Capítulo 10
Maalik
N oto el abrazo en lo más profundo de mi ser.
La sensación es extrañamente reconfortante.
No sé cuánto tiempo llevo encogido sobre mí mismo, tirado en el suelo de la antigua casa de campo de mis padres.
Todo era perfecto cuando ellos estaban. Su muerte en ese accidente de tráfico me pilló totalmente desprevenido, tuve la posibilidad de hundirme en el momento en el que recibí la noticia, pero Uriel me necesitaba.
Al final, no fui capaz de dar la talla, ni para él ni para mí.
Vuelvo a centrarme en ese escalofrío que me recorre todo el cuerpo.
Aunque mi cabeza sigue trayendo recuerdos dolorosos a mi mente, una fuerza superior me canta una nana, con voz calmada y ligeramente aguda.
No la escucho, pero la siento. Aprieto la mandíbula y noto cómo una lágrima rebelde se escapa de la prisión donde las intento recluir, con la intención de volverme inalcanzable y olvidar ese dolor reprimido en el pecho.
Consigo regular los latidos de mi corazón y la cadencia de mi respiración.
Un momento… ¿POR QUÉ MI CORAZÓN VUELVE A LATIR SI YO YA ESTOY MUERTO?
Me levanto de un salto e instintivamente miro a todos los lados, imagino que esperando ver aparecer a los ángeles caídos de Lucifer.
No hay duda de que mi paso por el Infierno me ha tocado el ala.
Aunque bueno, hablando de ellas, no tengo.
Ya me había acostumbrado a las nuevas plumas negras y a su tamaño a la hora de moverme…
Mi vida es una secuencia macabra de duelos.
Me dirijo hacia la puerta de salida, no me veo capaz de soportar este aluvión emocional mucho más tiempo.
Rebusco en el baúl de mis recuerdos para dibujar el recorrido que debo de seguir para llegar a la ciudad.
Si te soy sincero, no tengo ni puta idea de qué es lo que tengo que hacer aquí.
Sí, la idea es llegar al Cielo, pero no es viable desde este punto de vista.
Creo que no he meditado demasiado bien la estrategia.
Recorro a ritmo rápido una carretera remota.
Me pego al borde derecho de la misma para poder evitar un atropello si algún coche aparece.
Espero que no se dé el caso, con el color de pelo, los tatuajes y andando por una solitaria pedanía…
, me pueden confundir perfectamente con un asesino en serie sin ningún problema. Y oye, solo maté a uno.
No sé cuánto tiempo camino. Solo sé que la ciudad me recibe entre ruidos, empujones y un ajetreo propio del mismísimo Purgatorio en hora punta. ¿Hay hora punta para morirse? Pues se ve que sí, no me ha dado tiempo en estas tres semanas como funcionario celestial a sacar las estadísticas.
Todo está muy cambiado. Partiendo del pequeño detalle de que llevo cien años sin pisar la tierra no sé qué pretendía encontrarme, seguro que a un conocido no.
Obviamente, por lógica terrenal, todos están muertos.
Algunos de ellos, incluso los he ubicado en las gradas de la arena donde me hacían cumplir mi condena infernal.
El resto habrá ido al cielo. Alguno que otro, con nombre y apellido que no vienen a cuento, capaz que siguen anclados a la tierra y no han llegado a su destino final.
Hay gente tan cabezota que son capaces de retar hasta al mismísimo Dios.
Un pitido ensordecedor me saca de mis pensamientos.
Atravieso un paso de peatones con el semáforo en rojo, algo que hacía de forma asidua allá por el trágico 2025, cuando cancelé de forma involuntaria la suscripción a mi vida.
Un coche que apenas hace ruido con el motor me instiga con el claxon.
Me ahorro comentar la cantidad de improperios que suelta por la boca.
Vale, sí, estaba cruzando mal la calle, pero el que casi me atropella es él.
Lo miro con desprecio de arriba a abajo y sigo mi camino.
Después de haberme enfrentado a los ángeles caídos, el señor con falta de reflejos me importa lo que viene a ser una mierda.
El mundo no para. Su ritmo frenético me embota la cabeza.
Empiezo a replantearme que no tengo dónde caerme muerto ahora mismo.
Bueno, con el ritmo que llevo, capaz que me muero de nuevo y vuelvo derechito al Infierno.
¿Cómo será mi nueva muerte? Espero que no tan triste como la primera, algo de caché he tenido que subir con cien años de condena y una oposición celestial aprobada.
Veo un cartel gigante, publicitario, que me hace parar en seco.
A esa tía la conozco. En la valla publicitaria, veo a una mujer de unos treinta y tantos años vestida con un traje rojo apagado y una camisa blanca sin una sola arruga.
Los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja capaz de venderte hasta las galletas digestivas que tomaba mi madre para mantener la figura y aprender a contener las arcadas que suponía meterle al estómago esa comida para pájaros camuflada.
El cartel reza: «Brisa, agente inmobiliaria que te ayudará a encontrar tu lugar en el mundo».
La conversación con la médium en el Purgatorio toma sentido y todo empieza a encajar un poco: «Búscame, Maalik.
Cuando la tierra sea el escenario de tus miedos, búscame.
Me encontrarás cuando menos lo esperes, aunque bien sabe Dios que será cuando más me necesites».
Teniendo en cuenta que probablemente la mitad de las piezas de este puzle se hayan prendido fuego en mi huida catastrófica y suicida desde el Purgatorio…
Pido el móvil a una mujer desconocida que pasa por mi lado.
De primeras, me mira como si le hubiera pedido sacrificar a su primogénito para conseguir el favor de los dioses.
Luego, la veo dudar mientras se toca una cadena con una cruz de índole cristiana.
La buena samaritana tiene dudas entre obedecer a su Dios y ayudar al prójimo o arriesgar su Iphone 564 S Plus para que un muchacho pelirrojo, con cara de preso a la fuga, se lleve su botín tan preciado.
Al final el cristianismo gana y consigo llamar al número de la agente inmobiliaria.
Tres tonos después, la llamada es bien recibida.
—Confiaba en que me encontrarías, Maalik.
—Y yo confío en que me puedas dar un lugar donde quedarme.
La señora me mira tan de cerca que podría decir de forma exacta el número de pecas que adornan mi cara.
—Siente, joven demonio, no hay mejor brújula que la del corazón necesitado. ¿O acaso no has notado ya su aliento en tu mente?
Me empiezo a hartar de la profundidad de la médium y mira que solo hemos tenido dos interacciones. Para que veas que la paciencia no es una de mis virtudes.
—¿Tan difícil es darme una dirección? —Aunque bueno, la verdad es que lo de conocer las calles nunca ha sido lo mío. Mi forma de ubicarme sin Google maps era contando supermercados varios, farmacias y todo tipo de establecimientos antes de girar a la izquierda o a la derecha.
—Pronto verás que no quiero darte problemas, solo darte las herramientas necesarias para que puedas elegir el camino que más te conviene. —Y me cuelga, la muy simpática.
Devuelvo el móvil a la señora que se santigua tres veces, no sé si porque su bebé electrónico no ha sufrido daños o porque tiene algún tipo de TOC, probablemente sin diagnosticar.
Retomo mi camino a ninguna parte. En la calle suena una especie de canción que bien podría ser cantada por una perra en celo y contagiada por la rabia.
Y me quejaba yo de Bad Bunny en mi época, cómo ha degenerado esto de la música con los años.
En vez de ser arte, parece recién salido del orto.
No me costaría demasiado reconocer que un buen pedo estaría mejor afinado que lo que suena ahora mismo.
Encuentro uno de los parques de mi infancia.
No queda nada de lo que era antaño. Las barras por las que me deslizaba saltando como un mono han cedido su paso a una cantidad ingente de videoconsolas públicas.
Donde antes estaban los caballitos que se balancean, ahora hay un montón de enchufes que dan electricidad a uno de los vicios, a mi parecer, pandémicos de esta sociedad.
Los niños del parque no interactúan entre sí.
Por el contrario, todos llevan cascos que los protegen del ruido exterior y los mete de lleno en lo que sea que están jugando.
De pequeño, antes de que naciera Uriel, me parecía injusto que yo pudiera tener la Play 2 y otros niños, con menos recursos, no.
Ahora, viendo todo esto, creo que el verdadero regalo y la verdadera oportunidad de felicidad no vacía, la tenían los niños que no la conocían.
Disfrutaban de otros niños, se ensuciaban en las calles y construían amistades que les impulsaban a reír más y más fuerte.
Me siento en uno de los bancos, donde probablemente me toque dormir esta noche.
Menos mal que la temperatura ambiente es relativamente agradable y la hipotermia no será un problema.
Cierro los ojos y, tras hacer una respiración profunda, vuelvo a notar esa calidez en lo más profundo de mi ser.
Un leve tirón me hace incorporarme. Abro los ojos para no chocarme y emprendo el camino que mis sensaciones marcan como seguro.
Cada paso en el sentido de mis emociones hace que el tirón que noto en mi alma se intensifique.
Me regodeo en el abrazo que aprieta mi corazón, sin conocer muy bien su origen, pero aceptando, aunque sea por una milésima de segundo, la ausencia de soledad y oscuridad que habitualmente me llena.
¿Es esto lo que nota un creyente? Nunca he sabido lo que se siente al tener esperanza.
Tampoco he entendido nunca a aquellos que creen sentir que Dios los acompaña.
Pero si la sensación que se desprende de esa fe que promulgan es esta, dame una pila bautismal que me convierto aquí mismo.
Estoy tan perdido en mis conjeturas que no veo la intensa niebla que me rodea hasta que no me he sumergido del todo en ella.
Aquí, rodeado de este humo bajo, siento que vuelo sin necesidad de tener alas.
El hilo que me ha traído hasta aquí ya no tira de forma descontrolada, sino que reposa de forma tranquila dándome la seguridad de que no voy a volver a caer.
La neblina se evapora y todos los rayos del sol de la mañana confluyen en lo que parece ser un ángel caído del Cielo.
Una chica joven, con el pelo blanco y brillante como el más valioso diamante está frente a mí.
La profundidad de sus ojos azules me traslada al mar a través de mis recuerdos.
Al choque de las olas mientras Uriel y yo jugábamos a escapar de ellas.
Reparo en su cuerpo, sin demasiado remordimiento.
El corazón se me sale de la boca, imagino que porque llevo tiempo sin sentir los nervios propios de encontrarse con alguien capaz de cautivar mi alma solo con su presencia, aunque te prometo que llevo muchos años (vivos y muertos) sin que mi mente esté tan en calma.
—Te tengo, demonio, espero que hayas disfrutado del rodeo.
Hoy mismo vuelves a las profundidades del Infierno.
— Me coge del brazo y me sobresalto. No porque me haya tocado, que también es llamativo el chispazo que emana de nuestro roce, sino porque por primera vez no existe el tormento, ni siquiera el propio.
Podría decir algo, podría soltarme de la suavidad de su agarre.
¿Qué coño? Ahora mismo me iría al Infierno si me aseguran que voy a volver con ella.
Estoy bien jodido. Este hilo invisible que nos une, también nos va a separar.
Y no estoy preparado para desprenderme de la calma que acabo de descubrir a su lado.