CAE: Condenados a encontrarse Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Grace me abraza con toda la naturalidad del mundo, como si nos conociéramos de toda la vida, aunque en realidad nos conocimos ayer.

—Muriel, qué alegría tenerte de nuevo por aquí. ¡La túnica te queda impecable!

—Gracias por el regalo, no sabía si el tejido de nube resistiría las alas, pero la verdad es que parece hecha a medida —afirmo dando una vuelta entre el hielo. Me recuerda mucho a los momentos de probador que tenía en la tierra cuando iba de tiendas con mi madre.

—Está calculado para una talla 29… Te queda un poco ancha, pero le da su toque. —Me acompaña al interior de la estancia helada.

Dentro, Uriel y Tyson ven embobados la televisión. Por un momento me planteo la posibilidad de que se hayan enterado por alguna autonube de la que se ha liado en el Purgatorio, yo también estaría pegada a la pantalla viendo las aventuras del demonio escapista si no me afectaran tanto.

Cuando miro el rectángulo vuelvo a ver a mi amigo, es decir, el transeúnte con el que me fui de la lengua sabiendo que me arriesgaba a que Gladis me la cortara.

El rubio mueve una campana de arriba a abajo haciendo un estruendo bastante irritante.

Con gritos, sigue anunciando la llegada de un ángel que salvará la tierra.

Ahora mismo, visto lo visto, no va desencaminado.

Con lo catastrofista que se puso Dios con la fuga del demonio y con mi próxima bajada a la tierra, el muchacho tiene más razón que un santo.

—Uriel, cambio de planes, empiezas mañana a trabajar. Además, tu candidatura es tan buena que la oferta de sustitución es indefinida hasta nueva orden —digo haciendo que los presentes giren sus alas hacia mí. Ni que fueran antenas capaces de captar mejor la señal de mi voz.

—¡Perfecto! Sabía que Dios tenía preparado algo grande para mí, solo Él conoce el tiempo perfecto. —Cositas de que solo el jefe tenga el único reloj como herramienta exclusiva para medir el tiempo aquí arriba.

Sigo manteniendo la verdad a medias de las vacaciones.

No quiero meterlos en este posible huracán de autodestrucción, ni siquiera en remoto.

Además, creo que ya tengo bastante con haberle dicho a mis padres que me pueden seguir por televisión.

No quiero tener más espías durante esta misión terrenal.

Le doy las últimas comandas a Uriel y vuelvo a mi habitación con una clara intención en mente: coger todo aquello que me tenga que llevar a la tierra. Para ello, nada mejor que una de mis famosas listas, que sé que te gustan.

Cosas que llevar a la tierra

Cuerpo (preguntar al jefe): No tengo claro si en modo espíritu me van a recibir bien por allá abajo.

Café celestial: alguna vez he visto por la tele el agua sucia a la que los humanos llaman café, es una tortura innecesaria.

Polvo de nube: en la tierra no tiene valor alguno, pero, a lo mejor, puedo requerir información de algún alma y lo de los sobornos está a la orden del día.

Simpatía: tiene que estar en algún lugar de mi memoria, no se me da muy bien nadar entre recuerdos, pero puede ser de utilidad desempolvar habilidades sociales fosilizadas.

Nimbusito: mis alas voy a tener que plegarlas (si el jefe no me las arranca de cuajo antes) y, para más inri, son vestigiales, así que necesitaré transporte. Si cuela, cuela.

Bueno, ahora sí, todo listo. Mis primeras vacaciones son al más acá. ¿No nos conoces tú como el Más Allá? Pues donde las dan las toman. Me duermo un poco sabiendo que la siguiente trompeta que suene va a ser la última en a saber cuánto.

Me equivoco. No escucho la alarma, pero me despierto.

Normal, también te digo. Los gritos de una mujer de mediana edad, con pelo oscuro y melena corta, me sacan del trance en el que me había quedado.

Miro con atención a mi alrededor y me descubro en mi cama.

No la nube celestial que se me asignó, no.

La que mis padres reservaban. Miro a la estantería que ocupa una esquina completa.

Casi se me empañan los ojos al reconocer mis libros pendientes.

Correcto, sé lo que estás pensando, la otra vida no convalida para que puedas adelantar lecturas.

—Bienvenida, Muriel, llevo mucho tiempo esperándote.

La mujer me abraza, pero yo estoy congelada, y mi imagen en el espejo también.

Observo cómo el pelo, largo, ondulado y blanquecino con toques violetas cae por encima de mis hombros.

No llevo la túnica que Grace me regaló. Por el contrario, creo que llevo la misma ropa que el día D cuando el pistacho me jugó una mala pasada: unos vaqueros medio rotos y una camiseta negra de propaganda.

—¿Quién eres? —pregunto a la mujer, que sigue sin soltarme del todo.

Dónde estoy no lo pregunto porque ya lo sé, aunque lleve años sin pasarme por aquí ni para cotillear cómo seguían las cosas tras la partida de mis padres.

—Soy Brisa y este es tu nuevo hogar, al menos mientras cogemos a ese demonio.

Nos miramos a los ojos. Por un momento quito la atención del espejo, que me devuelve una imagen completamente nueva.

No tengo buena memoria, pero créeme, estos ojos azules serían memorables.

Creo que va a ser verdad, conmigo un trocito de Cielo ha llegado a la tierra.

Esta señorita parece mi aliada, veremos cómo se desarrollan los acontecimientos.

De momento, he resucitado y hace como unos 2125 años que nadie lo había hecho, si no contamos al demonio al que persigo, claro está.

—Cacemos a ese demonio, esta cama con muelles no encaja en mi vida después de haber probado las nubes. —Miro por la ventana y lo veo.

Cojo el frasco colocado en el alféizar de la ventana sin que Brisa me quite la mirada de encima.

Cierro la misma y, una vez dentro, quito el tapón a la pequeña botella de cristal.

El humo se esparce por la habitación y Nimbusito aparece entre toses varias.

Sigue sin tener cuerpo, al menos no con apariencia humana.

La nube trae consigo una nota del jefe, un detalle que se digne a explicarme algo.

«Úsala cuando la necesites, cuando estés sobre ella no serás visible ante el ojo humano. El resto del tiempo, eres una más. Cuidado con lo que haces en la vida, no queremos que nada te arrastre de nuevo a la muerte hasta que consigas traer de vuelta al demonio».

Y aquí, con el papel en la mano, me imagino yendo a la cocina para volverme a atragantar con un pistacho. Algo así cómo la escena de Homer Simpson y su atragantamiento múltiple por brócoli.

—¡Manos a la obra! —digo antes de salir de la que fue mi habitación para poner rumbo a ninguna parte.

Brisa me sigue.