como yo, sé que tampoco lo está pasando bien por los gestos bruscos que nublan su rostro idílico.
Recorre de nuevo el pasillo central de la iglesia y vuelve a mi lado.
Ambos respiramos profundamente, dejando salir todo lo malo que nos ha ahogado en esta distancia horrible que se ha interpuesto entre nosotros.
Me tiende la mano y no tardo en aceptarla.
Puede que sea un demonio, pero ahora mismo tengo claro que mi supervivencia en la tierra depende de él. Y no me gusta especialmente, la verdad.
Caminamos hacia el altar de la mano. Me he imaginado esta imagen muchas veces, solo que en vez de un demonio tenía un marido.
Bueno, no todo en esta vida sale bien, la última oportunidad la gasté pronto y esto es lo más cerca que voy a estar de una boda, así que cumpliré el número dos de mi lista como si esto fuera otra cosa.
Vivan las películas que me monto en la cabeza.
Brisa nos adelanta y se coloca tras el ambón. Sus ojos empiezan a abrirse y a cerrarse y su cuerpo se desploma. Maalik sale corriendo a ayudarla y yo lo imito por pura inercia y, como motor, llevo al miedo de sentirme vacía de nuevo.
—¡No la toques! —el grito que suelto resuena, estridente, entre las paredes de la estructura que nos acoge. No sirve de nada, porque Maalik ya sostiene a Brisa entres sus brazos y… no pasa absolutamente nada. No se quema a lo bonzo.
—Muriel, busca agua, nuestra amiga ha atravesado el velo y no sabemos cómo va a volver.
Obedezco, pero cuando me alejo en dirección a la calle, las sensaciones desagradables vuelven y redirijo mis pasos hacia uno de los laterales de la iglesia.
Encuentro la pila bautismal llena de agua.
Higiénico no creo que sea, pero imagino que hidratar también hidrata.
Corro hacia la sacristía, que está justo en el ala este, donde Maalik sostiene a la médium que se ha dado un golpe en la ceja y la lleva partida.
Entro en ella, me santiguo pidiendo perdón directamente al Cielo y comienzo a buscar el cáliz como si estuviera dentro de una competición de Harry Potter.
Encuentro la copa dorada y me acerco a la pila.
Lo lleno tanto que cuando me acerco al ambón voy dejando gotitas de agua por el suelo.
Llego justo a tiempo. Brisa está volviendo en sí.
Noto cómo su lengua sale seca y blanquecina de su boca.
Le acerco el cáliz del que toma el agua con ansia.
Maalik la incorpora un poco más para que no se ahogue durante el proceso de rehidratación.
No sabía yo que esto de viajar entre mundos te deja seca.
Los dos la miramos, expectantes, para ver la información que nos trae. Una paloma irrumpe en la iglesia y se acerca a mi pelo. No me he peinado demasiado, pero tampoco creo que lo lleve tan mal como para que lo confunda con su nido.
—Cuidado, Muriel, no vaya a ser que hayas venido a por un demonio y te vayas a ir con un hijo. —Ignoro el comentario del demonio y cojo el papel que la paloma ha dejado enredado en mi pelo.
«Alerta máxima, el final se acerca. Ha llegado el momento de desempeñar vuestro papel determinante como dicta la profecía.
Queda en vuestras manos mantener con vida la tierra, acabad con el mal antes de que este acabe con la humanidad.
Proteged mi mayor creación. No me falles, Muriel, no te dejes llevar por el demonio o perderás el acceso al Cielo, para siempre. »
Brisa despierta y cuenta las nuevas del Purgatorio.
En mi cabeza solo escucho ruido y una amenaza contundente de perder todo lo que he conseguido hasta ahora en el Cielo.
A ver, no he conseguido nada, pero al menos vivía tranquila.
Miro al demonio con rencor y con la certeza de que va a cavar mi propia tumba.
¿Qué se supone que es el final y por qué somos Maalik y yo los indicados para evitarlo?