Capítulo 9
Muriel
¿E s un pájaro? ¿Es un avión? No, es un demonio mayor con tendencias suicidas y complejo de asteroide. Veo a través de la cristalera del Purgatorio cómo estalla en llamas mientras desciende por el inmenso vacío.
Todo aquí dentro es un caos, uno inmenso.
Las almas están más desubicadas que el ibuprofeno que te tomas cuando ya has pasado los treinta.
Tantos dolores al mismo tiempo vuelven loco a cualquiera, incluso a una de las drogas terrenales y legalizadas que, sin que tú lo sepas, también te pegan un pequeño empujoncito para acelerar tu llegada ante el bueno de San Pedro.
Caminar entre espíritus asustados, con la única compañía de los gritos de Gladis, es un evento canónico que recomiendo que te saltes. No aporta nada a tu desarrollo de personaje y es bastante desagradable para tus tímpanos humanos.
—¡Mueve tu culo invisible hasta el despacho de tu jefe y dile que hemos tenido una fuga! —El escobazo que me he llevado sobraba, pero capto de inmediato la urgencia de obedecer.
Monto en Nimbusito, que ya me espera. Se convierte en Rayo McQueen y atravieso el Cielo casi a la misma velocidad que el demonio caído.
Eso o Gladis le ha dado tal escobazo que casi lo desintegra para convertirlo en la moneda oficial celestial: el polvo de nube (también útil con otros fines más lúdicos que te hacen igual de feliz).
No descarto esa opción si en algún momento el Cielo atraviesa alguna crisis económica.
Me bajo de Nimbusito con cierta resaca que llevaba tiempo sin notar, desde que me morí, básicamente. Ahora entiendo muchas cosas, no es que no me maree en las autonubes, es que, al contrario que en la tierra, los vehículos celestiales sí que saben conducir.
—Jefe, tenemos un problema. —No sé cómo me voy a encontrar a Dios en estos momentos, intuyo que no me va a gustar.
—¿Uno? Esto no es un problema, es un maldito apocalipsis. —Gesticula tanto con las manos que podría disfrazarse de mimo sin problema.
—A ver, siempre puedes llenar la plaza vacante de nuevo, no pasa nada porque las oposiciones salgan cuando tocan, no hay que seguir el ejemplo de la tierra. —No creo que criticar la gestión de su creación, en este momento ni en ninguno, sea la opción óptima.
—¡No eres consciente, Muriel, del caos que va a suponer la presencia de un demonio en la tierra!
Un momento, ¿qué?
—¿Cómo ha llegado el demonio a la tierra? Lo he visto con mis propios ojos, en cuanto ha entrado en contacto con el aire exterior ha comenzado a arder. Si ha llegado algo, han sido sus cenizas —comento sin demasiada preocupación.
—Míralo con tus propios ojos.
Sigo la dirección de las manos del jefazo hasta la televisión que nos muestra el canal que queramos sintonizar en la tierra.
Ahí, en mitad de un campo de girasoles (que me recuerda bastante a Neverville, el último libro que leí antes de irme al Cielo), veo al pelirrojo alado.
Está tumbado en el suelo con un montón de ceniza negra a su alrededor.
Lo que más me llama la atención son sus alas, o mejor dicho, la ausencia de estas.
Su cuerpo empieza a moverse y contemplo, con un ardor creciente en mi pecho, cómo va recuperando la conciencia fuera de este mundo.
Duele. Mucho. Y no entiendo por qué.
Dios se mueve de un lado a otro del despacho. Yo no entiendo nada.
—Se aplazan tus vacaciones hasta nuevo aviso, te vas de viaje. Dile al nuevo que lo quiero aquí mañana a primera hora. Necesito que encuentres a esa alimaña del Infierno; con el vínculo que os une te resultará fácil.
—¿Qué vínculo? Literalmente, lo acabo de conocer. ¿Estás insinuando algo?
Toca tragar, para no variar, pero me ofende muchísimo todo esto.
—Muriel, los dos abandonasteis la tierra a la vez. —Me mira como si me hubiera descubierto el origen del universo. Efectivamente, sigo sabiendo entre cero y nada.
—Mucha gente muere cada segundo en la tierra, muchas almas se pelean en el Purgatorio como si eso fuera la cola de una carnicería por ver quién ha llegado primero, cuando lo más probable es que hayan llegado a la par.
¿Qué cambia, en este caso, para que ese demonio y yo estemos vinculados?
Que yo sepa no tenemos bluetooth incorporado.
¿Tan difícil es que me dé toda la información de golpe? Menos mal que no fue él quien tuvo que escribir la Biblia, con lo parco que es en palabras, no hubiese llegado ni a noveleta.
—Baja a la tierra, encuéntralo y devuélvelo al fuego del Infierno, de donde nunca tendría que haber salido sin permiso.
Omito decirle que la plaza de funcionario celestial se la dio él mismo entre todos los candidatos, tampoco me apetece recrearme metiendo el dedo en la llaga cuando tengo que hacer un viaje entre mundos.
Vaya, parece que los planes de Dios no siempre son perfectos, y menos cuando tienen que ver con él.
Vuelvo a contemplar la imagen. El pelo color fuego del demonio se fusiona con los tonos rojizos del amanecer que despunta en la tierra.
Ha aterrizado en España. No creo que sea casualidad, imagino que será de allí y el alma siempre vuelve al sitio donde fue feliz, aunque no es precisamente esa emoción la que muestra su rostro.
Se lleva las manos a la cabeza mientras camina hacia una casa de campo con apariencia abandonada, construida con madera oscura y castigada por el tiempo.
La cámara celestial lo sigue cuando se encamina hacia el interior.
Abre la puerta con fuerza y se queda con el picaporte en la mano.
Parece tan vulnerable que el ardor de mi pecho se aviva con cada paso que da hacia las ruinas.
Con una patada consigue apartar la madera roída que impide su paso.
Un manto de polvo lo envuelve y ni se inmuta, hecho que me hace pensar que el Infierno, su anterior hogar, era mucho más inhabitable que el monumento anticuado al que quiere acceder.
Llega al centro de la estancia y corre hacia una cómoda que hace a la vez de entradilla.
Coge un marco de fotos en sus manos y se deja caer al suelo, de rodillas.
El llanto me parte en dos. Un dolor me atraviesa el pecho y arranca de mi garganta un sollozo descontrolado.
Es en ese preciso momento en el que nos derrumbamos juntos cuando entiendo lo que Dios me ha dicho.
No sé cómo, ni mucho menos el porqué, pero ahora mismo soy capaz de notar todo lo que ese demonio está sintiendo.
Apago la televisión. La sensación de vacío existencial se atenúa, pero no termina de desaparecer del todo.
El hilo que nos conecta sigue anclado el uno al otro, va a ser verdad eso que dicen: ojos que no ven, corazón que no siente.
Aunque en este caso, el vínculo existente es tan fuerte que ni la distancia entre mundos es capaz de silenciarlo.
Tengo que ir a por él. Aunque, me temo, que no tengo la misma motivación que mi querido jefe.
Quiero entender qué es esto que nos une, cómo funciona y cuán resistente es.
No me agrada en exceso el hecho de sentir lo que sea que viva ese demonio.
Tanto sufrimiento como el que he sentido antes…
No tengo dudas de que se podría convertir en mi propio infierno personal.
Me dirijo a casa de mis padres. Bueno, a la que se han habilitado en el Cielo como buenos jubilados.
Ventajas de morir cuando toca, supongo. Va a ser una conversación poco agradable, así que os la resumo.
Besos, abrazos, regañina por tardar tanto en visitarlos, mi trabajo como becaria como excusa y regreso a la tierra.
Aquí el asunto se pone interesante. Retransmitiendo en directo Hannah y Jeffrey, entramos en tres, dos uno… ¡En el aire!
—¿Qué es eso de que tienes que cumplir con una misión en la tierra? —Mi madre, Hannah, aletea como gesto de disconformidad. Son tan pequeñas que hacen gracia. Morir a los noventa años no te permitiría desfilar para Victoria Secret.
—Pregúntale a Dios, yo solo soy una mandada. Además, que conste que me había aceptado las vacaciones, pero el demonio inflamable me ha complicado las cosas —digo para quitarle hierro al asunto o para escurrir el bulto directamente.
—Ya no se puede vivir tranquilo ni en este mundo —apunta Jeffrey, mi padre—, ¿qué seguridad nos da esto?
Me lo estoy viendo venir, Lucifer estará orquestando un golpe de Estado, quiere acabar con el Cielo y doblegar a todos los ángeles.
Ha mandado a ese demonio a la tierra como método de distracción.
Fue militar en su juventud. Que no se note.
Luego, lo dejó todo para formar una familia con mi madre y, un poco más tarde, conmigo.
Prioridades, imagino. ¿El discurso de mi progenitor?
La copia barata de la reina, Miriam Mosquera.
Lo que pasa es que como no se ha leído el libro pues no se da cuenta del plagio.
—Papá, mamá, no pasa nada. Solo va a ser otra jornada eterna de trabajo para no perder las costumbres.
Como el tiempo aquí no pasa, no os daréis ni cuenta de que me he ido, va a ser muy parecido con lo que ya hago habitualmente, con una diferencia: vais a poder verme más porque al estar en la tierra podéis sintonizar el canal en el que estoy.
Nunca me habéis tenido tan controlada. —La idea de seguir mis pasos parece calmarlos, a mí me entran ganas de darme una colleja.
—Ve con cuidado, cariño. La tierra no es lo que era cuando tú estabas ahí. Está llena de peligros, está repleta de una vida que ya no conoces. —Mi madre me acaricia el ala con cariño.
Nos abrazamos los tres. La imagen desde fuera tiene que ser grotesca.
Cuatro alas minúsculas del tamaño de un brazo de bebé recién nacido junto a mis dos alas: firmes, colosales, del tamaño aproximado a un coche terrenal.
Ya sabes, la ventaja de morir joven y de que el colágeno aún corra por tus venas.
Me despido de ellos y me encamino hacia la casa de Uriel. Me apiado del pobre, sé que esto de la sustitución temporal es un regalo envenenado. Ahora, decirle que es indefinida me da mucha pena.